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Hacia la época de la muerte de Augusto el imperio contaba con un total de veinticinco legiones, con un número aproximado de 140.000 hombres. A éstos había que sumar otros tantos pertenecientes a las tropas auxiliares y más de 10.000 pretorianos. Ello elevaba los contingentes a más de 320.000 individuos.
En la primera mitad del siglo I —la época imperial—, tras las reformas de Augusto y Tiberio, cada legión, en líneas generales, sumaba entre 10.000 a 12.000 hombres (uniendo tropas regulares y auxiliares, la mitad cada una). Las tropas regulares de la legión se hallaban divididas en diez cohortes, numeradas de la I a la X. Una cohorte (en latín: cohors) estaba compuesta de 3 manípulos; cada manípulo estaba formado por 2 centurias y una centuria eran 80 hombres, por lo que cada cohorte (6 centurias) sumaban 480 hombres. La primera cohorte (la I), formada por los hombres más aguerridos de la legión, estaba compuesta, excepcionalmente, de 5 centurias dobles (centurias de 160 hombres cada una), es decir de 800 hombres. Al mando de cada legión había un comandante (legado o legatus), 7 oficiales (un prefecto del campamento o praefectus castrorum y seis tribunos, encargados estos últimos de la selección de sus soldados, el tribunus laticlavius y los cinco tribuni angusticlavii) y 59 centuriones.
Las centurias estaban distribuidas en 10 contubernios (en latín: contubernium) de 8 hombres cada uno (la unidad mínima del ejército romano). Cada contubernio se alojaba en una tienda o cubículo de 6 plazas. La cuarta parte del mismo estaba siempre de guardia.
Toda centuria estaba comandada por el centurión, que era ayudado por un optio o lugarteniente y por un tesserarius o suboficial de seguridad. Tenía un estandarte o signum que era llevado por un signifer. Los centuriones de las centurias dobles de la cohorte I eran llamados primi ordinis, menos el de la primera centuria, que recibía el nombre de primus pilus, y era el centurión de mayor rango de la legión, un soldado de carrera y asesor del legado. En el resto de cohortes, el centurión que dirige cada cohorte es llamado centurión pilus prior.
Con Augusto, a la tradicional infantería se unió de nuevo la caballería —recobrando el prestigio perdido— y un contingente de tropas auxiliares. En cada legión, la caballería aparecía formada por 480 jinetes, divididos en turmae, escuadrones de 30 ó 32 hombres cada uno liderados por un decurión (en latín: «líder de diez»), título que derivaba de la caballería republicana anterior al estallido de la Guerra Social, dividida en turmae y liderada por tres decuriones cada una. Sin embargo, en la época de Jesús se mantuvo el título de decurión, pero ahora lideraban a una treintena de jinetes.
Por otra parte, desde la época de Julio César, las legiones incluían un tren de artillería bastante completo: cada centuria estaba equipada con una carroballista, una gran ballesta montada encima de un carro, y cada cohorte con una catapulta, lo que no sólo incrementaba la potencia de fuego de la legión en el combate a campo abierto, sino que servía también para la guerra de asedio.
En principio, era requisito imprescindible poseer la ciudadanía romana para poder ser legionario regular.
Las tropas auxiliares son pequeños destacamentos que acostumbraban a acompañar a una legión ejerciendo una función auxiliar —en todos los sentidos de la palabra—, pero que también podían actuar independientemente. Su principal característica es que, salvo excepciones, estaban compuestas por individuos que no eran ciudadanos romanos, existiendo fundamentalmente dos tipos de unidades, tradicionalmente asociadas con la caballería y la infantería, que reciben el nombre de ala y cohors, respectivamente. Caso aparte serían las cohortes equitatae, constituidas por un núcleo fuerte de infantería y un pequeño destacamento de caballería.
Durante los primeros años de su reinado, Augusto creó el cuerpo de los auxilia inspirándose en las fuerzas latinas que empleaba la República antes del estallido de la Guerra Social. Los auxilia, concebidos como un cuerpo de tropas no ciudadanas paralelo a las legiones, tenían una diferencia fundamental con respecto a los auxiliares que empleaban los republicanos: en tiempos de la República, los cuerpos auxiliares estaban formados por meros reclutas que habían sido alistados para una campaña concreta, y que se disolvían una vez que terminaba la campaña en la que servían; bajo el reinado de Augusto, este cuerpo estaba totalmente formado por voluntarios profesionales que prestaban servicio en unidades permanentes.
Augusto organizó a los auxilia en regimientos del mismo tamaño que las cohortes regulares debido a que consideró que cuantas menos tropas compusieran una unidad, ésta era más flexible.
Las cohortes auxiliares, como las regulares, podían ser quinquinariae o miliariae, es decir, de unos quinientos o mil hombres de infantería. Las cohortes quinquinariae estaban formadas por seis centurias de 80 hombres –al cargo de un centurión– y la miliariae por diez, lo que nos arroja unas cifras de 480 y 800 hombres, respectivamente.
En cuanto a las alae, las miliariae estaban formadas por veinticuatro turmae de 30 jinetes –a los que hay que sumar un decurión y un portaestandarte, en total, 32– y las quinquinariae por dieciséis turmae, con cifras totales de 768 y 512 equites.
Las cohors equitata estaban formadas por un contingente de infantería al que se le añadía cuatro turmae de caballería.
A nivel total, los regimientos auxiliares estaban dirigidos por un praefectus que podía ser:
El primero de los centuriones o decuriones recibe el título de prínceps y ocupa un escalafón inferior al subprefecto, asistente del oficial al mando de la unidad.
Al comienzo del reinado de Augusto, el núcleo de las tropas auxiliares de Occidente estaba compuesto por guerreros procedentes de las belicosas tribus galas (especialmente de las que residían en la Gallia Belgica, que entonces incluía las provincias de Germania Superior e Inferior) y de Iliria. Al término de las Guerras Cántabras (19 a. C.), el Imperio se anexionó las provincias de Hispania y Lusitania, territorios que pronto se convirtieron en grandes fuentes de reclutamiento. En los años próximos, Augusto conquistaría las regiones de Recia (15 a. C.), Nórico (16 a. C.), Panonia (9 a. C.) y Mesia (6), territorios que junto con Iliria se convertirían en la principal fuente de reclutas auxiliares del Imperio. En Oriente, donde los sirios suministraban a Roma la mayor parte de los arqueros de su ejército, Augusto anexionó las provincias de Galacia (25 a. C.) y Judea (6); la primera de éstas, una región de Anatolia cuyo nombre derivaba de las masivas migraciones que allí habían realizado los galos hacía siglos, se convirtió también en una importante fuente de reclutas. Por su parte, la caballería ligera era suministrada desde las provincias de África, donde se anexionaron las regiones de Egipto (30 a. C.), Cirenaica y Numidia (25 a. C.). El pueblo de los mauri, que habitaba en la provincia de Numidia, constituía el cuerpo principal de los contingentes de caballería ligera que se enviaban a Italia a servir en las legiones y las auxilia. La provincia de Mauritania, conquistada durante el reinado del emperador Claudio, se convertiría también en una importante fuente de reclutas.
Las rápidas conquistas realizadas durante el reinado de Augusto provocaron un incremento en el número de reclutamientos, tanto en las legiones como en los auxilia. En el año 23 había ya el mismo número de soldados auxiliares que de legionarios, lo que significa que por las 25 legiones existentes en la época (140.000 legionarios) se habían reclutado cerca de 250 regimientos auxiliares.
Queda por mencionar el hecho singular de las cohortes Civium Romanorum, igualmente auxiliares, pero compuestas bien por cives romani o ciudadanos romanos, bien por esclavos libertus –libertos que no podían enrolarse en las legiones y que se habrían reclutado en situaciones de emergencia–, bien por peregrini (habitantes del imperio que no tenían la ciudadanía romana), y que podían recibir el título como premio por un hecho de armas destacado. El título sería conservado en lo sucesivo por la unidad, pese al licenciamiento de las tropas premiadas (los auxiliares se licenciaban con honores tras 25 años de servicio), y pasarían a estar bajo el mando de un tribuno.
Por lo que se refiere al numerus, en principio designa a cualquier unidad que no se atenga a la regularidad de las antes mencionadas, como puede ser el caso de las guardias de corps de oficiales o cargos administrativos, pero en la forma en que los numeri logran un mayor éxito es como unidades auxiliares, aunque se diferenciarían de las anteriores por su organización interna. Así pues, los numeri son lo que en origen eran los cuerpos auxiliares: unidades de nativos reclutados que mantienen su estructura jerárquica y organizativa propia. Son, por así decirlo, un cuerpo de irregulares. Parece que su desarrollo desde el siglo II vendría a paliar la carencia de armas y modos de combate tradicionales que se produjeron con la paulatina romanización del modo de combate de los auxiliares.
Este pequeño ejército, capaz de batirse por sí solo en casi cualquier modalidad militar, arrastraba (especialmente en la época imperial) una gran cantidad de personal civil no directamente relacionado con la legión: comerciantes, prostitutas, y «esposas» de legionarios (que no podían contraer matrimonio). Al establecerse en torno a los campamentos permanentes o semipermanentes acababan dando lugar a auténticas ciudades.
Augusto, Marco Antonio, y Lépido formaron en el año 43 a.C. un segundo triunvirato. Cada uno de ellos organizó sus propias legiones, pero cuando Augusto se hace con el poder absoluto de Roma y su imperio tras la derrota de Marco Antonio en la batalla de Actium (31 a.C.), se encuentra con 50 legiones a su mando.
Augusto decide entonces reorganizar el ejército y convertirlo en profesional. Disuelve algunas legiones, y otras las fusiona en una sola, reduciendo el número a 28. La mayoría de éstas duran más de dos siglos, y algunas como la V Macedonica aún se encontraría en el siglo VI d.C.
La lista de legiones y su ubicación durante el reinado de Tiberio fue ésta:
Como se puede ver, existen legiones con números duplicados, esto es debido a que algunas mantuvieron sus números originales. Las legiones XVII, XVIII, y XIX, fueron eliminadas en el año 9 d.C. en el bosque de Teutoburgo antes de conseguir un nombre. Fue el mayor desastre militar de la época, en la que perdió la vida su general, Publio Quintilo Varo (quien curiosamente fue el sofocador de la revuelta judía que se produjo a la muerte de Herodes el Grande). Sus números nunca se volvieron a emplear. Las legiones VII y XI fueron renombradas con el nombre de Claudia Pia Fidelis en el año 42 d.C., pero se desconoce el nombre que tenía anteriormente la XI.
Con la pérdida el año 9 d.C. de tres legiones, el número se redujo a 25 y Roma no volvió a tener 28 hasta el año 66 d.C.
El adiestramiento cumplía dos funciones: fortalecer el cuerpo y enseñar las técnicas de combate individual y formaciones.
Las marchas eran una parte muy importante debido a su importancia táctica, cuanto más rápido se marchaba antes se entraba en combate. Las marchas se hacían regularmente sin importar el tiempo. Todos los soldados iban cargados con un equipo de unos 25 kg y debían poder recorrer una distancia de 30 km en cinco horas.
Los legionarios también aprendían a construir campamentos donde pernoctar tras las jornadas de marcha.
Otra parte del entrenamiento era, sin duda, el aprendizaje de las formaciones, ya que eran estas las que diferenciaban una legión romana de un grupo de bárbaros. Los legionarios sabían ejecutar relevos de líneas, formaciones de tortuga y despliegues de todo tipo.
Los legionarios se ejercitaban con armas falsas lastradas, para que de esa manera las armas normales resultaran más ligeras.
Por último, si hablamos de la disciplina, a los legionarios se les enseñaba a obedecer ciegamente las órdenes, siendo, los que las desobedecían, seriamente castigados mediante linchamientos, apedreamientos o diezmos, que eran ejecutados por sus compañeros.
Todo soldado romano disponía de un «uniforme» de campaña común: cotas trenzadas a base de mallas de hierro que protegían el cuerpo hasta la mitad del muslo (que dependiendo de sus piezas se conocían como lorica segmentata, lorica hamata y lorica squamata), descansando sobre un jubón de cuero de idénticas dimensiones, y todo ello por encima de la característica túnica roja de mangas cortas. Los cascos o galea, sin visera, eran sobrios y elegantes pero sobre todo prácticos. Solían llevar las típicas buculae o carrilleras de bronce por debajo de la barbilla, para proteger de golpes laterales, y un protector para la nuca. Siguiendo una vieja tradición —practicada generalmente en combate—, cada uno de los soldados lucía sobre la cimera un llamativo penacho, formado por tres plumas rojas de un codo de altura (casi medio metro). La presencia de estos adornos obedecía fundamentalmente a una razón de orden psicológico. Aunque la talla mínima para ser reclutado en la legión (al menos en las cohortes principales) era de 1,72 metros tanto en las batallas como en los servicios de vigilancia, aquellos cincuenta centímetros de más les proporcionaban un aspecto imponente, destinado a impresionar al enemigo. El resto del atuendo lo componían un ancho cinturón de cuero, revestido con cabezas de clavos y varias tiras de hierro que caían desde el centro del cinturón, protegiendo el bajo vientre. Por último los soldados calzaban las temibles caligas, las sandalias de correas con las suelas erizadas de clavos. Como armas portaban un puñal o daga corta llamada pugio, el inseparable gladius, colgado en el costado derecho, y en ocasiones un gladius más largo llamado spatha. A este arsenal se añadía el pilum (en plural pila), unas picas de dos metros de longitud, con los fustes de hierro dulce y las puntas de acero. Los escudos, llamados scutum, los había de forma ovalada y rectangular, y tenían un doblez convexo, usualmente tintados con colores granates.
El candidato a la legión era sometido a un riguroso examen médico y psicológico. Si pesaba sobre él algún defecto físico o una tara moral o mental o si no daba la talla mínima, era repudiado. Si lo declaraban probabilis se le tallaba (incumare), siendo destinado a una cohorte. Y cada nuevo «recluta» recibía una placa de plomo, con su identidad, que debía colgar obligatoriamente del cuello.
Dentro de una legión, un hombre empezaba como simple soldado de a pie (miles) y después de varios años de servicio, si el soldado lo era de profesión, el primer ascenso era de miles a inmunis; aunque tenía el mismo salario, estaba eximido de las rutinas generales de los demás soldados.
Pero el primer ascenso verdadero convertía al soldado en principal, de los que existían dos clases: los que cobraban paga y media (sesquiplicarii) y los que percibían doble paga (duplicarii). El primer grupo incluía varios tipos de suboficiales, como el tesserarius (ordenanza). Entre los segundos estaban los portaestandartes (signiferi y vexillarii), los optiones y otros oficiales. El siguiente grado era el de centurión, de los cuales los más veteranos y experimentados (primi ordines) formaban parte de la primera cohorte, y el más antiguo de ellos (primus pilus) tenía derecho a asistir a los consejos de guerra.
Desde la reforma de Mario —alrededor del año 104 a. C.—, se fue priorizando en el seno de la legión una de las enseñas tradicionales que estos cuerpos solían llevar al campo de batalla. Se trataba del águila romana, que se impuso como símbolo legionario por antonomasia, desplazando al lobo, al toro, al jabalí y al caballo, muestras de animales totémicos pertenecientes a una sociedad campesina. Las águilas se realizaban en metales nobles —plata primero, oro después— y se guardaban celosamente en el «aedes signorum» o santuario del campamento. La pérdida de las águilas, como les sucedió a Craso o Marco Antonio en Oriente o a Varo entre los germanos, es el mayor deshonor que podía sufrir un cuerpo legionario. El suboficial al cargo del águila era el «aquilifer».
A mayores, existían otro tipo de estandartes, como los «signa», «imagines», «vexilla» o «dracones»:
Los portadores de estas enseñas eran, respectivamente, los «signiferes», «imaginiferes», «vexillarii» y «draconarii».
El culto a las enseñas se realizaba con carácter permanente mediante la deposición en el «aedes». Sin embargo, existían ocasiones especiales en las que se honraban los «signa», los «vexilla» (Rosalia Signorum), y las águilas legionarias (Natalis Aquilae, Honos Aquilae).
Las condecoraciones del período republicano consistian en coronas, habiendolas de varios tipos:
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