1. En el libro anterior, honorable Epafrodito, he demostrado nuestra antigüedad y confirmado la verdad de lo que he dicho, a partir de los escritos de los fenicios, caldeos y egipcios. Además, he presentado a muchos escritores griegos como testigos de ello. También he refutado a Manetón y a Cheremón, y a algunos otros de nuestros enemigos. Ahora [1], por lo tanto, comenzaré a refutar a los demás autores que han escrito algo contra nosotros; aunque confieso que he tenido dudas sobre Apión [2], el gramático, sobre si debía tomarme la molestia de refutarlo o no. Pues algunos de sus escritos contienen prácticamente las mismas acusaciones que otros nos han hecho; algunas cosas que ha añadido son muy frías y despreciables, y la mayor parte de lo que dice es muy injurioso y, para ser sinceros, lo demuestra como una persona muy ignorante. Lo que arma parece obra de un hombre de muy mala moral, y de alguien que no ha sido mejor que un charlatán en toda su vida. Sin embargo, como hay muchos hombres tan necios que se dejan atrapar por tales discursos que por lo escrito con cuidado, y se complacen en reprochar a otros y no soportan oír elogios, pensé que era necesario no dejar ir sin interrogatorio a este hombre, que había escrito tal acusación contra nosotros, como si quisiera llevarnos a responder en un tribunal público. Pues también he observado que muchos se alegran mucho al ver a un hombre que, al principio, empezó a reprochar a otro, verse expuesto al desprecio por los vicios de los que él mismo ha sido culpable. Sin embargo, no es fácil comprender el discurso de este hombre ni comprender con claridad lo que quiere decir; sin embargo, en medio de la gran confusión y desorden de sus falsedades, parece presentar, en primer lugar, cosas que se asemejan a lo que ya hemos examinado y que se refieren a la salida de nuestros antepasados de Egipto; y, en segundo lugar, acusa a los judíos habitantes de Alejandría; y, en tercer lugar, mezcla estas acusaciones con respecto a las purificaciones sagradas y a los demás ritos legales practicados en el templo.
2. Si bien creo haber demostrado ya, y mucho más de lo necesario, que nuestros antepasados no eran originalmente egipcios ni fueron expulsados de allí, ni por enfermedades ni por otras calamidades similares, me referiré brevemente a lo que Apión añade al respecto; pues en su tercer libro, que trata sobre los asuntos de Egipto, dice: «He oído hablar de los antiguos egipcios: Moisés era de Heliópolis y se consideraba obligado a seguir las costumbres de sus antepasados, ofreciendo sus oraciones al aire libre, hacia las murallas de la ciudad; pero que las reducía a orientarse hacia la salida del sol, lo cual convenía a la ubicación de Heliópolis; que también erigió pilares en lugar de gnomones, bajo los cuales se representaba una cavidad similar a la de una barca, y la sombra que caía de sus cimas caía sobre dicha cavidad, para que pudiera girar en la misma dirección que el sol gira en la otra». Esta es la maravillosa relación que nos ha dado este gramático. Pero su falsedad es tan evidente que bastan pocas palabras para demostrarla, aunque se manifiesta en las obras de Moisés; pues cuando erigió el primer tabernáculo para Dios, él mismo no ordenó que se hiciera en él una representación semejante, ni ordenó que quienes le sucedieran la hicieran. Además, cuando en una época posterior Salomón construyó su templo en Jerusalén, evitó todas las decoraciones innecesarias que Apión ha ideado aquí. Dice además que había «oído de los antiguos que Moisés era de Helópolis». Ciertamente, esto se debía a que, siendo él mismo joven, creía en quienes, por su edad avanzada, lo conocían y conversaban con él. Ahora bien, este gramático, tal como era, no podía determinar con certeza cuál era el país del poeta Homero, como tampoco podía determinar cuál era el país de Pitágoras, quien vivió hace relativamente poco tiempo. Sin embargo, determina con tanta facilidad la edad de Moisés, quien los precedió por tantos años, basándose en el relato de sus antiguos, lo que demuestra su notorio mentiroso. Pero en cuanto a esta determinación cronológica del tiempo cuando dice que sacó de Egipto a los leprosos, ciegos y cojos, ¡fíjense en lo bien que concuerda este preciso gramático nuestro con quienes escribieron antes que él! Manetón dice que los judíos salieron de Egipto durante el reinado de Tetmosis, trescientos noventa y tres años antes de que Dánao huyera a Argos; Lisimeo dice que fue bajo el reinado de Bocoris, es decir, hace mil setecientos años; Molón y algunos otros lo determinaron a su antojo; pero este Apión nuestro, digno de ser creído antes que ellos, ha determinado con exactitud que fue en la séptima olimpiada y en el primer año de dicha olimpiada; el mismo año en que dice que los fenicios construyeron Cartago.La razón por la que añadió la construcción de Cartago fue, sin duda, para, según él, reforzar su afirmación con una cronología tan evidente. Pero no era consciente de que esta característica refuta su afirmación; pues si damos crédito a los registros fenicios en cuanto a la época de la primera llegada de su colonia a Cartago, relatan que Hirom, su rey, precedió a la construcción de Cartago más de ciento cincuenta años antes; sobre él ya he presentado testimonios extraídos de dichos registros fenicios, y también que este Hirom era amigo de Salomón cuando construía el templo de Jerusalén, y le prestó gran ayuda en su construcción; mientras que Salomón mismo construyó ese templo seiscientos doce años después de la salida de los judíos de Egipto. En cuanto al número de los expulsados de Egipto, ha logrado obtener la misma cifra que Lisimeo, y dice que fueron ciento diez mil. Luego atribuye una ocasión maravillosa y plausible para el nombre del Sabbath; pues dice que «cuando los judíos habían viajado seis días, tenían bubones en las ingles; y que por esta razón descansaron el séptimo día, como si hubieran llegado sanos y salvos a ese país que ahora se llama Judea; que entonces conservaron el idioma de los egipcios y llamaron a ese día el Sabbath, porque esa enfermedad de bubones en las ingles era llamada Sabbatosis por los egipcios». ¿Y no se reiría alguien ahora de la nimiedad de este sujeto, o más bien odiaría su descaro al escribir así? Parece que debemos dar por sentado que todos estos ciento diez mil hombres deben tener estos bubones. Pero, con seguridad, si esos hombres hubieran sido ciegos y cojos, y hubieran tenido todo tipo de enfermedades, como dice Apión que tenían, no podrían haber hecho un solo día de viaje; Pero si todos hubieran podido atravesar un vasto desierto y, además, luchar y vencer a quienes se les oponían, no todos habrían tenido bubas en las ingles al sexto día; pues tal malestar no les ocurre de forma natural ni necesaria a quienes viajan; pero aun así, cuando hay decenas de miles en un campamento, recorren constantemente un espacio determinado [en un día]. Tampoco es probable que tal cosa sucediera por casualidad; sería prodigiosamente absurdo suponerlo. Sin embargo, nuestro admirable autor Apión nos ha dicho antes que «llegaron a Judea en seis días»; y también que «Moisés subió a un monte llamado Sinaí, situado entre Egipto y Arabia, y permaneció allí oculto cuarenta días, y al descender de allí dio leyes a los judíos». Pero, entonces, ¿cómo fue posible que permanecieran cuarenta días en un lugar desierto sin agua, y al mismo tiempo atravesaran todo el país entre ese lugar y Judea en seis días? Y en cuanto a esta traducción gramatical de la palabra sábado,O bien contiene un ejemplo de su gran descaro o de su gran ignorancia; pues las palabras Sabbo y Sabbath son muy diferentes entre sí; pues la palabra Sabbath en el idioma judío denota descanso de todo tipo de trabajo; pero la palabra Sabbo, como él afirma, denota entre los egipcios la enfermedad de un bubón en la ingle.
3. Este es el novedoso relato que nos ofrece el egipcio Apión sobre la salida de los judíos de Egipto, y no es más que una invención suya. Pero ¿por qué sorprendernos de las mentiras que dice sobre nuestros antepasados, al afirmar que son de origen egipcio, y también sobre sí mismo? Pues aunque nació en Oasis, Egipto, se proclama, como se diría, el hombre más importante de todos los egipcios; sin embargo, reniega de su verdadero país y de sus progenitores, y al fingir haber nacido en Alejandría, no puede negar la [3] depravación de su familia; pues vean con qué justicia llama a los egipcios a quienes odia y a quienes se esfuerza por reprochar; pues si no hubiera considerado a los egipcios un nombre de gran reproche, no habría evitado el nombre de egipcio; pues sabemos que quienes se jactan de su país se valoran por la denominación que adquieren con ello, y reprenden a quienes injustamente la reclaman. En cuanto a la afirmación de los egipcios de ser de nuestra familia, lo hacen por una de las siguientes razones: o bien porque se valoran a sí mismos por ello y pretenden tener esa relación con nosotros; o bien porque quieren atraernos a ser partícipes de su propia infamia. Pero este buen hombre, Apión, parece usar este apelativo reprochable contra nosotros, [de que originalmente éramos egipcios], para otorgárselo a los alejandrinos, como recompensa por el privilegio que le habían dado de ser conciudadano suyo. También es consciente de la mala voluntad que los alejandrinos tienen hacia los judíos que son sus conciudadanos, y por ello se propone reprocharles, aunque con ello deba incluir también a todos los demás egipcios; siendo en ambos casos un mentiroso descarado.
4. Pero veamos ahora cuáles son esos graves y perversos crímenes que Apión imputa a los judíos alejandrinos. «Vinieron (dice) de Siria y habitaron cerca del mar tempestuoso, cerca del embate de las olas». Ahora bien, si el lugar de residencia incluye algo que se reprocha, este hombre no reprocha a su propio país, Egipto, sino al que pretende ser su propio país, Alejandría; pues todos coinciden en que la parte de la ciudad cercana al mar es la mejor para habitar. Si los judíos conquistaron esa parte de la ciudad por la fuerza y la han conservado hasta ahora sin oposición, esto es una muestra de su valor; pero en realidad fue el propio Alejandro quien les dio ese lugar para habitar, al obtener allí los mismos privilegios que los macedonios. No puedo imaginar qué habría dicho Apión si su residencia hubiera estado en la Necrópolis, y no hubiera estado firmemente establecida por el palacio real, como está. Ni su nación había recibido hasta el día de hoy la denominación de macedonios [como se les ha dado]. Si este hombre hubiera leído las epístolas del rey Alejandro o las de Ptolomeo hijo de Lago, o hubiera consultado los escritos de los reyes que le sucedieron, o ese pilar que aún se conserva en Alejandría y que contiene los privilegios que el gran Julio César otorgó a los judíos; si este hombre, digo, hubiera conocido estos registros, y aun así hubiera tenido la desfachatez de escribir en contradicción con ellos, habría demostrado ser un hombre malvado; pero si no supiera nada de estos registros, habría demostrado ser un hombre muy ignorante. Es más, cuando parece preguntarse cómo se podía llamar alejandrinos a los judíos, este es otro ejemplo similar de su ignorancia; pues todos los que son llamados colonias, aunque estén muy distantes entre sí en su origen, reciben sus nombres de quienes los traen a sus nuevas residencias. ¿Y qué razón hay para hablar de otros, cuando a los judíos que vivimos en Antioquía nos llaman antioquenos porque Seleuco, el fundador de esa ciudad, les otorgó los privilegios correspondientes? De igual manera, los judíos que habitan Éfeso y las demás ciudades de Jonia disfrutan del mismo nombre que los que nacieron allí, por concesión de los príncipes sucesores; es más, la bondad y humanidad de los romanos ha sido tan grande que ha permitido a casi todos los demás llevar el mismo nombre de romanos; no me refiero solo a hombres en particular, sino también a naciones enteras y extensas; pues los que antiguamente se llamaban iberos, tirrenos y sabinos, ahora se llaman romaníes. Y si Apión rechaza esta forma de obtener el privilegio de ciudadano de Alejandría, que se abstenga de llamarse alejandrino en adelante; pues de lo contrario, ¿cómo podría ser alejandrino quien nació en el corazón mismo de Egipto, si esta forma de aceptar tal privilegio, del que nos privaría, es abrogada una vez? Aunque en realidad estos romanos,Quienes ahora son los señores de la tierra habitable, han prohibido a los egipcios tener los privilegios de cualquier ciudad; mientras que este noble, dispuesto a disfrutar de un privilegio que le está prohibido usar, intenta con calumnias privar de él a quienes lo han recibido con justicia. Alejandro no trajo a algunos de nuestra nación a Alejandría, porque carecía de habitantes para esta ciudad, en cuya construcción había invertido tanto esfuerzo; sino que esto se le dio a nuestro pueblo como recompensa, porque, tras una cuidadosa prueba, había comprobado que todos eran hombres de virtud y fidelidad hacia él; pues, como dice Hécateo sobre nosotros: «Alejandro honró a nuestra nación de tal manera que, por la equidad y fidelidad que los judíos le mostraron, les permitió mantener la región de Samaria libre de tributos. De la misma opinión era Ptolomeo, hijo de Lago, respecto a los judíos que vivían en Alejandría». Pues confió las fortalezas de Egipto en sus manos, convencido de que las custodiarían fiel y valientemente para él; y cuando quiso asegurar el gobierno de Cirene y las demás ciudades de Libia, envió un grupo de judíos a residir en ellas. Y para su sucesor, Ptolomeo, llamado Filadelfo, no solo liberó a todos los cautivos de nuestra nación bajo su mando, sino que con frecuencia dio dinero para su rescate; y, lo que fue su mayor obra, anhelaba conocer nuestras leyes y obtener los libros de nuestras Sagradas Escrituras; por consiguiente, deseaba que se le enviaran hombres que pudieran interpretarlas; y, para que las compilaran correctamente, no encomendó esa tarea a personas comunes, sino que designó a Demetrio Falero, Andrés y Aristeas; el primero, Demetrio, la persona más erudita de su época, y a los demás, a quienes se les confió la custodia de su cuerpo; debería ocuparse de este asunto; y ciertamente no habría estado tan deseoso de aprender nuestras leyes y la filosofía de nuestra nación si hubiera despreciado a los hombres que hacían uso de ellas, o si no los hubiera tenido en gran admiración.De la misma opinión era también Ptolomeo, hijo de Lago, respecto a los judíos que habitaban en Alejandría. Pues confió las fortalezas de Egipto en sus manos, convencido de que las custodiarían fiel y valientemente para él; y cuando quiso asegurar el gobierno de Cirene y las demás ciudades de Libia, envió un grupo de judíos a residir en ellas. Y para su sucesor, Ptolomeo, llamado Filadelfo, no solo liberó a todos los cautivos de nuestra nación bajo su mando, sino que con frecuencia dio dinero para su rescate; y, lo que fue su mayor obra, anhelaba conocer nuestras leyes y obtener los libros de nuestras Sagradas Escrituras; por consiguiente, deseaba que se le enviaran hombres que pudieran interpretarlas; y, para que las compilaran correctamente, no encomendó esa tarea a personas comunes, sino que designó a Demetrio Falero, Andrés y Aristeas; el primero, Demetrio, la persona más erudita de su época, y a los demás, a quienes se les confió la custodia de su cuerpo; debería ocuparse de este asunto; y ciertamente no habría estado tan deseoso de aprender nuestras leyes y la filosofía de nuestra nación si hubiera despreciado a los hombres que hacían uso de ellas, o si no los hubiera tenido en gran admiración.Del mismo modo pensaba Ptolomeo hijo de Lago respecto a los judíos que habitaban en Alejandría. Pues confió las fortalezas de Egipto en sus manos, convencido de que las custodiarían fiel y valientemente para él; y cuando quiso asegurar el gobierno de Cirene y las demás ciudades de Libia, envió un grupo de judíos a residir en ellas. Y para su sucesor, Ptolomeo, llamado Filadelfo, no solo liberó a todos los cautivos de nuestra nación bajo su mando, sino que con frecuencia dio dinero para su rescate; y, lo que fue su mayor obra, anhelaba conocer nuestras leyes y obtener los libros de nuestras Sagradas Escrituras; por consiguiente, deseaba que se le enviaran hombres que pudieran interpretarlas; y, para que las compilaran correctamente, no encomendó esa tarea a personas comunes, sino que designó a Demetrio Falero, Andrés y Aristeas; el primero, Demetrio, la persona más erudita de su época, y a los demás, a quienes se les confió la custodia de su cuerpo; debería ocuparse de este asunto; y ciertamente no habría estado tan deseoso de aprender nuestras leyes y la filosofía de nuestra nación si hubiera despreciado a los hombres que hacían uso de ellas, o si no los hubiera tenido en gran admiración.
5. Ahora bien, este Apión desconocía a casi todos los reyes de aquellos macedonios que afirma haber sido sus progenitores, quienes, sin embargo, nos tenían muy buenos sentimientos; pues el tercero de estos Ptolomeos, llamado Evergetes, tras apoderarse de toda Siria por la fuerza, no ofreció ofrendas de agradecimiento a los dioses egipcios por su victoria, sino que fue a Jerusalén y, según nuestras propias leyes, ofreció numerosos sacrificios a Dios y le dedicó los dones necesarios para tal victoria. En cuanto a Ptolomeo Filómetro y su esposa Cleopatra, pusieron todo su reino en manos de los judíos, mientras que Onías y Dositeo, ambos judíos, cuyos nombres Apión ridiculiza, eran los generales de todo su ejército. Pero, sin duda, en lugar de reprocharles, debería admirar sus acciones y agradecerles la salvación de Alejandría, de cuya ciudad afirma ser ciudadano. Pues cuando estos alejandrinos estaban en guerra con la reina Cleopatra y corrían el peligro de ser completamente arruinados, estos judíos los llevaron a un acuerdo y los liberaron de las miserias de una guerra civil. «Pero entonces (dice Apión) Onías trajo un pequeño ejército a la ciudad cuando Thorruns, el embajador romano, estaba presente». Sí, me atrevo a decir, y que actuó con acierto y mucha justicia al hacerlo; pues Ptolomeo, llamado Physco, tras la muerte de su hermano Filómetro, vino de Cirene y habría expulsado a Cleopatra y a sus hijos del reino para obtenerlo injustamente. [4] Por esta razón, Onías emprendió una guerra contra él por causa de Cleopatra; no abandonaría la confianza que la familia real había depositado en él en su apuro. En consecuencia, Dios dio un testimonio notable de su justo proceder; Pues cuando Ptolomeo Fisco [5] tuvo la osadía de luchar contra el ejército de Onías y capturó a todos los judíos que se encontraban en la ciudad de Alejandría, con sus hijos y esposas, y los expuso desnudos y atados a sus elefantes para que los pisotearan y los destruyeran, y tras emborracharlos para tal fin, el resultado fue contrario a sus preparativos; pues estos elefantes dejaron a los judíos expuestos a ellos y se abalanzaron sobre los amigos de Fisco, matando a un gran número de ellos. Es más, después de esto, Ptolomeo vio un terrible fantasma que le prohibió hacer daño a aquellos hombres: su misma concubina, a quien tanto amaba (algunos la llaman Ítaca, otros Irene), le suplicó que no cometiera tan gran maldad. Así que accedió a su petición y se arrepintió de lo que ya había hecho o estaba a punto de hacer. De donde es bien sabido que los judíos alejandrinos celebran con razón este día, pues en él se les concedió una liberación tan evidente de Dios. Sin embargo, Apión, el común calumniador de los hombres, tiene la presunción de acusar a los judíos de hacer esta guerra contra Physco.Cuando debería haberlos elogiado por ello. Este hombre también menciona a Cleopatra, la última reina de Alejandría, y nos insulta por ser ingrata con nosotros; cuando debería haberla reprendido, pues se entregó a toda clase de injusticias y malas prácticas, tanto con sus parientes más cercanos y esposos que la habían amado, como, de hecho, en general, con respecto a todos los romanos y los emperadores que fueron sus benefactores; quien también mandó asesinar a su hermana Arsínoe en un templo, sin haberle causado ningún daño; además, mandó asesinar a su hermano por traición privada, y destruyó los dioses de su país y los sepulcros de sus progenitores; y aunque había recibido su reino del primer César, tuvo la desfachatez de rebelarse contra su hijo y sucesor. Es más, corrompió a Antonio con sus artimañas amorosas, lo convirtió en enemigo de su país, lo volvió traicionero con sus amigos y, por su intermedio, despojó a algunos de su autoridad real y obligó a otros, en su locura, a actuar con maldad. Pero ¿para qué extenderme más en este punto, cuando abandonó a Antonio en su lucha en el mar, a pesar de ser su esposo y padre de sus hijos comunes, y lo obligó a renunciar a su gobierno, con el ejército, y a seguirla a Egipto? Es más, cuando César tomó Alejandría, llegó a tal extremo de crueldad que declaró tener alguna esperanza de salvar sus asuntos, en caso de que pudiera matar a los judíos, aunque fuera con sus propias manos; a tal grado de barbarie y perfidia había llegado. ¿Y acaso alguien piensa que no podemos jactarnos de nada si, como dice Apión, esta reina no nos distribuyó trigo en tiempos de hambruna? Sin embargo, al final recibió el castigo que merecía. En cuanto a nosotros, los judíos, apelamos al gran César por la ayuda que le brindamos y la fidelidad que le mostramos contra los egipcios; así como al Senado y sus decretos, y a las epístolas de César Augusto, que justifican nuestros méritos ante los romanos. Apión debería haber considerado esas epístolas, y en particular haber examinado los testimonios dados a nuestro favor, bajo Alejandro y todos los Ptolomeos, y los decretos del Senado y de los más grandes emperadores romanos. Y si Germánico no pudo distribuir trigo a todos los habitantes de Alejandría, eso solo demuestra la inutilidad de la época y la gran escasez de trigo que existía entonces, pero no refuerza la acusación de los judíos; pues es bien sabido lo que todos los emperadores han pensado de los judíos alejandrinos, pues esta distribución de trigo no se omitió de ninguna otra manera con respecto a los judíos, como sí se omitió con respecto a los demás habitantes de Alejandría. Pero aún deseaban preservar lo que los reyes anteriormente habían confiado a su cuidado, es decir, la custodia del río; y tampoco aquellos reyes los consideraban indignos de tener la custodia total del mismo en todas las ocasiones.
6. Pero además de esto, Apión nos objeta: «Si los judíos (dice) son ciudadanos de Alejandría, ¿por qué no adoran a los mismos dioses que los alejandrinos?». A lo que respondo: Ya que ustedes son egipcios, ¿por qué se enfrentan entre sí y mantienen guerras implacables por su religión? En este caso, no debemos llamarlos egipcios, ni siquiera hombres en general, porque crían con gran cuidado animales de una naturaleza completamente contraria a la humana, aunque la naturaleza de todos los hombres parece ser la misma. Ahora bien, si hay tales diferencias de opinión entre ustedes, los egipcios, ¿por qué les sorprende que quienes llegaron a Alejandría de otro país, y que ya tenían leyes originales, perseveren en la observancia de esas leyes? Pero aun así, nos acusa de ser autores de sedición; acusación, si es justa, ¿por qué no se nos imputa a todos, ya que se sabe que todos compartimos la misma opinión? Además, quienes investiguen estos asuntos pronto descubrirán que los autores de la sedición fueron ciudadanos de Alejandría como Apión; pues mientras los griegos y macedonios ocupaban esta ciudad, no se levantó ninguna sedición contra nosotros, y se nos permitió observar nuestras antiguas solemnidades; pero cuando el número de egipcios aumentó, la situación se tornó confusa, y entonces estas sediciones estallaron con mayor frecuencia, mientras nuestro pueblo permaneció incorrupto. Estos egipcios, por lo tanto, fueron los autores de estos disturbios, quienes, careciendo de la constancia de los macedonios, ni la prudencia de los griegos, se entregaron a las malas costumbres de los egipcios y continuaron su antiguo odio contra nosotros; pues lo que aquí se nos imputa con tanta presunción se debe a las diferencias que existen entre ellos. Mientras que muchos de ellos no obtuvieron los privilegios de ciudadanía en su debido momento, sino que califican a quienes se sabe que gozaron de ese privilegio como extranjeros. Pues no parece que ningún rey haya otorgado anteriormente esos privilegios de ciudadanía a los egipcios, como tampoco lo han hecho los emperadores más recientemente. Si bien fue Alejandro quien nos introdujo en esta ciudad al principio, los reyes aumentaron nuestros privilegios allí, y los romanos se han complacido en preservarlos siempre inviolables. Además, Apión nos criticaría por no erigir imágenes para nuestros emperadores, como si estos no lo supieran antes o necesitaran a Apión como su defensor. En cambio, debería haber admirado la magnanimidad y modestia de los romanos, quienes no obligan a sus súbditos a transgredir las leyes de sus países, sino que están dispuestos a recibir los honores que les corresponden de la misma manera que quienes deben rendirles homenaje con piedad y conforme a sus propias leyes. porque no agradecen a la gente que les confiere honores, cuando se ven obligados por la violencia a hacerlo.En consecuencia, dado que los griegos y algunas otras naciones consideran correcto hacer imágenes, incluso cuando han pintado las de sus padres, esposas e hijos, se regocijan de alegría; y hay quienes se hacen retratos de personas que no tienen ningún parentesco con ellos; incluso algunos se hacen retratos de sirvientes que aprecian; ¿qué tiene de extraño que estos parezcan dispuestos a rendir el mismo respeto a sus príncipes y señores? Pero nuestro legislador nos ha prohibido hacer imágenes, no como una denuncia previa de que la autoridad romana no debía ser honrada, sino por despreciar algo que no era necesario ni útil ni para Dios ni para el hombre; y les prohibió, como demostraremos más adelante, hacer estas imágenes para cualquier parte de la creación animal, y mucho menos para Dios mismo, quien no forma parte de dicha creación animal. Sin embargo, nuestro legislador no nos ha prohibido en ningún lugar rendir honores a hombres dignos, siempre que sean de otra clase e inferiores a los que rendimos a Dios. Con estos honores testificamos voluntariamente nuestro respeto a nuestros emperadores y al pueblo de Roma; también ofrecemos sacrificios perpetuos por ellos; no solo los ofrecemos diariamente a expensas de todos los judíos, sino que, aunque no ofrecemos otros sacrificios similares con nuestros gastos comunes, ni siquiera por nuestros propios hijos, lo hacemos como un honor peculiar a los emperadores, y solo a ellos, sin hacer lo mismo con ninguna otra persona. Y baste esto para responder en general a Apión sobre lo que dice en relación con los judíos alejandrinos.mientras que no hacemos lo mismo con ninguna otra persona. Y baste esto como respuesta general a Apión, en cuanto a lo que dice respecto a los judíos alejandrinos.mientras que no hacemos lo mismo con ninguna otra persona. Y baste esto como respuesta general a Apión, en cuanto a lo que dice respecto a los judíos alejandrinos.
7. Sin embargo, no puedo sino admirar a los otros autores que le proporcionaron a este hombre tales materiales; me refiero a Posidonio y Apolonio [hijo de] Molón, [6] quienes, aunque nos acusan de no adorar a los mismos dioses que otros adoran, se consideran inocentes de impiedad cuando mienten sobre nosotros e inventan historias absurdas y reprochadoras sobre nuestro templo; mientras que es vergonzoso que los hombres libres inventen mentiras en cualquier ocasión, y mucho más inventarlas sobre nuestro templo, que fue tan famoso en todo el mundo y fue preservado tan sagrado por nosotros; pues Apión tiene la desfachatez de afirmar que «los judíos colocaron una cabeza de asno en su lugar sagrado»; y afirma que esto se descubrió cuando Antíoco Epífanes saqueó nuestro templo y encontró allí la cabeza de asno hecha de oro, que valía mucho dinero. A esto, mi primera respuesta será que, si hubiera existido algo así entre nosotros, un egipcio no debería habernos lo reprochado, ya que un asno no es un animal más despreciable que… [7] y las cabras, y otras criaturas similares, que entre ellas son dioses. Pero además de esta respuesta, agrego: ¿cómo es que Apión no entiende que esto no es más que una mentira palpable, y que la propia mentira lo refuta como absolutamente increíble? Pues los judíos siempre nos regimos por las mismas leyes, en las que perseveramos constantemente; y aunque muchas desgracias han azotado a nuestra ciudad, como otras similares han acontecido a otros, y aunque Teo Epifanes, Pompeyo el Grande, Licinio Craso y, por último, Tito César, nos han vencido en la guerra y se han apoderado de nuestro templo; sin embargo, ninguno de ellos ha encontrado allí algo así, ni nada que no fuera conforme a la más estricta piedad. Aunque no tenemos libertad de revelar a otras naciones lo que encontraron. Pero Antíoco [Epífanes] no tenía justa causa para el destrozo que causó en nuestro templo; solo acudió cuando le faltaba dinero, sin declararse enemigo nuestro, y nos atacó mientras éramos sus asociados y amigos; no encontró allí nada ridículo. Esto lo atestiguan muchos escritores dignos: Polibio de Megalópolis, Estrabón de Capadocia, Nicolás de Damasco, Timajenes, Cástor el cronotero y Apolodoro; [8] quienes afirman que fue por falta de dinero que Antíoco rompió su alianza con los judíos y saqueó su templo cuando estaba lleno de oro y plata. Apión debería haber considerado estos hechos, a menos que él mismo hubiera tenido corazón de asno o la desfachatez de un perro; de un perro como el que veneran, me refiero; pues no tenía otra razón externa para las mentiras que dice sobre nosotros. En cuanto a nosotros, los judíos, no atribuimos honor ni poder a los asnos, como los egipcios a los cocodrilos y áspides, cuando consideran a quienes son atrapados por los primeros o mordidos por los segundos como personas felices y dignas de Dios. Los asnos son para nosotros lo mismo que para otros sabios, a saber:criaturas que soportan las cargas que les imponemos; pero si vienen a nuestras eras y se comen nuestro trigo, o no cumplen lo que les imponemos, les damos muchos azotes, porque su trabajo es ayudarnos en nuestros asuntos agrícolas. Pero este Apión nuestro o bien era completamente torpe en la composición de tales discursos falaces, o bien, cuando empezó [algo mejor], no pudo perseverar en su empeño, ya que no tiene ningún éxito en los reproches que nos lanza.
8. Añade otra fábula griega para reprocharnos. En respuesta, bastaría decir que quienes se atreven a hablar del culto divino no deben ignorar esta simple verdad: que es menos impureza pasar por los templos que inventar calumnias perversas sobre sus sacerdotes. Ahora bien, hombres como él se esfuerzan más por justificar a un rey sacrílego que por escribir lo justo y lo verdadero sobre nosotros y nuestro templo; pues cuando desean complacer a Antíoco y ocultar la perfidia y el sacrilegio que cometió con respecto a nuestra nación, cuando le faltaba dinero, se esfuerzan por deshonrarnos y mienten incluso sobre el futuro. Apión se convierte en profeta de otros hombres en esta ocasión, y dice que “Antíoco encontró en nuestro templo una cama, y a un hombre acostado sobre ella, con una pequeña mesa delante de él, llena de exquisiteces de los [peces del] mar y las aves de la tierra firme; que este hombre se asombró de estas exquisiteces así puestas delante de él; que inmediatamente adoró al rey, a su llegada, con la esperanza de que le brindara toda la ayuda posible; que cayó de rodillas, y extendió hacia él su mano derecha, y le rogó que lo soltara; y que cuando el rey le pidió que se sentara y le dijera quién era, y por qué vivía allí, y cuál era el significado de esos diversos tipos de alimentos que se le pusieron delante, el hombre presentó una queja lamentable, y con suspiros y lágrimas en los ojos, le dio este relato de la angustia en la que se encontraba; y dijo que era griego y que mientras recorría esta provincia, para ganarse la vida, fue apresado por extranjeros, en De repente, lo trajeron a este templo y lo encerraron allí, sin que nadie lo viera, pero engordó con estas curiosas provisiones que le pusieron delante. Al principio, estas inesperadas ventajas le parecieron motivo de gran alegría; pero después, le despertaron sospechas y, finalmente, asombro, sobre su significado. Finalmente, preguntó a los sirvientes que acudieron a él, quienes le informaron que lo alimentaban así para cumplir una ley judía que no debían revelarle. Y que hacían lo mismo en una fecha fija cada año: solían atrapar a un extranjero griego, engordarlo así cada año, llevarlo a un bosque, matarlo, sacrificarlo con sus solemnidades habituales, probar sus entrañas y jurar, al sacrificar a un griego, que siempre estarían enemistados con los griegos; y arrojar los restos del miserable desdichado a un pozo. Apión añade además que “el hombre dijo que faltaban pocos días para que lo mataran, e imploró a Antíoco que, por la reverencia que tenía hacia los dioses griegos, desbarataría las trampas que los judíos habían tendido para obtener su sangre, y lo libraría de las miserias que lo rodeaban.Esta es una fábula trágica, llena de crueldad e impudencia; sin embargo, no excusa a Antíoco de su intento sacrílego, como suelen suponer quienes la escriben en su defensa; pues no podía prever de antemano que se encontraría con algo así al llegar al templo, sino que debió encontrarlo inesperadamente. Por lo tanto, seguía siendo una persona impía, dada a los placeres ilícitos, y sin consideración alguna por Dios en sus acciones. Pero [en cuanto a Apión], hizo todo lo que su extravagante amor por la mentira le dictaba, como es muy fácil descubrir al examinar sus escritos; pues es sabido que la diferencia de nuestras leyes no se refiere solo a los griegos, sino que son principalmente opuestas a las de los egipcios y también a algunas otras naciones. Si bien sucede que hombres de todos los países vienen a veces a residir entre nosotros, ¿cómo es posible que juremos y conspiremos solo contra los griegos, y eso por el derramamiento de su sangre? ¿También? ¿O cómo es posible que todos los judíos se reunieran para estos sacrificios, y que las entrañas de un solo hombre fueran suficientes para que miles los probaran, como pretende Apión? ¿O por qué el rey no llevó a este hombre, quienquiera que fuera y cualquiera que fuera su nombre (que no consta en el libro de Apión), con gran pompa de vuelta a su país? Cuando con ello podría haber sido considerado una persona religiosa y un gran amante de los griegos, y con ello podría haberse ganado el gran apoyo de todos contra el odio que los judíos le profesaban. Pero dejo este asunto; pues la forma correcta de refutar a los necios no es usar simples palabras, sino apelar a las mismas cosas que los contradicen. Ahora bien, todos los que presenciaron la construcción de nuestro templo, de qué naturaleza era, saben muy bien que su pureza jamás debía ser profanada; Pues tenía cuatro patios diferentes [9] rodeados de claustros, cada uno de los cuales, según nuestra ley, tenía un grado peculiar de separación del resto. Al primer patio se permitía la entrada a todos, incluso a los extranjeros, y solo a las mujeres, durante sus menstruaciones, se les prohibía el paso; todos los judíos entraban al segundo patio, junto con sus esposas, una vez libres de toda impureza; al tercer patio entraban los hombres judíos, una vez purificados; al cuarto, los sacerdotes, vestidos con sus vestimentas sacerdotales; pero para el lugar santísimo, solo entraban los sumos sacerdotes, vestidos con sus vestimentas peculiares. Ahora bien, se tiene tanta precaución con estos oficios religiosos, que los sacerdotes solo deben entrar al templo a ciertas horas; pues por la mañana, al abrirse el templo interior, quienes deben oficiar reciben los sacrificios, como lo hacen de nuevo al mediodía, hasta que se cierran las puertas. Por último, no es lícito llevar ningún recipiente a la casa santa; ni hay nada allí, excepto el altar del incienso,La mesa [del pan de la proposición], el incensario y el candelero, todos ellos escritos en la ley; pues no hay nada más allí, ni se celebran misterios que no se puedan mencionar; ni se celebra ningún banquete en el lugar. Lo que he dicho es de conocimiento público y está respaldado por el testimonio de todo el pueblo, y sus actos son muy evidentes; pues aunque hay cuatro turnos sacerdotales, y cada uno cuenta con más de cinco mil hombres, ofician solo en ciertos días; y cuando esos días terminan, otros sacerdotes realizan sus sacrificios, se reúnen al mediodía y reciben las llaves del templo y los vasos por cuenta propia, sin que se lleve al templo ningún alimento ni bebida; es más, no se nos permite ofrecer tales cosas en el altar, excepto lo preparado para los sacrificios.
9. ¿Qué podemos decir entonces de Apión sino que no examinó nada relacionado con estos asuntos, mientras que, sin embargo, pronunció palabras increíbles sobre ellos? Es una gran vergüenza que un gramático no sea capaz de escribir una historia veraz. Si bien conocía la pureza de nuestro templo, la ha ignorado por completo; inventó una historia sobre el arresto de un griego, sobre comida inefable y la preparación más exquisita de exquisiteces; y pretendió que los extranjeros podían entrar en un lugar donde no se permite la entrada a los hombres más nobles entre los judíos, a menos que sean sacerdotes. Esto, por lo tanto, es el mayor grado de impiedad y una mentira voluntaria, para engañar a quienes no quieren indagar en la verdad de los asuntos; mientras que los atroces males antes mencionados han sido ocasionados por las calumnias que se nos lanzan.
10. Además, este milagro o piedad nos burla aún más y añade los siguientes hechos pretendidos a su fábula anterior: Pues dice que este hombre relató cómo, “mientras los judíos libraban una larga guerra con los idumeos, llegó un hombre de una de las ciudades idumeas que había adorado a Apolo. Este hombre, cuyo nombre se dice que era Zabidus, se presentó ante los judíos y prometió que entregaría a Apolo, el dios de Dora, en sus manos, y que vendría a nuestro templo si todos subían con él y traían consigo a toda la multitud de los judíos; que Zabidus le hizo un instrumento de madera, lo colocó a su alrededor, y colocó tres filas de lámparas en él, y caminó de tal manera que a los que estaban a gran distancia les pareció una especie de estrella que caminaba sobre la tierra; que los judíos se asustaron terriblemente ante una aparición tan sorprendente y permanecieron muy callados a cierta distancia; y que Zabidus, mientras permanecían tan callados, entró en la casa santa y se llevó aquella cabeza de asno de oro, (pues tan jocosamente lo hace) (escribe), y luego regresó a Dora a toda prisa. ¡Y dilo, señor!, como puedo responder; entonces Apión carga al asno, es decir, a sí mismo, y le impone una carga de tonterías y mentiras; pues escribe sobre lugares que no existen, y al desconocer las ciudades de las que habla, cambia su situación; pues Idumea limita con nuestro país y está cerca de Gaza, donde no existe una ciudad llamada Dora; aunque es cierto que hay una ciudad llamada Dora en Fenicia, cerca del Monte Carmelo, pero está a cuatro días de viaje de Idumea. [10] Ahora bien, ¿por qué nos acusa este hombre de no tener dioses en común con otras naciones, si nuestros padres se convencieron tan fácilmente de que Apolo viniera a ellos, y creyeron verlo caminar sobre la tierra y las estrellas con él? Porque ciertamente quienes celebran tantos festivales en los que encienden lámparas, ¡a estas alturas nunca han visto un candelero! Pero aun así, parece que mientras Zabidus viajaba por el país, donde había decenas de miles de personas, nadie lo encontró. Incluso en tiempos de guerra, al parecer, encontró las murallas de Jerusalén desprovistas de guardias. Omito el resto. Ahora bien, las puertas de la casa santa tenían setenta [11] codos de alto y veinte codos de ancho; estaban todas revestidas de oro, casi de oro macizo, y se requerían no menos de veinte [12] hombres para cerrarlas cada día; tampoco era lícito dejarlas abiertas, aunque parece que este nuestro candelero las abrió fácilmente, o creyó abrirlas, pues creía tener la cabeza del asno en la mano. Por lo tanto, no se sabe con certeza si nos la devolvió, o si Apión la tomó y la llevó al templo para que Antíoco la encontrara y le sirviera de asidero para una segunda fábula suya.
11. Apión también cuenta una historia falsa al mencionar un juramento nuestro, como si hubiéramos jurado por Dios, Creador del cielo, la tierra y el mar, no tener buena voluntad con ningún extranjero, y en particular con ninguno de los griegos. Ahora bien, este mentiroso debería haber dicho directamente que no tendríamos buena voluntad con ningún extranjero, y en particular con ninguno de los egipcios. Pues entonces su historia sobre el juramento habría concordado con el resto de sus falsificaciones originales, en caso de que nuestros antepasados hubieran sido expulsados por sus parientes, los egipcios, no por alguna maldad de la que hubieran sido culpables, sino por las calamidades que padecían; pues en cuanto a los griegos, estábamos más alejados de ellos en cuanto a nuestra posición que en nuestras instituciones, de modo que no les tenemos enemistad ni envidia. Por el contrario, ha sucedido que muchos de ellos se han unido a nuestras leyes, y algunos han continuado en su observancia, aunque otros no han tenido bastante coraje para perseverar, y se han apartado de ellas nuevamente; y nadie jamás oyó este juramento hecho por nosotros: Apión, al parecer, fue la única persona que lo oyó, pues él fue, de hecho, el primer compositor.
12. Sin embargo, Apión merece ser admirado por su gran prudencia en cuanto a lo que voy a decir, que es: «Que hay una clara señal entre nosotros: ni tenemos leyes justas ni adoramos a Dios como deberíamos, porque no somos gobernantes, sino que estamos sujetos a gentiles, a veces a una nación y a veces a otra; y que nuestra ciudad ha estado sujeta a diversas calamidades, mientras que su ciudad [Alejandría] ha sido antaño una ciudad imperial, y no solía estar sujeta a los romanos». Pero ahora sería mejor que este hombre dejara de jactarse, pues cualquiera menos él pensaría que Apión dijo lo que dijo en su contra; pues son muy pocas las naciones que han tenido la fortuna de permanecer muchas generaciones en el principado, pero aun así, las mutaciones en los asuntos humanos las han sometido a otras; y la mayoría de las naciones han sido a menudo sometidas y sometidas por otras. Ahora bien, los egipcios quizás sean la única nación que ha tenido este extraordinario privilegio: nunca haber servido a ninguno de los monarcas que sometieron Asia y Europa, ¡y esto porque, según afirman, los dioses huyeron a su país y se salvaron transformándose en bestias salvajes! Mientras que estos egipcios [13] son precisamente el pueblo que, en todas las épocas pasadas, parece no haber tenido un solo día de libertad, ni siquiera de sus propios señores. Pues no les reprocharé que cuenten cómo los trataron los persas, y esto no solo una vez, sino muchas veces, cuando devastaron sus ciudades, demolieron sus templos y degollaron a los animales que consideraban dioses; pues no es razonable imitar la ridícula ignorancia de Apión, quien no se preocupa por las desgracias de los atenienses ni de los lacedemonios, considerados estos últimos por todos los hombres los más valientes, y los primeros los más religiosos de los griegos. No hablo de reyes famosos por su piedad, en particular de uno de ellos, llamado Creso, ni de las calamidades que sufrió en vida; no hablo de la ciudadela de Atenas, del templo de Éfeso, del de Delfos, ni de otros diez mil que fueron incendiados, sin que nadie reprochara a quienes sufrieron, sino a quienes lo perpetraron. Pero ahora nos hemos topado con Apión, un acusador de nuestra nación, aunque uno que aún olvida las miserias de su propio pueblo, los egipcios; pero es ese Sesostris, quien en su día fue un rey de Egipto tan célebre, quien lo ha cegado. Ahora no nos jactaremos de nuestros reyes, David y Salomón, aunque conquistaron muchas naciones; por lo tanto, los dejaremos en paz. Sin embargo, Apión ignora lo que todo el mundo sabe, que los egipcios fueron siervos de los persas, y después de los macedonios, cuando eran señores de Asia, y no eran mejores que esclavos, mientras que nosotros hemos disfrutado anteriormente de la libertad; es más,Han dominado las ciudades que nos rodean, y esto durante casi ciento veinte años, hasta Pompeyo Magno. Y cuando todos los reyes fueron conquistados por los romanos, nuestros antepasados fueron el único pueblo que continuó siendo considerado como sus aliados y amigos, debido a su fidelidad.[14]
13. «Pero», dice Apión, «los judíos no hemos tenido hombres admirables entre nosotros, ni inventores de artes, ni eminentes en sabiduría». Luego enumera a Sócrates, Zenón, Cleantes y algunos otros similares; y, al fin y al cabo, se añade a ellos, lo cual es lo más asombroso de todo lo que dice, y declara que Alejandría es feliz porque tiene un ciudadano como él; pues era el hombre más apto para dar testimonio de sus propios méritos, aunque a los demás no les ha parecido mejor que un charlatán perverso, de vida corrupta y discursos turbios; por lo cual uno puede con justicia compadecerse de Alejandría si se valora por un ciudadano como él. Pero en cuanto a nuestros propios hombres, hemos tenido a algunos tan dignos de elogio como cualquier otro, y quienes han consultado nuestras Antigüedades no pueden ignorarlos.
14. En cuanto a las demás cosas que él considera censurables, quizá sea mejor dejarlas pasar sin disculparse, para que se le permita ser su propio acusador y el del resto de los egipcios. Sin embargo, nos acusa de sacrificar animales y de abstenernos de carne de cerdo, y se burla de nosotros por la circuncisión de nuestras partes íntimas. En cuanto a nuestra matanza de animales domésticos para sacrificios, es común a nosotros y a todos los demás hombres; pero este Apión, al convertir en delito sacrificarlos, demuestra ser egipcio; pues si hubiera sido griego o macedonio, como pretende ser, no habría mostrado ninguna inquietud; pues esa gente se enorgullece de sacrificar hecatombes enteras a los dioses y utiliza esos sacrificios para festejar; y, sin embargo, no deja al mundo sin ganado, como Apión temía que ocurriera. Sin embargo, si todos los hombres hubieran seguido las costumbres de los egipcios, el mundo habría quedado desolado para la humanidad, y se habría llenado de bestias salvajes, a las que, creyéndolas dioses, alimentan con esmero. Sin embargo, si alguien le preguntara a Apión cuál de los egipcios considera el más sabio y piadoso, sin duda reconocería que los sacerdotes lo son; pues las historias dicen que dos cosas les fueron confiadas originalmente por mandato de sus reyes: el culto a los dioses y el fomento de la sabiduría y la filosofía. Por consiguiente, todos estos sacerdotes están circuncidados y se abstienen de comer carne de cerdo; ningún otro egipcio les ayuda a sacrificar los sacrificios que ofrecen a los dioses. Apión, por lo tanto, estaba completamente ciego cuando, por amor a los egipcios, se las ingenió para reprocharnos y acusar a otros de no solo usar esa conducta de la que él tanto abusa, sino también de haber enseñado a otros a circuncidarse, como dice Heródoto. Esto me hace pensar que Apión recibe aquí un justo castigo por lanzar tales reproches a las leyes de su propio país; pues él mismo se circuncidó por necesidad, a causa de una úlcera en su miembro genital; y al no obtener ningún beneficio de dicha circuncisión, sino que su miembro se pudrió, murió en un gran tormento. Ahora bien, las personas de buen carácter deben observar con precisión sus propias leyes religiosas y perseverar en ellas, pero no abusar inmediatamente de las leyes de otras naciones, mientras que este Apión abandonó sus propias leyes y mintió sobre las nuestras. Y este fue el final de la vida de Apión, y esta será la conclusión de nuestro discurso sobre él.
15. Pero ahora, dado que Apolonio Molón, Lisímaco y algunos otros escriben tratados sobre nuestro legislador Moisés y sobre nuestras leyes, que no son ni justas ni verdaderas, en parte por ignorancia, pero principalmente por mala voluntad hacia nosotros, mientras calumnian a Moisés como impostor y engañador, y pretenden que nuestras leyes nos enseñan maldad, pero nada virtuoso, me propongo disertar brevemente, según mi capacidad, sobre toda nuestra constitución de gobierno y sobre sus ramas particulares. Pues supongo que de ahí se hará evidente que las leyes que nos hemos dado están diseñadas de la mejor manera para el fomento de la piedad, la comunión mutua, el amor general a la humanidad, así como para la justicia, la perseverancia en el trabajo y el desprecio por la muerte. Y ruego a quienes lean este escrito mío que lo lean sin parcialidad; Pues no es mi propósito elogiarnos, pero consideraré esto como una justísima disculpa, tomada de nuestras leyes, según las cuales vivimos, contra las muchas y mentirosas objeciones que se nos han hecho. Además, dado que este Apolonio no actúa como Apión y nos acusa constantemente, sino que lo hace solo con sobresaltos y farsantes, mientras que a veces nos reprocha ateos y aborrecedores, a veces nos critica por nuestra falta de coraje, y a veces, por el contrario, nos acusa de excesiva audacia y locura en nuestra conducta; es más, dice que somos los más débiles de todos los bárbaros, y que esta es la razón por la que somos el único pueblo que no ha mejorado la vida humana; creo que entonces habré refutado suficientemente todas sus alegaciones cuando se demuestre que nuestras leyes imponen justo lo contrario de lo que él dice, y que nosotros mismos las observamos con mucho esmero. Y si me viera obligado a mencionar las leyes de otras naciones que son contrarias a las nuestras, quienes han pretendido desestimar nuestras leyes en comparación con las suyas deberían con razón agradecerse por ello, y no habrá, creo, lugar después para que pretendan o bien que nosotros no tenemos tales leyes, cuyo epítome presentaré al lector, o bien que nosotros, por encima de todos los hombres, no continuamos observándolas.
16. Para empezar, pues, desde una perspectiva retrospectiva, propongo, en primer lugar, que quienes han admirado el buen orden y la vida bajo leyes comunes, y que comenzaron a introducirlas, bien pueden tener este testimonio de que son mejores que otros hombres, tanto por su moderación como por la virtud natural. De hecho, su objetivo era que todo lo que ordenaban se considerara muy antiguo, para que no se pensara que imitaban a otros, sino que pareciera que habían legado un estilo de vida regular a quienes los sucedieron. Siendo así, la excelencia de un legislador se ve en proveer para la vida del pueblo de la mejor manera, y en convencer a quienes deben usar las leyes que él ordena para que tengan una buena opinión de ellas, y en obligar a la multitud a perseverar en ellas y a no modificarlas, ni en la prosperidad ni en la adversidad. Ahora bien, me atrevo a decir que nuestro legislador es el más antiguo de todos los legisladores de los que hemos oído hablar; En cuanto a los Licurgos, Solones, Zaleuco Locres, y todos esos legisladores tan admirados por los griegos, parecen de ayer, comparados con nuestro legislador, puesto que el nombre mismo de una ley era desconocido en la antigüedad entre los griegos. Homero da testimonio de la veracidad de esta observación, pues nunca usa ese término en todos sus poemas; pues, de hecho, entonces no existía tal cosa entre ellos, sino que la multitud se regía por sabias máximas y por los mandatos de su rey. También continuaron durante mucho tiempo con estas costumbres no escritas, aunque las cambiaban constantemente. Pero nuestro legislador, que era de mucha mayor antigüedad que los demás (como siempre confiesan incluso aquellos que hablan contra nosotros en todas las ocasiones), se exhibió ante el pueblo como su mejor gobernador y consejero, e incluyó en su legislación la conducta entera de sus vidas, y prevaleció con ellos para que la recibieran, y lo hizo de tal manera que aquellos que fueron familiarizados con sus leyes las observaron con mucho cuidado.
17. Pero consideremos su primera y mayor obra; pues cuando nuestros antepasados decidieron abandonar Egipto y regresar a su patria, Moisés tomó a los muchos miles del pueblo, los salvó de muchas angustias desesperadas y los trajo a casa sanos y salvos. Y ciertamente fue necesario atravesar un país sin agua y lleno de arena para vencer a sus enemigos y, durante estas batallas, salvar a sus hijos, esposas y presas; en todas estas ocasiones se convirtió en un excelente general del ejército, un consejero muy prudente y un hombre que cuidaba con esmero de todos; también logró que toda la multitud dependiera de él. Y aunque los hizo siempre obedientes a sus órdenes, no usó su autoridad para su propio beneficio, que es el momento habitual en que los gobernantes se apropian de grandes poderes, allanan el camino para la tiranía y acostumbran a la multitud a vivir en la más absoluta deshonestidad. Mientras que, cuando nuestro legislador tenía tanta autoridad, creía, por el contrario, que debía respetar la piedad y mostrar su gran benevolencia al pueblo; y creía que con esto podría demostrar su gran virtud y asegurar la seguridad más duradera a quienes lo habían elegido como su gobernador. Cuando llegó a tan buena resolución y realizó tan maravillosas hazañas, teníamos motivos para considerarlo un gobernador y consejero divino. Y cuando se convenció por primera vez [15] de que sus acciones y designios eran conformes a la voluntad de Dios, consideró su deber inculcar, sobre todo, esa idea en la multitud; pues quienes han creído una vez que Dios es el inspector de sus vidas, no se permitirán pecar. Y este es el carácter de nuestro legislador: no era un impostor ni un engañador, como afirman sus detractores, aunque injustamente, sino alguien como Minos [16], de quien se jactan entre los griegos y otros legisladores posteriores; pues algunos suponen que recibieron sus leyes de Júpiter, mientras que Minos afirmó que la revelación de sus leyes debía atribuirse a Apolo y a su oráculo de Delfos, ya sea que realmente creyeran que provenían de allí o supusieran, sin embargo, que podían persuadir fácilmente al pueblo de que así era. Pero, comparando esas leyes entre sí, será fácil determinar cuál de estos formuló las mejores leyes y cuál tenía mayores razones para creer que Dios era su autor; pues es hora de que lleguemos a ese punto. [17] Ahora bien, hay innumerables diferencias en las costumbres y leyes particulares que hay entre toda la humanidad, que un hombre puede resumir brevemente bajo los siguientes títulos: algunos legisladores han permitido que sus gobiernos estén bajo monarquías, otros los han puesto bajo oligarquías y otros bajo una forma republicana; pero nuestro legislador no tuvo en cuenta ninguna de estas formas,Pero ordenó que nuestro gobierno fuera lo que, en una expresión forzada, podría llamarse una Teocracia, [18] al atribuir la autoridad y el poder a Dios, y al persuadir a todo el pueblo a respetarlo como autor de todos los bienes que disfrutaba la humanidad en común o cada uno en particular, y de todo lo que obtenían al orarle en sus mayores dificultades. Les informó que era imposible escapar de la observación de Dios, incluso en nuestras acciones externas o en nuestros pensamientos. Además, representó a Dios como ingénito [19] e inmutable, por toda la eternidad, superior a todas las concepciones mortales en pulcritud; y, aunque conocido por su poder, desconocido para nosotros en cuanto a su esencia. No explicaré ahora cómo estas nociones de Dios son los sentimientos de los griegos más sabios, ni cómo se les enseñaron según los principios que él les proporcionó. Sin embargo, testifican con gran seguridad que estas nociones son justas y conformes con la naturaleza de Dios y su majestad; pues Pitágoras, Anaxágoras, Platón y los filósofos estoicos que les sucedieron, y casi todos los demás, comparten los mismos sentimientos y comparten las mismas nociones de la naturaleza de Dios; sin embargo, no se atrevieron a revelar esas verdaderas nociones a más que unos pocos, porque el pueblo ya tenía otras opiniones de antemano. Pero nuestro legislador, que hizo que sus acciones concordaran con sus leyes, no solo convenció a sus contemporáneos de estas nociones, sino que inculcó tan firmemente esta fe en Dios en toda su posteridad que nunca pudo ser eliminada. La razón por la que la constitución de esta legislación fue siempre más útil para todos que otras legislaciones es que Moisés no hizo de la religión una parte de la virtud, sino que vio y ordenó que otras virtudes fueran partes de la religión. Me refiero a la justicia, la fortaleza, la templanza y un acuerdo universal entre los miembros de la comunidad; pues todas nuestras acciones, estudios y palabras, según el mandato de Moisés, se refieren a la piedad hacia Dios; pues él no dejó ninguna de ellas en suspenso ni indeterminada. Hay dos maneras de alcanzar cualquier tipo de conocimiento y una conducta moral: una es mediante la instrucción con palabras, la otra mediante ejercicios prácticos. Otros legisladores, en sus opiniones, han separado estos dos caminos, y al elegir uno de ellos, o el que mejor les convenía a cada uno, descuidaron el otro. Así, los lacedemonios y los cretenses enseñaban con ejercicios prácticos, pero no con palabras; mientras que los atenienses, y casi todos los demás griegos, legislaban sobre lo que debía hacerse o dejarse de hacer, pero no se preocupaban de ponerlo en práctica.y persuadiendo a todo el pueblo a tenerle en cuenta, como autor de todos los bienes que disfrutaba en común toda la humanidad o cada uno en particular, y de todo lo que ellos mismos obtenían al orarle en sus mayores dificultades. Les informó que era imposible escapar de la observación de Dios, incluso en cualquiera de nuestras acciones externas o en cualquiera de nuestros pensamientos internos. Además, representó a Dios como ingénito [19:1] e inmutable, por toda la eternidad, superior a todas las concepciones mortales en pulcritud; y, aunque conocido por su poder, sin embargo desconocido para nosotros en cuanto a su esencia. No explico ahora cómo estas nociones de Dios son los sentimientos de los más sabios entre los griegos, ni cómo se les enseñaron sobre los principios que él les proporcionó. Sin embargo, testifican, con gran seguridad, que estas nociones son justas y conformes a la naturaleza de Dios y a su majestad; Pues Pitágoras, Anaxágoras, Platón y los filósofos estoicos que les sucedieron, y casi todos los demás, comparten los mismos sentimientos y comparten las mismas nociones sobre la naturaleza de Dios; sin embargo, no se atrevieron a revelar esas verdaderas nociones a más de unos pocos, porque el pueblo ya tenía otras opiniones de antemano. Pero nuestro legislador, que armonizaba sus acciones con sus leyes, no solo convenció a sus contemporáneos de estas nociones, sino que inculcó tan firmemente esta fe en Dios en toda su posteridad que nunca pudo ser eliminada. La razón por la que la constitución de esta legislación fue siempre más beneficiosa para todos que otras legislaciones es que Moisés no hizo de la religión una parte de la virtud, sino que vio y ordenó que otras virtudes formaran parte de ella; me refiero a la justicia, la fortaleza, la templanza y un acuerdo universal entre los miembros de la comunidad. Pues todas nuestras acciones, estudios y palabras, según Moisés, se refieren a la piedad hacia Dios; pues él no dejó ninguna de ellas en suspenso ni sin determinar. Hay dos maneras de alcanzar cualquier tipo de conocimiento y una conducta moral: una es mediante la instrucción con palabras, la otra mediante ejercicios prácticos. Otros legisladores, en sus opiniones, separaron estos dos caminos, y al elegir uno de ellos, o el que mejor les convenía, descuidaron el otro. Así, los lacedemonios y los cretenses enseñaban con ejercicios prácticos, pero no con palabras; mientras que los atenienses, y casi todos los demás griegos, promulgaban leyes sobre lo que debía hacerse o dejarse de hacer, pero no se preocupaban de ponerlas en práctica.y persuadiendo a todo el pueblo a tenerle en cuenta, como autor de todos los bienes que disfrutaba en común toda la humanidad o cada uno en particular, y de todo lo que ellos mismos obtenían al orarle en sus mayores dificultades. Les informó que era imposible escapar de la observación de Dios, incluso en cualquiera de nuestras acciones externas o en cualquiera de nuestros pensamientos internos. Además, representó a Dios como ingénito [19:2] e inmutable, por toda la eternidad, superior a todas las concepciones mortales en pulcritud; y, aunque conocido por su poder, sin embargo desconocido para nosotros en cuanto a su esencia. No explico ahora cómo estas nociones de Dios son los sentimientos de los más sabios entre los griegos, ni cómo se les enseñaron sobre los principios que él les proporcionó. Sin embargo, testifican, con gran seguridad, que estas nociones son justas y conformes a la naturaleza de Dios y a su majestad; Pues Pitágoras, Anaxágoras, Platón y los filósofos estoicos que les sucedieron, y casi todos los demás, comparten los mismos sentimientos y comparten las mismas nociones sobre la naturaleza de Dios; sin embargo, no se atrevieron a revelar esas verdaderas nociones a más de unos pocos, porque el pueblo ya tenía otras opiniones de antemano. Pero nuestro legislador, que armonizaba sus acciones con sus leyes, no solo convenció a sus contemporáneos de estas nociones, sino que inculcó tan firmemente esta fe en Dios en toda su posteridad que nunca pudo ser eliminada. La razón por la que la constitución de esta legislación fue siempre más beneficiosa para todos que otras legislaciones es que Moisés no hizo de la religión una parte de la virtud, sino que vio y ordenó que otras virtudes formaran parte de ella; me refiero a la justicia, la fortaleza, la templanza y un acuerdo universal entre los miembros de la comunidad. Pues todas nuestras acciones, estudios y palabras, según Moisés, se refieren a la piedad hacia Dios; pues él no dejó ninguna de ellas en suspenso ni sin determinar. Hay dos maneras de alcanzar cualquier tipo de conocimiento y una conducta moral: una es mediante la instrucción con palabras, la otra mediante ejercicios prácticos. Otros legisladores, en sus opiniones, separaron estos dos caminos, y al elegir uno de ellos, o el que mejor les convenía, descuidaron el otro. Así, los lacedemonios y los cretenses enseñaban con ejercicios prácticos, pero no con palabras; mientras que los atenienses, y casi todos los demás griegos, promulgaban leyes sobre lo que debía hacerse o dejarse de hacer, pero no se preocupaban de ponerlas en práctica.Incluso en cualquiera de nuestras acciones externas o en cualquiera de nuestros pensamientos internos. Además, representó a Dios como ingénito [19:3] e inmutable, por toda la eternidad, superior a todas las concepciones mortales en pulcritud; y, aunque conocido por su poder, desconocido para nosotros en cuanto a su esencia. No explico ahora cómo estas nociones de Dios son los sentimientos de los más sabios entre los griegos, ni cómo se les enseñaron según los principios que él les proporcionó. Sin embargo, testifican con gran certeza que estas nociones son justas y acordes con la naturaleza de Dios y su majestad; pues Pitágoras, Anaxágoras, Platón y los filósofos estoicos que les sucedieron, y casi todos los demás, comparten los mismos sentimientos y tenían las mismas nociones de la naturaleza de Dios; sin embargo, estos hombres no se atrevieron a revelar esas verdaderas nociones a más que unos pocos, porque el pueblo estaba prejuiciado con otras opiniones de antemano. Pero nuestro legislador, que armonizaba sus acciones con sus leyes, no solo convenció a sus contemporáneos de aceptar estas ideas, sino que inculcó con tanta firmeza esta fe en Dios en toda su posteridad que jamás pudo ser eliminada. La razón por la que la constitución de esta legislación fue siempre más útil para todos que otras legislaciones es que Moisés no hizo de la religión una parte de la virtud, sino que vio y ordenó que otras virtudes formaran parte de ella; me refiero a la justicia, la fortaleza, la templanza y un acuerdo universal entre los miembros de la comunidad; pues todas nuestras acciones, estudios y palabras, según Moisés, se refieren a la piedad hacia Dios; pues él no dejó ninguna de ellas en suspenso ni indeterminada. Hay dos maneras de alcanzar cualquier tipo de conocimiento y una conducta moral: una es mediante la instrucción verbal, la otra mediante ejercicios prácticos. Ahora bien, otros legisladores han separado estas dos vías en sus opiniones, y al elegir una de ellas, o la que mejor les convenía a cada uno, descuidaron la otra. Así, los lacedemonios y los cretenses enseñaban con ejercicios prácticos, pero no con palabras; mientras que los atenienses, y casi todos los demás griegos, legislaban sobre lo que debía hacerse o dejarse de hacer, pero no se preocupaban de ponerlas en práctica.Incluso en cualquiera de nuestras acciones externas o en cualquiera de nuestros pensamientos internos. Además, representó a Dios como ingénito [19:4] e inmutable, por toda la eternidad, superior a todas las concepciones mortales en pulcritud; y, aunque conocido por su poder, desconocido para nosotros en cuanto a su esencia. No explico ahora cómo estas nociones de Dios son los sentimientos de los más sabios entre los griegos, ni cómo se les enseñaron según los principios que él les proporcionó. Sin embargo, testifican con gran certeza que estas nociones son justas y acordes con la naturaleza de Dios y su majestad; pues Pitágoras, Anaxágoras, Platón y los filósofos estoicos que les sucedieron, y casi todos los demás, comparten los mismos sentimientos y tenían las mismas nociones de la naturaleza de Dios; sin embargo, estos hombres no se atrevieron a revelar esas verdaderas nociones a más que unos pocos, porque el pueblo estaba prejuiciado con otras opiniones de antemano. Pero nuestro legislador, que armonizaba sus acciones con sus leyes, no solo convenció a sus contemporáneos de aceptar estas ideas, sino que inculcó con tanta firmeza esta fe en Dios en toda su posteridad que jamás pudo ser eliminada. La razón por la que la constitución de esta legislación fue siempre más útil para todos que otras legislaciones es que Moisés no hizo de la religión una parte de la virtud, sino que vio y ordenó que otras virtudes formaran parte de ella; me refiero a la justicia, la fortaleza, la templanza y un acuerdo universal entre los miembros de la comunidad; pues todas nuestras acciones, estudios y palabras, según Moisés, se refieren a la piedad hacia Dios; pues él no dejó ninguna de ellas en suspenso ni indeterminada. Hay dos maneras de alcanzar cualquier tipo de conocimiento y una conducta moral: una es mediante la instrucción verbal, la otra mediante ejercicios prácticos. Ahora bien, otros legisladores han separado estas dos vías en sus opiniones, y al elegir una de ellas, o la que mejor les convenía a cada uno, descuidaron la otra. Así, los lacedemonios y los cretenses enseñaban con ejercicios prácticos, pero no con palabras; mientras que los atenienses, y casi todos los demás griegos, legislaban sobre lo que debía hacerse o dejarse de hacer, pero no se preocupaban de ponerlas en práctica.Y los filósofos estoicos que los sucedieron, y casi todos los demás, comparten los mismos sentimientos y tienen las mismas nociones sobre la naturaleza de Dios; sin embargo, no se atrevieron a revelar esas verdaderas nociones a más de unos pocos, porque el pueblo ya tenía otras opiniones de antemano. Pero nuestro legislador, que armonizaba sus acciones con sus leyes, no solo convenció a sus contemporáneos para que aceptaran estas nociones, sino que inculcó tan firmemente esta fe en Dios en toda su posteridad que nunca pudo ser eliminada. La razón por la que la constitución de esta legislación estuvo siempre mejor orientada a la utilidad de todos que otras legislaciones es que Moisés no hizo de la religión una parte de la virtud, sino que vio y ordenó que otras virtudes formaran parte de ella; me refiero a la justicia, la fortaleza, la templanza y un acuerdo universal entre los miembros de la comunidad; pues todas nuestras acciones, estudios y palabras, según el mandato de Moisés, se refieren a la piedad hacia Dios. Pues no ha dejado ninguna de estas cosas en suspenso ni sin determinar. Pues hay dos maneras de alcanzar cualquier tipo de aprendizaje y una conducta moral: una es mediante la instrucción con palabras, la otra mediante ejercicios prácticos. Ahora bien, otros legisladores han separado estas dos maneras en sus opiniones, y al elegir una de ellas, o la que mejor les convenía a cada uno, descuidaron la otra. Así, los lacedemonios y los cretenses enseñaban con ejercicios prácticos, pero no con palabras; mientras que los atenienses, y casi todos los demás griegos, promulgaban leyes sobre lo que debía hacerse o dejarse de hacer, pero no se preocupaban de ponerlas en práctica.Y los filósofos estoicos que los sucedieron, y casi todos los demás, comparten los mismos sentimientos y tienen las mismas nociones sobre la naturaleza de Dios; sin embargo, no se atrevieron a revelar esas verdaderas nociones a más de unos pocos, porque el pueblo ya tenía otras opiniones de antemano. Pero nuestro legislador, que armonizaba sus acciones con sus leyes, no solo convenció a sus contemporáneos para que aceptaran estas nociones, sino que inculcó tan firmemente esta fe en Dios en toda su posteridad que nunca pudo ser eliminada. La razón por la que la constitución de esta legislación estuvo siempre mejor orientada a la utilidad de todos que otras legislaciones es que Moisés no hizo de la religión una parte de la virtud, sino que vio y ordenó que otras virtudes formaran parte de ella; me refiero a la justicia, la fortaleza, la templanza y un acuerdo universal entre los miembros de la comunidad; pues todas nuestras acciones, estudios y palabras, según el mandato de Moisés, se refieren a la piedad hacia Dios. Pues no ha dejado ninguna de estas cosas en suspenso ni sin determinar. Pues hay dos maneras de alcanzar cualquier tipo de aprendizaje y una conducta moral: una es mediante la instrucción con palabras, la otra mediante ejercicios prácticos. Ahora bien, otros legisladores han separado estas dos maneras en sus opiniones, y al elegir una de ellas, o la que mejor les convenía a cada uno, descuidaron la otra. Así, los lacedemonios y los cretenses enseñaban con ejercicios prácticos, pero no con palabras; mientras que los atenienses, y casi todos los demás griegos, promulgaban leyes sobre lo que debía hacerse o dejarse de hacer, pero no se preocupaban de ponerlas en práctica.Ahora bien, otros legisladores han separado estas dos vías en sus opiniones, y al elegir una de ellas, o la que mejor les convenía a cada uno, descuidaron la otra. Así, los lacedemonios y los cretenses enseñaban con ejercicios prácticos, pero no con palabras; mientras que los atenienses, y casi todos los demás griegos, legislaban sobre lo que debía hacerse o dejarse de hacer, pero no se preocupaban de ponerlas en práctica.Ahora bien, otros legisladores han separado estas dos vías en sus opiniones, y al elegir una de ellas, o la que mejor les convenía a cada uno, descuidaron la otra. Así, los lacedemonios y los cretenses enseñaban con ejercicios prácticos, pero no con palabras; mientras que los atenienses, y casi todos los demás griegos, legislaban sobre lo que debía hacerse o dejarse de hacer, pero no se preocupaban de ponerlas en práctica.
18. Pero nuestro legislador unió cuidadosamente estos dos métodos de instrucción; pues no dejó que estos ejercicios prácticos se desarrollaran sin instrucción verbal, ni permitió que la escucha de la ley se desarrollara sin los ejercicios prácticos; sino que, comenzando desde la más tierna infancia y al establecer la dieta de cada uno, no dejó nada, ni siquiera de la más mínima importancia, al arbitrio y disposición de cada persona. En consecuencia, estableció una norma legal fija sobre qué tipos de alimentos debían evitarse y cuáles consumir; así como sobre la comunión que debían tener con los demás, la gran diligencia que debían emplear en sus ocupaciones y los momentos de descanso que debían intercalarse, para que, viviendo bajo esa ley como bajo un padre y un amo, no seamos culpables de pecado, ni voluntario ni por ignorancia. porque no permitió que la culpa de la ignorancia continuara sin castigo, sino que demostró que la ley era la mejor y más necesaria instrucción de todas las demás, permitiendo al pueblo dejar sus otros empleos y reunirse para escuchar la ley y aprenderla exactamente, y esto no una o dos veces, o más a menudo, sino cada semana; cosa que todos los demás legisladores parecen haber descuidado.
19. Y, de hecho, la mayor parte de la humanidad está tan lejos de vivir según sus propias leyes que apenas las conoce; pero cuando han pecado, aprenden por otros que han transgredido la ley. Incluso quienes ocupan los puestos más altos y principales del gobierno confiesan desconocerlas y se ven obligados a tomar como asesores en la administración pública a quienes se declaran expertos en ellas; pero para nuestro pueblo, si alguien le pregunta a cualquiera sobre nuestras leyes, estará más dispuesto a contarlas todas que a decir su propio nombre, y esto se debe a que las aprendimos inmediatamente en cuanto tuvimos conciencia de algo, y a que las tenemos como grabadas en nuestras almas. Quienes las transgreden son pocos, y es imposible, cuando alguien ofende, escapar del castigo.
20. Y esto mismo es lo que principalmente crea tan maravillosa armonía de ideas entre todos nosotros; pues esta total concordancia en todas nuestras nociones sobre Dios, y nuestra indiferencia en nuestro modo de vida y costumbres, nos procura la más excelente armonía de estas costumbres que existe entre la humanidad; pues ningún otro pueblo, salvo los judíos, ha evitado los discursos sobre Dios que se contradigan, los cuales, sin embargo, son frecuentes entre otras naciones; y esto es cierto no solo entre la gente común, según cada uno se sienta afectado, sino que algunos filósofos han sido lo suficientemente insolentes como para permitir tales contradicciones, mientras que algunos han empleado palabras que anulan por completo la naturaleza de Dios, mientras que otros han anulado su providencia sobre la humanidad. Nadie puede percibir entre nosotros ninguna diferencia en la conducta de nuestras vidas, sino que todas nuestras obras son comunes a todos. Tenemos un tipo de discurso sobre Dios, que se ajusta a nuestra ley y afirma que él todo lo ve. Así como también tenemos una sola manera de hablar sobre la conducta de nuestras vidas, que todas las demás cosas deben tener la piedad como fin; y esto cualquiera puede oír de nuestras mujeres y sirvientes.
21. Y, de hecho, de ahí surge la acusación que algunos nos hacen de no haber producido hombres que hayan inventado nuevas operaciones ni nuevas formas de hablar; pues otros consideran excelente no perseverar en nada de lo que les ha sido transmitido por sus antepasados, y estos atestiguan que es un ejemplo de la más aguda sabiduría cuando estos hombres se aventuran a transgredir esas tradiciones; mientras que nosotros, por el contrario, consideramos nuestra única sabiduría y virtud no admitir acciones ni suposiciones contrarias a nuestras leyes originales; este procedimiento nuestro es una señal justa y segura de que nuestra ley está admirablemente constituida; pues las leyes que no están bien hechas son condenadas en juicio por no ser reformadas.
22. Pero aunque estamos convencidos de que nuestra ley se hizo conforme a la voluntad de Dios, sería impío que no la observáramos; pues ¿qué hay en ella que alguien quisiera cambiar? ¿Y qué se puede inventar que sea mejor? ¿O qué podemos extraer de las leyes de otros que la supere? Quizás algunos quisieran que se modificara por completo nuestro gobierno. ¿Y dónde encontraremos una constitución mejor o más justa que la nuestra, si esta nos hace considerar a Dios como el Gobernador del universo, permite a los sacerdotes en general ser los administradores de los asuntos principales y, además, confía el gobierno de los demás sacerdotes al propio sumo sacerdote? A estos sacerdotes, nuestro legislador, en su primer nombramiento, no los ascendió a esa dignidad por sus riquezas, ni por la abundancia de otras posesiones, ni por la abundancia que poseían como dones de la fortuna; sino que confió la administración principal del culto divino a quienes superaban a otros en capacidad de persuasión y prudencia de conducta. Estos hombres tenían encomendado a ellos el cuidado principal de la ley y de las demás partes de la conducta del pueblo, pues eran los sacerdotes ordenados para ser los inspectores de todo, los jueces en los casos dudosos y los castigadores de los que estaban condenados a sufrir castigo.
23. ¿Qué forma de gobierno puede ser más santa que esta? ¿Qué culto más digno se puede rendir a Dios que el que le rendimos, cuando todo el pueblo está preparado para la religión, cuando se exige un cuidado extraordinario por parte de los sacerdotes y cuando todo el sistema político está organizado como si se tratara de una solemnidad religiosa? Pues lo que los extranjeros, al solemnizar tales festividades, no pueden observar durante unos días, llamándolas Misterios y Ceremonias Sagradas, nosotros lo observamos con gran placer y firme resolución durante toda nuestra vida. ¿Qué se nos manda o se nos prohíbe, entonces? Son simples y fáciles de entender. El primer mandamiento se refiere a Dios y afirma que Dios lo contiene todo, es un Ser perfecto y feliz en todos los sentidos, autosuficiente y que provee a todos los demás seres; el principio, el medio y el fin de todas las cosas. Él es manifiesto en sus obras y beneficios, y más conspicuo que cualquier otro ser; pero en cuanto a su forma y magnitud, es el más oscuro. Todos los materiales, por muy costosos que sean, son indignos de componer una imagen suya, y todas las artes son inhábiles para expresar la noción que debemos tener de él. No podemos ver ni pensar en nada parecido a él, ni es agradable a la piedad formarse una semejanza suya. Vemos sus obras: la luz, el cielo, la tierra, el sol y la luna, las aguas, la generación de los animales, la producción de frutos. Estas cosas las hizo Dios, no con manos ni con trabajo, ni sin la ayuda de nadie que cooperara con él; sino que, como su voluntad determinó que fueran hechas y también buenas, fueron hechas y se volvieron buenas inmediatamente. Todos los hombres deben seguir a este Ser y adorarlo en el ejercicio de la virtud; porque esta forma de adoración a Dios es la más santa de todas.
24. También debe haber un solo templo para un solo Dios; pues la semejanza es el fundamento constante de la concordia. Este templo debe ser común a todos los hombres, porque él es el Dios común de todos los hombres. Los sumos sacerdotes deben dedicarse continuamente a su culto, sobre el cual el primero por nacimiento debe ser su gobernante perpetuo. Su tarea debe ser ofrecer sacrificios a Dios, junto con los sacerdotes que le son fieles, velar por el cumplimiento de las leyes, resolver controversias y castigar a los culpables de injusticia; mientras que quien no se someta a él estará sujeto al mismo castigo, como si hubiera sido culpable de impiedad hacia Dios mismo. Cuando le ofrecemos sacrificios, no lo hacemos para hartarnos ni para emborracharnos, pues tales excesos van en contra de la voluntad de Dios y serían motivo de perjuicio y lujo; sino para mantenernos sobrios, ordenados y dispuestos a nuestras otras ocupaciones, y ser más moderados que otros. Y para cumplir con nuestro deber en los sacrificios [20] mismos, debemos, en primer lugar, orar por el bienestar común de todos, y después por el nuestro; pues estamos hechos para la comunión unos con otros, y quien antepone el bien común a lo que le es propio es, sobre todo, aceptable a Dios. Y que nuestras oraciones y súplicas se dirijan humildemente a Dios, no tanto para que nos conceda lo bueno (pues ya lo ha dado por su propia voluntad y lo ha propuesto públicamente a todos), sino para que lo recibamos debidamente y, una vez recibido, lo conservemos. Ahora bien, la ley ha establecido varias purificaciones en nuestros sacrificios, mediante las cuales nos purificamos después de un funeral, después de lo que a veces nos sucede en la cama, después de estar con nuestras esposas y en muchas otras ocasiones, que sería demasiado largo ahora detallar. Y esta es nuestra doctrina sobre Dios y su culto, y es la misma que la ley establece para nuestra práctica.
25. Pero, entonces, ¿cuáles son nuestras leyes sobre el matrimonio? Esta ley no admite otra mezcla de sexos que la que la naturaleza ha dispuesto, la del hombre con su esposa, y que esta se use solo para la procreación. Pero aborrece la mezcla de un hombre con otro hombre; y si alguien lo hace, la pena de muerte es la misma. Nos ordena también, al casarnos, no tener en cuenta la herencia, ni tomar a una mujer por la fuerza, ni persuadirla con engaño y picardía; sino exigirla en matrimonio a quien tenga poder para disponer de ella y sea apto para entregarla por la cercanía de su parentesco; pues, dice la Escritura: «La mujer es inferior a su marido en todo». [23] Que ella, por lo tanto, le obedezca; no para que él abuse de ella, sino para que reconozca su deber hacia su marido; pues Dios ha dado la autoridad al marido. Un marido, por lo tanto, debe acostarse solo con la esposa con la que se ha casado; Pero tener relaciones con la esposa de otro hombre es una maldad, y si alguien se aventura a ello, la muerte es inevitablemente su castigo. Tampoco puede evitar lo mismo quien fuerza a una virgen comprometida con otro hombre o seduce a la esposa de otro. La ley, además, nos ordena criar a toda nuestra descendencia y prohíbe a las mujeres causar el aborto de lo engendrado o destruirlo después; y si alguna mujer parece haberlo hecho, será asesina de su hijo, al destruir una criatura viviente y disminuir la humanidad; por lo tanto, si alguien procede a tal fornicación o asesinato, no puede ser limpio. Además, la ley ordena que, después de que el hombre y la esposa hayan yacido juntos de forma regular, se bañen; pues con ello se contrae una contaminación, tanto en el alma como en el cuerpo, como si se hubieran ido a otro país; pues, de hecho, el alma, al estar unida al cuerpo, está sujeta a miserias, y no se libera de ellas sino con la muerte. Por lo cual la ley exige que esta purificación se realice íntegramente.
26. Es cierto que la ley no nos permite celebrar los nacimientos de nuestros hijos, ni dar lugar así a excesos en la bebida; pero ordena que desde el comienzo mismo de nuestra educación se oriente a la sobriedad. También nos manda educar a estos niños en el conocimiento, instruirlos en las leyes y familiarizarlos con las acciones de sus predecesores para que las imiten, y para que se alimenten de ellas desde la infancia, sin que las transgredan ni puedan fingir su ignorancia.
27. Nuestra ley también ha contemplado el entierro decoroso de los muertos, pero sin gastos extravagantes para sus funerales ni la erección de monumentos ilustres; sino que ha ordenado que sus parientes más cercanos realicen las exequias; y ha establecido como norma que todos los que pasen por allí cuando alguien sea enterrado acompañen al funeral y participen en el lamento. También ordena que la casa y sus habitantes sean purificados tras el funeral, para que así todos aprendan a mantenerse alejados de la idea de la pureza, si han sido alguna vez culpables de asesinato.
28. La ley también ordena que los padres sean honrados inmediatamente después de Dios mismo, y condena a la lapidación a aquel hijo que no les retribuya los beneficios recibidos, sino que sea deficiente en tal ocasión. También dice que los jóvenes deben mostrar el debido respeto a todos los mayores, ya que Dios es el mayor de todos los seres. No permite ocultar nada a nuestros amigos, porque no es verdadera amistad la que no se compromete con su fidelidad; también prohíbe la revelación de secretos, aunque surja enemistad entre ellos. Si un juez acepta sobornos, su castigo es la muerte; quien ignora a quien le presenta una petición, y esto cuando puede resarcirlo, es culpable. Lo que nadie ha confiado a otro no debe ser exigido. Nadie debe tocar los bienes ajenos. Quien presta dinero no debe exigir usura por su préstamo. Éstas, y muchas otras similares, son las reglas que nos unen unos a otros en los lazos de la sociedad.
29. También valdrá la pena analizar la equidad que nuestro legislador desea que ejerzamos en nuestras relaciones con extranjeros; pues de ello se desprenderá que dispuso lo mejor posible para que no desintegráramos nuestra propia constitución ni mostráramos envidia hacia quienes cultivaran nuestra amistad. En consecuencia, nuestro legislador admite a todos aquellos que desean observar nuestras leyes; y esto de forma amistosa, pues considera que una verdadera unión no solo se extiende a nuestra propia estirpe, sino también a quienes desean vivir de la misma manera con nosotros; sin embargo, no permite que quienes se nos unen por casualidad sean admitidos en comunión con nosotros.
30. Sin embargo, hay otras cosas que nuestro legislador nos ordenó de antemano, y que necesariamente debemos hacer en común con todos los hombres: proporcionar fuego, agua y alimento a quienes los necesiten; mostrarles los caminos; no dejar a nadie sin enterrar. También quiere que tratemos con moderación a quienes se consideran nuestros enemigos; pues no nos permite incendiar sus territorios ni talar árboles frutales; es más, nos prohíbe saquear a los caídos en la guerra. También ha dispuesto que los cautivos no sufran daño, y especialmente que las mujeres no sean maltratadas. De hecho, nos ha enseñado la gentileza y la humanidad con tanta eficacia que no ha despreciado el cuidado de los animales salvajes, permitiéndoles únicamente su uso regular y prohibiendo cualquier otro. Y si alguno de ellos viene a nuestras casas como suplicantes, se nos prohíbe matarlo; tampoco podemos matar a las madres ni a sus crías; pero estamos obligados, incluso en territorio enemigo, a perdonar y no matar a las criaturas que trabajan para la humanidad. Así, nuestro legislador se las ha ingeniado para enseñarnos una conducta equitativa en todos los sentidos, acostumbrándonos a las leyes que nos instruyen en ella; al mismo tiempo, ha ordenado que quienes infrinjan estas leyes sean castigados sin excusa alguna.
31. Ahora bien, la mayoría de las ofensas entre nosotros son capitales; como si alguien es culpable de adulterio; si alguien fuerza a una virgen; si alguien es tan impúdico como para intentar la sodomía con un hombre; o si, al intentar algo contra él, se somete a ser tratado de esa manera. También existe una ley para esclavos de la misma naturaleza, que es ineludible. Además, si alguien engaña a otro con medidas o pesos, o realiza un trato fraudulento para estafar a otro; si alguien roba lo que pertenece a otro y se lleva lo que nunca depositó; todos estos tienen castigos asignados; no como los que se encuentran en otras naciones, sino más severos. Y en cuanto a los intentos de comportamiento injusto hacia los padres o por impiedad contra Dios, aunque no se lleven a cabo, los ofensores son destruidos inmediatamente. Sin embargo, la recompensa para quienes viven estrictamente de acuerdo con las leyes no es plata ni oro; No se trata de una guirnalda de ramas de olivo ni de la poca edad, ni de ningún otro signo público de elogio; sino que todo hombre de bien tiene su propia conciencia dando testimonio de sí mismo, y en virtud del espíritu profético de nuestro legislador y de la firme seguridad que Dios mismo le otorga, cree que Dios ha concedido a quienes observan estas leyes, aunque estén obligados a morir por ellas, que resurgirán y, en un momento dado, recibirán una vida mejor que la que disfrutaban antes. Y no me aventuraría a escribir esto ahora si no fuera bien conocido por todos, por nuestras acciones, que muchos de nuestros compatriotas han decidido muchas veces soportar cualquier sufrimiento antes que decir una sola palabra en contra de nuestra ley.
32. De hecho, si hubiera ocurrido que nuestra nación no hubiera sido tan conocida entre todos como lo es, y nuestra sumisión voluntaria a nuestras leyes no hubiera sido tan abierta y manifiesta como lo es, sino que alguien hubiera pretendido haber escrito estas leyes él mismo y haberlas leído a los griegos, o hubiera pretendido haber conocido a hombres fuera del mundo conocido, con nociones tan reverentes de Dios y que hubieran continuado durante mucho tiempo en la firme observancia de leyes como las nuestras, no puedo sino suponer que todos los hombres los admirarían al reflexionar sobre los frecuentes cambios a los que se han visto sometidos; y esto mientras que a quienes han intentado escribir algo similar para el gobierno político y las leyes se les acusa de componer cosas monstruosas y se les dice que han emprendido una tarea imposible con ellas. Y aquí no mencionaré a los otros filósofos que han emprendido algo similar en sus escritos. Pero incluso el propio Platón, tan admirado por los griegos por su seriedad en sus modales, la fuerza en sus palabras y su capacidad para persuadir a los hombres más que a ningún otro filósofo, es objeto de burla y ridículo por ello, por parte de quienes pretenden sagacidad en política; aunque quien lea con diligencia sus escritos descubrirá que sus preceptos son bastante suaves y bastante acordes con las costumbres de la mayoría de la humanidad. Es más, el propio Platón confiesa que no es seguro difundir la verdadera noción de Dios entre la multitud ignorante. Sin embargo, algunos consideran los discursos de Platón como meras palabras vacías, expresadas con gran artificio. Sin embargo, admiran a Licurgo como el principal legislador, y todos celebran a Esparta por haber continuado en la firme observancia de sus leyes durante tanto tiempo. Hasta aquí hemos llegado, pues, a la conclusión de que someterse a las leyes es una señal de virtud. [21] Pero que quienes admiran esto en los lacedemonios comparen su duración con los más de dos mil años que ha durado nuestro gobierno político; y que consideren además que, aunque los lacedemonios parecían observar sus leyes con exactitud mientras disfrutaban de su libertad, cuando su fortuna cambió, las olvidaron casi todas; mientras que nosotros, habiendo sufrido diez mil cambios en nuestra fortuna debido a los cambios ocurridos entre los reyes de Asia, nunca hemos traicionado nuestras leyes en las más apremiantes dificultades que hemos atravesado; ni las hemos descuidado ni por pereza ni por necesidad. [22] Si alguien lo considera, las dificultades y los trabajos que se nos han impuesto han sido mayores que los que parece haber soportado la fortaleza lacedemonia, mientras no araban su tierra ni ejercían ningún oficio, sino que vivían en su propia ciudad, libres de tales esfuerzos, disfrutando de la abundancia y utilizando los ejercicios que podían mejorar sus cuerpos.Mientras se servían de otros hombres para todas las necesidades básicas, y estos les preparaban la comida; y estas buenas y humanas acciones las realizaban con el único propósito de vencer, mediante sus acciones y sufrimientos, a todos aquellos contra quienes hacían la guerra. No hace falta añadir que no han podido observar plenamente sus leyes; pues no solo unas pocas personas, sino muchísimas, las han descuidado en masa y se han entregado, junto con sus armas, a sus enemigos.
33. En cuanto a nosotros, me atrevo a decir que nadie puede contar tantos; ni siquiera uno o dos, que hayan traicionado nuestras leyes; no, no por miedo a la muerte misma; no me refiero a una muerte tan fácil como la que se da en las batallas, sino a la que conlleva tormentos corporales, y que parece ser la muerte más severa de todas. Ahora bien, creo que quienes nos han conquistado nos han dado tales muertes, no por odio hacia nosotros tras someternos, sino más bien por el deseo de ver un espectáculo sorprendente, que es este: si existen hombres en el mundo que crean que ningún mal les es tan grande como para verse obligados a hacer o decir algo contrario a sus propias leyes. Y no debería sorprendernos que seamos más valientes que los demás al morir por nuestras leyes; pues otros no se someten fácilmente a las cosas más fáciles en las que estamos instituidos. Me refiero a trabajar con nuestras manos, a comer poco y a estar contentos con comer y beber, no al azar, ni al gusto de todos, o a estar bajo reglas inviolables al acostarnos con nuestras esposas, en muebles magníficos y, además, en la observación de nuestros tiempos de descanso; mientras que los que pueden usar sus espadas en la guerra y pueden poner en fuga a sus enemigos cuando los atacan, no pueden soportar someterse a tales leyes sobre su forma de vida; mientras que el hecho de que estemos acostumbrados a someternos voluntariamente a las leyes en estos casos, nos hace aptos para mostrar nuestra fortaleza también en otras ocasiones.
34. Sin embargo, los Lisímacos, los Molones y algunos otros escritores (sofistas torpes y engañadores de jóvenes) nos reprochan ser los más viles de la humanidad. Ahora bien, no tengo intención de indagar en las leyes de otras naciones; pues la costumbre en nuestro país es acatar nuestras propias leyes, pero no acusar a las de otros. Y, de hecho, nuestro legislador nos ha prohibido expresamente reírnos y vilipendiar a quienes otros consideran dioses, ¿acaso por el mismo nombre de Dios que se les atribuye? Pero como nuestros antagonistas pretenden desprestigiarnos comparando su religión con la nuestra, no es posible guardar silencio, sobre todo porque lo que diré para refutar a estos hombres no será dicho ahora por primera vez, sino que ya ha sido dicho por muchos, y también por estos de la más alta reputación. Pues ¿quién, entre aquellos que han sido admirados por su sabiduría entre los griegos, no ha censurado duramente tanto a los poetas más famosos como a los legisladores más célebres por difundir tales ideas sobre los dioses entre el pueblo? Tales ideas, para que se les permita ser tan numerosos como deseen; que se engendran unos a otros, y que se originan según todos los tipos de generación que puedas imaginar. También los distinguen en sus lugares y formas de vida como distinguirían diversas especies de animales: como si algunos estuvieran bajo tierra; como si otros estuvieran en el mar; y el más antiguo de todos, como si estuviera atado al infierno; y para aquellos a quienes les han asignado el cielo, han puesto sobre ellos a uno, que en título es su padre, pero en sus acciones es un tirano y un señor; por lo que sucedió que su esposa, su hermano y su hija (hija que él mismo engendró) conspiraron contra él para apoderarse de él y confinarlo, como él mismo había apoderado y confinado a su propio padre antes.
35. Y con razón los hombres más sabios han considerado que estas nociones merecen severas reprimendas; también se burlan de ellos por determinar que debemos creer que algunos dioses son imberbes y jóvenes, y otros ancianos, y por consiguiente, tienen barba; que algunos se dedican a oficios; que un dios es herrero y otra diosa tejedora; que un dios es guerrero y lucha con los hombres; que algunos son arpistas o se deleitan con el arco; y, además, que surgen sediciones mutuas entre ellos, y que riñen por hombres, hasta el punto de que no solo se agreden, sino que son heridos por ellos, y se lamentan, y asumen sus aflicciones. Pero lo más grosero de todo en cuanto a lascivia son esas lujurias desenfrenadas que se les atribuyen a casi todos ellos, y sus amoríos. ¿Y cómo podría ser sino una suposición absurda, sobre todo cuando se refiere tanto a los dioses masculinos como a las diosas femeninas? Además, el jefe de todos sus dioses, y su primer padre, ignora a las diosas a las que ha engañado y engendrado, y permite que las encierren en prisión o las ahoguen en el mar. Está tan atado al destino que no puede salvar a su propia descendencia ni soportar su muerte sin derramar lágrimas. ¡Qué cosas tan hermosas! Como las que siguen. Los dioses, en verdad, ven con tanta desfachatez los adulterios en el cielo, que algunos han confesado envidiar a quienes fueron sorprendidos en el mismo acto. ¿Y por qué no habrían de hacerlo, cuando el mayor de ellos, que también es su rey, no ha podido contenerse, en la violencia de su lujuria, de acostarse con su esposa mientras pudieran entrar en su dormitorio? Ahora bien, algunos dioses sirven a los hombres, y a veces son constructores a cambio de una recompensa, y a veces pastores; mientras que otros, como malhechores, están presos en una prisión de bronce. ¿Y qué persona sensata no se irritaría ante tales historias, reprendería a quienes las inventaron y condenaría la gran estupidez de quienes las admiten como ciertas? Es más, hay otros que han introducido cierta timidez y miedo, así como locura y fraude, y cualquier otra de las pasiones más viles, en la naturaleza y forma de los dioses, y han persuadido a ciudades enteras a ofrecer sacrificios a los mejores; por lo cual se han visto absolutamente obligados a considerar a algunos dioses como dadores de bienes y a llamar a otros como apartadores del mal. También se esfuerzan por conmoverlos, como harían con los hombres más viles, con regalos y presentes, como si no esperaran otra cosa que recibir algún gran daño de ellos, a menos que les paguen tal recompensa.
36. Por lo tanto, merece nuestra investigación cuál fue la causa de esta gestión injusta y de estos escándalos sobre la Deidad. Y, en realidad, supongo que se deriva del conocimiento imperfecto que los legisladores paganos tuvieron inicialmente de la verdadera naturaleza de Dios; ni se la explicaron al pueblo ni siquiera en la medida en que la comprendían; ni redactaron las demás partes de sus acuerdos políticos en función de ella, sino que la omitieron por considerarla algo de poca importancia, y dieron permiso tanto a los poetas para introducir los dioses que quisieran, como a aquellos sujetos a toda clase de pasiones, y a los oradores para obtener decretos políticos del pueblo para la admisión de los dioses extranjeros que consideraran apropiados. Los pintores y estatueros griegos también tenían en esto un gran poder, ya que cada uno podía idear una forma [propia de un dios]; unos para ser modelada con arcilla, y otros para hacer una simple imagen de dicho dios. Pero aquellos obreros que eran principalmente admirados usaban marfil y oro como materiales constantes para sus nuevas estatuas [por lo que algunos templos están completamente desiertos, mientras que otros gozan de gran estima y están adornados con todos los ritos de purificación]. Además, los primeros dioses, que durante mucho tiempo han florecido en los honores que se les tributaban, ahora han envejecido [mientras que los que florecieron después los sustituyen en segundo lugar, para que pueda hablar de ellos con el mayor honor posible]; es más, hay otros dioses recién introducidos y venerados [como ya dijimos, a modo de digresión, y sin embargo han dejado sus lugares de culto desolados]; y en cuanto a sus templos, algunos ya están desolados, y otros se construyen de nuevo, según el gusto de los hombres; mientras que deberían tener siempre la misma opinión sobre Dios y el culto que se le debe.
37. Pero ahora bien, este Apolonio Molo era uno de esos hombres necios y orgullosos. Sin embargo, nada de lo que he dicho era desconocido para los verdaderos filósofos griegos, ni desconocían esas frígidas pretensiones de alegorías [que se habían alegado para tales cosas]; por lo que las despreciaron con razón, pero aun así coincidieron con nosotros en cuanto a las nociones verdaderas y apropiadas de Dios. De ahí que Platón no permitiera acuerdos políticos con ninguno de los otros poetas, e incluso despidiera al propio Homero, con una guirnalda en la cabeza y ungüento derramado sobre él, para no destruir las correctas nociones de Dios con sus fábulas. Es más, Platón imitó principalmente a nuestro legislador en este punto, al ordenar a sus ciudadanos que prestaran la máxima atención a este precepto: «Que cada uno de ellos aprenda sus leyes con precisión». También ordenó que no permitieran que extranjeros se mezclaran con su propio pueblo al azar. y siempre que la república se mantuviera pura y estuviera compuesta únicamente por quienes perseveraran en sus propias leyes. Apolonio Molón no consideró esto en absoluto cuando lo convirtió en una rama de su acusación contra nosotros, que no admitimos a quienes tienen diferentes nociones sobre Dios, ni nos asociamos con quienes eligen observar un estilo de vida diferente al nuestro. Sin embargo, este método no es exclusivo de nosotros, sino común a todos los demás hombres; no solo entre los griegos comunes, sino entre aquellos de mayor reputación entre ellos. Además, los lacedemonios continuaron con su costumbre de expulsar a los extranjeros, y de hecho no permitían a su propia gente viajar al extranjero, por sospechar que ambas cosas introducirían una disolución de sus propias leyes. Y quizás haya alguna razón para culpar a la rígida severidad de los lacedemonios, pues no otorgaron el privilegio de su ciudad a ningún extranjero, ni de hecho les permitieron permanecer entre ellos. Mientras que nosotros, aunque no creemos conveniente imitar otras instituciones, admitimos de buen grado a aquellos que desean participar de las nuestras, lo que, creo, puedo considerar como una clara indicación de nuestra humanidad y, al mismo tiempo, también de nuestra magnanimidad.
38. Pero no diré más de los lacedemonios. En cuanto a los atenienses, que se jactan de haber hecho de su ciudad un lugar común para todos, Apolonio desconocía su comportamiento, mientras castigaban sin piedad a quienes proferían una sola palabra contraria a las leyes de los dioses; pues ¿por qué otra razón Sócrates fue condenado a muerte? Ciertamente, no traicionó su ciudad a sus enemigos ni cometió ningún sacrilegio con respecto a ninguno de sus templos; pero fue por esta razón que hizo ciertos juramentos nuevos [23] y que afirmó, ya sea en serio o, como dicen algunos, solo en broma, que cierto demonio solía hacerle señas [lo que no debía hacer]. Por estas razones fue condenado a beber veneno y suicidarse. Su acusador también se quejó de haber corrompido a los jóvenes, induciéndolos a despreciar el orden político y las leyes de su ciudad; y así fue castigado Sócrates, ciudadano de Atenas. También estaba Anaxágoras, quien, aunque era de Clazomente, estuvo a punto de ser condenado a muerte, porque dijo que el sol, que los atenienses consideraban un dios, era una bola de fuego. También hicieron esta proclamación pública: «Que darían un talento a quien matara a Diágoras de Melos», porque se decía que se reía de sus misterios. Protágoras, quien se creía que había escrito algo que los atenienses no consideraban cierto sobre los dioses, también fue apresado y condenado a muerte, si no hubiera huido inmediatamente. No es de extrañar que trataran así a hombres tan importantes, cuando ni siquiera perdonaron a las mujeres. Pues recientemente asesinaron a cierta sacerdotisa, acusada de iniciar a la gente en la adoración de dioses extraños, algo que estaba prohibido por una de sus leyes; y se había decretado la pena capital para quienes introdujeran un dios extraño; siendo evidente que quienes se amparan en tal ley no creen que los de otras naciones sean verdaderos dioses, de lo contrario no envidiarían la ventaja de tener más dioses de los que ya tenían. ¡Y esta era la feliz administración de los asuntos de los atenienses! En cuanto a los escitas, disfrutan matando hombres y se diferencian poco de las bestias; sin embargo, consideran razonable que se observen sus instituciones. También asesinaron a Anacarsis, una persona muy admirada por su sabiduría entre los griegos, cuando regresó a ellos, porque parecía estar imbuido de costumbres griegas. Se puede encontrar también a muchos castigados entre los persas por la misma razón. Y sin duda, Apolonio estaba muy complacido con las leyes de los persas y las admiraba, porque los griegos disfrutaban de la ventaja de su valentía y compartían la misma opinión sobre los dioses que ellos. Esto último se ejemplificó en los templos que quemaron y en su valentía al venir,y esclavizando casi por completo a los griegos. Sin embargo, Apolonio ha imitado todas las instituciones persas, incluso al violentar a las esposas de otros hombres y castrar a sus propios hijos. Ahora bien, entre nosotros, es un crimen capital si alguien abusa de este modo, incluso de una bestia salvaje; y en cuanto a nosotros, ni el temor a nuestros gobernantes ni el deseo de seguir lo que otras naciones tienen en tan alta estima nos han podido apartar de nuestras propias leyes; ni hemos ejercido nuestro coraje en iniciar guerras para aumentar nuestra riqueza, sino solo para observar nuestras leyes; y cuando soportamos con paciencia otras pérdidas, pero cuando alguien nos obliga a quebrantarlas, entonces es cuando elegimos ir a la guerra, aunque esté más allá de nuestra capacidad, y soportamos las mayores calamidades hasta el final con gran fortaleza. Y, de hecho, ¿qué razón puede haber para que deseemos imitar las leyes de otras naciones, si vemos que no son observadas por sus propios legisladores? [24] ¿Y por qué los lacedemonios no piensan en abolir esa forma de gobierno que les impide asociarse con nadie, así como su desprecio por el matrimonio? ¿Y por qué los eleos y los tebanos no abolen esa lujuria antinatural e impúdica que los lleva a acostarse con varones? Pues no darán muestras suficientes de arrepentimiento por lo que antaño consideraban muy excelente y muy ventajoso en sus prácticas, a menos que eviten por completo tales acciones en el futuro. Es más, tales cosas están insertas en el cuerpo de sus leyes, y tuvieron tal poder entre los griegos, que atribuyeron estas prácticas sodomíticas a los propios dioses, como parte de su buen carácter; y de hecho, fue de la misma manera que los dioses se casaron con sus propias hermanas. Los griegos idearon esto como una disculpa por sus propios placeres absurdos y antinaturales.¿Y su desprecio por el matrimonio? ¿Y por qué los eleos y los tebanos no abolieron esa lujuria antinatural e impúdica que los lleva a acostarse con hombres? Pues no darán muestras suficientes de arrepentimiento por lo que antaño consideraban muy excelente y muy ventajoso en sus prácticas, a menos que eviten por completo tales acciones en el futuro. Es más, tales cosas están insertas en el cuerpo de sus leyes, y tuvieron tal poder entre los griegos, que atribuyeron estas prácticas sodomíticas a los propios dioses, como parte de su buen carácter; y de hecho, fue de la misma manera que los dioses se casaron con sus propias hermanas. Los griegos idearon esto como una excusa para sus propios placeres absurdos y antinaturales.¿Y su desprecio por el matrimonio? ¿Y por qué los eleos y los tebanos no abolieron esa lujuria antinatural e impúdica que los lleva a acostarse con hombres? Pues no darán muestras suficientes de arrepentimiento por lo que antaño consideraban muy excelente y muy ventajoso en sus prácticas, a menos que eviten por completo tales acciones en el futuro. Es más, tales cosas están insertas en el cuerpo de sus leyes, y tuvieron tal poder entre los griegos, que atribuyeron estas prácticas sodomíticas a los propios dioses, como parte de su buen carácter; y de hecho, fue de la misma manera que los dioses se casaron con sus propias hermanas. Los griegos idearon esto como una excusa para sus propios placeres absurdos y antinaturales.
39. Omito hablar de los castigos y de las muchas maneras de evitarlos que la mayoría de los legisladores han proporcionado a los malhechores, al ordenar que, por adulterio, se permitan multas monetarias, y que para corromper [25] [vírgenes] basta con casarlas, así como también qué excusas pueden tener para negar los hechos si alguien intenta investigarlos; pues en la mayoría de las demás naciones es un arte estudiado cómo los hombres pueden transgredir sus leyes; pero entre nosotros no se permite tal cosa; pues aunque nos veamos privados de nuestras riquezas, de nuestras ciudades o de las demás ventajas que tenemos, nuestra ley permanece inmortal; ningún judío puede alejarse tanto de su país ni aterrarse tanto ante el señor más severo como para no aterrarse más ante la ley que ante él. Si, por lo tanto, esta es la disposición bajo la que estamos en cuanto a la excelencia de nuestras leyes, que nuestros enemigos nos concedan esta concesión: que nuestras leyes son excelsas; Y si aún imaginan que, aunque nos adherimos firmemente a ellas, son malas leyes, ¿qué castigos merecen entonces quienes no observan sus propias leyes, que consideran tan superiores? Considerando, por lo tanto, que la duración del tiempo es la piedra de toque más verdadera en todos los casos, yo haría de ello un testimonio de la excelencia de nuestras leyes y de la fe que nos transmiten acerca de Dios. Pues, como ha habido mucho tiempo para esta comparación, si alguien compara su duración con la de las leyes promulgadas por otros legisladores, descubrirá que nuestro legislador fue el más antiguo de todos.
40. Ya hemos demostrado que nuestras leyes han inspirado siempre admiración e imitación en todos los demás hombres. Es más, los primeros filósofos griegos, aunque en apariencia observaban las leyes de sus propios países, en sus acciones y doctrinas filosóficas seguían a nuestro legislador e instruían a los hombres a vivir con moderación y a mantener una comunicación amistosa. Además, la humanidad ha tenido una gran inclinación, desde hace mucho tiempo, a seguir nuestras observancias religiosas; pues no hay ciudad griega, ni bárbara, ni nación alguna, donde no se haya establecido nuestra costumbre de descansar el séptimo día, y donde no se observen nuestros ayunos, el encendido de lámparas y muchas de nuestras prohibiciones alimentarias. También se esfuerzan por imitar nuestra mutua concordia, la caritativa distribución de nuestros bienes, nuestra diligencia en el comercio y nuestra fortaleza para afrontar las dificultades que atravesamos gracias a nuestras leyes. Y, lo que aquí es motivo de la mayor admiración, nuestra ley no tiene el atractivo del placer para atraer a los hombres, sino que prevalece por su propia fuerza; y así como Dios mismo impregna todo el mundo, nuestra ley también lo ha hecho. De modo que si alguien reflexiona sobre su propio país y su propia familia, tendrá motivos para creer lo que digo. Por lo tanto, es justo condenar a toda la humanidad por caer en una disposición perversa, cuando han deseado tanto imitar leyes que les son ajenas y malas en sí mismas, en lugar de seguir leyes propias que son de mejor carácter, o bien nuestros acusadores deben dejar de lado su rencor contra nosotros. Tampoco somos culpables de envidia hacia ellos cuando honramos a nuestro propio legislador y creemos lo que él, con su autoridad profética, nos ha enseñado acerca de Dios. Pues aunque no pudiéramos comprender la excelencia de nuestras propias leyes, la gran multitud de quienes desean imitarlas nos justificaría al valorarnos enormemente por ellas.
41. En cuanto a las leyes políticas que nos gobiernan, las he expuesto con precisión en mis libros de Antigüedades; y solo las he mencionado ahora, en la medida necesaria para mi propósito actual, sin proponerme ni censurar las leyes de otras naciones ni encomiar las nuestras; sino para condenar a quienes han escrito sobre nosotros injustamente, con la descarada pretensión de ocultar la verdad. Y ahora creo haber completado suficientemente mi propósito al escribir estos libros. Pues mientras nuestros acusadores han pretendido que nuestra nación es un pueblo de orígenes muy recientes, yo he demostrado que es sumamente antiguo; pues he presentado como testigos a muchos escritores antiguos que nos han mencionado en sus libros, a pesar de haber afirmado que ningún otro escritor lo había hecho. Además, decían que descendíamos de los egipcios, mientras que yo he demostrado que vinimos de otro país a Egipto. Mientras decían mentiras sobre nosotros, como si fuéramos expulsados de allí por enfermedades, ha resultado, por el contrario, que regresamos a nuestro país por decisión propia, con cuerpos sanos y fuertes. Esos acusadores reprocharon a nuestro legislador como un ser vil; mientras que Dios, en tiempos pasados, dio testimonio de su conducta virtuosa; y desde ese testimonio de Dios, se ha descubierto que el tiempo mismo ha dado testimonio de lo mismo.
42. En cuanto a las leyes mismas, sobran las palabras, pues son visibles en su propia naturaleza y parecen enseñar no la impiedad, sino la más auténtica piedad del mundo. No hacen que los hombres se odien, sino que animan a compartir libremente lo que tienen; son enemigas de la injusticia, cuidan la rectitud, desterran la ociosidad y la vida ostentosa, e instruyen a los hombres a contentarse con lo que tienen y a ser laboriosos en su profesión; prohíben a los hombres hacer la guerra por afán de obtener más, pero los hacen valientes en la defensa de las leyes; son inexorables en el castigo de los malhechores; no admiten sofismas de palabras, sino que siempre se establecen mediante las propias acciones, acciones que siempre proponemos como demostraciones más seguras que las contenidas únicamente por escrito; por lo cual me atrevo a decir que nos hemos convertido en maestros de otros hombres, en la mayor cantidad de cosas, y solo en las de la naturaleza más excelente; pues ¿qué es más excelente que la piedad inviolable? ¿Qué es más justo que la sumisión a las leyes? ¿Y qué es más ventajoso que el amor mutuo y la concordia? Y esto hasta el punto de que no debemos ser divididos por las calamidades, ni volvernos perjudiciales y sediciosos en la prosperidad; sino despreciar la muerte cuando estamos en guerra, y en paz dedicarnos a nuestras ocupaciones mecánicas, o a nuestra labranza de la tierra; mientras que en todas las cosas y de todos los modos estamos satisfechos de que Dios es el inspector y gobernador de nuestras acciones. Si estos preceptos hubieran sido escritos al principio, o observados con mayor exactitud por otros antes que nosotros, les habríamos debido agradecimiento como los discípulos deben a sus maestros; pero si es visible que los hemos usado más que cualquier otro hombre, y si hemos demostrado que la invención original de ellos es nuestra, que los Apiones y los Molones, con todos los demás que se deleitan en mentiras y reproches, queden refutados; Pero que este libro y el anterior sean dedicados a ti, Epafrodito, que eres tan gran amante de la verdad, y por tu medio a todos aquellos que de igual manera han deseado estar informados sobre los asuntos de nuestra nación.
2.1a La primera parte de este segundo libro está escrita contra las calumnias de Apión y, más brevemente, contra las calumnias similares de Apolonio Molón. Pero después, Josefo omite cualquier respuesta más específica a estos adversarios de los judíos, y nos ofrece una extensa y excelente descripción y reivindicación de la teocracia que Moisés, su gran legislador, estableció para la nación judía. ↩︎
2.2a Llamado por Tiberio Cymbalum Mundi, El tambor del mundo. ↩︎
2.4a El lugar de enterramiento de los cadáveres, según supongo. ↩︎
2.5a Aquí comienza un gran defecto en la copia griega; pero la antigua versión latina suple plenamente ese defecto. ↩︎
2.6a El error que generalmente se cree que cometió nuestro Josefo al atribuir la liberación de los judíos al reinado de Ptolomeo Fisco, el séptimo de esos Ptolomeos, que se ha atribuido universalmente a Ptolomeo Filópater, el cuarto de ellos, no es más que un grave error de los modernos, y no de Josefo, como he demostrado plenamente en la Rec. Auténtica, Parte I, págs. 200-201, a donde remito al lector curioso. ↩︎
2.8a Llamado más propiamente Molo, o Apolonio Molo, como en adelante; porque Apolonino, el hijo de Molo, era otra persona, como nos informa Estrabón, lib. xiv. ↩︎
2.9a Furones en latín, cuyo animal no aparece ahora indicado. ↩︎
2.10a Es una gran lástima que estos seis autores paganos, mencionados aquí por haber descrito la famosa profanación del templo judío por Antíoco Epífanes, se hayan perdido todos; me refiero a aquellos escritos que contenían esa descripción; aunque es evidente que Josefo los revisó todos como existentes en su tiempo. ↩︎
2.11a Es notable que Josefo aquí, y creo que en ningún otro lugar, reconozca cuatro patios distintos del templo: el de los gentiles, el de las mujeres de Israel, el de los hombres de Israel y el de los sacerdotes; como también que el patio de las mujeres admitía a los hombres (supongo que sólo a los maridos de aquellas esposas que estaban allí), mientras que el patio de los hombres no admitía a ninguna mujer en absoluto. ↩︎
2.12a Judea, en griego, por un grave error de los transcriptores. ↩︎
2.13a Siete en griego, por un error igualmente grave de los transcriptores. Véase De la Guerra, BV cap. 5, secc. 4. ↩︎
2.14a Doscientos en el griego, contrariamente a los veinte en la Guerra, B. VII. cap. 5. secc. 3. ↩︎
2.15a Esta notoria desgracia, peculiar del pueblo de Egipto, desde los tiempos de los antiguos profetas judíos, mencionada ya en la secc. 4, y aquí, puede ser confirmada por el testimonio de Isidoro, egipcio de Pelusio, Epist. lib. i. Ep. 489. Y esto constituye un notable cumplimiento de la antigua predicción de Dios en Ezequiel 29:14, 15, de que Egipto sería un reino vil, el más vil de los reinos, y que no se exaltaría más sobre las naciones. ↩︎
2.16a La verdad de esto se evidencia aún más en la observación actual de Josefo: que estos egipcios nunca, en todas las épocas pasadas desde Sesostris, tuvieron un solo día de libertad; ni siquiera estuvieron libres del poder despótico bajo ninguna de las monarquías hasta ese día. Y todo esto se ha comprobado igualmente en épocas posteriores, bajo los romanos, sarracenos, mamelucos y turcos, desde la época de Josefo hasta la actualidad. ↩︎
2.17a Este lenguaje, que Moisés se “convenció a sí mismo” de que lo que hacía era conforme a la voluntad de Dios, no puede significar, según las propias ideas constantes de Josefo en otros pasajes, más que que estaba “firmemente convencido” de que así era, a saber, por las muchas revelaciones que había recibido de Dios y los numerosos milagros que Dios le había permitido realizar, como nos asegura con gran claridad y frecuencia tanto en estos dos libros contra Apión como en sus Antigüedades. Esto se evidencia además en varios pasajes posteriores, donde afirma que Moisés no era un impostor ni un engañador, y donde asegura que su constitución de gobierno no era otra que una teocracia; y donde dice que deben esperar la liberación de sus angustias mediante la oración a Dios, y que, además, era en parte debido a este espíritu profético de Moisés que los judíos esperaban la resurrección de entre los muertos. Véase un uso casi tan extraño de palabras similares, «para persuadir a Dios», Antiq. B. VI. cap. 5. secc. 6. ↩︎
2.18a Es decir, Moisés fue realmente lo que los legisladores paganos pretendían ser, bajo una dirección divina; ni parece todavía que estas pretensiones de una conducta sobrenatural, ya sea en estos legisladores o en los oráculos, fueran meros engaños de los hombres sin ninguna impresión demoníaca, ni que Josefo las tomara así, como los autores más antiguos y contemporáneos todavía creían que eran sobrenaturales. ↩︎
2.19a Este extenso pasaje es corregido por el Dr. Hudson a partir de la cita que hace Eusebio, Prep. Evangel. viii. 8, que aquí es no poco diferente del manuscrito actual de Josefo. ↩︎
2.20a Esta misma expresión, que «Moisés ordenó que el gobierno judío fuera una teocracia», puede ilustrarse con la expresión paralela en las Antigüedades, B. III. cap. 8. secc. 9, que dice: «Moisés dejó en manos de Dios estar presente en sus sacrificios cuando quisiera; y estar ausente cuando quisiera». Ambas maneras de hablar suenan duras para judíos y cristianos, al igual que otras que Josefo usa con los paganos; pero aun así, no eran muy impropias de él, ya que siempre consideró conveniente adaptarse, tanto en sus Antigüedades como en estos libros contra Apión, todos escritos para el uso de los griegos y romanos, a sus nociones y lenguaje, y esto hasta donde la verdad le permitía. Aunque es muy notable, además, que nunca usa tales expresiones en sus libros de la Guerra, escritos originalmente para los judíos del otro lado del Éufrates, ni en su idioma, en ninguno de estos casos. Sin embargo, Josefo supone directamente que el asentamiento judío, bajo Moisés, fue un asentamiento divino, y en realidad nada menos que una verdadera teocracia. ↩︎
2.21a Estos excelentes relatos de los atributos divinos, y de que Dios no debe ser conocido en absoluto en su esencia, así como otras expresiones claras sobre la resurrección de los muertos y el estado de las almas difuntas, etc., en esta obra tardía de Josefo, se asemejan más a las nociones exaltadas de los esenios, o mejor dicho, de los cristianos ebionitas, que a las de un simple judío o fariseo. Los siguientes y extensos relatos sobre las leyes de Moisés me parecen también una muestra de consideración hacia las interpretaciones y mejoras superiores de las leyes de Moisés, derivadas de Jesucristo, que hacia la simple letra de ellas en el Antiguo Testamento, de donde solo Josefo las tomó al escribir sus Antigüedades; ni, en mi opinión, algunas de estas leyes, aunque generalmente excelentes en su género, pueden encontrarse ahora con propiedad ni en las copias del Pentateuco judío, ni en Filón, ni en el propio Josefo, antes de convertirse al cristianismo nazareno o ebionita; ni siquiera todas ellas entre las leyes del cristianismo católico. Deseo, por tanto, que el lector erudito considere si algunas de estas mejoras o interpretaciones no podrían ser peculiares de los esenos entre los judíos, o más bien de los nazarenos o ebionitas entre los cristianos, aunque de hecho tenemos sólo relatos imperfectos de aquellos nazarenos o cristianos ebionitas transmitidos hasta nosotros hasta el día de hoy. ↩︎ ↩︎ ↩︎ ↩︎ ↩︎
2.22a Podemos observar aquí cuán conocido era entre judíos y paganos, en este y muchos otros casos, que los sacrificios aún se acompañaban de oraciones; de donde probablemente surgieron las frases «el sacrificio de oración, el sacrificio de alabanza, el sacrificio de acción de gracias». Sin embargo, esas antiguas formas utilizadas en los sacrificios se han perdido generalmente, para gran perjuicio de la verdadera religión. Es también sumamente notable que, aunque el templo de Jerusalén fue construido como el único lugar donde toda la nación judía debía ofrecer sus sacrificios, no se mencionan los «sacrificios» en sí, sino solo las «oraciones», en la extensa y famosa forma de devoción de Salomón en su dedicación (1 Reyes 8; 2 Crónicas 6). Véanse también muchos pasajes citados en las Constituciones Apostólicas, VII. 37, y «De la Guerra», supra, B. VII. cap. 5. secc. 6. ↩︎
2.24a No estaría de más dejar aquí un testimonio muy notable del gran filósofo Cicerón sobre la preferencia de las leyes a la filosofía: —Declararé con valentía —dice él— mi opinión, aunque el mundo entero se ofenda. Prefiero este pequeño libro de las Doce Tablas a todos los volúmenes de los filósofos. Lo encuentro no solo de mayor peso, sino también mucho más útil. — Oratore. ↩︎
2.25a hemos observado nuestros tiempos de descanso y los tipos de alimentos que se nos permiten [durante nuestras angustias]. ↩︎
2.26a Véase cuáles eran esos juramentos novedosos en la nota del Dr. Hudson, a saber, jurar por un roble, por una cabra, por un perro y también por un ganso, como dicen Filóstrato y otros. Este juramento extraño también fue prohibido por los tirios (BI, secc. 22), como señala Spanheim aquí. ↩︎
2.27a Es difícil explicar por qué Josefo culpaba aquí a algunos legisladores paganos cuando permitían una composición tan fácil para la simple fornicación, como la obligación de casarse con la virgen corrompida, ya que él mismo nos había informado con certeza que era una ley de los judíos (Antiq. B. IV. cap. 8. sect. 23), como también lo es la ley del cristianismo: véase Horeb Covenant, p. 61. Casi estoy listo para sospechar que, ya que aquí leería, y que corromper el matrimonio, o a las esposas de otros hombres, es el delito por el cual estos paganos perversamente permitieron esta composición en dinero. ↩︎
2.28a O «por corromper a las esposas de otros hombres la misma asignación». ↩︎