© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Cuando Jesús desapareció a lo lejos, confundiéndose con los chopos de la vía Maris[1], los seis amigos salieron de su ensimismamiento y se sentaron en la playa de nuevo. Por sus rostros, se sentían visiblemente contrariados. No era ésta la idea que durante tanto tiempo habían abrigado de su misión con Jesús.
Pedro enunció sus preocupaciones en voz alta:
—No entiendo esta actitud del maestro, la verdad. Hemos permanecido aquí durante largos meses. Estamos sobradamente preparados, creo yo, para abordar a las multitudes, como Juan. Pero él se marcha y además nos confina a Andrés y a mí aquí en Nahum, donde disponemos de escasas simpatías. Deberíamos ir todos juntos y dirigirnos al Jordán. Retomar a las multitudes de Juan. Allí ganaríamos una aprobación inmediata.[2]
Los seis guardaron silencio, expresando cierto grado de aprobación a sus palabras. Pero Andrés trató de influir en su hermano con un punto de vista algo más filosófico:
—Hermano, está claro que Jesús tiene una visión muy distinta de su misión. Quizá él prevea cosas que para nosotros no resultan evidentes. Fíjate cómo ha acabado Juan, a pesar de su éxito. Es posible que este comienzo aparentemente tranquilo se deba a una mayor sabiduría. Él sabe que este modo de proceder quizá llame menos la atención de nuestros gobernantes.
—Pero, Andrés, —continuó Juan—, ¿por qué seleccionar nuevos apóstoles? Aún no ha visto cómo trabajamos y ya ha dado por supuesto que necesitaremos ampliar nuestro grupo.
—El maestro tiene razón, Juan. Somos demasiado pocos para abarcar toda la tarea. Necesitamos más instructores, y el maestro nos expresa una gran confianza al encomendarnos la elección de estos seis nuevos apóstoles.[3]
Pedro seguía rezongando del encargo del Rabí, y comentó aparte: «Yo desde luego ya sé a quién no voy a escoger». Se refería a unos hermanos, hijos de un tal Samuel, pescadores también de profesión, con los que Pedro tenía una ancestral enemistad por culpa de un encontronazo con las barcas.
Pero los demás no dieron importancia al comentario de Simón. Estaban meditando las palabras de Andrés. «Sí, desde luego, esto demuestra nuestra primacía en la nueva hermandad de Jesús», pensaban. «Él nos ha autorizado para escoger a otros, haciéndonos su igual».
Durante un buen rato se enredaron en una interminable charla sobre puestos de honor y privilegios en el reino venidero. Pero la discusión no progresó mucho. Andrés, con su sentido práctico, les hizo ver que no tenía provecho seguir debatiendo aquellas cosas en ese día.
Todos callaron. Finalmente, Pedro se levantó, estableciendo su propósito:
—Bien, sea como el maestro dice. Y aunque no entiendo muy bien los motivos, si ha de ser así, cumplamos.
Tirando de los otros cinco y ayudándoles a incorporarse de la arena, les comentó a los Zebedeo, a Felipe y Natanael: «Os ayudaremos a preparar vuestras cosas».
Santiago y Juan conocían a algunos amigos de su padre en Queresa, en la orilla oriental del mar de Galilea, así que mientras preparaban sus bolsas les confiaron al resto sus planes de visitar a estos amigos y probar suerte. Felipe y Natanael tenían la peor parte. No conocían a nadie en la zona de Tariquea. Natanael había llevado algunas transacciones en el pasado con un hombre que tenía un secadero de pescado, pero Zebedeo les dio mejores referencias.
—Cuando lleguéis a Tariquea, preguntad por Jebud. Es un mentiroso y un embustero, pero un buen hombre. Es el dueño de los mejores astilleros de la zona. Si le decís que vais de mi parte, hasta puede que os tome como trabajadores, pensando que antes trabajabais para mí.
Los dos discípulos agradecieron las facilidades de Zebedeo, prometiendo preguntar por aquel armador.
Cuando todo estuvo listo, llegó el momento de los abrazos y las despedidas. La familia de Jonás y la de Zebedeo se reunieron en casa de este último para desear suerte a los aventureros de la buena nueva. Todos esperaban grandes cosas de ellos.
Ya en la vía Maris, los seis amigos se besaron efusivamente, palmeándose con fuerza en la espalda.
Andrés y Pedro se quedaron solos y pensativos viendo alejarse a sus cuatro amigos, rumbo al norte, en dirección a los terrenos de Filipo. Tomás y Natanael tendrían que dar un rodeo mayor, pero habían preferido hacer el viaje con los Zebedeo en lugar de viajar solos, aunque eso les supusiera tener que pagar el peaje en la aduana.
Era un grupo meditabundo y silencioso el de los cuatro discípulos que se adentraban en la calzada principal de la zona. Sus pensamientos estaban llenos de incertidumbre e inseguridades. Desde luego aquel no era el modo en que se habían imaginado comenzar sus predicaciones. Y todavía no alcanzaban a imaginar los extraordinarios avatares que les reservaba el destino.
La vía Maris era la antigua ruta comercial milenaria que comunicaba Mesopotamia con Egipto y atravesaba territorio judío cerca del mar de Tiberíades (Cafarnaúm) en dirección a Meguidó y la costa. ↩︎
Hay que recordar que los apóstoles seguían manteniendo una visión sobre Jesús como el Mesías judío. Y esto incluía la creencia en que Jesús se convertiría en el nuevo rey político de Israel, y ellos, los apóstoles, en sus heraldos. Una corroboración de esta idea está en la palabra apóstol. En aquella época significaba «embajador», como los embajadores de los reyes. Jesús no la utilizaba con esa connotación, pero es evidente que la tenía, y los seguidores de Jesús cayeron en la tentación de pensar que les llamaba apóstoles porque efectivamente serían los embajadores de un nuevo rey. ↩︎
Es muy clarificador del carácter de los apóstoles ver cómo discuten acerca de la idea de Jesús de que fueran doce y no seis apóstoles. Estas discusiones y recelos entre los seguidores de Jesús rara vez aparecen en los evangelios, aunque están ahí. Y resulta curioso ver el modo sencillo de crear Jesús a su grupo de apóstoles.
¿Representó el número doce un número escogido a propósito? Aunque para muchos ese número representa un simbolismo especial, es bastante dudoso que para Jesús tuviera algún significado. Muy seguramente si dos o tres discípulos más de Juan hubieran seguido a Jesús desde el Jordán, no les habría rechazado, y ahora se hablaría de los catorce o los dieciséis apóstoles. Resulta una ridiculez pensar que Jesús pudiera rechazar a un hombre como apóstol por el mero hecho de que le dejara de cuadrar el número doce, o el número setenta cuando eligió a un grupo de evangelistas (LU 163:4.17).
Fueron los apóstoles los que luego vieron en este número una significación especial (doce tribus de Israel y doce apóstoles acaudillando cada tribu, aun cuando nunca existieron doce tribus — LU 97:9.1) cayendo otra vez en el simbolismo mesiánico de la época. Tan supersticiosos se volvieron de este número, que cuando Judas Iscariote se suicidó, decidieron que en vez de ser once debían cubrir el puesto vacante con otro miembro (Hch 1:12-26). ↩︎