© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Jesús regresó al interior de la casa con gesto de visible preocupación. Al entrar, escuchó varias carreras que se alejaban de la cancela, y cómo los seis apóstoles se removían inquietos en sus asientos hechos de troncos de roble.
Jesús les miró en silencio, comprendiendo. Habían escuchado la conversación, pero prefirió no decir nada. Fue Andrés quien evidenció los pensamientos de todos:
—Maestro, ¿Santiago y Judá no estarán con nosotros?
Jesús se sentó y tomó aire lentamente, como si pesadas decisiones ahogaran su pecho. Pero en seguida se rehízo y miró a su amigo con una cálida aprobación.
—Durante un tiempo, será así. Pero recordad una cosa: la mies es abundante y los obreros son pocos. No os he otorgado un cargo vitalicio a vosotros seis que vaya a ser negado a los demás. Os llamo mis embajadores, pero vendrán tiempos en que otros muchos tomarán vuestro lugar y vosotros os sentiréis gozosos. Os he pedido que os apartéis del mundo, y que viváis en común, como una familia. Pero estas reglas no os las ofrezco como recomendaciones que debáis imponer por la fuerza a todos cuantos en un futuro se sientan llamados a seguirnos. Todo esto sólo os lo concedo como un consejo para vosotros. No hagáis de estas indicaciones personales reglas de conducta generales.
Los apóstoles se quedaron algo confusos. Aún no vislumbraban claramente el futuro que les transmitía Jesús. «¿Embajadores que iban a perder su cargo? ¿Consejos pero no reglas?». Ellos imaginaban que algún día se convertirían en líderes indiscutibles del pueblo, los más laureados entre los de su nación, porque habían creído en él, porque habían sido los primeros en descubrir al Mesías y seguirle. ¿De qué les hablaba Jesús entonces?
—A partir de mañana, preparaos para vuestra primera misión como mis heraldos en la Tierra.
Todos se quedaron impactados con el anuncio. Se miraron entre sí con la emoción contenida reflejada en sus rostros. ¡Por fin!
—En esta misión —prosiguió Jesús—, visitaréis algunas ciudades del mar de Galilea. Puesto que todos sois trabajadores de la zona, os resultará más fácil iniciar vuestra tarea de predicación en lugares conocidos. Con el tiempo, a medida que vayáis adquiriendo mayor seguridad, continuaremos por el resto de distritos, recorriendo toda la nación. Pero escuchad: yo no he venido a llamar sólo a los creyentes sinceros de la casa de Israel. Mi misión es para todas las gentes de todos los pueblos de la Tierra. A su debido tiempo, ampliaremos la predicación para abarcar también las tierras de los gentiles.[1]
Pedro no pudo evitar un gesto de incredulidad, que fue detectado por Jesús. Pero cuando el Maestro iba a lanzar un comentario sobre los pensamientos de ellos con respecto a esa última frase, un creciente griterío le obligó a interrumpirse.
Se levantó, acompañado de los seis, y salieron del patio trasero, entrando en la espaciosa explanada del patio delantero. Zebedeo pugnaba por convencer a un nutrido grupo de que el Maestro estaba ocupado.
Cuando Jesús se acercó, la gente le suplicó que les dirigiera la palabra. Entre ellos había muchos vecinos de Betsaida, de Genesaret y de las ciudades próximas. Casi todos habían acudido a la sinagoga, pero sólo habían podido escuchar el discurso de Jesús desde fuera y de forma entrecortada.
—Maestro, queremos saber cómo es el nuevo reino que predicas.
Jesús, buscando la complicidad de Zebedeo con un gesto, les dejó pasar al jardín. Allí, reunidos en torno a él, repitió sus palabras de la kneset para satisfacción de sus paisanos, extendiéndose con ulteriores explicaciones.
A última hora, después de despedir a la multitud, se retiró a solas. Los seis discípulos deseaban que Jesús les continuara explicando sus planes, pero ya no volvieron a verle ese día.
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Domingo, 23 de junio de 26 (19 de tammuz de 3786)
A la mañana siguiente, los seis despertaron temprano, y Jesús seguía sin aparecer. El Maestro, no lo sabían, había permanecido en vela, lejos de toda zona habitada, conferenciando con los poderes de lo alto.
Los discípulos desayunaron y continuaron esperando. No se dirigieron al trabajo esa mañana, intuyendo que iniciarían con Jesús su primera gira de predicación.
Tuvieron que esperar durante una larga hora hasta que por fin apareció su maestro. Jesús volvía cargado de buen humor y comiendo un trozo de pan que al parecer le habían regalado por el camino. Entró sonriente y después de saludar a la familia de Zebedeo se dirigió a los seis apóstoles, que estaban sobre ascuas.
Se les llevó de paseo por la playa, y sentados a unos metros del agua, junto a las barcas, Jesús les impartió sus últimas instrucciones:
—En esta primera misión iréis de dos en dos y yo no estaré con vosotros.
Todos se quedaron profundamente desilusionados. «¿Cómo nos hará caso entonces la gente?», pensaron. «A nosotros nadie nos conoce».
—Iréis tú y tú —y señaló a Santiago y Juan— a Queresa; vosotros dos —señaló a Felipe y Natanael— a Tariquea; y vosotros —se dirigió a los dos hermanos que quedaban—, os quedaréis aquí, en Nahum.
La expresión de Pedro evidenció rápido su decepción. Jesús lo percibió pero continuó explicándose:
—Vuestra misión debe limitarse a enseñar la buena noticia del reino que yo os he transmitido a quienes quieran escucharos. No ofrezcáis cosas de vuestra invención. El mensaje es sencillo, y sus implicaciones son claras. Insistid en la verdadera naturaleza de Dios como un Padre, y sobre el reino como una hermandad de creyentes. No os pronunciéis sobre asuntos como el bautismo de Juan, y no hagáis a la gente que se bautice. Estas cosas formaban parte de la exigencia de la predicación de Juan, pero no será así entre nosotros. La única exigencia que llevaréis a los creyentes de nuestra nueva buena es la fe. Ningún signo externo será necesario. Con que la gente acepte con fe vuestras palabras, será suficiente. Los verdaderos signos espirituales se muestran en los frutos de amor que una mente llena de fe despliega ante sus semejantes.
› Por ahora, haced una labor de predicación personal. No habléis en las plazas, ni en los foros. No uséis la kneset como lugar de reunión. Más bien, entrad en cada casa, y allí, en privado, si os aceptan, relatad la verdad que se os ha revelado a todos, hombres, mujeres y niños. Y si esa casa asiente a vuestro llamado de fe, admitidles en ese momento como vuestros discípulos, y dadles la bienvenida a la nueva hermandad del reino. Y si rechazan vuestro ofrecimiento, no discutáis, no os enfrentéis. Tan sólo aceptad su negativa y dad las gracias por su hospitalidad. No estamos aquí para atacar las antiguas creencias y suplantarlas, sino para mostrar un camino mejor, un camino que quienes os vean se sientan llamados a recorrer con vosotros.
Santiago y Juan expresaron un poco las sensaciones de todos:
—Pero, maestro, ¿por qué empezar de este modo? Pensábamos que con todas esas personas que ya te buscan…
—Más adelante, queridos hijos, os dejaré que os dirijáis a las multitudes. Pero por ahora, y por muchas razones, deseo que adquiráis una experiencia práctica tratando con vuestros semejantes de forma personal. Debéis comprender que lo importante es el interés sincero por vuestro prójimo. Cuando verdaderamente estéis comprometidos con el bienestar de todos y cada uno de vuestros hermanos en la carne, entonces seréis confiables como embajadores del reino. Vuestra obra debe ser una obra de servicio. Si buscáis ser grandes en el reino, debéis estar preparados para servir a todos como si fuerais los últimos.
› Además, deseo que durante estas semanas, escojáis a uno de vuestros oyentes de entre aquellos que quieran unirse a nuestra obra. Cada uno seleccionaréis a un candidato. Mi intención es que los apóstoles forméis un grupo de doce a quienes os ordenaré con una hakam o comisión especial, para que continuéis mi obra cuando yo haya partido.
Juan no parecía entusiasmado con esta idea:
—Pero, maestro, ¿se unirán estos seis hombres a nuestro grupo y compartirán todas las cosas del reino con nosotros, que hemos estado contigo desde el Jordán y hemos oído todas tus enseñanzas en preparación para esta primera labor del reino?
Por los pensamientos de todos circulaba una misma idea. Ellos llevaban largos meses esperando, estudiando y aprendiendo de Jesús. ¿Iban estos hombres a formar parte del grupo sin necesidad de toda la preparación? Estaba claro que no deseaban que nadie más les robara el protagonismo de ser los asociados íntimos del Mesías. Pero Jesús les reprochó su actitud:
—Sí, Juan, los hombres que elijáis serán como uno con nosotros, y vosotros les enseñaréis todo lo pertinente al reino, así como yo os he enseñado.
—Pero, maestro…
Jesús no permitió más objeciones. Se levantó, indicando que la charla terminaba, y les dijo:
—La mies es abundante. Tanta que aún no vislumbráis los límites del campo. Serán necesarios muchos más obreros para esta mies. Así pues, buscad bien y escoged con sabiduría a los nuevos trabajadores de mi campo.
Luego se despidió de cada uno, dirigiendo una frase de aliento con cada abrazo.
—Maestro, ¿dónde estarás tú? ¿Permanecerás aquí en Nahum?
Andrés preguntó con la esperanza de al menos poder compartir esas semanas con Jesús.
—No, hijitos. Marcho a Nazaret a visitar a mi familia. Pero os veré a mi regreso. Dentro de dos semanas volveremos a vernos aquí después del sabbath.
Y les dejó.
No se habían dado cuenta pero Jesús ya se había despedido de la familia de Zebedeo y todos sabían de sus intenciones de marcharse a Nazaret excepto los seis. Le vieron irse sin bolsa y sin comida, alejándose por la playa, y un halo de tristeza se depositó en sus corazones. No esperaban empezar de este modo, sin Jesús. Y entonces percibieron lo mucho que habían empezado a amar a aquel hombre.
Lo que se observa aquí es el genuino estilo de Jesús como maestro. El comienzo de su misión, lejos de ser un inicio guiado y ejemplar para sus discípulos, donde el maestro ejerce de patrón y los discípulos deben imitar todas sus acciones, se convierte en un primer momento de libertad total para sus seguidores. Jesús les entrega toda la responsabilidad y la independencia para obrar en su nombre. En este estilo ya se aprecia el sistema de Jesús: lo que desea es que los apóstoles ganen la experiencia de actuar como maestros, para prepararles para ese momento en que él ya no estará, que presume cercano. Y este sistema dio sus buenos frutos, a juzgar por el éxito y la fama de predicadores que después gozaron sus apóstoles por todo el mundo conocido. ↩︎