HABLA DE VARIAS OTRAS GRACIAS QUE DIOS CONCEDE AL ALMA DE DIFERENTES MANERAS, Y DE LOS GRANDES BENEFICIOS QUE ELLAS CONFIEREN.
1. Nuestro Señor se comunica con el alma mediante estas apariciones en muchas ocasiones: a veces cuando está afligida, otras cuando está a punto de recibir una pesada cruz, y de nuevo para el mutuo deleite de Él y de Su amada. No es necesario que especifique cada caso, ni pretendo hacerlo. Solo deseo enseñarte (hasta donde yo los conozco) cuáles son los diferentes favores que Dios concede al alma en este estado para que puedas comprender sus características y los efectos que producen. [ p. 248 ] Así no confundirás cualquier fantasía con una visión, y si realmente ves una, sabiendo que tal cosa es posible, no te sentirás perturbado ni infeliz. El demonio, que se beneficia mucho con ello, se deleita al ver un alma turbada y afligida, sabiendo cómo esto le impide dedicarse plenamente a amar y servir a Dios.
2. Su Majestad tiene maneras mucho más elevadas de comunicarse con el alma; son menos peligrosas, pues no creo que el espíritu maligno pueda imitarlas. Son más difíciles de explicar, al ser más abstrusas; por lo tanto, las visiones imaginarias son más fáciles de describir. A veces, mientras una persona está en oración y en perfecta posesión de sus sentidos, Dios se complace en suspenderlos y descubrirle misterios sublimes que parece ver en Dios mismo. Esta no es una visión de la santísima Humanidad, ni puedo decir con razón que el alma «ve», pues no ve nada; no es una visión imaginaria, sino una visión altamente intelectual, en la que se manifiesta cómo todas las cosas se contemplan en Dios y cómo Él las contiene en Sí mismo. [1] Es de gran valor, pues aunque pasa en un instante, queda profundamente grabada en la memoria, produciendo un sentimiento de gran vergüenza en la mente, que percibe con mayor claridad la malicia de las ofensas contra Dios, ya que estos pecados tan atroces se cometen en su propio ser, puesto que moramos en Él. Intentaré explicarles esta verdad mediante una comparación, pues, aunque es obvia y se nos ha dicho a menudo, o nunca reflexionamos sobre ella o no queremos comprenderla. Si la comprendiéramos, no podríamos actuar con tanta audacia.
3. Comparemos a Dios con una mansión o palacio espacioso y magnífico, y recordemos que este edificio es Dios mismo. ¿Puede el pecador retirarse de él para cometer sus crímenes? No, ciertamente no, pues dentro de este mismo palacio, es decir, dentro de Dios mismo, se perpetran todas las abominaciones, impurezas y malas acciones que cometen los pecadores. ¡Oh, terrible pensamiento, digno de ser meditado! ¿Qué provecho nos traería, que sabemos tan poco y entendemos estas verdades solo parcialmente? ¿Cómo podríamos ser tan imprudentes en nuestra osadía? Hermanas, meditemos en la infinita misericordia y paciencia de Dios al no arrojarnos al infierno de inmediato y démosle sinceras gracias. Seguramente deberíamos avergonzarnos de resentir cualquier cosa que se haga o se diga contra nosotras —que somos la escoria de la tierra— cuando vemos los ultrajes que se le ofrecen a Dios, nuestro Creador, en su propio ser, por nosotras, sus criaturas; Sin embargo, nos sentimos heridos cuando oímos que alguien dijo una palabra desagradable sobre nosotros durante nuestra ausencia, aunque quizá no fuera con mala intención.
4. ¡Oh, miseria de la humanidad! ¿Cuándo, hijas, imitaremos de alguna manera a Dios Todopoderoso? No creamos que hacemos grandes cosas si sufrimos las injurias con paciencia; más bien, soportémoslas con presteza; amemos a nuestros enemigos, pues este gran Dios no ha dejado de amarnos a pesar de nuestros muchos pecados. Esta es, sin duda, la razón principal por la que todos deben perdonar cualquier daño que se les haya infligido. Les aseguro, hijas, que aunque esta visión pasa muy rápido, [ p. 250 ] nuestro Señor ha concedido una gracia excepcional a quien la concede, si procura aprovecharla teniéndola constantemente presente.
5. Aunque breve es el tiempo, de una manera indescriptible, Dios también manifiesta que en Él reside una verdad que oscurece toda verdad en las criaturas. Convence al alma de que solo Él es la Verdad que no puede mentir, demostrando así el significado de las palabras de David en el salmo: «Todo hombre es mentiroso», [2] que jamás podrían comprenderse de otro modo, por mucho que oigamos que Dios es verdad infalible. Al recordar a Pilato y cómo suplicó a nuestro Señor en su Pasión que respondiera a su pregunta: «¿Qué es la verdad?», [3] me doy cuenta de lo poco que los mortales conocen esa sublime veracidad.
6. Quisiera explicar esto mejor, pero no puedo. Aprendamos de ello, hermanas, que si queremos asemejarnos en algo a nuestro Dios y a nuestro Esposo, debemos esforzarnos por andar siempre en la verdad. No solo quiero decir que no debamos decir falsedades, gracias a Dios (veo que en estos conventos tienen mucho cuidado de no hacerlo bajo ningún concepto), sino que deseo que, en la medida de lo posible, vivamos con perfecta verdad ante Dios y los hombres, y sobre todo que no queramos ser consideradas mejores de lo que somos; que en todas nuestras acciones atribuyamos a Dios lo que es suyo y nos atribuyamos lo nuestro, y que busquemos la verdad en todas las cosas. Así nos importará poco este mundo, que no es más que engaño y falsedad, y por lo tanto, [ p. 251 ] no puede durar. Una vez, mientras me preguntaba por qué nuestro Señor ama tanto la virtud de la humildad, me asaltó de repente, sin reflexionar previamente, la idea de que es porque Dios es la Verdad suprema y la humildad es la verdad, pues es muy cierto que no tenemos nada bueno en nosotros mismos, solo miseria y nada: quien ignora esto, vive una vida de falsedad. Quienes comprenden esto más profundamente son los que más agradan a Dios, la Verdad suprema, porque andan en la verdad. Que Dios nos conceda, hermanas, la gracia de nunca perder este autoconocimiento. Amén.
7. Nuestro Señor concede al alma estos favores porque ahora es verdaderamente su esposa, decidida a hacer su voluntad en todo; por lo tanto, desea darle una idea de cómo lograrla y manifestarle algunos de sus atributos divinos. No necesito decir más al respecto, pero creo que los dos puntos mencionados serán muy útiles. Estos favores no deben causar temor, sino que nos llevan a alabar a Dios por concedernos estas gracias. Creo que ni el diablo ni nuestra propia imaginación pueden influir mucho en ellos, por lo que el alma puede descansar en perfecta paz.