Hasta ahora hemos escuchado la primera parte de la doctrina cristiana, en la que hemos visto todo lo que Dios desea que hagamos o dejemos de hacer. Ahora bien, sigue el Credo, que nos expone todo lo que debemos esperar y recibir de Dios y, en pocas palabras, nos enseña a conocerlo plenamente. Esto tiene como objetivo ayudarnos a hacer lo que, según los Diez Mandamientos, debemos hacer. Pues (como se mencionó anteriormente), son tan elevados que toda capacidad humana es demasiado débil para alcanzarlos o guardarlos. Por lo tanto, es tan necesario aprender esta parte como la anterior para saber cómo alcanzarla, dónde y cómo obtener tal poder. Pues si pudiéramos, por nuestras propias fuerzas, guardar los Diez Mandamientos tal como deben ser guardados, no necesitaríamos nada más, ni el Credo ni el Padrenuestro. Pero antes de explicar esta ventaja y necesidad del Credo, basta, en primer lugar, para los ingenuos con que aprendan a comprender el Credo mismo.
En primer lugar, el Credo se ha dividido hasta ahora en doce artículos, aunque, si todos los puntos escritos en las Escrituras que pertenecen al Credo se expusieran con claridad, habría muchos más artículos, y no podrían expresarse todos con claridad en tan pocas palabras. Pero para que se entienda con mayor facilidad y claridad, como se enseña a los niños, resumiremos brevemente el Credo en tres artículos principales, según las tres personas de la Deidad, a quienes se relaciona todo lo que creemos. De modo que el primer artículo, de Dios Padre, explica la Creación; el segundo, del Hijo, la Redención; y el tercero, del Espíritu Santo, la Santificación. Como si el Credo se resumiera en pocas palabras: Creo en Dios Padre, que me ha creado; creo en Dios Hijo, que me ha redimido; creo en el Espíritu Santo, que me santifica. Un solo Dios y una sola fe, pero tres personas, por lo tanto, también tres artículos o confesiones. Repasemos brevemente las palabras.