© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Llegaba el verano, y hacía buen tiempo en el pequeño campamento de tiendas de Getsemaní, donde se alojaban Jesús y sus veintitrés discípulos.
El Maestro y los doce notaron un gran cambio en Jacob y Recab cuando regresaron de ver a Juan. Los dos seguidores de Juan hablaron esa noche largo y tendido con sus compañeros, pero nada dijeron de la respuesta que les había dado Juan al grupo de apóstoles. No se atrevían a repetir las sorprendentes afirmaciones de Juan a los íntimos de Jesús. En cierto modo, se resistían a creer en el manifiesto del profeta. «Jesús no era un ser divino, no podía serlo». «¿Estaba acaso Juan desvariando y se dejaba llevar por sus relaciones familiares? ¿Acaso Esdras, al final, iba a resultar que tenía razón?».
Los apóstoles de Juan se sumieron en confusas disquisiciones.
Una de esas noches calurosas, dos hombres notables salieron en secreto de Jerusalén para tener un encuentro con Jesús. Uno de ellos era Nicodemo. El otro, un noble de la ciudad o eyschemon[1], que se llamaba José de Arimatea. Iban escoltados por varios sirvientes, y transitaron por caminos poco frecuentados, ascendiendo el monte de los Olivos sin que les vieran.
Estuvieron a escasos metros de la tienda donde sabían que dormía el Maestro con sus doce apóstoles, pero al llegar, ruidos cercanos de gente descendiendo por una vereda les obligó a esconderse.
Se sentían incómodos por salir así de este modo de la ciudad. Habían hablado con Simón, el sanedrita seguidor de las enseñanzas del Rabí. Simón había contactado con los cinco hombres del sanedrín de los que Jesús había dado su nombre, y para su asombro, pudo comprobar que, en efecto, estos cinco miembros del sanedrín, entre los que se incluían Nicodemo y José, estaban a favor de las enseñanzas del Maestro. ¿Cómo podía saber esto el Rabí, cuando resultaba que sólo Nicodemo había hablado con él?
Jesús no dormía, como era su costumbre. Sintió la proximidad de estos hombres y se incorporó de la estera. Le entraban ganas de salir de la tienda para evitar a sus visitantes la incomodidad de tener que dar una voz de aviso. Pero Nicodemo y José estaban presos del miedo, y al final, uno a otro tiraron hacia atrás, y desistieron de llamar a la tienda. Dando media vuelta, regresaron a sus casas.
El Maestro salió poco después a la quietud de la noche, y se sentó bajo uno de los olivos, meditando largamente sobre los líderes judíos.
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Uno de esos días, un mensajero trajo una bolsa que dejó perplejo a Judas. Era un saco de monedas. El Iscariote sopesó la cantidad de denarios que contenía y se llenó de alegría. ¡Al menos doscientos! Era un donativo para el grupo de Jesús. El benefactor deseaba mantenerse en el anonimato.
Jesús se acercó a interesarse por la entrega. Judas le mostró el contenido exultante.
—Bien, Judas, aquí tienes el milagro que esperaba.
El tesorero no lo sabía, pero Jesús conocía quién estaba detrás de aquella generosa aportación. Todos los discípulos se felicitaron por este golpe de buena suerte. Ahora sí que iban a poder hacer realidad ese período de predicación por todo el territorio judío.
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A finales de junio, la situación se descontroló. En una sesión rutinaria del sanedrín, en la que se discutieron varios temas sin importancia, se desató la tormenta. El Maestro había dejado de ser la preocupación del consejo, al ver que ya no se atrevía a predicar en público, y le habían dejado en paz. Pero entonces alguien sacó el tema sobre Jesús, y Simón, su seguidor, se atrevió a hacer una defensa del Maestro delante de todos sus colegas. Caifás se quedó perplejo de que un miembro saduceo de su propio partido se mostrara favorable del galileo.
La crítica de Simón era clara: «¿acaso no merecían todos los hombres ser escuchados antes de pronunciarse su juicio? Porque el consejo ya se había pronunciado unánimemente contra Jesús y todavía no se le había dado la oportunidad para expresar sus ideas ante la cámara».
Caifás no estaba dispuesto a tolerar una sola desviación entre los de su círculo, y trató con despecho a Simón:
—¿Acaso te has vuelto galileo? Cállate y no pongas en evidencia a nuestra familia.
Aquello no hizo sino empeorar la situación, pues Simón se tomó muy a mal las hirientes palabras del kôhen gadôl.
—¿Eso es lo que debemos hacer todos en este consejo, callarnos, igual que se ha silenciado al maestro de Galilea?
Caifás parecía querer pasar a otros temas, pero Simón se había puesto en pie y se había colocado en el centro de la sala, retando al sumo sacerdote.
—¿Qué hay en las enseñanzas de este hombre para que merezca nuestro desprecio?
Caifás se levantó como un resorte.
—¡Es un impostor que no ha sido ordenado rabino! ¿Pero qué interés tienes ahora en ese embaucador?
Simón notó las miradas desaprobadoras de todos los asistentes clavadas en él.
—¿No te habrás dejado seducir por ese charlatán?
Simón notaba un miedo cervil recorrer su cuerpo. La atronadora voz de Caifás le golpeó el rostro como un vendaval de indignación y vergüenza.
—¿No te habrás hecho seguidor de ese farsante?
Pero entonces, un sentimiento de seguridad y firmeza como nunca antes había sentido, le hizo a Simón pronunciar las palabras más soberbias de toda su vida.
—Sí, lo soy.
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La guerra estalló. Los sanedritas, airados y convulsos, saltaron por los aires. La reunión se desató. Todos los consejeros se levantaron de sus puestos y se acercaron a Simón, increpándole vociferantes. Los fariseos atacaban a los saduceos, por ser Simón saduceo, y los saduceos se revolvían contra Simón, por haber traicionado a su secta.
El seguidor de Jesús tuvo que abandonar la sala. Caifás convocó una reunión urgente en su casa. Anás, Alejandro, Semes, Juan, Dothaim y otros miembros destacados de las familias sacerdotales concurrieron en la mansión del sumo sacerdote.
Los ánimos estaban más exaltados que nunca. Caifás ahora sólo tenía una frase:
—Tenemos que hacer algo con este maldito. Si no hacemos algo todo el mundo se irá detrás de él.
Sus parientes tenían la solución. Había que acabar con él.
—Muy bien —concedió Caifás—. Que se le aprese de inmediato. Ya veremos cómo convencemos a Poncio para que nos deje matarle.
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En el campamento, las órdenes de Jesús fueron escuetas y tajantes. «Nos vamos, recoged todo».
Los veintitrés no entendían aquella prisa del Rabí. Sabían que su intención era dirigirse al norte en algún momento, pero aquello lo había dicho con una urgencia que les hizo presentir algún problema.
—¿Ocurre algo, maestro? —preguntó Andrés.
Jesús asintió.
—El sanedrín ha decretado mi captura.[2]
Aquello dio alas a los discípulos. En menos de diez minutos las tiendas estaban empaquetadas y todos los enseres colgaban de sus redes en las espaldas de los hombres.
Cuando salieron de la finca, se quedaron helados al ver a Jesús descender hacia el Cedrón, hacia Jerusalén.
—Maestro, por el otro lado de la montaña será más seguro. —Pedro señalaba la cumbre del Olivete.
Pero Jesús le dijo:
—No vamos hacia el río. Iremos por la carretera de Sicar, hacia Samaria.
—¿Samaria?
Todos se mostraron despectivos y vacilantes.
—Sí, Samaria.
La voz del Maestro sonó seria y rotunda, y empezó a descender el camino.
Los apóstoles se miraron con extrañeza y confusión. Aquel territorio era pagano. Los samaritanos y los judíos se odiaban a muerte. Todos los judíos evitaban pasar por allí.
Sin embargo, el Rabí ya avanzaba a grandes zancadas por la vereda que caía hasta el torrente. Y a la carrera, todos se fueron detrás de él.
Torcieron a la derecha y se dirigieron hacia el norte. Rodearon el barrio de la ciudad de David y cuando llegaron a lo alto de una colina, Jesús se paró a contemplar la ciudad, cuan larga era, a sus pies.
—Adiós, Jerusalén —murmuró Jesús—, hasta que volvamos a vernos.
Una sombra de tristeza cruzó por sus ojos. El destino se abría ante él tenebroso, pero un tenue rayo de esperanza brillaba aún en el horizonte.
Un eyschemon era un rico, un gran comerciante o terrateniente, que formaban la clase adinerada o estrato aristocrático del pueblo. ↩︎
Es la primera orden de apresamiento de Jesús y la primera voluntad de los dirigentes judíos de querer matarle. ¡Han bastado escasos seis meses de predicación pública de Jesús para que el sanedrín se ponga de acuerdo en eliminarle! Con razón Jesús inició su predicación de forma tan pausada y privada en Galilea. Si no lo hubiera hecho así, sin duda que habría tenido una misión muy breve, como le sucedió a Juan. Sin embargo, Jesús sabía más que el Bautista, y no dejaría que le robaran esos necesarios años para sembrar una buena semilla. ↩︎