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Los lectores, especialmente aquellos que no estén familiarizados con la filosofía escolástica, quizás se alegrarán de encontrar aquí una breve explicación de los diversos tipos de visión y locución: corporal, imaginaria e intelectual. Los sentidos del gusto, el tacto y el olfato no suelen verse afectados por fenómenos místicos, pero lo que vamos a decir respecto a la vista y el oído se aplica, mutatis mutandis, también a estos.
1. Una VISIÓN CORPORAL es cuando se ve un objeto corpóreo. Una Locución Corporal es cuando se escuchan palabras pronunciadas por una lengua humana. En ambos casos, los sentidos respectivos ejercen su función normal, y el fenómeno difiere de la visión o el oído ordinarios simplemente en que en estos últimos el objeto visto es un cuerpo real y las palabras percibidas provienen de una lengua real, mientras que en la Visión o Locución el objeto es solo aparente o, en cualquier caso, no es lo que parece. Así, cuando el joven Tobías emprendió un viaje, su compañero, Azarías, no era un ser humano real, sino un arcángel con forma humana. Tobías realmente lo vio y lo oyó, y sintió la presión de su mano; Sara y sus padres, así como los padres de Tobías, también lo vieron y lo oyeron, pero en todo momento el arcángel se hizo visible y audible mediante un cuerpo asumido, o quizás un cuerpo aparente. Sería más correcto describir tal fenómeno como una APARICIÓN que como una Visión, y de hecho, las apariciones de nuestro Señor Resucitado a las santas mujeres y a los apóstoles pertenecen a esta categoría. Pues, aunque el Suyo era un cuerpo real, estaba glorificado y, por lo tanto, ya no estaba sujeto a las mismas leyes que rigen las cosas puramente humanas. (Santo Tomás, Suma Teológica III, qu. 54, art. I-3).
Santa Teresa nos dice más de una vez que nunca [ p. 172 ] vio una visión corporal, ni escuchó una locución corporal.
II. UNA VISIÓN O LOCUCIÓN IMAGINARIA es aquella en la que no se ve ni se oye nada mediante los sentidos de la vista ni del oído, pero se recibe la misma impresión que producirían en la imaginación los sentidos si percibieran algún objeto real. Pues, según los escolásticos, la imaginación se sitúa a medio camino entre los sentidos y el intelecto, recibiendo impresiones de los primeros y transmitiéndolas a los segundos. Esta es la razón por la que las visiones y locuciones imaginarias son tan peligrosas que, según Santa Teresa, San Juan de la Cruz y otros escritores espirituales, no solo no deben buscarse nunca, sino evitarse en la medida de lo posible y desaconsejarse en toda circunstancia. Pues la imaginación está estrechamente ligada a la memoria, de modo que con frecuencia es imposible determinar si una visión, etc., no es quizás una reproducción semiconsciente o inconsciente de escenas presenciadas. Es aquí también donde debe temerse el engaño, voluntario o involuntario, el autoengaño o el engaño de un agente superior. De ahí la regla general de que tales visiones o locuciones solo deben ser confiables con fundamento. Según Santo Tomás de Aquino (Summa theol. IIa IIæ, gu. 175, art. 3 ad q.), las visiones de Isaías, San Juan en el Apocalipsis, etc., eran imaginarias.
Como ejemplo de visiones imaginarias podemos mencionar a San Esteban, quien vio «los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios»; o a San Pedro, quien vio «los cielos abiertos y un vaso que descendía, como un gran lienzo, bajado por las cuatro puntas del cielo a la tierra… y le llegó una voz: «Levántate, Pedro, mata y come» (Hechos, 7:55; 10:11-13).
Estas visiones, locuciones, etc., no son alucinaciones. Estas últimas se deben a un trastorno físico que afecta la memoria y la hace representar impresiones previamente recibidas de forma desordenada y, a menudo, grotesca. La visión imaginaria se produce independientemente de un estado mórbido, es causada por una fuerza externa, buena o mala, y tiene por objeto cosas de las que la memoria no tiene ni ha tenido nunca conocimiento.
III. UNA VISIÓN O LOCUCIÓN INTELECTUAL es aquella en la que los ojos y los oídos no ven ni oyen nada, y la imaginación no percibe ninguna sensación. Pero la impresión que la imaginación transmitiría al intelecto, si llegara a través de los sentidos y se transmitiera a esta, se imprime directamente en el intelecto. Para comprender esto, es necesario tener presente que las impresiones que recibimos a través de los sentidos deben sufrir una transformación —deben espiritualizarse— antes de llegar al intelecto. Este es uno de los problemas más difíciles de la psicología; ninguna de las soluciones ofrecidas por diversas escuelas filosóficas parece liberarlo por completo de la oscuridad. Según Santo Tomás de Aquino, la impresión recibida por el ojo (Species sensibilis) es espiritualizada por una facultad llamada Intellectus agens mediante la abstracción (Species impressa), y se atesora en la memoria, como diapositivas, disponibles a petición. La mente, al identificarse con la Species impressa, produce la “Palabra de la mente” (Verbum mentis), en la que consiste el acto de Entendimiento o Concepción Mental. En la Visión o Locución Intelectual, Dios, sin la cooperación de los sentidos, la imaginación ni la memoria, produce directamente en la mente la Species impressa. Dado que esta es sobrenatural en cuanto a su origen, y a menudo también en cuanto a su objeto, es lógico que sea demasiado elevada para que la memoria la reciba, de modo que tales visiones y locuciones con frecuencia se recuerdan solo de forma imperfecta y, a veces, se olvidan por completo, como nos dice Santa Teresa. Por otra parte, son mucho menos peligrosas que las Visiones y Locuciones Corporales o Imaginarias, porque los sentidos y la imaginación no tienen nada que ver con ellas, mientras que los espíritus malignos no pueden actuar directamente sobre la mente, y el autoengaño queda totalmente excluido por las razones expuestas por Santa Teresa.
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San Pablo menciona un ejemplo de tal visión: «Conozco a un hombre en Cristo hace más de catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco a tal hombre (si en el cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe): que fue arrebatado al paraíso y oyó palabras secretas que al hombre no le es dado expresar» (2 Corintios 12:2-4).