En cuanto a la cuarta consideración, debe ser que, después de que el verdadero amor de Cristo hubiera transformado perfectamente a San Francisco en Dios y en la [ p. 171 ] verdadera imagen de Cristo crucificado; tras haber concluido el ayuno de cuarenta días en honor a San Miguel Arcángel en el santo monte de Alvernia, después de la festividad de San Miguel, el hombre angelical, San Francisco, descendió del monte con Fray León y con un devoto villano, sobre cuyo asno se sentó, pues a causa de los clavos en sus pies no podía caminar bien. Ahora bien, cuando San Francisco bajó del monte, la fama de su santidad ya se extendía por toda la tierra; pues los pastores habían relatado cómo habían visto el monte de Alvernia en llamas, y que esto era señal de algún gran milagro que Dios había obrado en San Francisco. Por lo tanto, cuando la gente del distrito supo que pasaba, acudieron a verlo, hombres y mujeres, pequeños y grandes, y todos, con gran devoción y deseo, buscaban tocarlo y besarle las manos. Y no pudiendo resistir la devoción de la gente, aunque se había vendado las palmas de las manos, para ocultar mejor los santísimos estigmas, las vendó aún más y las cubrió con sus mangas, y solo les dio sus dedos para besarlas. Pero aunque se esforzó por ocultar el misterio de los santísimos estigmas, para evitar toda ocasión de gloria mundana, agradó a Dios, para su propia gloria, obrar muchos milagros en virtud de dichos santísimos estigmas, y singularmente en aquel viaje de Vernia a Santa María de los Ángeles, y muchísimos después en diversas partes del mundo, tanto durante su vida como después de su gloriosa muerte. Para que su oculta y maravillosa virtud, y la extrema caridad y misericordia de Cristo, hacia quien tan maravillosamente los había dado, se manifestaran al mundo mediante milagros claros y evidentes; de los cuales expondremos algunos en este lugar. Así, cuando San Francisco se acercaba a un pueblo en los límites del condado de Arezzo, una mujer se le acercó llorando desconsoladamente y con su hijo en brazos. El niño tenía ocho años y llevaba cuatro años hidrópico; su vientre estaba tan hinchado que, al incorporarse, no podía ver sus pies. Esta mujer le puso a su hijo delante y le rogó que rezara a Dios por él. San Francisco se puso a orar y, después de orar, impuso sus santas manos sobre el vientre del niño. y luego desapareció toda la hinchazón y quedó perfectamente curado, y se lo devolvió a su madre, quien lo recibió con gran alegría y lo condujo a casa, dando gracias a Dios y a San.Francisco; y con gusto mostró a su hijo sanado a todos los del distrito que acudieron a su casa a verlo. Ese mismo día, San Francisco pasó por Borgo San Sepolcro, y cada vez que se acercaba a las murallas, los habitantes de la ciudad y de los pueblos salían a recibirlo, y muchos lo precedían con ramas de olivo en la mano, gritando: “¡Mirad al santo! ¡Mirad al santo!”. Y, por la devoción y el deseo que la gente tenía de tocarlo, lo apretujaban; pero él seguía su camino con la mente elevada y absorto en Dios por la contemplación, y aunque la gente lo tocaba, lo sujetaba y lo tiraba, él, como un inconsciente, no sabía nada de lo que se hacía o decía a su alrededor; ni percibía que pasaba por esa ciudad o por ese distrito. Pues, tras pasar por Borgo y que la multitud regresara a sus hogares, aquel contemplador de las cosas celestiales, tras llegar a un asilo para leprosos, a una milla de Borgo, volvió en sí y, como quien viene de otro mundo, preguntó a su compañero: “¿Cuándo estaremos cerca de Borgo?”. En verdad, su alma, absorta en la contemplación de las cosas celestiales, había sido inconsciente de todo lo terrenal, ya fuera de un cambio de lugar, de tiempo o de la gente que lo rodeaba; y esto le ocurrió muchas otras veces, como sus compañeros lo comprobaron por experiencia propia. Esa tarde, San Francisco llegó a la casa de los frailes de Monte Casale, donde un fraile se encontraba tan gravemente enfermo y tan terriblemente atormentado por la enfermedad que su dolencia parecía más una aflicción y tormento del diablo que una dolencia natural. Pues a veces se tiraba al suelo temblando violentamente y echando espuma por la boca; de pronto todos los tendones de su cuerpo se contraían, luego se estiraban, luego se doblaban, luego se retorcían, y de pronto sus talones se elevaban hasta la nuca, y se lanzaba al aire, para luego caer de espaldas. Ahora bien, mientras San Francisco estaba sentado a la mesa, escuchó de los frailes a este fraile, tan miserablemente enfermo y sin remedio; y tuvo compasión de él, y tomó un pedazo de pan que estaba comiendo, y, con sus santas manos impresas con los estigmas, hizo sobre él la señal de la Santísima Cruz, y se lo envió al fraile enfermo; quien, tan pronto como lo hubo comido, sanó por completo, y nunca más sintió esa enfermedad. A la mañana siguiente, San Francisco envió a dos de esos frailes que estaban en ese lugar a vivir en Alvernia; Y envió de vuelta con ellos al villano, que había venido con él detrás del asno que le había prestado, con el deseo de que regresara con ellos a su casa. Los frailes fueron con dicho villano y, al entrar en el condado de Arezzo, algunos hombres del distrito los vieron de lejos y se alegraron mucho, pensando que era San…Francisco, que había pasado por allí dos días antes, pues una de sus mujeres, que llevaba tres días de parto y no había podido dar a luz, se estaba muriendo. Pensaban que la recuperarían si San Francisco le imponía sus santas manos. Pero al acercarse los frailes, notaron que San Francisco no estaba con ellos y se entristecieron profundamente. Sin embargo, aunque el santo no estaba allí en persona, su virtud no les faltó, porque a ellos no les faltó la fe. ¡Qué cosa tan maravillosa! La mujer agonizaba cuando preguntaron a los frailes si tenían algo que las santísimas manos de San Francisco hubieran tocado. Los frailes reflexionaron y buscaron diligentemente, pero no encontraron nada que San Francisco hubiera tocado con sus manos, salvo la rienda del asno sobre el que había venido. Con gran reverencia y devoción, aquellos hombres tomaron la soga y la colocaron sobre el vientre de la embarazada, invocando con devoción el nombre de San Francisco y encomendándose fielmente a él. ¿Y qué más? Tan pronto como la soga fue colocada sobre la mujer, al instante se vio libre de todo peligro y dio a luz con alegría, tranquilidad y seguridad. San Francisco, tras permanecer algunos días en dicho lugar, partió hacia Città di Castello; y he aquí que muchos ciudadanos le trajeron a una mujer que llevaba mucho tiempo poseída por un demonio, y le rogaron humildemente por su liberación; pues con sus dolorosos aullidos, crueles gritos y ladridos como de perro, perturbaba a todo el vecindario. Entonces San Francisco, tras orar y hacer sobre ella la señal de la Santísima Cruz, ordenó al demonio que se alejara de ella; y él se fue inmediatamente, dejándola cuerda de cuerpo y mente. Y, cuando este milagro se difundió entre la gente, otra mujer, con gran fe, le trajo a su hijo enfermo, afligido por una terrible llaga, y le rogó con devoción que le permitiera persignarse sobre él. Entonces San Francisco escuchó su oración, tomó al niño, le quitó la venda de la llaga y lo bendijo, haciendo la señal de la Santísima Cruz sobre la llaga tres veces. Después, con sus propias manos, volvió a vendarlo y se lo devolvió a su madre. Como ya anochecía, ella lo acostó en la cama para que durmiera. A la mañana siguiente, fue a buscar a su hijo, encontró la venda suelta y, al mirarlo, vio que estaba tan sano como si nunca hubiera estado enfermo. salvo que, en el lugar donde había estado la llaga, la carne había crecido a la manera de una rosa roja; y esto más bien en testimonio del milagro que como una cicatriz dejada por la llaga; porque dicha rosa,El permanecer allí durante toda su vida lo impulsó a menudo a la devoción hacia San Francisco, quien lo había curado. En esa ciudad, San Francisco residió durante un mes, a petición de los devotos ciudadanos, tiempo durante el cual obró muchos otros milagros; y después partió de allí para ir a Santa María de los Ángeles con Fray León y un buen hombre que le prestó su pequeño burro, sobre el cual San Francisco cabalgó. Sucedió que, debido a los malos caminos y al intenso frío, viajaron todo el día sin poder encontrar alojamiento; por lo cual, obligados por la oscuridad y el mal tiempo, se refugiaron bajo la cima de una roca cóncava, para evitar la nieve y la noche que se avecinaba. Y, estando en esta situación desesperada y además mal vestidos, el buen hombre, a quien el burro [ p. 176 ], no podía dormir por el frío; por lo que comenzó a murmurar suavemente para sí mismo y a llorar; y casi culpó a San Francisco por haberlo traído a tal lugar. Entonces San Francisco, al percibir esto, tuvo compasión de él y, con fervor de espíritu, extendió la mano hacia él y lo tocó. ¡Oh, cosa maravillosa! En cuanto lo tocó con esa mano suya, encendida y traspasada por el fuego del Serafín, todo el frío lo abandonó; y entró tanto calor en él, tanto por dentro como por fuera, que parecía estar endurecido por la boca de un horno ardiente; por lo que, reconfortado en alma y cuerpo, se durmió; y, según dijo, durmió más dulcemente esa noche, entre rocas y nieve hasta la mañana, que nunca en su propia cama. Al día siguiente, continuaron su viaje y llegaron a Santa María de los Ángeles. Y, cuando estaban cerca, Fray León alzó la vista y miró hacia la dicha Plaza de Santa María de los Ángeles, y vio una cruz de gran belleza, sobre la cual estaba la figura del Crucificado, que iba delante de San Francisco, tal como San Francisco iba delante de Él. Y de tal manera iba dicha Cruz delante del rostro de San Francisco que, cuando él se detuvo, también se detuvo, y cuando él continuó, continuó. Y esa Cruz era de tal resplandor que no solo brilló en el rostro de San Francisco, sino que también iluminó todo el camino a su alrededor; y perduró hasta que San Francisco entró en la Plaza de Santa María de los Ángeles. San Francisco, entonces, al llegar con Fray León, fueron recibidos por los frailes con gran alegría y caridad. Y desde entonces, hasta su muerte, San Francisco residió la mayor parte de su tiempo en esa Plaza de Santa María de los Ángeles. Y la [ p. 177 ] la fama de su santidad y de sus milagros se difundía cada vez más por la Orden y por el mundo, aunque,Debido a su profunda humildad, ocultó al máximo los dones y las gracias de Dios, y siempre se llamó a sí mismo el mayor de los pecadores. Por lo tanto, en una ocasión, Fray León, maravillándose y pensando con insensatez, dijo en su corazón: «Mira, este hombre se llama a sí mismo un gran pecador en público, y llega a ser grande en la Orden, y es tan honrado por Dios, pero en secreto nunca confiesa ningún pecado carnal. ¿Será que es virgen?». Y entonces comenzó a desear ardientemente saber la verdad; y, temiendo preguntarle a San Francisco sobre este asunto, se dirigió a Dios; y suplicándole con insistencia que le certificara lo que deseaba saber, por las muchas oraciones y el mérito de San Francisco, recibió respuesta y certificación, mediante esta visión, de que San Francisco era verdaderamente virgen de cuerpo. Pues vio, en una visión, a San Francisco de pie en un lugar alto y excelente, al que nadie podía subir ni alcanzar para acompañarlo; Y se le dijo en espíritu que este lugar tan alto y excelente significaba la perfección de la castidad virginal en San Francisco, la cual era razonable y apropiada para la carne que debía ser adornada con los santísimos estigmas de Cristo. San Francisco, viendo que, a causa de los estigmas de Cristo, su fuerza física disminuía gradualmente y que ya no podía encargarse del gobierno de la Orden, apresuró el Capítulo General de la Orden; y, reunido, se disculpó humildemente ante los frailes por la debilidad que le impedía seguir atendiendo la Orden, en lo que respecta a los deberes de General; si bien no renunció a ese cargo por no poder hacerlo, ya que [ p. 178 ] había sido nombrado General por el Papa; y, por lo tanto, no podía renunciar a su cargo ni nombrar un sucesor sin el permiso expreso del Papa. Sin embargo, nombró vicario suyo a fray Pedro Cattani y encomendó la Orden a él y a los ministros de las provincias con todo el afecto posible. Y, hecho esto, San Francisco, reconfortado en espíritu, alzó los ojos y las manos al cielo y dijo: «A ti, mi Señor Dios, a ti encomiendo esta familia tuya, que hasta este momento me has encomendado; y ahora, debido a mis debilidades, que tú, mi dulcísimo Señor, conoces, ya no puedo hacerme cargo de ella. También la encomiendo a los ministros de las provincias; y si por su negligencia, por su mal ejemplo o por una corrección demasiado severa, algún fraile perece, que te rinda cuentas de ello en el Día del Juicio». Y en estas palabras, como a Dios plació, todos los frailes del Capítulo entendieron que hablaba de los santísimos Estigmas, a saber, en lo que decía excusándose por su enfermedad:Y por devoción, ninguno de ellos pudo contener las lágrimas. Desde entonces, dejó todo el cuidado y gobierno de la Orden en manos de su Vicario y de los Ministros de las Provincias; y solía decir: «Ahora que, debido a mis enfermedades, he renunciado al cuidado de la Orden, no tengo otro deber que orar a Dios por nuestra Religión y dar un buen ejemplo a los frailes. Y, en verdad, sé bien que, si mi enfermedad me abandonara, la mayor ayuda que podría prestar a la Religión sería orar continuamente a Dios por ella, para que la defendiera, la gobernara y la preservara». Ahora bien, como se ha dicho antes, aunque San Francisco, como [ p. 179 ] Por mucho que le importara, se esforzó por ocultar los santísimos estigmas, y desde que los recibió, siempre anduvo con las manos vendadas y medias en los pies. Sin embargo, a pesar de todo lo que pudo, no pudo evitar que muchos frailes los vieran y tocaran de diversas maneras, en particular la herida de su costado, que se esforzó con especial diligencia por ocultar. Así, un fraile que lo atendía lo indujo, mediante un piadoso engaño, a quitarse el hábito para sacudirle el polvo; y, como se lo quitó en su presencia, el fraile vio claramente la herida de su costado; y, poniéndose rápidamente la mano en el pecho, la tocó con tres dedos, comprobando así su extensión y tamaño; y de igual manera, su vicario la vio en ese momento. Pero fray Rufino lo confirmó con mayor claridad. Este era un hombre de gran contemplación, de quien San Francisco decía a veces que no había hombre más santo que él en el mundo; y debido a su santidad, lo quería como a un amigo cercano y solía concederle todo lo que deseaba. De tres maneras, Fray Rufino se certificó a sí mismo y a otros de los dichos santísimos estigmas. La primera fue esta: siendo su deber lavar los calzones de San Francisco, que usaba tan grandes que, subiéndolos bien, cubría con ellos la herida de su costado derecho, Fray Rufino los examinó y los observó diligentemente, y descubrió que siempre sangraban del lado derecho; por lo que percibió con certeza que era sangre la que salía de dicha herida; pero por esto, San Francisco lo reprendió al ver que extendía la ropa que se había quitado para buscar la dicha señal. La segunda forma fue esta: que una vez, mientras el susodicho Fray Rufino le rascaba la espalda a San Francisco, dejó resbalar deliberadamente la mano y metió los dedos en la herida de su costado; ante lo cual, por el dolor que sentía, San Francisco exclamó en voz alta: «¡Dios te perdone, Fray Rufino, por haber hecho esto!». La tercera forma fue que en una ocasión le rogó a San Francisco con mucha insistencia, como un gran favor,Para darle su hábito y tomar el suyo a cambio, por amor a la caridad. Ante lo cual, el caritativo padre, aunque de mala gana, accedió a su ruego, se quitó el hábito, se lo dio y tomó el suyo; y entonces, al quitárselo y ponérselo, fray Rufino vio claramente la susodicha herida. Asimismo, fray León y muchos otros frailes vieron los dichos santísimos estigmas de San Francisco mientras aún vivía; los cuales frailes, aunque por su santidad eran dignos de crédito y hombres cuya simple palabra podía ser creída, sin embargo, para disipar cualquier duda, juraron sobre el Libro Sagrado que los habían visto claramente. Además, ciertos cardenales, íntimos amigos de San Francisco, los vieron; y, en reverencia por los susodichos santísimos estigmas, compusieron e hicieron hermosos y devotos himnos, salmos y tratados en prosa. El sumo pontífice, el papa Alejandro, predicando al pueblo en presencia de todos los cardenales (entre los que se encontraba el santo fraile Bonaventura, cardenal), dijo y afirmó haber visto con sus propios ojos los santísimos estigmas de San Francisco cuando aún vivía. Y la Virgen Jacopa de Settensoli de Roma, la dama más ilustre de su tiempo en Roma y devotísima de San Francisco, los vio antes de su muerte, y, después de su muerte, los vio y los besó muchas veces con gran reverencia; pues ella vino de Roma a Asís, por revelación divina, al lecho de muerte de San Francisco; y su llegada fue de esta manera. Durante algunos días antes de su muerte, San Francisco permaneció enfermo en Asís, en el palacio del obispo, con algunos de sus compañeros; y, a pesar de su enfermedad, cantaba con frecuencia ciertas alabanzas a Cristo. Un día, uno de sus compañeros le dijo: «Padre, sabes que estos ciudadanos tienen una gran fe en ti y te consideran un hombre santo, y por eso pueden pensar que, si eres quien creen, deberías, en tu enfermedad, pensar en tu muerte y preferir llorar que cantar, ya que estás tan gravemente enfermo; y debes saber que tu canto, y el nuestro, que nos haces cantar, es oído por muchos, tanto dentro como fuera del palacio; pues este palacio está custodiado por tu causa por muchos hombres armados, que tal vez puedan tomar mala muestra de ello. Por lo tanto, creo (dijo este fraile) que harías bien en irte de aquí y que todos volvamos a Santa María de los Ángeles; pues este no es lugar para nosotros entre seglares». San Francisco le respondió: «Querido fraile, sabes que hace dos años, cuando estábamos en Foligno, Dios te reveló el término de mi vida; y de igual manera me reveló que, dentro de unos días, dicho término terminará con esta enfermedad; y en esa revelación Dios me aseguró la remisión de todos mis pecados y la dicha del paraíso. Hasta que tuve esa revelación, lamenté la muerte y mis pecados; pero,Desde que recibí esa revelación, estoy tan lleno de alegría que ya no puedo llorar; y por eso canto, sí, y cantaré a Dios, quien me ha dado la bendición de su gracia y me ha asegurado las bendiciones de la gloria del paraíso. En cuanto a nuestra partida, consiento en ello y me complace; pero ¿podrían encontrar la manera de llevarme, porque, debido a mi enfermedad, no puedo caminar? Entonces los frailes lo tomaron en brazos y lo llevaron; y muchos ciudadanos los acompañaron. Y, al llegar a un hospicio cercano, San Francisco dijo a quienes lo llevaban: «Bajadme al suelo y hacedme volver hacia la ciudad». Y, cuando estuvo de cara a Asís, bendijo la ciudad con muchas bendiciones, diciendo: «Bendita seas de Dios, oh ciudad santa, porque por ti se salvarán muchas almas, y en ti habitarán muchos siervos de Dios, y de ti muchos serán elegidos para el Reino de la Vida Eterna». Y, tras decir estas palabras, les ordenó que lo llevaran a Santa María de los Ángeles. Y, al llegar a Santa María de los Ángeles, lo llevaron a la enfermería y allí lo depositaron. Entonces San Francisco llamó a uno de los Compañeros y le habló así: «Querido fraile, Dios me ha revelado que, por esta enfermedad, en tal día, partiré de esta vida; y tú sabes que la muy querida Virgen Jacopa di Settensoli, devota de nuestra Orden, si supiera de mi muerte y no hubiera estado presente, se sentiría profundamente afligida; y por eso le haces saber que, si me ve con vida, venga aquí de inmediato». El fraile respondió: «Padre, tienes razón; pues en verdad, por el gran amor que te tiene, sería muy indecoroso que no estuviera presente en tu muerte». «Ve, pues», dijo San Francisco, «y tráeme tintero, papel y pluma, y escribe como te digo». Y, una vez que las hubo traído, San Francisco dictó la carta en estos términos: «A Madonna Jacopa, sierva de Dios, a Fray Francisco, mendicante de Cristo, saludos y la comunión del Espíritu Santo en nuestro Señor Jesucristo. Sepan, amados, que Cristo bendito, por su gracia, me ha revelado que el fin de mi vida está próximo. Por lo tanto, si me encuentran con vida, cuando hayan visto esta carta, levántense y vengan a Santa María de los Ángeles; porque si no llegan para ese día, no me encontrarán con vida; y traigan consigo un cilicio para envolver mi cuerpo y la cera necesaria para mi entierro. También les ruego que me traigan algo de la comida que solían darme cuando estuve enfermo en Roma». Y mientras esta carta se escribía, fue revelado de Dios a San…Francisco le contó que Madonna Jacopa venía a verlo y que ya estaba cerca del lugar, trayendo consigo todo lo que él le enviaba a pedir por carta. Por lo tanto, al tener esta revelación, San Francisco le dijo al fraile que escribía la carta que no escribiera más, pues no era necesario, y que la dejara a un lado. Los frailes se maravillaron mucho, porque no la terminó y no quería que la enviaran. Y, mientras continuaban así, he aquí que, al poco rato, llamaron con fuerza a la puerta del lugar, y San Francisco envió al portero a abrir. Y, al abrir la puerta, he aquí que allí estaba Madonna Jacopa, la dama más noble de Roma, con dos de sus hijos, senadores de Roma, y con un gran grupo de hombres a caballo. Entraron; y Madonna Jacopa la llevó directamente a la enfermería y se acercó a San Francisco. De su llegada San Francisco tuvo gran alegría y consuelo, y ella también, viéndolo vivo y hablando con él. Entonces le contó cómo Dios le había revelado en Roma, mientras oraba, la brevedad de su vida, y cómo él la mandaría a buscar para pedirle aquellas cosas, las cuales, según ella, había traído. Hizo que se las llevaran a San Francisco y le dio de comer. Y, cuando hubo comido y se sintió muy reconfortado, la Virgen Jacopa se arrodilló a los pies de San Francisco y tomó aquellos santísimos pies, marcados y adornados con las llagas de Cristo, y los besó y los bañó con sus lágrimas con tal devoción que a los frailes que estaban allí les pareció que realmente veían a la Magdalena a los pies de Jesucristo; y de ninguna manera pudieron apartarla de ellos. Finalmente, después de un largo rato, la levantaron, la llevaron aparte y le preguntaron cómo había llegado tan debidamente provista de todo lo necesario para San Francisco mientras aún vivía y para su entierro. Madonna Jacopa respondió que, mientras rezaba una noche en Roma, oyó una voz del cielo que le decía: «Si quieres encontrar a San Francisco con vida, ve a Asís sin demora y lleva contigo lo que sueles darle cuando está enfermo y lo necesario para su entierro; y yo (dijo ella) lo he hecho». Así que la susodicha Madonna Jacopa permaneció allí hasta que San Francisco falleció y fue enterrado; y en su entierro le rindió un gran honor, ella y toda su compañía, y corrió con todos los gastos necesarios. Posteriormente, esta noble dama regresó a Roma, y allí, al poco tiempo, murió santamente. Y por devoción a San Francisco mandó que su cuerpo fuese llevado a Santa María degli Angeli y enterrado allí; y así se hizo.Y trajo consigo todas las cosas que enviaba a pedir por carta. Por lo tanto, al tener esta revelación, San Francisco le dijo al fraile que escribía la carta que no escribiera más, pues no era necesario, y que la dejara a un lado. Los frailes se maravillaron mucho, porque no la terminó y no quería que la enviaran. Y, mientras continuaban así, he aquí que, al poco rato, llamaron con fuerza a la puerta de la plaza, y San Francisco envió al portero a abrir. Y, al abrir la puerta, he aquí que allí estaba Madonna Jacopa, la más noble dama de Roma, con dos de sus hijos, senadores de Roma, y con un gran grupo de hombres a caballo. Entraron; y Madonna Jacopa la llevó directamente a la enfermería y se acercó a San Francisco. De su llegada San Francisco tuvo gran alegría y consuelo, y ella también, viéndolo vivo y hablando con él. Entonces le contó cómo Dios le había revelado en Roma, mientras oraba, la brevedad de su vida, y cómo él la mandaría a buscar para pedirle aquellas cosas, las cuales, según ella, había traído. Hizo que se las llevaran a San Francisco y le dio de comer. Y, cuando hubo comido y se sintió muy reconfortado, la Virgen Jacopa se arrodilló a los pies de San Francisco y tomó aquellos santísimos pies, marcados y adornados con las llagas de Cristo, y los besó y los bañó con sus lágrimas con tal devoción que a los frailes que estaban allí les pareció que realmente veían a la Magdalena a los pies de Jesucristo; y de ninguna manera pudieron apartarla de ellos. Finalmente, después de un largo rato, la levantaron, la llevaron aparte y le preguntaron cómo había llegado tan debidamente provista de todo lo necesario para San Francisco mientras aún vivía y para su entierro. Madonna Jacopa respondió que, mientras rezaba una noche en Roma, oyó una voz del cielo que le decía: «Si quieres encontrar a San Francisco con vida, ve a Asís sin demora y lleva contigo lo que sueles darle cuando está enfermo y lo necesario para su entierro; y yo (dijo ella) lo he hecho». Así que la susodicha Madonna Jacopa permaneció allí hasta que San Francisco falleció y fue enterrado; y en su entierro le rindió un gran honor, ella y toda su compañía, y corrió con todos los gastos necesarios. Posteriormente, esta noble dama regresó a Roma, y allí, al poco tiempo, murió santamente. Y por devoción a San Francisco mandó que su cuerpo fuese llevado a Santa María degli Angeli y enterrado allí; y así se hizo.Y trajo consigo todas las cosas que enviaba a pedir por carta. Por lo tanto, al tener esta revelación, San Francisco le dijo al fraile que escribía la carta que no escribiera más, pues no era necesario, y que la dejara a un lado. Los frailes se maravillaron mucho, porque no la terminó y no quería que la enviaran. Y, mientras continuaban así, he aquí que, al poco rato, llamaron con fuerza a la puerta de la plaza, y San Francisco envió al portero a abrir. Y, al abrir la puerta, he aquí que allí estaba Madonna Jacopa, la más noble dama de Roma, con dos de sus hijos, senadores de Roma, y con un gran grupo de hombres a caballo. Entraron; y Madonna Jacopa la llevó directamente a la enfermería y se acercó a San Francisco. De su llegada San Francisco tuvo gran alegría y consuelo, y ella también, viéndolo vivo y hablando con él. Entonces le contó cómo Dios le había revelado en Roma, mientras oraba, la brevedad de su vida, y cómo él la mandaría a buscar para pedirle aquellas cosas, las cuales, según ella, había traído. Hizo que se las llevaran a San Francisco y le dio de comer. Y, cuando hubo comido y se sintió muy reconfortado, la Virgen Jacopa se arrodilló a los pies de San Francisco y tomó aquellos santísimos pies, marcados y adornados con las llagas de Cristo, y los besó y los bañó con sus lágrimas con tal devoción que a los frailes que estaban allí les pareció que realmente veían a la Magdalena a los pies de Jesucristo; y de ninguna manera pudieron apartarla de ellos. Finalmente, después de un largo rato, la levantaron, la llevaron aparte y le preguntaron cómo había llegado tan debidamente provista de todo lo necesario para San Francisco mientras aún vivía y para su entierro. Madonna Jacopa respondió que, mientras rezaba una noche en Roma, oyó una voz del cielo que le decía: «Si quieres encontrar a San Francisco con vida, ve a Asís sin demora y lleva contigo lo que sueles darle cuando está enfermo y lo necesario para su entierro; y yo (dijo ella) lo he hecho». Así que la susodicha Madonna Jacopa permaneció allí hasta que San Francisco falleció y fue enterrado; y en su entierro le rindió un gran honor, ella y toda su compañía, y corrió con todos los gastos necesarios. Posteriormente, esta noble dama regresó a Roma, y allí, al poco tiempo, murió santamente. Y por devoción a San Francisco mandó que su cuerpo fuese llevado a Santa María degli Angeli y enterrado allí; y así se hizo.Pero que dejara la carta a un lado; ante lo cual los frailes se maravillaron mucho, porque no la terminó y no quiso que la enviaran. Y, mientras continuaban así, he aquí que, al poco rato, llamaron con fuerza a la puerta de la plaza, y San Francisco envió al portero a abrir. Y, al abrir la puerta, he aquí que allí estaba Madonna Jacopa, la más noble dama de Roma, con dos de sus hijos, senadores de Roma, y con una gran compañía de hombres a caballo. Entraron; y Madonna Jacopa la llevó directamente a la enfermería y se acercó a San Francisco. De su llegada San Francisco tuvo gran alegría y consuelo, y ella también, al verlo vivo y hablando con él. Entonces le contó cómo Dios le había revelado en Roma, mientras oraba, la brevedad de su vida, y cómo la mandaría a buscar para pedirle aquellas cosas, las cuales, según ella, había traído; y mandó que se las trajeran a San Francisco y le dio de comer. Y, después de comer y sentirse muy reconfortado, la Virgen Jacopa se arrodilló a los pies de San Francisco y tomó aquellos santísimos pies, marcados y adornados con las llagas de Cristo, y los besó y los bañó con sus lágrimas con tal devoción que a los frailes que estaban allí les pareció que realmente veían a la Magdalena a los pies de Jesucristo; y de ninguna manera pudieron apartarla de ellos. Finalmente, después de un largo rato, la levantaron, la llevaron aparte y le preguntaron cómo había llegado tan debidamente y tan bien provista de todo lo necesario para San Francisco mientras aún vivía, y para su entierro. Madonna Jacopa respondió que, mientras rezaba una noche en Roma, oyó una voz del cielo que le decía: «Si quieres encontrar a San Francisco con vida, ve a Asís sin demora y lleva contigo lo que sueles darle cuando esté enfermo, y lo necesario para su entierro; y yo (dijo ella) así lo he hecho». Así pues, la susodicha Madonna Jacopa permaneció allí hasta que San Francisco falleció y fue enterrado; y en su entierro le rindió un gran honor, ella y toda su compañía, y corrió con todos los gastos necesarios. Posteriormente, esta noble dama regresó a Roma; y allí, al poco tiempo, murió santamente; y por devoción a San Francisco, ordenó que su cuerpo fuera llevado a Santa María de los Ángeles y enterrado allí; y así se hizo.Pero que dejara la carta a un lado; ante lo cual los frailes se maravillaron mucho, porque no la terminó y no quiso que la enviaran. Y, mientras continuaban así, he aquí que, al poco rato, llamaron con fuerza a la puerta de la plaza, y San Francisco envió al portero a abrir. Y, al abrir la puerta, he aquí que allí estaba Madonna Jacopa, la más noble dama de Roma, con dos de sus hijos, senadores de Roma, y con una gran compañía de hombres a caballo. Entraron; y Madonna Jacopa la llevó directamente a la enfermería y se acercó a San Francisco. De su llegada San Francisco tuvo gran alegría y consuelo, y ella también, al verlo vivo y hablando con él. Entonces le contó cómo Dios le había revelado en Roma, mientras oraba, la brevedad de su vida, y cómo la mandaría a buscar para pedirle aquellas cosas, las cuales, según ella, había traído; y mandó que se las trajeran a San Francisco y le dio de comer. Y, después de comer y sentirse muy reconfortado, la Virgen Jacopa se arrodilló a los pies de San Francisco y tomó aquellos santísimos pies, marcados y adornados con las llagas de Cristo, y los besó y los bañó con sus lágrimas con tal devoción que a los frailes que estaban allí les pareció que realmente veían a la Magdalena a los pies de Jesucristo; y de ninguna manera pudieron apartarla de ellos. Finalmente, después de un largo rato, la levantaron, la llevaron aparte y le preguntaron cómo había llegado tan debidamente y tan bien provista de todo lo necesario para San Francisco mientras aún vivía, y para su entierro. Madonna Jacopa respondió que, mientras rezaba una noche en Roma, oyó una voz del cielo que le decía: «Si quieres encontrar a San Francisco con vida, ve a Asís sin demora y lleva contigo lo que sueles darle cuando esté enfermo, y lo necesario para su entierro; y yo (dijo ella) así lo he hecho». Así pues, la susodicha Madonna Jacopa permaneció allí hasta que San Francisco falleció y fue enterrado; y en su entierro le rindió un gran honor, ella y toda su compañía, y corrió con todos los gastos necesarios. Posteriormente, esta noble dama regresó a Roma; y allí, al poco tiempo, murió santamente; y por devoción a San Francisco, ordenó que su cuerpo fuera llevado a Santa María de los Ángeles y enterrado allí; y así se hizo.Y con una gran compañía de hombres a caballo, entraron. Madonna Jacopa la llevó directamente a la enfermería y fue a ver a San Francisco. Con su llegada, San Francisco tuvo gran alegría y consuelo, y ella también, al verlo vivo y hablar con él. Entonces le contó cómo Dios le había revelado en Roma, mientras oraba, la brevedad de su vida, y cómo la mandaría a buscar para pedirle aquellas cosas, las cuales, según ella, había traído. Hizo que se las llevaran a San Francisco y le dio de comer. Y, cuando hubo comido y se sintió muy reconfortado, Madonna Jacopa se arrodilló a los pies de San Francisco y [ p. 184 ] tomó aquellos santísimos pies, marcados y adornados con las llagas de Cristo, y los besó y los bañó con sus lágrimas con tal devoción que a los frailes que estaban allí les pareció que realmente veían a la Magdalena a los pies de Jesucristo; y de ninguna manera pudieron apartarla de ellos. Finalmente, después de un largo rato, la levantaron, la llevaron aparte y le preguntaron cómo había llegado tan debidamente y tan bien provista de todo lo necesario para San Francisco mientras aún vivía, y para su entierro. Madonna Jacopa respondió que, mientras rezaba una noche en Roma, oyó una voz del cielo que le dijo: «Si quieres encontrar a San Francisco con vida, ve a Asís sin demora y lleva contigo lo que sueles darle cuando está enfermo, y lo necesario para su entierro; y yo (dijo ella) así lo he hecho». Así que la susodicha Virgen Jacopa permaneció allí hasta que San Francisco falleció y fue enterrado; y en su entierro le rindió un gran honor, ella y toda su compañía; y corrió con todos los gastos necesarios. Posteriormente, esta noble dama regresó a Roma; y allí, al poco tiempo, murió santamente; y por devoción a San Francisco, ordenó que su cuerpo fuera llevado a Santa María de los Ángeles y enterrado allí; y así se hizo.Y con una gran compañía de hombres a caballo, entraron. Madonna Jacopa la llevó directamente a la enfermería y fue a ver a San Francisco. Con su llegada, San Francisco tuvo gran alegría y consuelo, y ella también, al verlo vivo y hablar con él. Entonces le contó cómo Dios le había revelado en Roma, mientras oraba, la brevedad de su vida, y cómo la mandaría a buscar para pedirle aquellas cosas, las cuales, según ella, había traído. Hizo que se las llevaran a San Francisco y le dio de comer. Y, cuando hubo comido y se sintió muy reconfortado, Madonna Jacopa se arrodilló a los pies de San Francisco y [ p. 184 ] tomó aquellos santísimos pies, marcados y adornados con las llagas de Cristo, y los besó y los bañó con sus lágrimas con tal devoción que a los frailes que estaban allí les pareció que realmente veían a la Magdalena a los pies de Jesucristo; y de ninguna manera pudieron apartarla de ellos. Finalmente, después de un largo rato, la levantaron, la llevaron aparte y le preguntaron cómo había llegado tan debidamente y tan bien provista de todo lo necesario para San Francisco mientras aún vivía, y para su entierro. Madonna Jacopa respondió que, mientras rezaba una noche en Roma, oyó una voz del cielo que le dijo: «Si quieres encontrar a San Francisco con vida, ve a Asís sin demora y lleva contigo lo que sueles darle cuando está enfermo, y lo necesario para su entierro; y yo (dijo ella) así lo he hecho». Así que la susodicha Virgen Jacopa permaneció allí hasta que San Francisco falleció y fue enterrado; y en su entierro le rindió un gran honor, ella y toda su compañía; y corrió con todos los gastos necesarios. Posteriormente, esta noble dama regresó a Roma; y allí, al poco tiempo, murió santamente; y por devoción a San Francisco, ordenó que su cuerpo fuera llevado a Santa María de los Ángeles y enterrado allí; y así se hizo.Y los besó y los bañó con sus lágrimas, con tal devoción que a los frailes que estaban allí les pareció que realmente veían a la Magdalena a los pies de Jesucristo; y de ninguna manera pudieron apartarla de ellos. Y finalmente, después de un largo rato, la levantaron, la llevaron aparte y le preguntaron cómo había llegado tan debidamente y tan bien provista de todo lo necesario para San Francisco mientras aún vivía, y para su entierro. Madonna Jacopa respondió que, mientras rezaba una noche en Roma, oyó una voz del cielo que le dijo: «Si quieres encontrar a San Francisco con vida, ve a Asís sin demora y lleva contigo lo que sueles darle cuando está enfermo, y lo necesario para su entierro; y yo (dijo ella) lo he hecho». Así que la susodicha Madonna Jacopa permaneció allí hasta que San Francisco falleció y fue enterrado; y en su entierro le rindió un gran honor, ella y toda su compañía. Y ella corrió con todos los gastos necesarios. Posteriormente, esta noble dama regresó a Roma; y allí, al poco tiempo, murió santamente; y por devoción a San Francisco, ordenó que su cuerpo fuera llevado a Santa María de los Ángeles y enterrado allí; y así se hizo.Y los besó y los bañó con sus lágrimas, con tal devoción que a los frailes que estaban allí les pareció que realmente veían a la Magdalena a los pies de Jesucristo; y de ninguna manera pudieron apartarla de ellos. Y finalmente, después de un largo rato, la levantaron, la llevaron aparte y le preguntaron cómo había llegado tan debidamente y tan bien provista de todo lo necesario para San Francisco mientras aún vivía, y para su entierro. Madonna Jacopa respondió que, mientras rezaba una noche en Roma, oyó una voz del cielo que le dijo: «Si quieres encontrar a San Francisco con vida, ve a Asís sin demora y lleva contigo lo que sueles darle cuando está enfermo, y lo necesario para su entierro; y yo (dijo ella) lo he hecho». Así que la susodicha Madonna Jacopa permaneció allí hasta que San Francisco falleció y fue enterrado; y en su entierro le rindió un gran honor, ella y toda su compañía. Y ella corrió con todos los gastos necesarios. Posteriormente, esta noble dama regresó a Roma; y allí, al poco tiempo, murió santamente; y por devoción a San Francisco, ordenó que su cuerpo fuera llevado a Santa María de los Ángeles y enterrado allí; y así se hizo.
A la muerte de San Francisco, no solo la susodicha Virgen Jacopa y sus hijos, junto con toda su compañía, vieron y besaron sus gloriosos y santos estigmas, sino también muchos ciudadanos de Asís; entre ellos se encontraba un caballero de gran renombre y gran hombre, llamado Messer Jerónimo, quien dudaba mucho de ello y se mostraba incrédulo respecto a ellos, al igual que Santo Tomás respecto a los de Cristo. Para certificarlo él mismo y los demás, en presencia de todos los frailes y laicos, movió con valentía los clavos de las manos y los pies, y tocó la herida del costado delante de todos. De este modo, fue desde entonces testigo constante de esa verdad, jurando sobre el Libro que así era, y así lo había visto y tocado. Santa Clara, asimismo, contempló y besó los gloriosos y sagrados estigmas de San Francisco, junto con sus monjas, que estaban presentes en su entierro.
El glorioso confesor de Cristo, Messer San Francisco, falleció el año de Nuestro Señor M.CC.XXVI (1226), el cuatro de octubre, sábado, y fue sepultado el domingo. Ese año era el vigésimo de su conversión, es decir, cuando comenzó a hacer penitencia, y el segundo año después de la impresión de los santísimos estigmas; y cumplía cuarenta y cinco años desde su nacimiento.
Posteriormente, San Francisco fue canonizado en el mes de la Cuaresma XXVIII (1228) por el papa Gregorio IX, quien viajó personalmente a Asís para canonizarlo. Y esto basta en cuanto a la cuarta consideración.