© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Jesús tomó una ruta larga para hacer el camino hasta su antigua ciudad. Al llegar a Genesaret se desvió siguiendo las torrenteras de varios cauces casi secos, subiendo en dirección al valle de Shikhin. Prefería evitar Magdala por el momento. Suponía que el malestar de su hermano Judá continuaría durante unos cuantos días, así que con buen criterio, eligió dar un rodeo para llegar a Nazaret.
Guiándose del farallón que representaba el har o elevación de Yodefat, avanzó hacia el oeste, pasando no muy lejos de Caná, ciudad de intensos acontecimientos recientes.
Desde allí no tuvo más que cruzar el llano de Asochis hasta pasar junto a esta población para enfilar el sur hacia Séforis y Nazaret. Al ascender a la montaña rumbo a casa siguió su conocida ruta junto a uno de los acueductos que abastecía a Séforis, proveniente de las fuentes más allá de Geth Hefer.
Este camino, tantas veces utilizado por Jesús, tenía la ventaja de que le dejaba justo a la entrada norte del valle de Nazaret, donde estaba su antigua casa. Cuando Jesús puso los pies sobre los guijarros de la calle donde se apretujaban las casas de su antiguo vecindario, sintió volver todos los lejanos recuerdos de su niñez. Se paró a observar, extendida en el valle, la encrucijada de las calles y las plazoletas de la ciudad, en un amasijo de balcones y fachadas, alargada hacia el sur. Un sol acariciado por ligeras nubes resaltaba la blancura de las casas, embadurnadas de revocos. Había un trasiego constante en las viviendas. Cientos de artesanos hacían sonar sus utensilios, y las mujeres, ataviadas con sus mantos, circulaban con presteza por las calles.[1]
Jesús escuchó un rítmico sonido a aserrado al aproximarse al hogar, y un inconfundible olor a madera recién cortada llenó su respiración. Abrió sin llamar, lanzando una bendición para todos los de la casa.
Pero nadie acudió. La estancia principal estaba desierta.
Luego dejó de oírse el serrucho en el taller y salió, con el peto de trabajo, el hermano pequeño, José.
—¡Yeshua![2]
Jesús y él se fundieron en un cálido abrazo.
—¿Cómo por aquí? Las noticias que teníamos eran que ibas a viajar con tus discípulos.
Jesús prefirió dejar para luego los comentarios sobre lo sucedido con la familia en Cafarnaúm, y cambió de tema, interesándose por Ariel y por la madre.
—¿Supongo que te quedarás, no? —José miró a Jesús con cierta desconfianza.
Jesús asintió.
—No te preocupes. Esta vez vengo para quedarme unos días.
José palmeó entusiasmado.
—¡Estupendo! En ese caso luego les verás. Ariel ya da sus primeros pasos solito y suele marchar con su madre a por el agua.
Jesús quería conocer todos los detalles sobre la situación de los hermanos, así que dejó a José que le contara. El nuevo integrante de la familia, a quien iban a llamar Jesús, para honor del Rabí, estaba a punto de llegar. Rebeca saldría de cuentas dos semanas más tarde.
En cuanto llegó Rebeca, José salió disparado a avisar al resto de sus hermanos de la llegada de Jesús. Aunque los rumores del suceso de Caná habían ido decayendo durante los últimos meses, tener en casa a la sensación del momento era toda una novedad, y en Nazaret los comentarios sobre Jesús, en especial entre los de su familia, no habían dejado de sucederse.
Mientras Jesús disfrutaba de la compañía de su cuñada y del pequeño Ariel y les entregaba unos obsequios que había llevado, apareció en la casa Jacobo, el amigo de Jesús y ahora su cuñado. Había muchas cosas que contar, y el bueno de Jacobo, nervioso, no sabía ni qué decir. ¡Cuánto habían cambiado las tornas desde la infancia! Antiguamente Jacobo tenía que defender a Jesús en las peleas infantiles, y ahora era Jesús el que infundía respeto y admiración.
Esa noche se celebró una multitudinaria cena en la antigua casa de José como no se había hecho en mucho tiempo. Estuvieron todas las familias de los hermanos de Jesús en Nazaret y también la de Jacobo. Dejaron a los niños durmiendo en la casa contigua, la de Miriam y Jacobo, al cuidado de Ana, la madre de Jacobo, y nadie quería volver a sus casas. Era como si el antiguo hogar de José volviera a ser la familia que fuera tiempo atrás.
Jesús, prudentemente, silenció las desavenencias con Santiago y Judá por no incluirles entre los apóstoles, y simplemente ofreció buenas nuevas de Cafarnaúm. No era el momento de estropear tan entrañable velada.
Por la cabeza de todos pasaban esperanzados pensamientos sobre Jesús. Le miraban y hablaban con él tratando de no mostrarse especialmente considerados, pero el suceso milagroso en Caná y las historias que contaba su madre ahora parecían más verídicas que nunca. ¿Sería de verdad Jesús el Mesías esperado?[3]
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Los días siguientes Jesús se interesó por todas las familias de amigos y parientes que vivían en Nazaret. Trató de hacerlo de forma incógnita porque aún existían muchas enemistades declaradas contra él, personas que no habían conseguido olvidar los sucesos del pasado. Estuvo en la casa de sus tíos Jonás y Sunah, con los que siempre se había llevado muy bien. Eran ya bastante mayores, pero estaban bien de salud. Muchos de sus hijos, los primos de Jesús, aún continuaban en Nazaret, pero otros se habían mudado en busca de mejores oportunidades.
También visitó a Amós y María. Amós y Jonás habían sido en el pasado los socios del padre de Jesús en el taller de carpintería que ahora dirigía José. Todos estaban informados de los sucesos de Caná por los parientes de María y por sus sobrinos, y se sintieron muy honrados con la visita de quien ahora era un personaje tan afamado y distinguido.
El resto de la familia de su padre o bien se había desplazado a otras ciudades, o bien había fallecido. Pocos quedaban ya en Nazaret. Pocas personas en quien poder confiar permanecían ahora en la ciudad de su infancia.
Durante las dos semanas que Jesús pasó en Nazaret hizo todo lo humanamente posible por mejorar las relaciones familiares con sus parientes por parte de su madre. Pero resultó inútil, a pesar de todos los esfuerzos del Maestro.
La relación con su tío Simón se había enfriado enormemente con el tiempo. Él continuaba siendo un prominente cabecilla del grupo guerrillero de los zelotes. Se oían rumores por toda la región de que el actual prefecto de Samaria y Judea iba a ser depuesto y sustituido por otro. Estos períodos de cambio eran momentos de gran actividad del grupo clandestino, que aprovechaba para cometer altercados y atacar las propiedades de los gentiles. En la visita que Jesús hizo a su tío pudo reconocer claramente, por el nerviosismo de los de la casa, que estaban preparando alguna de sus fechorías. Y el Rabí fue recibido con cierta frialdad y secretismo. Pocos podían imaginar que Jesús tenía la facultad de poder examinar los pensamientos de ellos, como para saber sus intenciones. Pero a pesar de esto, el Rabí prefirió no usar este conocimiento y trató de pasar desapercibido durante su estancia en Nazaret.
Mejor suerte tuvo con sus tías Mariah, Marta y Salomé, que nunca habían abandonado por completo su cariño por Jesús. En casa de Mariah el Maestro pudo tener una agradable charla con Cleofás, su tío, hombre afable como pocos con el que Jesús siempre había hecho buenas migas.[4]
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Aunque Jesús había advertido a sus hermanos que nada dijeran a los conocidos sobre su visita, pronto la gente de la ciudad se enteró de que el hijo del carpintero había vuelto. Y quienes esperaban esta oportunidad para revalidar viejas rencillas no desperdiciaron la ocasión, buscando el modo de cruzarse con el Rabí.
Buz y compañía, los zelotes, se alegraron sobremanera cuando alguien les comentó en la taberna que el «cobarde» había vuelto. Buz y sus hermanos habían sido fuente de innumerables disgustos para Jesús cuando fue adolescente. El suceso ocurrido durante un reclutamiento zelote quince años atrás había desatado las iras de estos energúmenos y de otros en su contra. Jacobo, el marido de Miriam, y seguramente el hombre más forzudo de todo Nazaret, siempre les había mantenido a raya, quedándose ellos con las ganas de vapulear a Jesús.
Nazaret nunca había sido una ciudad tranquila. El hecho de tener una gran parada de caravanas hacía que se llenara frecuentemente de forasteros y gente de paso de todo tipo de cataduras. A pesar de la escrupulosa moralidad de los judíos, Nazaret estaba infectado por la creciente influencia de la vecina Séforis, y disponía de un buen número de burdeles y antros poco recomendables. No eran infrecuentes las peleas y los abusos, y había que andar con cuidado por algunas calles. No es de extrañar, pues, que Jesús encontrara motivos en el pasado para cambiar de residencia.
Por eso, durante los días que estuvo allí, se alojó todo el tiempo en casa de José, la antigua casa de la familia, que estaba en las afueras, y apartada del bullicioso casco urbano. Allí Buz y sus acólitos no le buscarían, puesto que la casa vecina era la de Jacobo. Pero cuando se enteró de que su presencia en la ciudad era pública, decidió marchar unos días a Sarid, a la granja de su querido tío Joatán y su tía Jerusa, seguramente los tíos a quienes más adoraba Jesús.
En esta villa rural sus tíos habían formado una comunidad que era un perfecto modelo de orden y autarquía. Disponían de prácticamente todo. Allí cada uno hacía dos o tres oficios al tiempo, y casi nunca tenían que bajar a Sarid o subir a Nazaret para realizar compras. Vivían con sus hijos, Eleazar, Jonatán, José, Serod, Mariah y Súa, y con sus familias, formando un pequeño conglomerado de casas que casi era ya una pequeña aldea en sí misma. Todos sus primos tenían en ese momento niños pequeños, y Jesús disfrutó mucho del ambiente familiar que se respiraba allí y del griterío de la chiquillería.
Tiempo atrás, cuando Jesús tuvo que hacerse cargo de todos sus hermanos, le había nacido la idea de irse a vivir con su madre y los chicos al campo, como vivían sus tíos. Comprar un terreno y cultivar todo tipo de hortalizas, árboles y cereales. Siempre había adorado la vida de agricultor, pacífica y familiar, lejos de los recelos y las intrigas de la ciudad.
Pero el tiempo para el recuerdo pasaba rápido. Pocos días después se despidió de la entrañable familia de Sarid y regresó a Nazaret, a tiempo para asistir el sábado a la sinagoga.
La gente de Nazaret que aún no lo sabía se quedó pasmada al ver a su antiguo vecino en la bet kneset. El antiguo chazán, Helí, había muerto años atrás, y nadie de la querida familia de este buen hombre vivía ya allí. La mayor parte de los arcontes eran miembros de la familia sacerdotal que vivía en Nazaret, y nunca habían mostrado mucha simpatía por Jesús, por lo que se mostraron serios y distantes al descubrirle entre los fieles. La predicación posterior a la haftará, la segunda lectura de la liturgia, la realizó precisamente uno de los arcontes, el que era ahora chazán, que se extendió interminablemente con una larga perorata sobre las virtudes del ayuno.
A la salida un buen número de amigos, que no conocían todavía de la presencia de Jesús en la ciudad, se acercaron a saludarle y departir amablemente con él. En la distancia, sin embargo, un grupillo de indeseables miraba despectivamente. Pero por fortuna no hubo problemas.
La segunda semana la pasó el Maestro ayudando a José con el taller de carpintería. No quería resultar una carga para la familia, y además, le resultaba entrañable volver a colocarse el mandil y hacerse con sus antiguos utensilios. José y Jesús disfrutaron mucho charlando sobre ebanistería y sobre trabajo durante esos días. El hermano pequeño se había convertido en un experto artesano y ya superaba con mucho en habilidades a su antiguo maestro. El Rabí no podía ocultar su satisfacción al ver a su hermano convertido en todo un responsable hombre del hogar.
Jesús pasó también parte de su tiempo en la antigua tienda de aprovisionamiento de caravanas, situada cerca del albergue. Allí había transcurrido mucha de su adolescencia. Ahora la regentaba uno de los primos, que se había hecho socio de José. El Rabí contempló con placer cómo todas las cosas estaban emplazadas exactamente del mismo modo a como él las ordenara años atrás. Nada había cambiado en ese tiempo.
El jueves llegó el momento de volver. Jesús quería estar para el sabbath en Cafarnaúm, y poder así recibir a sus discípulos. Había pensado mucho en ellos durante estos días. Su percepción sobrenatural le permitía conocer todas sus andanzas, y sabía que estarían deseosos de volver a verle y relatarle sus experiencias.
En el camino de vuelta, pensó mucho en Juan y en su penosa situación allí en la fortaleza de Maqueronte. Durante todo ese tiempo no había dejado de pensar en él. Sentía profunda pena de no poder intervenir ni interceder por él. Pero se había prometido que no iba a involucrarse en los asuntos puramente humanos. Él ya había intentado, veladamente, advertir a Juan de los peligros que correrían sus predicaciones. Pero Juan había sido demasiado impulsivo, y finalmente se había dejado llevar. Jesús era consciente de qué poco le costaría ordenar a sus tropas celestiales que ejecutaran un acto presencial y libraran a Juan de la cárcel. Pero no deseaba llevar adelante su obra de este modo. No mientras hubiera otra forma.
Había pensado también en influir de algún modo sobre el tetrarca, Antipas. Pero ya conocía de antiguo a ese «zorro ladino». No era confiable. Jesús sabía que Herodes era un hombre supersticioso y en cierto modo respetuoso con las tradiciones judías. Pero resultaría muy difícil convertir a este opulento y derrochador en un hijo del reino. No obstante, dejó la puerta abierta. El Padre, con quien estaba en permanente comunicación, tendría la respuesta.
Sobre cómo era Nazaret en tiempos de Jesús y la visión, posiblemente errónea, que muchos autores mantienen sobre esta antigua ciudad, veáse el artículo ¿Cómo fue Nazaret en tiempos de Jesús?. ↩︎
Yeshua. Tal como esta palabra es como en realidad sonaba el nombre de Jesús pronunciado en su idioma nativo, el arameo. Véase Yeshua ben Yosef. ↩︎
Hay que pensar que miles de asuntos de gran trascendencia cósmica estaban acuciando a Jesús, un ser creador. Sin embargo, aunque podía haber aprovechado estas dos semanas para continuar con sus comunicaciones celestiales, decidió dedicarlos a mantener un contacto íntimo con su familia terrenal. Un ejemplo notable de un ser que a pesar de tener unas grandes responsabilidades a sus espaldas, no descuidaba los pequeños detalles pero llenos de amor. ↩︎
Sobre la familia de Jesús y de dónde se han sacado estos datos, véase este artículo. ↩︎