El hombre es creado para alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y por este medio salvar su alma.
Y las demás cosas que hay sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el cual fue creado.
De aquí se sigue que el hombre debe usarlos en la medida en que lo ayuden a conseguir su fin, y debe librarse de ellos en la medida en que lo impidan para conseguirlo.
Para esto es necesario hacernos indiferentes a todas las cosas creadas en todo lo que se permite a la elección de nuestro libre albedrío y no se le prohíbe; de manera que, por nuestra parte, no queramos más salud que enfermedad, riquezas que pobreza, honor que deshonra, vida larga que corta, y así en todo lo demás; deseando y eligiendo sólo lo que más nos conviene al fin para el cual hemos sido creados.
Contiene en él tres tiempos, y dos para examinarse a sí mismo.
El primer momento es por la mañana, inmediatamente después de levantarse, cuando uno debe proponerse guardarse con diligencia contra aquel particular pecado o defecto que quiere corregir y enmendar.
La segunda vez es después de cenar, cuando se debe pedir a Dios nuestro Señor lo que se desea, es decir, la gracia para recordar cuántas veces se ha caído en ese pecado o defecto en particular y para enmendarse en el futuro. Entonces se debe hacer el primer examen, pidiendo cuenta a su alma de esa cosa particular propuesta, que se desea corregir y enmendar. Se debe repasar hora por hora, o período por período, comenzando a la hora en que se levantó y continuando hasta la hora e instante del presente examen, y se debe hacer en la primera línea del G**\———-** tantos puntos como veces se ha caído en ese pecado o defecto en particular. Luego, se debe resolver de nuevo enmendarse hasta el segundo examen que se hará.
La tercera vez: Después de cenar, se hará el segundo examen, de la misma manera, hora por hora, comenzando por el primero y continuando hasta el presente (segundo), y hará en la segunda línea del mismo G**\———-** tantos puntos como veces que ha caído en aquel particular pecado o defecto.
Primera Adición. La primera adición es que cada vez que uno caiga en ese pecado o defecto en particular, se ponga la mano en el pecho, lamentando haber caído; esto puede hacerse incluso en presencia de muchos, sin que se den cuenta de lo que hace.
Segunda adición. La segunda: Como la primera línea del G**\———-** representa el primer examen, y la segunda línea, el segundo examen, que revise por la noche si hay alguna modificación de la primera línea a la segunda, es decir, del primer examen al segundo.
Tercera adición. La tercera: Comparar el segundo día con el primero; es decir, los dos exámenes del día actual con los otros dos del día anterior, y ver si ha mejorado de un día para otro.
Cuarta adición. La cuarta adición: Comparar una semana con otra y ver si ha mejorado en la semana actual con respecto a la semana anterior.
Nota. Cabe señalar que la primera G**\———-** (grande) que sigue se refiere al domingo; la segunda (pequeña), al lunes; la tercera, al martes, y así sucesivamente.
GRAMO
GRAMO
GRAMO
GRAMO
GRAMO
GRAMO
Supongo que hay en mí tres especies de pensamientos: es decir, uno propio, que brota de mi mera libertad y voluntad; y otros dos, que vienen de fuera, uno del buen espíritu y otro del malo.
Hay dos maneras de merecer el mal pensamiento que viene de afuera, a saber:
Primer Camino. Pensamiento de cometer un pecado mortal, al que me resisto de inmediato y quedo vencido.
Segunda Vía. La segunda forma de merecer es: Cuando ese mismo mal pensamiento me asalta y lo resisto, y regresa una y otra vez, y siempre resisto, hasta vencerlo.
Esta segunda vía es más meritoria que la primera.
Se comete pecado venial cuando viene el mismo pensamiento de pecar mortalmente y uno le presta oído, haciendo alguna pequeña demora, o recibiendo algún placer sensual, o cuando hay alguna negligencia en rechazar tal pensamiento.
Hay dos maneras de pecar mortalmente:
Primera vía. La primera es, cuando uno da su consentimiento al mal pensamiento, actuar después según lo consentido, o ponerlo en práctica si pudiera.
Segunda Vía. La segunda forma de pecar mortalmente es cuando ese pecado se pone en acto.
Este es un pecado mayor por tres razones: primero, por el mayor tiempo; segundo, por la mayor intensidad; tercero, por el mayor daño a las dos personas.
No se debe jurar, ni por el Creador ni por la criatura, si no es con verdad, necesidad y reverencia.
Por necesidad quiero decir, no cuando se afirma con juramento cualquier verdad, sino cuando es de alguna importancia para el bien del alma o del cuerpo o para los bienes temporales.
Por reverencia entiendo cuando, al nombrar al Creador y Señor, se actúa con consideración, de modo que se le rinda el honor y la reverencia debidos.
Es de notar que, si bien en el juramento vano se peca más cuando se jura por el Creador que por la criatura, es más difícil jurar correctamente con verdad, necesidad y reverencia por la criatura que por el Creador, por las siguientes razones.
Primera Razón. La primera: Cuando queremos jurar por alguna criatura, querer nombrarla no nos hace tan atentos ni circunspectos para decir la verdad, ni para afirmarla con necesidad, como lo sería querer nombrar al Señor y Creador de todas las cosas.
Segunda Razón. La segunda es que al jurar por la criatura no es tan fácil mostrar reverencia y respeto al Creador como al jurar y nombrar al mismo Creador y Señor, pues querer nombrar a Dios nuestro Señor conlleva más respeto y reverencia que querer nombrar la cosa creada. Por lo tanto, jurar por la criatura es más lícito para los perfectos que para los imperfectos, porque los perfectos, mediante la continua contemplación e iluminación del intelecto, consideran, meditan y contemplan más que Dios nuestro Señor está en cada criatura, según su propia esencia, presencia y poder; y así, al jurar por la criatura, son más aptos y están más preparados que los imperfectos para mostrar respeto y reverencia a su Creador y Señor.
Tercera razón. La tercera es que, al jurar continuamente por la criatura, la idolatría debe ser más temida en los imperfectos que en los perfectos.
No se debe decir una palabra ociosa. Por palabra ociosa me refiero a aquella que no me beneficia ni a mí ni a otro, y que no está dirigida a esa intención. Por lo tanto, las palabras dichas con cualquier propósito útil, o destinadas a beneficiar el alma propia o ajena, el cuerpo o los bienes temporales, nunca son ociosas, ni siquiera si se habla de algo ajeno a la propia vida, como, por ejemplo, si un religioso habla de guerras o artículos de comercio; pero en todo lo que se dice hay mérito en dirigir bien, y pecado en dirigir mal o en hablar ociosamente.
Nada debe decirse que dañe el carácter de otro o que busque falta, porque si revelo un pecado mortal que no es público, peco mortalmente; si es venial, venialmente; y si es un defecto, muestro un defecto propio.
Pero si la intención es recta, de dos maneras se puede hablar del pecado o de la falta de otro:
Primera Vía. La primera: Cuando el pecado es público, como en el caso de una prostituta pública, de una sentencia dictada en un juicio, o de un error público que infecta a las almas con las que se entra en contacto.
Segunda Vía. Segunda: Cuando el pecado oculto se revela a alguien para que pueda ayudar a levantarse a quien está en pecado, suponiendo, sin embargo, que tenga algunas conjeturas o motivos probables para pensar que podrá ayudarlo.
Tomando los Diez Mandamientos, los Preceptos de la Iglesia y las recomendaciones de los Superiores, todo acto realizado contra cualquiera de estas tres cabezas es, según su mayor o menor naturaleza, un pecado mayor o menor.
Por recomendaciones de los Superiores me refiero a cosas como las Bulas de Cruzadas y otras indulgencias, por ejemplo, las de paz, concedidas bajo condición de confesarse y recibir el Santísimo Sacramento. Pues se comete un pecado no pequeño al ser causa de que otros actúen en contra de tales piadosas exhortaciones y recomendaciones de nuestros Superiores, o al hacerlo uno mismo.
Contiene en él cinco puntos.
Primer Punto. El primer punto es dar gracias a Dios nuestro Señor por los beneficios recibidos.
Segundo punto. El segundo, pedir gracia para reconocer nuestros pecados y expulsarlos.
Tercer punto. El tercero, pedir cuentas de nuestra alma desde la hora en que nos levantamos hasta el presente examen, hora por hora, o período por período: primero en cuanto a pensamientos, luego en cuanto a palabras y finalmente en cuanto a acciones, en el mismo orden mencionado en el examen particular.
Cuarto Punto. El cuarto, pedir perdón a Dios nuestro Señor por las faltas.
Quinto Punto. El quinto, proponerse enmienda con Su gracia.
PADRE NUESTRO.
Quien por su propia voluntad quiera hacer la Confesión General, entre otras muchas ventajas, encontrará tres en hacerla aquí.
Primero. Lo primero: Aunque quien se confiesa cada año no está obligado a hacer una Confesión General, al hacerla obtiene mayor provecho y mérito, debido al mayor dolor real por todos los pecados y maldades de toda su vida.
Segundo. El segundo: En los Ejercicios Espirituales, los pecados y su malicia se comprenden con mayor profundidad que cuando uno no se entregaba tanto a las cosas interiores. Al adquirir ahora mayor conocimiento y pesar por ellos, obtendrá mayor provecho y mérito que antes.
Tercero. El tercero es: En consecuencia, habiendo hecho una mejor Confesión y estando mejor dispuesto, uno se encuentra en condiciones y preparado para recibir el Santísimo Sacramento: su recepción es una ayuda no solo para no caer en pecado, sino también para preservar el aumento de la gracia.
Esta Confesión General será mejor hacerla inmediatamente después de los Ejercicios de la Primera Semana.
Contiene en sí, después de una Oración Preparatoria y dos Preludios, tres Puntos principales y un Coloquio.
Oración. La Oración Preparatoria consiste en pedir la gracia de Dios Nuestro Señor para que todas mis intenciones, acciones y operaciones se dirijan exclusivamente al servicio y alabanza de Su Divina Majestad.
Primer Preludio. El Primer Preludio es una composición, viendo el lugar.
Cabe señalar aquí que, en una contemplación o meditación visible —como, por ejemplo, cuando se contempla a Cristo nuestro Señor, quien es visible—, la composición consistirá en ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo donde se encuentra lo que quiero contemplar. Digo el lugar corpóreo, como por ejemplo, un templo o una montaña donde se encuentra Jesucristo o Nuestra Señora, según lo que quiera contemplar. En una contemplación o meditación invisible —como aquí sobre los Pecados—, la composición consistirá en ver con la vista de la imaginación y considerar que mi alma está prisionera en este cuerpo corruptible, y todo el compuesto en este valle, como exiliado entre bestias brutas: digo todo el compuesto de alma y cuerpo.
Segundo Preludio. El segundo es pedirle a Dios nuestro Señor lo que quiero y deseo.
La petición debe ser según el tema, es decir, si la contemplación es sobre la Resurrección, se debe pedir el gozo con Cristo en el gozo; si es sobre la Pasión, se debe pedir el dolor, las lágrimas y el tormento con Cristo en el tormento.
Aquí será para pedir vergüenza y confusión de mí mismo, viendo cuántos han sido condenados por un solo pecado mortal, y cuántas veces yo merecí ser condenado para siempre por mis tantos pecados.
Nota. Antes de toda contemplación o meditación, debe hacerse siempre la oración preparatoria, que no se modifica, y los dos preludios ya mencionados, que a veces se modifican según el tema.
Primer Punto. El primer punto será recordar el Primer Pecado, que fue el de los Ángeles, y luego recordarlo con el intelecto, analizándolo; luego, la voluntad, queriendo recordar y comprender todo esto para avergonzarme y confundirme aún más, comparando mis tantos pecados con el único pecado de los Ángeles, y reflexionando, mientras ellos por un solo pecado fueron arrojados al Infierno, cuántas veces lo he merecido yo por tantos.
Digo esto para traer a la memoria el pecado de los ángeles, cómo ellos, siendo creados en gracia, no queriendo ayudarse con su libertad para reverenciar y obedecer a su Creador y Señor, llegando a la soberbia, fueron cambiados de la gracia en malicia, y arrojados del Cielo al Infierno; y así luego discutir más en detalle con el intelecto; y luego mover más los sentimientos con la voluntad.
Segundo Punto. El segundo es hacer lo mismo —es decir, traer los Tres Poderes— sobre el pecado de Adán y Eva, recordando cómo, a causa de ese pecado, hicieron penitencia durante tanto tiempo, y cuánta corrupción sobrevino a la raza humana, y tanta gente se encaminó al infierno.
Digo esto para recordar el Segundo Pecado, el de nuestros Primeros Padres: cómo, tras ser creado Adán en el campo de Damasco y colocado en el Paraíso Terrenal, y Eva creada de su costilla, al habérles prohibido comer del Árbol del Conocimiento, comieron y pecaron. Después, vestidos con túnicas de pieles y expulsados del Paraíso, vivieron toda su vida sin la justicia original que habían perdido, entre muchos trabajos y mucha penitencia. Y luego, para discutir con el entendimiento más detalladamente, y para usar la voluntad como se ha dicho.
Tercer Punto. El tercero es hacer lo mismo con el Tercer Pecado de cualquiera que por un solo pecado mortal haya ido al Infierno, y muchos otros innumerables, por menos pecados que los que yo he cometido.
Digo que se haga lo mismo del tercer pecado particular, trayendo a la memoria la gravedad y malicia del pecado contra su Criador y Señor; que se discuta con el entendimiento cómo pecando y obrando contra la Bondad Infinita se ha condenado justamente para siempre; y que se acabe con la voluntad como se ha dicho.
Coloquio. Imaginando a Cristo nuestro Señor presente y colocado en la Cruz, permítanme hacer un Coloquio sobre cómo, de Creador, pasó a hacerse hombre, y de vida eterna pasó a muerte temporal, y así morir por mis pecados.
De la misma manera, mirándome a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que estoy haciendo por Cristo, lo que debo hacer por Cristo.
Y así, viéndole así, y así clavado en la cruz, ir repasando lo que se ha de presentar.
El coloquio se hace, propiamente hablando, como habla un amigo a otro, o como un criado a su amo; ahora pidiendo alguna gracia, ahora culpándose de alguna mala acción, ahora comunicando sus asuntos y pidiendo consejo sobre ellos.
Y déjame decir un PADRE NUESTRO.
Oración. Que la oración preparatoria sea la misma.
Primer Preludio. El Primer Preludio será la misma composición.
Segundo Preludio. El segundo es pedir lo que quiero. Estará aquí para implorar con gran e intenso dolor y lágrimas por mis pecados.
Primer Punto. El primer punto es la declaración de los pecados; es decir, recordar todos los pecados de la vida, año tras año o período tras período. Para ello, tres cosas son útiles: primero, observar el lugar y la casa donde he vivido; segundo, las relaciones que he tenido con los demás; tercero, la ocupación en la que he vivido.
Segundo punto. El segundo, sopesar los pecados, considerando la vileza y la malicia que conlleva cualquier pecado mortal cometido, aun suponiendo que no estuviera prohibido.
Tercer punto. El tercero, mirar quién soy, reduciéndome con ejemplos:
Primero, cuánto soy en comparación con todos los hombres;
En segundo lugar, ¿qué son los hombres en comparación con todos los Ángeles y Santos del Paraíso?
En tercer lugar, qué es toda la Creación en comparación con Dios: (—Entonces yo solo, ¿qué puedo ser?)
En cuarto lugar, ver toda mi corrupción y mugre corporal;
Quinto, mirarme como una llaga y una úlcera, de donde han brotado tantos pecados y tantas iniquidades y tan vil veneno.
Cuarto Punto. El cuarto, considerar qué es Dios, contra Quien he pecado, según Sus atributos; comparándolos con sus contrarios en mí: Su Sabiduría con mi ignorancia; Su Omnipotencia con mi debilidad; Su Justicia con mi iniquidad; Su Bondad con mi malicia.
Quinto Punto. El quinto, una exclamación de asombro con profundo sentimiento, que recorre a todas las criaturas: cómo me han dejado en vida y me han preservado en ella; los Ángeles, cómo, siendo la espada de la Justicia Divina, me han soportado, me han protegido y han orado por mí; los Santos, cómo se han dedicado a interceder y orar por mí; y los cielos, el sol, la luna, las estrellas, los elementos, las frutas, las aves, los peces y los animales; y la tierra, cómo no se ha abierto para tragarme, creando nuevos Infiernos para que sufra en ellos eternamente.
Coloquio. Permítanme terminar con un Coloquio de misericordia, reflexionando y dando gracias a Dios nuestro Señor por haberme dado vida hasta ahora, proponiendo enmiendas, con su gracia, para el futuro.
PADRE NUESTRO.
Después de la Oración Preparatoria y dos Preludios, será repetir el Primer y Segundo Ejercicio, marcando y deteniéndose en los Puntos en que he sentido mayor consuelo o desolación, o mayor sentimiento espiritual.
Después de esto haré tres Coloquios de la siguiente manera:
Primer Coloquio. El primer Coloquio a Nuestra Señora, para que me conceda la gracia de su Hijo y Señor para tres cosas: primero, para que sienta un conocimiento interior de mis pecados y los aborrezca; segundo, para que sienta el desorden de mis acciones, para que, odiándolos, pueda corregirme y ponerme en orden; tercero, para pedir conocimiento del mundo, para que, odiándolo, pueda apartar de mí las cosas mundanas y vanas.
Y con esto un AVE MARÍA.
Segundo Coloquio. El segundo: Lo mismo al Hijo, rogándole que me lo consiga del Padre.
Y con esto el ALMA DE CRISTO.
Tercer Coloquio. El tercero: Lo mismo al Padre, para que el mismo Señor Eterno me lo conceda.
Y con esto un PADRE NUESTRO.
Dije un resumen, para que el entendimiento, sin desviarse, vaya asiduamente haciendo memoria de las cosas contempladas en los ejercicios precedentes.
Haré los mismos tres coloquios.
Contiene en sí, después de la Oración Preparatoria y dos Preludios, cinco Puntos y un Coloquio:
Oración. Que la oración preparatoria sea la habitual.
Primer Preludio. El primer Preludio es la composición que aquí se propone contemplar con la imaginación la longitud, la anchura y la profundidad del Infierno.
Segundo Preludio. El segundo, pedir lo que quiero: será aquí pedir un sentido interior del dolor que sufren los condenados, para que, si por mis faltas olvido el amor del Eterno Señor, al menos el temor a los dolores me ayude a no pecar.
Primer punto. El primer punto será ver con la imaginación los grandes fuegos y las almas como cuerpos de fuego.
Segundo punto. El segundo: oír con los oídos gemidos, aullidos, clamores y blasfemias contra Cristo nuestro Señor y contra todos sus santos.
Tercer punto. El tercero, oler con el olor humo, azufre, heces y cosas pútridas.
Cuarto punto. El cuarto, saborear con el gusto las cosas amargas, como las lágrimas, la tristeza y el gusano de la conciencia.
Quinto punto. El quinto, tocar con el tacto; es decir, cómo los fuegos tocan y queman las almas.
Coloquio. Al hacer un coloquio a Cristo nuestro Señor, recordaré las almas que están en el Infierno, algunas porque no creyeron en la Venida, otras porque, creyendo, no obedecieron sus mandamientos; haciendo tres divisiones:
Primera, Segunda y Tercera División. La primera, antes de la Venida; la segunda, durante su vida; la tercera, después de su vida en este mundo; y con esto le daré gracias por no haberme dejado caer en ninguna de estas divisiones, terminando mi vida.
Asimismo, consideraré cómo hasta ahora Él siempre ha tenido tanta piedad y misericordia de mí.
Terminaré con un PADRE NUESTRO.
Nota. El primer Ejercicio se realizará a medianoche; el segundo inmediatamente al levantarse por la mañana; el tercero, antes o después de la Misa; en todo caso, antes de la cena; el cuarto a la hora de Vísperas; el quinto, una hora antes de la cena.
Esta disposición de horas, más o menos, la quiero decir siempre en todas las cuatro Semanas, según que su edad, disposición y condición física ayuden a la persona que se ejercita a hacer cinco Ejercicios o menos.
Primera adición. La primera adición es, después de acostarme, justo cuando quiero dormirme, pensar, durante un Ave María, en la hora a la que tengo que levantarme y para qué, haciendo un resumen del ejercicio que tengo que hacer.
Segunda Adición. La segunda: Al despertar, sin dar cabida a ningún otro pensamiento, dirigir inmediatamente mi atención a lo que voy a contemplar en el primer Ejercicio, a medianoche, confundiéndome por mis tantos pecados, dando ejemplos, como, por ejemplo, si un caballero se encontrara ante su rey y toda su corte, avergonzado y confundido por haberlo ofendido mucho, de quien había recibido primero muchos regalos y favores; de la misma manera, en el segundo Ejercicio, haciéndome un gran pecador y encadenado; es decir, presentándome atado como encadenado ante el Supremo Juez Eterno; tomando como ejemplo cómo los prisioneros encadenados y ya merecedores de la muerte comparecen ante su juez temporal. Y me vestiré con estos pensamientos o con otros, según el tema.
Tercera Adición. La tercera: Uno o dos pasos antes del lugar donde debo contemplar o meditar, me colocaré de pie durante el espacio de un Padrenuestro, con el intelecto en alto, considerando cómo Dios nuestro Señor me mira, etc.; y haré un acto de reverencia o humildad.
Cuarta Adición. La cuarta: Entrar en la contemplación ahora de rodillas, ahora postrado en tierra, ahora boca arriba, ahora sentado, ahora de pie, siempre atento a buscar lo que quiero.
Nos ocuparemos de dos cosas. La primera es que si encuentro lo que necesito arrodillado, no seguiré adelante; y si me postro, lo mismo, etc. La segunda es que, en el punto donde encuentre lo que necesito, allí descansaré, sin ansias de seguir adelante, hasta que me sienta satisfecho.
Quinta adición. La quinta: Tras terminar el Ejercicio, durante un cuarto de hora, sentado o caminando tranquilamente, observaré cómo me fue en la Contemplación o Meditación; y si fue mal, buscaré la causa, y, habiéndola visto así, me arrepentiré para corregirme en el futuro; y si fue bien, daré gracias a Dios nuestro Señor y haré lo mismo en otra ocasión.
Sexta Adición. La sexta: No querer pensar en cosas placenteras o alegres, como la gloria celestial, la Resurrección, etc., porque cualquier consideración de alegría y gozo nos impide sentir dolor y pena, y derramar lágrimas por nuestros pecados; sino recordar que quiero afligirme y sentir dolor, trayendo a la memoria más bien la Muerte y el Juicio.
Séptima adición. Séptima: Con el mismo fin, privarme de toda luz, cerrando las persianas y las puertas mientras esté en la habitación, a menos que sea para recitar oraciones, leer y comer.
Octava adición. La octava: No reír ni decir nada que provoque risa.
Novena adición. La novena: Restringir mi vista, excepto al recibir o despedir a la persona con quien he hablado.
Décima adición. La décima adición es la penitencia.
Este se divide en interior y exterior. El interior consiste en lamentar los propios pecados, con el firme propósito de no cometerlos ni ningún otro. El exterior, o fruto del primero, es el castigo por los pecados cometidos, y se manifiesta principalmente de tres maneras.
Primer Camino. El primero se refiere a la alimentación. Es decir, cuando dejamos de lo superfluo, no es penitencia, sino templanza. Es penitencia cuando dejamos de lo adecuado; y cuanto más, mayor y mejor, siempre que la persona no se haga daño ni se produzca ninguna enfermedad notable.
Segundo Camino. El segundo, en cuanto a la manera de dormir. Aquí tampoco es penitencia prescindir de lo superfluo, como las cosas delicadas o suaves, sino prescindir de lo adecuado en la manera correcta: y cuanto más, mejor, siempre que la persona no se lesione ni se produzca ninguna enfermedad notable. Además, no se debe prescindir de nada del sueño adecuado, a menos que sea para llegar a la media, si se tiene la mala costumbre de dormir demasiado.
Tercer Camino. El tercero, castigar la carne, es decir, infligirle dolor sensible, lo cual se da usando cilicio, cuerdas o cadenas de hierro junto a la carne, azotándose o hiriéndose, y mediante otras clases de austeridad.
Nota. Lo más adecuado y seguro en cuanto a la penitencia es que el dolor sea palpable en la carne y no penetre en los huesos, de modo que cause dolor y no enfermedad. Por eso, parece más conveniente azotarse con cuerdas finas, que causan dolor externo, que de otra manera que causaría una enfermedad notable interna.
Primera Nota. La primera Nota es que las penitencias exteriores se hacen principalmente por tres fines: primero, como satisfacción por los pecados cometidos;
En segundo lugar, conquistarse a sí mismo, es decir, hacer que la sensualidad obedezca a la razón y que todas las partes inferiores estén más sujetas a las superiores;
Tercero, buscar y hallar alguna gracia o don que la persona quiere y desea; como, por ejemplo, si desea tener contrición interior de sus pecados, o llorar mucho sobre ellos, o sobre las penas y sufrimientos que Cristo nuestro Señor padeció en su Pasión, o resolver alguna duda en que se halla la persona.
Segunda Nota. La segunda: Cabe señalar que la primera y la segunda Adición deben hacerse para los Ejercicios de medianoche y al amanecer, pero no para los que se harán en otros momentos; y la cuarta Adición nunca se hará en la iglesia en presencia de otros, sino en privado, como en casa, etc.
Tercera Nota. La tercera: Cuando quien se ejercita aún no encuentra lo que desea —como lágrimas, consuelos, etc.—, a menudo le ayuda cambiar de comida, de sueño y de otras maneras de hacer penitencia, de modo que se transforme, haciendo penitencia dos o tres días, y otros dos o tres no. Pues a algunos les conviene hacer más penitencia y a otros menos, y a menudo omitimos hacer penitencia por amor sensual y por un juicio erróneo de que el organismo humano no podrá soportarla sin una enfermedad notable; y a veces, por el contrario, hacemos demasiado, pensando que el cuerpo puede soportarlo; y como Dios nuestro Señor conoce nuestra naturaleza infinitamente mejor, a menudo en tales cambios da a cada uno la oportunidad de percibir lo que le conviene.
Cuarta Nota. La cuarta: Que el Examen Particular se realice para corregir defectos y negligencias en los Ejercicios y Adiciones. Y así en la SEGUNDA, TERCERA Y CUARTA SEMANAS.