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A Simón y Andrés les había tocado la mejor parte del encargo de Jesús. Cafarnaúm era su ciudad, aunque ellos eran realmente de Betsaida, la pequeña aldea situada a escasas millas al oeste. Así pues, conocían de sobra a sus habitantes.[1]
Los dos hermanos planificaron en su casa su nueva labor de predicadores con gran esmero. Perpetua, la mujer de Simón, que era del mismo carácter decidido que su marido, también participó en estos planes, ofreciendo sus ideas.
Andrés tuvo que utilizar mucha de su persuasión para tranquilizar a su fogoso hermano, que estaba dispuesto a proclamar a los cuatro vientos el mesianismo de Jesús.
—No, Simón. El maestro nos ha encargado no hablar sobre él y así lo haremos. Y nos ha encomendado muy expresamente que nos reunamos en privado con la gente. Cumpliremos fielmente su solicitud.
A regañadientes, Pedro tuvo que morderse la lengua en más de una ocasión. Para él todo aquello representaba una pérdida de tiempo. «Estamos perdiendo una ocasión de oro», repetía sin cesar.
Siguiendo su programa de trabajo, se entrevistaron cada tarde, al caer el sol y finalizar la jornada, con un conocido distinto, haciéndole partícipe de su «secreto». Hablaron con sus compañeros de pesca, socios también de Santiago y Juan Zebedeo, llamados Joab, Lot y Nadab. Del mismo modo hicieron con otros amigos pescadores: Simón, Jeconías, Judas y Safed. Éstos eran los socios de David Zebedeo. Todos aceptaron de buen grado las enseñanzas sobre un nuevo carácter amante del Divino, pero algunos se mostraban escépticos con Jesús. ¿Era o no era el Mesías? Por más que Pedro se desgañitó tratando de convencerles, ocasionando una severa admonición de Andrés a su hermano para que no se embrollara con esos temas, no pudo el impetuoso apóstol disipar todas las dudas de sus amigos.
—Simón, Jesús es un gran hombre, un sabio, quizá un profeta. Pero todos le conocemos. Sabemos cómo piensa sobre los zelotes y la lucha armada. Él jamás cumplirá las promesas de los antiguos. No encabezará a nuestros ejércitos para derrotar a los malditos infieles.
Esto le dijeron algunos de los socios pescadores. A lo que el apóstol replicaba con grandes razonamientos «que Jesús tenía un poder sobrenatural y que quizá no haría falta que dirigiera ejércitos para expulsar a los romanos de sus tierras».
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Pero había muchas más personas en Cafarnaúm que estaban receptivas a las enseñanzas de Jesús. Al menos la mitad de los habitantes de esta pequeña población sentían cierta estima por el carpintero y constructor de barcas. Eran sobre todo gente común, jornaleros y trabajadores, los que siempre habían visto con admiración a su vecino. En el pasado, sus homilías en la sinagoga y sus charlas vespertinas habían sido muy apreciadas. Sin embargo, la otra mitad de los cafarnaítas, en especial los nobles y los ancianos, veían con malos ojos al joven nazareno.
Aunque Pedro ardía en deseos de hablar con varios grupos de la comunidad, la persuasión de Andrés les hizo continuar con sus planes iniciales. Cada tarde tan sólo visitaban a un posible creyente. Trabajaban en su barca por el día, y al terminar su jornada, se aprestaban para visitar a su nueva cita.
De este modo conversaron con diez familias. Los discípulos trataron de probar suerte primero con los parientes cercanos y amigos. Algunos tíos y primos suyos les dieron muy buena acogida. De hecho, la familia de Perpetua, la mujer de Pedro, creyó al completo y sin vacilación. Pero ya se sabe que donde más difícil resulta conseguir crédito es entre los propios parientes.
Un día en que los dos hermanos se separaron para visitar cada uno una casa distinta, Pedro se presentó ante Simón, un buen amigo suyo. Simón era hijo de uno de los ancianos del consejo, y durante ese último año había abandonado en buena parte su próspero trabajo como mercader para dedicarse en cuerpo y alma a la organización de los zelotes.
Los zelotes se presentaban como un partido político contrario a los herodianos. Estos últimos apoyaban la situación actual, pero los zelotes propugnaban un cambio de régimen. En realidad eran un grupo revolucionario clandestino que se dedicaba a perpetrar asaltos y a destruir propiedades con el fin de causar el terror entre los pueblos no judíos que habitaban en territorio judeo. En el pasado, un ferviente cabecilla, llamado Judas, había causado estragos en Galilea, pero su campaña de acoso al invasor terminó de forma brusca y trágica con la crucifixión de muchos de sus seguidores.
Sin embargo, a pesar de estos comienzos nada halagüeños, el grupo medró en lugar de desaparecer. Habían encontrado terreno abonado en medio de la juventud de su pueblo. Simón, como muchos jóvenes de Cafarnaúm, era uno de los que se había dejado seducir por esta nueva organización. Tenían una jerarquía de mando, distritos, y diferentes puestos y cometidos, todo muy bien desarrollado, y esto atraía aún más al destartalado pueblo judío, que se veía a sí mismo como una nación sin liderazgo ni propósitos adecuados.
Pedro y Andrés habían sentido cierta estima por estos zelotes en el pasado. Pero ambos tenían la mente más despierta y despejada como para ver que la nueva secta, en realidad, lo único que buscaba era el enfrentamiento y resarcir el odio con la venganza. La gente de sensibilidad religiosa auténtica no se unía a este grupo, sino que se unía al grupo de los protestantes. Este grupo, menos numeroso que los zelotes, no llegó a tener una organización tan detallada como la de los guerrilleros, pero constituyeron una alternativa al resto de tendencias políticas de la nación. Además, su peculiaridad es que siempre estuvieron abiertos a incorporar entre sus filas a cualquiera, ya fuera saduceo, fariseo o esenio. No ocurría así con los zelotes, que tan sólo deseaban romper con todo lo establecido, y formar una nueva secta de calado nacional.
Los dos Simón discutieron durante horas sobre Jesús y sobre sus ideas, y las respuestas del zelote eran similares a las que ya había oído Pedro en otras bocas:
—Simón, yo entiendo lo que me dices. Pero estas ideas de que nuestro Señor, ¡bendito sea su Nombre!, es como un padre, que no tiene en consideración a personas distintas y todo eso… Esto es un contrasentido. Nuestro pueblo ha sido escogido como luz para las naciones, como una antorcha para guiar a los pueblos. Así lo dicen los sabios y los profetas. Todo está en nuestra ley. Y yo creo firmemente que el tiempo de esa posición ya ha llegado. No hay que esperar más. Por tanto, nuestro Señor nos ha elegido. Él ha hecho una distinción entre las naciones. ¿Cómo explica Jesús esa distinción en esa idea suya de la igualdad?
—Jesús no percibe al Señor como un juez de la Tierra, sino como un padre cariñoso que se preocupa por el bienestar de todos. Pero como todo padre, también le ve como un padre que tiene preferencias por algunos de sus hijos. Está claro que su hijo predilecto es la casa de Israel. Pero esto no significa que desprecie al resto de los pueblos. O que haya que levantarse en armas contra ellos. Lo que Jesús quiere que hagamos es que luchemos con el arma de nuestra voz, que combatamos a los infieles con el convencimiento de nuestros argumentos.
—¿Y tú crees que los romanos, los egipcios, los sirios, van a claudicar así sin más, sólo con tu palabra? Las muchas semanas con el profeta del Jordán te han afectado, Simón.
—Yo no creo tener ese poder. Al menos no por ahora. Pero tengo un maestro como nunca has conocido. Jesús es el Esperado, Simón. Y tanto mi hermano como yo estamos convencidos de que a su debido tiempo se manifestará ante el pueblo, y hará obras prodigiosas, portentos extraordinarios que aterrorizarán más a los romanos y a los herodianos que todos los incendios y los asesinatos que puedas imaginar.
Simón el zelote no pudo reprimir una mueca de incredulidad: «Jesús es un hombre normal y corriente, muy entendido en la escritura, sí, pero normal».
—Yo he visto cómo ha convertido el agua de unos cántaros para lavatorios en vino purísimo. Y es sólo el principio. ¡Imagínate convertir todo el agua del yam en vino, qué inmensa fortuna para nuestro pueblo!
—Para los mercaderes de vino puede, pero no para ti. En cualquier caso, cuéntame más acerca de esa historia, porque he oído mucho pero todo contradictorio.
Pedro no podía remediarlo. Era muy difícil para él seguir al pie de la letra los dictados de Jesús. Por más que el Rabí les había advertido a los discípulos que nada dijeran sobre la conversión del agua en vino, y que no se complicaran en explicaciones sobre él o sobre si era o no el Mesías, ellos se dejaron llevar y descuidaron su encargo. ¿Cómo convencer a la gente de unas ideas tan radicales sin referirse a su maestro, fuente de su autoridad? ¿Y cómo interesar a la gente en Jesús sin narrar su gran proeza en Caná? Prácticamente todos los apóstoles sucumbieron a esta tentación. Encontraban más interés en la gente cuando desvelaban quién les enviaba y sorprendían a su público con los enigmáticos sucesos del Jordán y con las declaraciones de Juan el Bautista.
Finalmente, Pedro no fue capaz de convencer a Simón. Al menos sí arrancó de su amigo la promesa de que intentaría conocer mejor a Jesús cuando éste regresara. «Aunque no creo que vaya a ver nada en él que me haga cambiar de opinión», le dijo sin muchas expectativas el zelote.
Mal que bien, el impulsivo apóstol regresó a casa con cierta satisfacción. Pedro tenía habilidad en el trato con las personas. Sabía enredarlas con sus asuntos aun cuando éstas se mostraban definitivamente seguras de sus propios planteamientos. Pedro sabía «comerciar bien» con su mercancía. Y sabía hablar de forma convincente.
Cuando le comentó a su hermano sus progresos, éste sin embargo se sentía algo frustrado. Había visitado varias casas, las de algunas familias pudientes de la aldea, y no había hecho ningún progreso.
—Nadie ha recibido muy bien el evangelio. Hay mucha gente que dice que estas ideas son para débiles y esclavos. Nos tildan de simples y zafios por ser tan crédulos de un evangelio tan infantil.
Simón trató de animar a Andrés con una visión del futuro que llevaba tiempo meditando.
—Creo que seremos doce al igual que las tribus. Como los escritos que dicen que habrá doce jueces que se sentarán a juzgar a la Tierra entera.
Pero Andrés parecía pensar en otras cosas:
—Ah, por cierto, he recibido una grata sorpresa, sin embargo. La familia de Leví, los de la aduana, se han ofrecido a recibir en su casa a Jesús. Quieren saber más sobre sus enseñanzas, en especial el hermano mayor, Mateo.
—¿Los Leví? Esos cuanto más lejos, mejor.
—Bueno, no sé. No es que me haga mucha gracia. Pero ¿podemos nosotros negarnos? Que el Maestro decida.
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Los días siguientes, para sorpresa de Andrés, recibieron en su casa a varios mensajeros de Mateo, el hijo de Leví. Como no estaba bien visto que los publicanos entraran en casa de judíos honrados, pues se los consideraba a todos pecadores, el mensaje del mandadero pedía que Andrés se reuniera con Mateo en su casa.
El mayor de los Jonás tuvo varias charlas muy interesantes y provechosas con este hombre culto y afable, que distaba mucho del típico usurero y codicioso recaudador.