© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Jesús pasó el mes de junio recluido en el huerto de Getsemaní. No entró en Jerusalén más que para visitar a amigos y conocidos, que le invitaron a cenar en sus casas, y para atender a algunos enfermos. Los sábados los pasó con todos los apóstoles en casa de Lázaro.
Aunque no realizó ninguna predicación pública en los atestados atrios del templo, muchas personas que le habían escuchado, y que se interesaron por él, lograron averiguar dónde se alojaba, algo que el Maestro había pedido a los doce que mantuvieran en secreto.
Muchos creyentes acudieron al campamento de Jesús y mantuvieron fructíferas charlas con el Maestro en este olivar. El sanedrín volvió a ponerse nervioso otra vez porque el tema de conversación más recurrente era de nuevo acerca de «aquel maestro inusual de Galilea». Creían que las habladurías sobre el nuevo maestro se iban a acallar con el tiempo al igual que había pasado con el Bautista, pero la fama de Jesús no dejaba de acrecentarse mes a mes.
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En Maqueronte, Juan se había mantenido al tanto de los rumores que circulaban por la región gracias a algunos valientes discípulos que le llevaban periódicamente noticias al preso.
El tetrarca le trataba ahora relativamente bien, y el estado de ánimo de Juan había mejorado. Sus carceleros se habían vueltos medio creyentes y había ganado cierta fama entre los guardias de la prisión.
Uno de esos días después de regresar de Jerusalén, la mujer del tetrarca se acercó a curiosear por el foso en el que estaba metido el profeta. Juan oraba en voz baja, repitiendo sus oraciones. Al verle así tan devoto y santurrón, sintió deseos de conocerle algo más. En el fondo de su corazón, esta mujer de oscuros anhelos sólo pretendía ver muerto a aquel predicador, a quien culpaba de todos los malos auspicios que por azar habían sucedido en su matrimonio con Antipas. Se había hecho a la idea de que sólo matando a aquel hombre se liberarían ella y su esposo de sus sortilegios y anatemas, y serían felices. No se daba cuenta de que su infelicidad procedía de su propia ambición insaciable.
Pidió a los guardias que le condujeran a sus aposentos. Antipas estaba de viaje en Galilea y podría divertirse un rato con él.
Juan fue conducido al lujoso aposento de la dama. La seda y los colchones llenaban la estancia. Varias asistentas y un fornido guardaespaldas velaban porque al reo no se le ocurriera ninguna imprudencia, pero se mantuvieron aparte.
La mujer estaba en un tocador, acicalándose, cuando se abrió la puerta y fue presentado el profeta.
Se levantó y dio varias vueltas a su alrededor. Le gustaba contemplar la desnudez de los hombres, y Juan sólo llevaba un simple faldellín a modo de taparrabos.
—A ver, ¿qué es esa tontería que predicas? Cuéntame algo. Si resulta verídico, quizá pueda creerte. Soy una mujer razonable.
Juan no sabía qué tipo de juego se traía entre manos esta mujer, pero no iba a caer en la tentación de doblegarse ante los poderes que había denunciado toda su vida.
—Mi mensaje es sencillo, señora. El tiempo del fin se acerca. Todos debemos hacer actos de contrición para que el Señor se apiade de nuestra alma cuando el reino llegue a su plenitud…
Hubiera seguido por ahí, pero como Herodías le veía tan lanzado, hizo un gesto de hastío e iba a cortarle la palabra, pero Juan lanzó con un voz furiosa:
—¡Abandona al tetrarca y vuelve con tu marido! ¡No des más motivos al Altísimo para que nuestro pueblo se cubra de oprobio!
El guardaespaldas dio un par de pasos, y Herodías retrocedió, asustada.
El rostro de Herodías se alteró visiblemente.
—¿Cómo te atreves, pingajo del desierto? ¿Así es como agradeces la benevolencia del tetrarca? ¡Llevaoslo de aquí!
Cuando Juan salió y la soberana pudo recuperar la compostura, una mezcla de odio e insidia se perfilaba debajo de su maquillaje. «Qué fácil era encontrar algo contra ese loco», pensó para sí, sonriendo.
Días después, cuando regresó Antipas, Herodías relató este episodio a su marido de forma exagerada, buscando un pretexto para que el tetrarca se decidiera a ejecutarlo. Y aunque no logró su propósito, se prometió que no pararía hasta ver la cabeza de Juan entre sus manos.
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A mediados de junio, Jacob y Recab, los dos principales discípulos de Juan, vinieron desde Getsemaní hasta Maqueronte para traer noticias a Juan.
El profeta se mostró encantado de volver a escuchar palabras amigas. Le permitieron salir del calabozo y dar un corto paseo por el patio de armas de la fortaleza, junto a sus dos amigos.
Los discípulos le relataron los progresos por las ciudades del sur de Judea, la huida de Esdras, y la situación en Jerusalén con el sanedrín. Pero se sinceraron con su antiguo maestro al relatarle su malestar por algunas acciones incompresibles de su nuevo líder.
—Ya ves, maestro —resumió Jacob—, aquel que estuvo contigo en el Jordán, río arriba, ahora prospera y recibe a todos los que vienen a él, ya sean judíos o gentiles. Hasta llega a festejar con publicanos y pecadores.
Se refería a Flavio y sus amigos, que no habían sido del agrado de los discípulos de Juan.
—Tú atestiguaste con valentía de él, pero él nada hace por conseguir tu liberación —sentenció Recab.
Pero Juan había dejado atrás los duros momentos de dudas y desalientos que había experimentado aquellos meses en la soledad de su celda. Se sintió henchido de un soplo de esperanza, y como movido por una revelación, les dijo:
—Este hombre nada puede hacer que no le haya sido concedido por su Padre celestial. Recordad bien lo que os dije. Yo no soy el Mesías, pero soy el enviado con la misión de preparar su camino. Y eso es lo que he hecho.
› El novio es quien se lleva a su casa a la novia, pero el amigo del novio, que le acompaña en la boda, le escucha en ese su día grande y se regocija con él al escuchar su voz. Pues del mismo modo mi regocijo es pleno.
› Él debe aumentar, yo disminuir. Yo soy de esta Tierra y ya he proclamado mi mensaje. Jesús de Nazaret descendió a la Tierra desde el Cielo y está por encima de todos nosotros. El «Hijo del Hombre» ha descendido de Dios, y os proclamará las palabras de Dios. Porque el Padre del Cielo no limita el poder espiritual a su propio Hijo. El Padre ama a su Hijo y pronto lo pondrá todo en sus manos. Quien crea en el Hijo tendrá vida eterna.
Los dos discípulos se quedaron mudos de asombro. Y viendo las caras incrédulas de sus amigos, Juan sentenció:
—Estas palabras que os hablo son verdaderas y perdurables. No dudéis ni vaciléis. Os he dicho la verdad.[1]
No hubo tiempo para más. El centinela les ordenó que terminaran, y Juan se despidió con una bendición para ambos. Jacob y Recab se fueron de la fortaleza en silencio y sin pronunciar palabra en un buen rato. Estaban desconcertados con esta declaración de su maestro. «Jesús venía del Cielo». ¿Cómo podía ser verdad semejante cosa?
Esta conversación entre Juan y sus discípulos está basada en El Libro de Urantia (LU 135:11.2-3). En similares términos aparece en Jn 3:22-36. ↩︎