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La presente traducción de los Ejercicios de San Ignacio se ha realizado a partir del Autógrafo Español de San Ignacio. La copia así designada no es de puño y letra del santo, pero contiene numerosas correcciones hechas por él y se sabe que la utilizó para impartir los Ejercicios.
San Ignacio de Loyola era un hombre sin grandes pretensiones de educación al escribir este libro. Su lengua materna no era el español, sino el euskera. Su falta de educación y su imperfecto conocimiento del español puro bastan para dejar claro que no cabe esperar en su obra un uso refinado de ninguna lengua, y más especialmente del español, ni, en general, un estilo acabado o incluso perfectamente correcto. Quizás eliminó algunos defectos literarios, al continuar usando y aplicando el libro, pero se sabe que nunca temió tales faltas. Las correcciones que se encuentran en este texto se hicieron claramente con miras a la precisión más que a cualquier otra cosa.
El Autógrafo de San Ignacio fue traducido al latín por el Padre General Roothaan y reproducido por el Padre Rodeles en su edición del texto en español. Sin embargo, el original no estaba disponible para los estudiantes comunes. Sin embargo, en 1908, el Padre General Wernz permitió que el libro completo fuera fototipado, y de esta manera se difundió en la Compañía de Jesús en un gran número de ejemplares. Es uno de estos el que ha empleado principalmente el presente traductor, quien, además, ha hecho uso frecuente del propio Manuscrito.
Tras un estudio exhaustivo del asunto, se consideró oportuno realizar esta traducción con la mayor fidelidad y precisión posible al texto español. Para ello, a veces fue necesario sacrificar las sutilezas del estilo, pero se consideró que quienes usarían el libro prescindirían fácilmente de la elegancia de la dicción si tuvieran la seguridad de estar leyendo las palabras mismas de San Ignacio. Cualquier otra forma de traducción distinta a la adoptada difícilmente podría evitar ser una expansión, ilustración o desarrollo parcial del original y, por lo tanto, habría resultado, en cierta medida, un comentario además de una traducción. El traductor ha procurado evitar esto con ahínco, prefiriendo dejar la labor de comentario posterior para otra ocasión o en manos de otros.
Otra razón para buscar la fidelidad absoluta en lugar del estilo fue que los Ejercicios se leen, en su mayoría, no de forma continua, sino fragmentada y meditativa. Por lo tanto, no se buscaría ni se cuidaría mucho el acabado literario en el libro, pero sí la precisión. Por ello, cierta negligencia estilística parecía perdonable en la traducción, si tan solo se pudiera aclarar el verdadero significado del autor. Quizás algunos incluso encuentren atractivo en la consiguiente falta de acabado, ya que reproduce con mayor fidelidad el estilo de San Ignacio.
El proceso de traducir de esta manera el texto autógrafo no es tan sencillo como parece. La primera dificultad reside en asegurar el significado exacto de San Ignacio. Esto se ve oscurecido, a veces, por el hecho de que su lengua es la de hace casi 400 años y no es un español puro. De hecho, en ocasiones, el santo crea nuevas palabras españolas a partir del latín o el italiano, o usa palabras españolas con un sentido italiano o latino, o emplea frases que no son comunes excepto en las escuelas, e incluso a veces recurre a palabras en su forma latina. Para estar seguros, pues, del significado, a menudo hay que recurrir a otros idiomas y a los términos adoptados en la filosofía o la teología escolástica. Si bien el significado está claro, la dificultad adicional reside en encontrar una palabra o frase en inglés exactamente equivalente.
Para llevar a cabo su tarea, el traductor ha hecho uso libremente de otras traducciones, especialmente de la del Padre General Roothaan al latín, la del Padre Venturi al italiano y la del Padre Jennesseaux al francés, y ha hecho uso de la traducción literal al latín hecha, al parecer, por el mismo San Ignacio, copiada en 1541 y aprobada formalmente por la Santa Sede en 1548.
Además del manuscrito y los libros impresos mencionados en último lugar, el traductor debe reconocer, como lo hace muy agradecido, sus obligaciones al Muy Reverendo Padre Mathias Abad, al Padre Achilles Gerste y particularmente al Padre Mariano Lecina, Editor de la Ignatiana en MONUMENTA HISTORICA SJ, por su ayuda para apreciar el texto español, a los Padres Michael Ahern, Peter Cusick, Walter Drum, Francis Kemper y Herbert Noonan por la revisión general de la traducción, y sobre todo al Padre Aloysius Frumveller por una comparación precisa de la traducción con el original.
En conclusión, conviene advertir al lector que los Ejercicios Espirituales de San Ignacio no deben leerse superficialmente, sino meditarse palabra por palabra bajo la guía de un guía competente. Si se leen directamente, pueden parecer insípidos e insatisfactorios; si se estudian durante la elaboración de los Ejercicios, el texto mismo siempre proporciona material nuevo para la reflexión y la oración.
ÉLDER MULLAN, SJ
COLEGIO ALEMÁN, ROMA
Fiesta de San Ignacio, 1909.
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