(p. 152); y contiene la Oración Preparatoria, tres Preludios, seis Puntos y un Coloquio.
Oración. La oración preparatoria habitual.
Primer Preludio. El primer Preludio es para recordar la narración; aquí se narra cómo Cristo nuestro Señor envió a dos discípulos de Betania a Jerusalén para preparar la Cena, y luego él mismo fue allí con los demás discípulos; y cómo, después de comer el Cordero Pascual y cenar, les lavó los pies y les dio su Santísimo Cuerpo y su Preciosísima Sangre, y les dirigió un sermón, después de que Judas fue a vender a su Señor.
Segundo Preludio. El segundo, una composición, considerando el lugar. Aquí se considerará el camino de Betania a Jerusalén, si es ancho, angosto, llano, etc.; asimismo, el lugar de la Cena, si es grande o pequeño, si es de un tipo u otro.
Tercer Preludio. El tercero, pedir lo que quiero. Aquí habrá dolor, sentimiento y confusión, porque por mis pecados el Señor va a la Pasión.
Primer punto. El primer punto es ver a los participantes de la Cena y, reflexionando sobre mí mismo, procurar sacar algún provecho de ellos.
Segundo punto. El segundo, escuchar de qué hablan y, a la vez, sacar provecho de ello.
Tercer punto. El tercero, observar lo que están haciendo y obtener algún beneficio.
Cuarto punto. El cuarto, considerar lo que Cristo nuestro Señor sufre en su humanidad [1] o quiere sufrir, según el pasaje que se contempla, y comenzar aquí con mucha vehemencia y obligarme a dolerme, entristecerme y llorar, y así desarrollar los demás puntos que siguen.
Quinto Punto. El quinto, considerar cómo la Divinidad se oculta, es decir, cómo podría destruir a sus enemigos y no lo hace, y cómo deja a la sagrada Humanidad sufrir tan cruelmente.
Sexto punto. El sexto, considerar cómo Él sufre todo esto por mis pecados, etc.; y qué debo hacer y sufrir por Él.
Coloquio. Terminaré con un Coloquio a Cristo Nuestro Señor y, al final, con un Padrenuestro.
Nota. Cabe señalar, como ya se explicó en parte, que en los Coloquios debo discutir y pedir según el tema, es decir, según me sienta tentado o consolado, y según desee tener una u otra virtud, según quiera orientarme en una u otra dirección, según quiera afligirme o regocijarme por lo que contemplo; en resumen, pedir lo que deseo con mayor eficacia respecto a cualquier cosa en particular. Y de esta manera puedo hacer un solo Coloquio, a Cristo nuestro Señor, o, si el tema o la devoción me conmueven, tres Coloquios: uno a la Madre, otro al Hijo, otro al Padre, en la misma forma que se dijo en la SEGUNDA SEMANA, en la meditación de los TRES PARES, con la Nota que sigue a LOS PARES.
Oración. La oración preparatoria habitual.
Primer Preludio. El primer Preludio es la narración, y se tratará aquí de cómo Cristo nuestro Señor descendió con sus once discípulos del Monte Sión, donde celebró la Cena, al Valle de Josafat. Dejando a los ocho en una parte del Valle y a los otros tres en otra del Huerto, y poniéndose en oración, suda como gotas de sangre. [2] Tras orar tres veces al Padre y despertar a sus tres discípulos, los enemigos cayeron al oír su voz, Judas le dio el beso de la paz, San Pedro le cortó la oreja a Malco y Cristo se la colocó en su lugar; al ser tomado por malhechor, lo condujeron valle abajo y luego ladera arriba, hasta la casa de Anás.
Segundo Preludio. El segundo es ver el lugar. Aquí se considerará el camino del Monte Sión al Valle de Josafat, y también el Jardín, si es ancho, si es grande, si es de un tipo o de otro.
Tercer Preludio. El tercero es pedir lo que deseo. Pertenece a la Pasión pedir dolor con Cristo en el dolor, angustia con Cristo en la angustia, lágrimas y dolor interior por el gran dolor que Cristo sufrió por mí.
Primera Nota. En esta segunda Contemplación, después de la Oración Preparatoria, con los tres Preludios ya mencionados, se procederá de la misma manera, a través de los Puntos y el Coloquio, que en la primera Contemplación, sobre la Cena.
Y a la hora de la Misa y Vísperas se harán dos repeticiones sobre la primera y segunda Contemplación, y luego, antes de cenar, se aplicarán los sentidos sobre las dos dichas Contemplaciones, prefijando siempre la Oración Preparatoria y los tres Preludios, según la materia, en la misma forma que se dijo y explicó en la SEGUNDA SEMANA.
Segunda Nota. Según la edad, la disposición y la condición física de la persona que se ejercita, realizará cinco ejercicios diarios o menos.
Tercera Nota. En esta TERCERA SEMANA, las Adiciones segunda y sexta se modificarán parcialmente.
La segunda será, luego en despertar, poner delante adónde voy y a qué, y resumir un poco la contemplación que quiero hacer, según fuere el Misterio, esforzarme, mientras me levanto y visto, a estar triste y dolerme de tan gran dolor y tan gran padecer de Cristo nuestro Señor.
La sexta será mudada, para no procurar traer pensamientos gozosos, aunque buenos y santos, como por ejemplo los de la Resurrección y gloria celestial, sino más bien llevarme al dolor y pena y angustia, trayendo a la memoria con frecuencia los trabajos, fatigas y dolores de Cristo nuestro Señor, que padeció desde el momento que nació hasta el Misterio de la Pasión en que al presente me hallo.
Cuarta Nota. El examen particular sobre los ejercicios y las presentes adiciones se realizará como se hizo la semana pasada.
Segundo Día. El segundo día, a medianoche, la Contemplación será desde el Huerto hasta la casa de Anás (pág. 154), y por la mañana desde la casa de Anás hasta la casa de Caifás (pág. 155), y luego las dos repeticiones y la aplicación de los sentidos, como ya se ha dicho.
Tercer Día. El tercer día, a medianoche, desde la casa de Caifás hasta Pilato, ambos inclusive (pág. 155); y por la mañana, desde Pilato hasta Herodes, ambos inclusive (pág. 156); y luego las repeticiones y los sentidos, en la misma forma que ya se ha dicho.
Cuarto Día. El cuarto día, a medianoche, de Herodes a Pilato (pág. 157), practicando y contemplando hasta la mitad de los Misterios de la misma casa de Pilato, y luego, en el Ejercicio de la mañana, los demás Misterios que quedaban de la misma casa; y las repeticiones y los sentidos, como se ha dicho.
Quinto día. El quinto día, a medianoche, desde la casa de Pilato hasta la Crucifixión (pág. 158), y por la mañana desde su ascensión a la cruz hasta su expiración (pág. 158), luego las dos repeticiones y los sentidos.
Sexto día. El sexto día, a medianoche, desde el Descendimiento de la Cruz hasta el Sepulcro, exclusivamente (p. 159), y por la mañana desde el Sepulcro, inclusive, hasta la casa donde estuvo Nuestra Señora, después de que su Hijo fue sepultado.
Séptimo Día. El séptimo día, una Contemplación de toda la Pasión en conjunto, en el Ejercicio de medianoche y de la mañana, y en lugar de las dos repeticiones y de los sentidos, se considerará durante todo ese día, con la mayor frecuencia posible, cómo el Santísimo Cuerpo de Cristo Nuestro Señor permaneció separado del Alma, y dónde y cómo permaneció sepultado. Asimismo, se considerará la soledad de Nuestra Señora, cuyo dolor y fatiga fueron tan grandes; luego, por otro lado, la soledad de los Discípulos.
Nota. Cabe señalar que quien desee profundizar más en la Pasión, debe contemplar en cada Contemplación menos Misterios; es decir, en la primera, solo la Cena; en la segunda, el Lavatorio de Pies; en la tercera, la administración del Santísimo Sacramento; en la cuarta, el discurso que Cristo les dirigió; y así sucesivamente con las demás Contemplaciones y Misterios.
Asimismo, después de haber acabado la Pasión, tome por un día entero la mitad de toda la Pasión, y el segundo día la otra mitad, y el tercer día toda la Pasión.
Por el contrario, quien quiera acortar más la Pasión, que tome la Cena a medianoche, el Huerto por la mañana, la Casa de Anás a la hora de la Misa, la Casa de Caifás a la hora de las Vísperas, en lugar de la hora antes de la cena, la Casa de Pilato; de modo que, sin repeticiones ni la Aplicación de los Sentidos, haga cada día cinco Ejercicios distintos, y en cada Ejercicio tome un Misterio distinto de Cristo nuestro Señor. Y después de terminar así toda la Pasión, puede, otro día, hacer toda la Pasión junta en un solo Ejercicio, o en diferentes, según le parezca que le será más fácil.
Primera regla. La primera regla es que conviene abstenerse menos del pan, porque no es un alimento por el que el apetito esté acostumbrado a actuar tan desmesuradamente, ni al que la tentación impulse como en el caso de los demás alimentos.
Segunda Regla. La segunda: La abstinencia parece más conveniente en cuanto a beber que en cuanto a comer pan. Por lo tanto, uno debe fijarse bien en lo que le beneficia para admitirlo, y en lo que le perjudica para descartarlo.
Tercera Regla. La tercera: En cuanto a los alimentos, se debe tener la mayor y más completa abstinencia, porque así como el apetito es más propenso a actuar desordenadamente, la tentación es más propensa a probar en este aspecto. Así, la abstinencia en los alimentos, para evitar el desorden, puede mantenerse de dos maneras: una, acostumbrándose a comer alimentos groseros; la otra, si se ingieren alimentos delicados, consumiéndolos en pequeñas cantidades.
Cuarta Regla. La cuarta: Para evitar caer en la enfermedad, cuanto más se abstenga una persona de lo conveniente, más rápidamente alcanzará el equilibrio que debe mantener en su comida y bebida; por dos razones: la primera, porque al ayudarse y disponerse así, experimentará con mayor frecuencia el conocimiento interior, los consuelos y las inspiraciones divinas que le mostrarán el equilibrio adecuado; la segunda, porque si la persona se ve en tal abstinencia sin tanta fuerza corporal ni disposición para los Ejercicios Espirituales, fácilmente llegará a juzgar qué es más adecuado para su sustento físico.
Quinta Regla. La quinta: Mientras la persona come, que considere como si viera a Cristo nuestro Señor comiendo con sus apóstoles, y cómo bebe, cómo se ve y cómo habla; y que procure imitarlo. De modo que la parte principal del intelecto se ocupe en la consideración de Cristo nuestro Señor, y la parte menor en el sustento del cuerpo; porque de esta manera obtendrá un mayor sistema y orden en cuanto a cómo debe comportarse y manejarse.
Sexta regla. Sexta: En otra ocasión, mientras come, puede dedicarse a otra consideración, ya sea a la vida de los santos, a alguna piadosa contemplación o a algún asunto espiritual que tenga que atender, porque, al estar concentrado en ello, sentirá menos deleite y afecto por la comida corporal.
Séptima Regla. La séptima: Sobre todo, que evite que su alma se concentre en lo que come, y que al comer no se apresure por apetito, sino que sea dueño de sí mismo, tanto en la forma de comer como en la cantidad que come.
Octava Regla. La octava: Para evitar el desorden, es muy útil, después de comer o cenar, o a cualquier hora en que no se tenga apetito, decidir por uno mismo, para la comida o cena siguiente, y así sucesivamente, cada día, la cantidad adecuada que se debe comer. Más allá de esto, que no se vaya por apetito o tentación, sino más bien, para vencer mejor el apetito desmesurado y la tentación del enemigo, si se siente tentado a comer más, que coma menos.