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Sin duda, habríamos esperado que cada fragmento de los escritos de San Francisco se hubiera conservado con esmero a lo largo de los siglos. Pero al considerar las condiciones en las que se compusieron algunos de ellos y las vicisitudes por las que pasaron posteriormente, no debe sorprendernos que no hayan llegado todos hasta nosotros. Al contrario. Pues si creemos a escritores como Ubertino da Casale, hacia finales del siglo XIII se hicieron serios intentos en ciertos sectores para suprimir por completo parte de los escritos del santo. [^579] Sea como fuere, es cierto que varios de estos preciosos documentos desaparecieron con el paso del tiempo. Entre estos tesoros perdidos debemos incluir la primitiva Regla de los Frailes, en la forma aprobada por Inocencio III en 1209. [^580] De nuevo, solo parecen haber sobrevivido dos fragmentos de los numerosos escritos que, como ya se ha mencionado, San Francisco dirigió a las Damas Pobres de la Iglesia de San Francisco. [ p. 180 ] Damián. [^581] Es prácticamente imposible determinar si alguno de estos fragmentos se identifica con una carta escrita por San Francisco para consolar a las Clarisas, de la que leemos en el Speculum y las Conformidades. [^582] Celano habla [^583] de una carta a San Antonio de Padua, aparentemente diferente de la que conocemos, y de otras al Cardenal Ugolino. [^584] Así también, Eccleston [^585] habla de cartas escritas a los hermanos en Francia y en Bolonia. [^586]
En cuanto a la famosa carta de San Francisco a San Antonio, encargándole enseñar teología, existe una gran diversidad de opiniones. Aparece por primera vez en el Liber Miraculorum, [^587] y también en el Chron. XXIV Generalium. [^588] M. Sabatier, quien fue, creo, el primero en cuestionar la autenticidad de esta carta, [^589] [ p. 181 ] ahora parece menos inclinado a rechazarla. [^590] El profesor Goetz [^591] se ha pronunciado a favor, y el profesor Boehmer [^592] en contra. Los editores de Quaracchi, al excluir esta carta de su edición de los Opuscula, no pretendieron en absoluto negar que San Francisco le escribiera a Fratri Antonio, [^593] pero no pudieron determinar cuál de las tres versiones de esta carta que circulan, si es que alguna, podría ser la auténtica. Dado que el asunto está sub iudice, [^594] por así decirlo, creo, con el Sr. Carmichael, esta carta podría figurar entre las “Obras dudosas” de San Francisco. [^595]
A propósito de las obras dudosas del santo, parece oportuno mencionar la Regla de los Hermanos y Hermanas de la Penitencia. Aunque esta Regla, al igual que la de las Clarisas, falta en todas las colecciones de manuscritos antiguos de San Francisco, sabemos por Bernardo de Besse [^596] que San Francisco, con la colaboración del cardenal Ugolino, escribió una Regla para estos Terciarios. ¿Qué sucedió con este documento? Se admite generalmente que la Regla de esta Tercera Orden, tal como aparece en la Bula Supra montem de Nicolás IV de 1289 [^597], no es obra de San Francisco; y, por lo demás, la historia temprana de la Tercera Orden es incierta, como saben todos los estudiantes franciscanos. [^598] Pero ¿qué debemos pensar del texto mucho más antiguo de esta Regla, publicado por M. Sabatier en 1901, a partir del manuscrito XX del convento de Capistran, en los Abruzos? [^599] El padre Mandonnet, OP, ha intentado demostrar que los primeros doce de los trece capítulos que componen este documento descubierto por M. Sabatier representan la Regla de 1221 en su estado primitivo. [^600] Compartiría gustosamente la opinión del erudito dominico al respecto, pero la objeción planteada por los editores de Quaracchi me parece insuperable. Se resume en lo siguiente: En el capítulo VI, § 4, de esta Regula Antiqua hay una clara alusión a una [ p. 183 ] Bula del 30 de marzo de 1228, [^601] que es difícil considerar una interpolación. Además, como señala el P. Ubaldo d’Alençon, [^602] la mención de la moneda en circulación en Rávena también es difícil de explicar en un escritor umbro. Quizás este documento resulte ser la Regla de San Francisco para los Terciarios, convertida en legislación, con la adición de algunas regulaciones menores. Mientras tanto, siguiendo el ejemplo de los editores de Quaracchi, me he abstenido de incluirlo entre los escritos auténticos de San Francisco. [^603]
Siguiendo con los poemas de San Francisco, aunque sin duda escribió algunos cánticos además del Cántico del Sol, los otros dos citados por Wadding difícilmente pueden considerarse suyos, al menos en su forma actual. Me refiero al Amor de caritade [^604] y al In foco l’amor mi mise. [^605] Es cierto que ambos son atribuidos a San Francisco por San Bernardino de Siena, [^606] pero también se encuentran entre las obras de Jacopone da Todi, [^607] aunque Ozanam cree que, como mucho, solo fueron retocados por este último. [^608] La tendencia actual es atribuir [ p. 184 ] toda la poesía franciscana temprana a Jacopone. Cuando se publique en Quaracchi la edición crítica de las obras de este hombre extraordinario, sin duda se arrojará luz sobre esta delicada cuestión; entonces también, quizá, Pacífico, el «Rey de los Versos» y el «más cortesano doctor de los cantores», pueda finalmente alcanzar su máximo esplendor. Mientras tanto, varios poemas hallados en un manuscrito del siglo XV de la Biblioteca Nacional de Nápoles, que antaño se encontraba en el convento de Aquila en los Abruzos, y que posteriormente se atribuyó a San Francisco, son claramente apócrifos, como ha demostrado ampliamente el profesor Ildebrando della Giovanna.
El propio Wadding consideraba de dudosa autenticidad los siete sermones de San Francisco que recita. Y con razón, pues proceden de la obra del padre Luis Rebolledo, ya mencionado. [^609] Las veintiocho Collationes son, pace el padre Mandonnet, quien las considera auténticas, [^610] rechazadas con razón por el profesor Goetz, quien señala cómo Wadding las compiló a partir de diversas fuentes. [^611] Muchas son traducciones de un manuscrito italiano de Fano, en las Marcas, del que desconocemos su antigüedad y origen. [^612] Pero parecen ser meras transcripciones de las leyendas antiguas. Así, la Collatio I es una adaptación de Celano (1, 2) [ p. 185 ] y la Collatio XIV se toma casi textualmente de San Buenaventura, mientras que la Collatio V es una adaptación de Celano y San Buenaventura; los números XXVI y XXVIII son abreviaturas del Speculum; el XXIV se encuentra en el Chron. XXI V Gen., y así sucesivamente. Por lo tanto, estas conferencias deben atribuirse a los autores de estas obras, y no a San Francisco.
Al final de su edición de los Opuscula, Wadding recopiló varias «Oraciones de San Francisco» cuyo texto es más que dudoso. Veamos por qué. Tomemos como ejemplo las oraciones que se dice que utilizó San Francisco «al comienzo de su conversión», «en tiempos de enfermedad» o «en la elevación». Se busca en vano entre las primeras colecciones de manuscritos algún rastro de estas oraciones, y no se las menciona [^613] en ningún otro lugar. En cuanto a la oración «para alcanzar la pobreza», se sabe desde hace tiempo que no fue escrita por el propio San Francisco. Wadding la encontró en el Arbor Vitae (lv, cap. iii), pero Ubertino da Casale cita allí del Sacrum Commercium B. Francisci cum Domina Paupertate. [^614] Esta última obra no es una narración histórica, sino una exquisita alegoría en la que el propio relato de San Francisco sobre sus desposorios místicos con la Señora Pobreza es ampliado de forma muy poética por uno de sus seguidores, [^615] y, en consecuencia, Ubertino no pretendió, al citar dicha obra, dar esta oración como la composición original de Francisco. [^616]
En algunas colecciones de manuscritos y catálogos de bibliotecas se pueden encontrar ciertas obras atribuidas a San Francisco que son obviamente espurias. Por ejemplo, la Epistola B. Francisci ad Fr. Bernardum, presente en al menos dos códices del siglo XV, [^617] no es otra cosa que la carta de San Buenaventura continens XXV memoralia. [^618]
Sbaralea [^619] menciona copias de un libro de los «Dichos» de San Francisco en Asís y Ferrara, [^620] pero una búsqueda cuidadosa no ha revelado ningún rastro de ellas. También menciona un manuscrito (B. 31) en la Biblioteca Valliceliana de Roma en el que «los dichos de San Francisco se encuentran con la Regla», [^621] pero este códice también falta. En esta biblioteca, sin embargo, hay un códice (B. 82, fol. 141 r) que contiene un «Sermón pronunciado por San Francisco al final de su vida». [^622] La [ p. 187 ] cantidad de citas patrísticas que contiene esta obra es suficiente por sí sola para demostrar su falsedad.
Las Colaciones Francisci cum fratribus, catalogadas entre los manuscritos latinos de la Biblioteca Real de Múnich [^623] como parte de un manuscrito del siglo XV de dicha biblioteca (cod. 11354), son una selección de los Dicta del Beato Hermano Gil, como se desprende del Incipit del prólogo y del texto de la primera colación. [^624] Su atribución a San Francisco es, por lo tanto, un error del catálogo. Las Verba S. Francisci de Paupertate, mencionadas en el mismo catálogo que las contenidas en el Cod. 5998, fol. 189, son un extracto del Capítulo VI de la Segunda Regla de los Frailes Menores. [^625]
Esta atribución de escritos a San Francisco que claramente no le pertenecen rara vez es intencional; a menudo es resultado de un error. En el resto, para compiladores y bibliotecarios, que desconocían la autoría de ciertas obras franciscanas y no estaban dispuestos a investigar a fondo su origen, era más fácil atribuirlas al padre común de toda la literatura franciscana y fuente de su inspiración.
Puesto que cada nueva revelación de San Francisco debe ser una ganancia inestimable, es de desear fervientemente que la actual y enérgica labor de investigación entre las fuentes de la historia franciscana pueda felizmente sacar a la luz algunos de los escritos de San Francisco que no conocemos salvo a través de la atestación formal de las primeras leyendas y crónicas, o al menos ponernos en posesión de copias completas de las que nos han llegado solo en forma fragmentaria.
Mientras tanto, concluyo este volumen deseando a sus lectores que participen plenamente de la bendición con la que San… El mismo Francisco ha prometido a quienes reciben con benevolencia sus palabras: Omnes illi et illae, quien es benigno receptor, bendice a su Pater et Filius et Spiritus Sanctus. Amén.