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Martes, 18 de junio de 26 (14 de tammuz de 3786)
Pedro se apresuró a reunir a sus cinco amigos. Santiago y Juan Zebedeo estaban en el puerto, organizando algunas de las cuadrillas de su padre. Dejaron inmediatamente todo y se fueron con él. Andrés, su hermano, había salido esa mañana con otro grupo, y tuvieron que esperar a que regresase del mar para darle la noticia. Juan se fue a toda prisa a los almacenes, cerca de la parada de caravanas, donde Natanael se había puesto a cargo de algunos negocios de Zebedeo.
Hacia el mediodía estaban todos juntos en un huerto cerca de la playa y Pedro fue a por Jesús al taller. Pero extrañamente, no estaba allí. Lo que no sabían los discípulos es que asuntos importantes reclamaban la atención de su maestro. Jesús se había retirado a solas, en un huerto en las afueras de Cafarnaúm, silencioso y apartado, donde se cultivaban almendros. Allí permaneció el resto del día, en profunda comunicación con sus superiores celestiales y con su Padre.
Los apóstoles[1] no dejaron de comentar las terribles noticias que llegaban del vado del Jordán, y de dar vueltas en torno anuncio del Rabí a Pedro, pero por más que discutieron sobre estos asuntos no llegaron a ninguna conclusión. «¿Dónde diantres se había metido Jesús?».
Regresaron a casa de Zebedeo, y allí les dieron idénticas noticias. No había aparecido. Los comentarios sobre la encarcelación de Juan no hacían sino recorrer las calles de la pequeña aldea. Todo el mundo hablaba del suceso.
Pasaron una tarde muy pensativos y apesadumbrados. ¿Qué iba a ser de su antiguo maestro? ¿Qué se proponía Antipas? Ahora empezaban a recordar algunas de las advertencias que Jesús les había hecho sobre mantenerse alerta con los dirigentes judíos. Empezaban a comprender que él ya había intuido que algo así iba a suceder.
Anochecía y por fin sonó la voz de Jesús entrando por la casa:
—¿Hay algo de comer para una boca hambrienta?
Las hijas de Zebedeo saltaron a una, disputándose servir la cena a Jesús. Estaban todos en la casa esperando con expectación su llegada. Santiago y Juan fueron los primeros en abordarle.
—Maestro, ¿dónde has estado? Llevamos toda la tarde buscándote. Pensábamos que querías hablarnos.
Jesús les pidió calma mientras se hacía con una copa de vino y agua. Una vez calmada la sed, les pidió a todos que se sentaran junto a él. Zebedeo padre, Salomé, la familia de Andrés y Pedro, y el resto de los allí reunidos tomaron asiento a su alrededor.
—Queridos hijos míos. Ha llegado el momento esperado. Este es el comienzo de mi misión en la Tierra. Pero hay muchos asuntos que aún deben reclamar mi atención. Quizás no lo entendáis bien, pero hay muchos otros «pueblos» que no son de este rebaño y también me debo a ellos tanto como a vosotros. No os extrañe, pues, si vuestro maestro no aparece en ocasiones por algún tiempo. Estos asuntos escapan en realidad a vuestra comprensión.
› No obstante, sobre el comienzo de mi misión, os diré que no va a ser con grandes artes y prodigios que se hable de nosotros. Actuaremos como maestros en medio de los hombres. Viviremos una vida de rabinos, pero no los imitaremos. Seremos como una familia unida trabajando en amor y cooperación. Nuestro objetivo no es cambiar las mentes de los que quieran creer en nosotros, sino ayudarles a encontrar su camino. Seremos como los guías del desierto con sus caravanas, no como los generales con sus tropas. Y ahora, id a descansar. Esta semana próxima dará comienzo nuestra obra.
Los apóstoles estaban radiantes de satisfacción. ¡Por fin! El tan esperado anuncio. Se abrazaron entre sí, y se fueron a sus esteras congratulándose del feliz momento. Pero luego, cuando estuvieron a solas, en el silencio de la noche, ninguno de ellos logró conciliar el sueño. ¿Cómo sería el trabajo del reino? Soñaban con apabullar a las masas. Esperaban un éxito tan rotundo como el de Juan. No, incluso más que Juan. Aunque, al pensar en el destino de su entrañable profeta, una sombra de duda se posó en sus corazones. Fue un grupo inquieto y nervioso el que compartió el suelo de la cámara de invitados de Zebedeo.
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Miércoles, 19 de junio de 26 (15 de tammuz de 3786)
A la mañana siguiente, día 15 de tammuz[2], Jesús otorgó el día libre a sus seguidores. La noche anterior, Jesús y Zebedeo habían tenido una charla privada hasta muy entrada la noche, en la que Jesús había hecho definitiva su renuncia como ebanista jefe del astillero. A partir de ese momento, le confesó, iba a dedicar todos sus esfuerzos a la realización de su misión en la Tierra, que tanto tiempo había estado posponiendo.
Zebedeo aceptó de buen grado la nueva situación, conocedor desde hacía años de que antes o después esto iba a suceder. Firme aliado de la nueva filosofía de Jesús, el armador le propuso cederle la hacienda para su grupo de discípulos. El viejo armador estaba dispuesto a irse con su familia a la casa de su hijo Santiago.
A pesar de las reiteradas negativas de Jesús, el Maestro cedió finalmente, agradeciendo a Zebedeo su gesto.
Empezaba el tan esperado día del inicio de la misión. Pero para desilusión de todos los discípulos, Jesús no proyectó ninguna actividad de cara a los días siguientes. Tan sólo les dio instrucciones para que atendieran a sus familias durante esa semana. Les estaba anunciando vedadamente que en breve pasarían un largo tiempo lejos de sus hogares.
Jesús dedicó un rato a aclarar la situación a su hermano Santiago. En casa de María también había llegado la noticia del arresto de Juan, suponiendo un duro golpe para los maltrechos ánimos de la madre. El anuncio de Jesús de que iba a iniciar el trabajo con sus seguidores fue lo único que consoló a María en esos momentos. Estaba claro que algo estaba a punto de suceder, pues además, Jesús le pidió a su hermano que solicitara a Jairo realizar la liturgia del próximo sábado, lo cual hizo Santiago a la mayor premura.
Jairo, el archisinagogo, se alegró enormemente de volver a contar con Jesús para las lecturas de la Torá. Suponía que el arresto del profeta del Jordán tenía mucho que ver con esta vuelta al estrado de su afamado vecino. Durante aquellos últimos largos meses Jesús tan sólo había asistido a la sinagoga como oyente, para placer de los fariseos y archontes, los sacerdotes jefes del pueblo, pero para extrañeza de sus fieles simpatizantes. Jairo se entusiasmó con la idea. ¿Qué suerte de cosas diría ahora Jesús? Estaba seguro de que fuera lo que fuera no iba a dejar indiferente a nadie.
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Las noticias sobre Juan se fueron concretando a medida que pasaba la semana. Sus discípulos importantes —Abner, Jacob, Recab, Simón, Eleazar y los demás—, habían huido y estaban en paradero desconocido. Antipas tan sólo había decretado el arresto de Juan, pero era lógico el miedo de sus seguidores. Al menos una noticia tranquilizó algo los ánimos de los que apreciaban a Juan: el tetrarca había anunciado que tan sólo deseaba interrogar a Juan, pero que si lo consideraba inocente, sería dejado en libertad. Evidentemente, Herodes sabía de la estima que suscitaba el Bautista entre las gentes sencillas del pueblo, y no deseaba crear un mártir con el que hacer recaer nuevas críticas sobre su persona.
Se supo que estaba confinado en Maqueronte, donde el tetrarca pasaba ahora mucho de su tiempo, puesto que su residencia oficial en Tiberias no estaba aún terminada. Algunos valientes discípulos habían acudido hasta la fortaleza, atreviéndose a pedir audiencia ante el gobernante, quien, en una muestra de delicadeza, les había permitido hablar durante unos minutos con el reo. Al parecer se encontraba bien, había recibido un buen trato, y se encontraba pletórico de moral.
Pero nada de todo esto tranquilizó los ánimos de los seis estrenados apóstoles de Jesús en Cafarnaúm.
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Sábado, 22 de junio de 26 (18 de tammuz de 3786)
El sábado un notable gentío se agolpó junto a los muros grisáceos de la sinagoga. Todo el arcontado de la ciudad ocupó sus puestos de honor, expectantes con la noticia de que el «engreído rabino» iba a conducir las lecturas. Jairo presidía. Esta vez, en buena prudencia, no otorgó asientos de honor a los amigos de Jesús. Sólo él estaba sentado cerca de la tribuna. Todo Cafarnaúm estaba en la sala de modo que no se cabía y muchos tenían que escudriñar desde la amplia puerta, en el exterior. Julio, el espía de Herodes, como se hacía pasar por judío, ocupaba uno de los laterales de la sala y no el balcón reservado para los extranjeros prosélitos. María y la hermana de Jesús no perdían ripio desde detrás del enrejado que separaba la zona para las mujeres.
Con gran ceremonia Jairo se levantó, se subió a la bemá, el estrado para los predicadores, y recitó solemne:
—Bendito sea el Señor, Rey del mundo, creador de la luz y de las tinieblas, hacedor de la paz, creador de todo; quien en su misericordia, da la luz a la Tierra y a los que en ella moran; que en su bondad renueva día tras día las obras de la creación. Bendito sea el Señor nuestro Dios por la gloria de sus obras y por las luces que iluminan lo que él ha hecho para su alabanza. Bendito sea el Señor nuestro Dios, hacedor de la luz.
Todos respondieron el consiguiente: «Bendito sea».
Aquello marcaba el comienzo de la liturgia. Luego Jairo continuó con la segunda plegaria, luego con la Semá Yisrael[3], siguiendo con la Tefilá[4] y finalizando con la Schemone Esreh[5].
—… Derrama tu paz sobre Israel, tu pueblo, y sobre tu ciudad y sobre tu heredad, y bendícenos a nosotros todos. Bendito eres, Señor, que haces la paz.
Con la recitación por todos de la última berakot[6], que con buen criterio Jairo había acortado mediante la fórmula breve, la liturgia llegó al momento más esperado.
Adam, el chazán[7], inició el ceremonial de la extracción de las escrituras del arca. Jesús se subió al estrado, y después de desenrollar cuidadosamente el libro, leyó este pasaje:
—Vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes, una gente santa. Yahvé es nuestro juez, Yahvé es nuestro legislador, Yahvé es nuestro rey; él mismo nos salvará. Yahvé es rey mío y Dios mío. Él es un rey grande sobre toda la Tierra. La benevolencia recae sobre Israel en este reino. Bendita sea la gloria del Señor porque él es nuestro rey.
Cuando devolvió el rollo de las escrituras a Adam, pausó unos segundos en reflexión. Se solía dar estos segundos como cortesía al chazán, para darle tiempo a devolver los textos al arca. Una vez todos estuvieron en su sitio, Jesús dirigió estas sorprendentes palabras al auditorio:
—Estoy aquí para proclamar el establecimiento del reino del Padre. Y este reino incluirá las almas adoradoras de judíos y gentiles, de ricos y pobres, de libres y esclavos, porque mi Padre no hace acepción de personas; su amor y su misericordia son para todos.[8]
› El Padre del Cielo envía su espíritu para que resida en la mente de los hombres y mujeres, y cuando yo haya finalizado mi obra en la Tierra, también el Espíritu de la Verdad será derramado sobre toda la carne. Y el Espíritu de mi Padre y el Espíritu de la Verdad os establecerán en el reino venidero de entendimiento espiritual y rectitud divina. Mi reino no es de este mundo. El «Hijo del Hombre»[9] no dirigirá fuerzas armadas en combate para el establecimiento de un trono de poder o un reino de gloria mundial. Cuando mi reino haya llegado, conoceréis al «Hijo del Hombre» como el «Príncipe de la Paz», la revelación del Padre eterno. Los hijos de este mundo libran batallas para el establecimiento y la expansión de los reinos del mundo, pero mis discípulos entrarán en el reino del Cielo por sus decisiones morales y sus victorias espirituales; y cuando hayan entrado, encontrarán felicidad, rectitud, y vida eterna.
› Aquellos que primero busquen entrar al reino, empezando a esforzarse por alcanzar una nobleza de carácter como la de mi Padre, ya mismo poseerán todo lo demás necesario. Pero en verdad os digo: a menos que entréis en el reino con la fe y la dependencia confiada de un niño pequeño, no ganaréis vuestra admisión de ninguna manera.
› No os confundáis con aquellos que vienen diciendo «aquí está el reino» o «allí está el reino», porque el reino de mi Padre no concierne a las cosas visibles y materiales. Incluso ahora este reino ya está entre vosotros, porque allí donde el Espíritu de Dios enseñe y dirija al alma del hombre, allí en realidad está el reino del Cielo. Y este reino de Dios es rectitud, paz y regocijo en el Espíritu Santo.
› Juan ciertamente os ha bautizado en señal de arrepentimiento y para la remisión de vuestros pecados, pero cuando entréis en el reino celestial, seréis bautizados con el Espíritu Santo.
› En el reino de mi Padre no habrá judíos ni gentiles, sólo aquellos que buscan la perfección a través del servicio, por lo que yo os declaro que aquellos que quieran ser grandes en el reino de mi Padre deben convertirse en servidores de todos. Si estáis dispuestos a servir a vuestros semejantes, os sentaréis conmigo en mi reino, del mismo modo que yo, al haber servido en la similitud de la criatura, me sentaré pronto con mi Padre en su reino.
› Este nuevo reino es como la semilla creciendo en suelo fértil. No produce todo su fruto rápidamente. Hay un intervalo de tiempo entre el establecimiento del reino en el alma del hombre y la hora en que el reino madura a la plena fructificación de rectitud y salvación eterna.
› Y este reino que os declaro no es una soberanía de poder y abundancia. El reino del Cielo no es un asunto de comida y bebida sino una vida de progresiva rectitud y felicidad creciente en el servicio perfeccionado de mi Padre que está en el cielo. Pues, ¿no ha dicho mi Padre a los hijos de este mundo: «Es mi voluntad que seáis perfectos, como yo soy perfecto»?.
› He venido a predicar las buenas nuevas del reino. No he venido a añadir pesadas cargas a aquellos que quieren entrar al reino. Yo proclamo el camino nuevo y mejor, y aquellos que sean capaces de entrar en el reino venidero disfrutarán del descanso divino. Y todo lo que os cueste en las cosas del mundo, cualquier precio que paguéis por entrar en el reino de los Cielos, recibiréis tanto más en regocijo y progreso espiritual en este mundo, y en la era por venir la vida eterna.
› La entrada en el reino del Padre no depende de ejércitos en desfile, del derrocamiento de los reinos de este mundo, ni de la eliminación del yugo de los cautivos. El reino de los Cielos está a las puertas, y todos los que entren en él encontrarán libertad abundante y salvación gozosa.
› Este reino es un dominio eterno. Aquellos que entren al reino ascenderán a mi Padre; alcanzarán ciertamente la diestra de su gloria en el Paraíso. Y todos los que entren al reino del Cielo se convertirán en hijos de Dios, y en la era venidera ascenderán al Padre. No he venido para llamar a los supuestamente rectos, sino a los pecadores y aquellos que tienen hambre y sed de rectitud y perfección divina.
› Juan vino predicando el arrepentimiento para prepararos para el reino; ahora vengo yo proclamando la fe, el regalo de Dios, como el precio para entrar en el reino del Cielo. Si creéis que mi Padre os ama con un amor infinito, entonces ya estáis en el reino de Dios.
Terminado su discurso, Jesús se sentó.
La gente, en general, estaba pasmada. Los presbiteroi, los ancianos y principales de la sinagoga, no habían dejado de arquear las cejas y fruncir el ceño a medida que iban oyendo, visiblemente contrariados. Para ellos aquello no había constituido sino una sarta de estupideces.
Jairo estaba profundamente conmovido y afectado. Apenas tuvo fuerzas para recitar las plegarias de despedida. Cuando la congregación se disolvió, estalló una profunda conmoción. Los ancianos se acercaron a Jesús, y con visibles voces de disgusto, le dijeron que «si estaba loco», que «quién se creía que era» para hablar de ese modo al pueblo. «¿Acaso te crees de verdad el Mesías?», le preguntó Jetro.
Pero Jesús se negó a polemizar con los jefes del pueblo, permaneciendo impasible. Cuando vieron que no iban a obtener respuesta de él, le abrieron el paso, y Jesús salió. Los discípulos, temerosos, le arroparon haciendo de escoltas, sacando de entre la muchedumbre a su maestro.
Por los comentarios que le dirigieron algunos de sus paisanos, estaba claro que no habían comprendido su mensaje. La idea de un reino, como así llamaban los judíos a la autoridad divina y al futuro que aguardaban, no encajaba con esas premisas de bondad y rectitud que había predicado el Rabí. «¿Así que ya estoy en el reino, eh?», le dijo uno que era estibador. «¿Y por qué sigo pagando impuestos, entonces?». Otro le dijo: «Vaya un reino y vaya un rey». Incluso la gente que sí creía en Jesús no sabía bien qué decir.
Julio, el espía de Antipas, no sabía muy bien por qué, pero se había quedado profundamente pensativo después del discurso del «carpintero». Permaneció un rato en la sinagoga, reflexionando sobre su vida y sus muchos pecados. Algo diferente había en su corazón. ¿Qué le pasaba…?
Jesús tuvo que regresar a casa porque la gente se había alterado bastante con el discurso. Algunas frases de Jesús sobre su persona habían sonado excesivamente blasfemas: «¿Hijo del Hombre? ¿Mi Padre? ¿Similitud de criatura?» ¿Pero es que este hombre se consideraba alguien celestial? Nunca se había oído nada semejante. Jesús sabía que estas cosas causaban verdadera extrañeza entre sus paisanos, y había procurado evitar hacer declaraciones llamativas sobre sí mismo, pero alguna frase, lógicamente, sí había dejado caer.
Fue un sábado ciertamente alborotado aquel. El día no contó con la típica comida festiva, sino que nada más llegar a casa de Zebedeo, todos se mostraron un tanto intranquilos. Los discípulos y la familia del armador, que se habían quedado profundamente impresionados con el nuevo tono elocuente de Jesús, no albergaban más que una sola pregunta en su interior: ¿por qué Jesús no realizaba ningún signo con el que demostrar su autoridad para afirmar esas cosas? Pero ninguno se atrevía a interrogarle. Sabían la contestación del Maestro.
Santiago y Judá también habían acompañado a sus amigos, y llegó un mensajero de María, su madre, pidiendo ver a su hijo. Jesús, que estaba intentando aclarar a los presentes algunas de sus afirmaciones en la sinagoga, se removió inquieto con la interrupción. Sabía que su madre y su familia iban a constituir un escollo para sus planes inmediatos. Se quedó pensativo y entonces tomó una decisión. Pidiendo al resto de discípulos que le esperasen allí, se llevó aparte a Santiago y Judá, sacándolos a la playa.
Buscando una total sinceridad con sus hermanos pequeños, el Rabí fue directo y al grano:
—Bien sabéis que durante este tiempo de preparación para la obra del reino habéis tenido mi beneplácito para asistir a las reuniones en las que he instruido a mis discípulos, pero a partir de ahora esto no será así. Les he escogido a ellos como mis representantes porque como me conocen de tiempo más reciente que vosotros, no se verán influidos por los prejuicios cuando lleguen los malos tiempos. Sé que ellos aguantarán la dura prueba.
› No tendré parientes entre mis embajadores terrenales. Podréis seguir siendo discípulos míos, y aprender todas las cosas nuevas del reino que aún quedan, pero para las próximas semanas elaboraré un plan de acción sólo con los apóstoles, y os pediría que os mantuvierais al margen de ellos.
Sus hermanos no salían de su asombro y decepción. Ambos a una, inclusive Judas, reaccionaron con voces de protesta:
—¿Pero por qué? Estamos tan preparados o más que ellos.
—Sí, llevamos años oyendo tus nuevas ideas sobre el reino. Sabríamos mejor que nadie cómo transmitir tu mensaje.
Jesús cerró los ojos. Entendía que no fuera fácil de asimilar.
—Hijos míos. Os amo con un amor que transciende con mucho mi amistad con mis amigos. Pero debéis comprender. Sé qué me hago. Es mejor de esta forma. Aún no lo sabéis, pero a su debido momento, os convertiréis en grandes hombres para la causa del reino. Pero no ahora. En este momento, es mejor que exista una distinción entre mi familia terrenal y el cuerpo de mis representantes.
› Pero que esto no os entristezca. Estad de buen ánimo. Seguid a mi lado, y veréis las grandes cosas del reino. No estéis preocupados por los puestos y los servicios que yo comisione. En el reino no existirán las preferencias. Entonces, ¿a qué esas caras?
Pero Jesús se daba cuenta de que sus palabras no estaban causando el efecto deseado.
—Y ahora, id a mi madre, y decidla que mantenga vivas sus esperanzas e ilusiones sinceras. El reino está ya aquí con fuerza y poder. Pronto verá cumplidas las grandes promesas que mi heraldo le trajo antes de mi nacimiento.
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Fueron dos cabizbajos hombres los que vio marchar Jesús camino de la casa de María. Y sabía lo que significaba aquel contenido silencio. Era el principio de una brecha que el Maestro iba a tener difícil cerrar.
La palabra apóstoles, de procedencia griega, significaba «enviado» o «embajador», y era el nombre con el que se designaba a los emisarios que enviaban los gobernantes. Jesús escogió esta palabra por la similitud del significado con la tarea que deseaba encomendar a los doce. ↩︎
Tammuz era el cuarto mes en tiempos de Jesús, equivalente a nuestros junio y julio. En él se celebraba el día 17 un ayuno en memoria de la destrucción de Jerusalén por los babilonios, y los Yeméi ben HaMetsarim, o «días de la angostura», desde el 17 del mes hasta el 9 de ab. ↩︎
La Semá Yisrael era la oración o credo judío por excelencia, que significa «Oye Israel», que debía ser recitada al menos dos veces al día. ↩︎
La tefilá era una de las oraciones que se recitaban durante la liturgia sabática en la sinagoga. ↩︎
Schemone Esreh eran las dieciocho bendiciones que todo judío piadoso debía recitar al menos tres veces al día. ↩︎
Las berakot son las dieciocho bendiciones o súplicas que se hacían en la sinagoga durante la liturgia. ↩︎
El chazán es uno de los asistentes de la sinagoga, que se encargaba del toque de trompeta, de preparar las escrituras y de enseñar a los niños. ↩︎
Este discurso que da Jesús en la sinagoga no es el primero. Jesús dirigió muchas homilías en esta sinagoga de Cafarnaúm los años que vivió allí. En lo que sí es el primero es en que es el primero dentro de su esfuerzo de predicación pública. Aquí es donde da comienzo su labor como maestro de multitudes. Hasta entonces había ejercido como maestro para particulares y para pequeños grupos de curiosos, pero nunca había lanzado una actividad pública.
Este sermón no contiene un resumen de sus enseñanzas. No es el núcleo de su evangelio. Básicamente, lo que va a hacer durante el inicio de su campaña es recoger el testigo de Juan Bautista. Empezó predicando acerca del reino de Dios, aclarando algunos conceptos sobre esta idea del reino, que tantas opiniones y pareceres distintos suscitaba entre los judíos, porque Juan había hablado sobre todo de este reino venidero. Pero muy pronto las enseñanzas de Jesús virarían hacia los auténticos principios y criterios esenciales de su filosofía.
Sobre la celebración del sabbath y los oficios en la sinagoga, véase el artículo El culto del sábado. ↩︎
La expresión «Hijo del Hombre» tiene más sentido escrita como «Hijo de Hombre» de modo similar a la expresión «Hijo de Dios». De hecho, muchos piensan erróneamente que con ella Jesús quería decir de sí mismo que no era más que un humano, cuando es al revés. En la literatura apocalíptica judía de la época de Jesús el «Hijo del Hombre», o bar nasha en arameo, era un ser divino similar a los «Hijos de Dios». Jesús eligió esta expresión cuando la encontró en el Libro de Enoc (Enoc 46:2, LU 126:3.6). En este libro el «Hijo del Hombre» es un ser celestial (un «Hijo de Dios») que abandona las comodidades del Cielo para descender a la Tierra y ayudar a la humanidad (LU 126:3.8). El profeta Daniel también hizo una mención breve de este personaje celestial en Dn 7:11-14. ↩︎