«Lo que ve», etc..—Esta historia la contó el Maestro en Jetavana, sobre un vagabundo que vagaba por el país.
Se dice que este hombre no pudo encontrar a nadie que discutiera con él en toda la India, hasta que llegó a Sāvatthi y preguntó si alguien podía discutir con él. Sí, le dijeron, el Buda Supremo. Al oír esto, él y una multitud que lo acompañaba fueron a Jetavana y le hicieron una pregunta al Maestro, mientras este discursaba entre los cuatro tipos de discípulos. El Maestro respondió a su pregunta y luego le hizo otra a él. El hombre no respondió, se levantó y se dio la vuelta. La multitud sentada a su alrededor exclamó: “¡Una palabra, Señor, venció al itinerante!”. Dijo el Maestro: “Sí, hermanos, y tal como lo he vencido ahora con una palabra, así lo hice antes”. Luego contó una historia de tiempos pasados.
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Érase una vez, cuando Brahmadatta era rey de Benarés, el Bodhisatta nació brahmán en el reino de Kāsi. Creció y dominó sus pasiones; y abrazando la vida religiosa, [258] vivió largo tiempo en el Himalaya.
Bajó de las tierras altas y se instaló cerca de una ciudad importante, en una choza de hojas construida junto a un recodo del río Ganges. Un peregrino, que no encontró a nadie que pudiera responderle en toda la India, llegó a esa ciudad. “¿Hay alguien”, preguntó, “que pueda discutir conmigo?”
Sí, dijeron, y le hablaron del poder del Bodhisatta. Así que, seguido por una gran multitud, se dirigió al lugar donde moraba el Bodhisatta y, tras saludarlo, tomó asiento.
«¿Beberás», preguntó, «del agua del Ganges, impregnada de olores de madera silvestre?»
El peregrino intentó atraparlo en sus palabras. “¿Qué es el Ganges? ¡El Ganges puede ser arena, puede ser agua, puede ser la orilla cercana, puede ser la orilla lejana!”
Dijo el Bodhisatta al peregrino: «Además de la arena, el agua, la orilla de acá y de allá, ¿qué otro Ganges puedes tener?». El peregrino no tuvo respuesta; se levantó y se marchó. Al marcharse, el Bodhisatta pronunció estos versos a modo de discurso a la multitud reunida:
“Lo que ve, no lo tendrá;
Lo que no ve, lo codiciará.
Puede que aún llegue muy lejos.
Lo que quiere no lo conseguirá.
“Desprecia lo que tiene;
Una vez que lo logra, no lo quiere.
Él anhela todo siempre:
«Quien nada anhela merece nuestra alabanza.»
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[259] Cuando terminó este discurso, el Maestro identificó el Nacimiento: «El vagabundo es el mismo en ambos casos, y yo mismo era entonces el asceta».