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Viernes, 5 de julio de 26 (2 de ab de 3786)
El segundo día de ab[1] los seis discípulos volvieron a reunirse en Cafarnaúm, en casa de Zebedeo. Andrés y Pedro esperaban a sus cuatro amigos desde primeras horas de la mañana. Todos habían hecho su regreso en barca, acortando el viaje de vuelta.
Eran unas caras llenas de emoción las que presentaban los apóstoles a su vuelta. Habían sido dos semanas cargadas de experiencias, y todos se enzarzaron a una y se relataron atropelladamente los informes de sus trabajos. Se habían marchado con cierta desconfianza pero regresaban exultantes y triunfales. El clan de los Zebedeo había abandonado sus quehaceres de ese día, y junto a las familias de Andrés y Pedro, todos se volcaron con los recién llegados, lavándoles los pies y ofreciéndoles algo de comer.
Sin embargo, el entusiasmo de estos predicadores les hizo olvidar la comida. Las peripecias en su nueva labor de evangelistas habían sido tantas, que no pararon de dar cuenta de ellas en toda la mañana.
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A primeras horas de la tarde apareció el más esperado del día. Jesús se presentó por la puerta con una amplia sonrisa, tocado con su característico turbante, y con una bolsa de piel en bandolera. En cuanto entró en la casa una impaciente tropa se abalanzó sobre él, sin darle aliento para atender a toda la avalancha de preguntas.
Como pudo, el Maestro se deshizo del lienzo que cubría su cabeza, y apartó su escueto equipaje. Tomó asiento en una banqueta del patio, sin dejar de saludar a cada uno en medio de bromas y risas. Todos le rodearon sentándose en el suelo o en los poyetes de madera. Los discípulos estaban ansiosos de compartir con el Rabí sus anécdotas. Se atropellaban la palabra, y todos querían contar al mismo tiempo lo provechosas que habían resultado esas dos semanas.
Pero el Maestro parecía divertido con esta súbita agitación, y por espacio de unos minutos, les mantuvo a la expectativa, entreteniéndose con las hijas de Zebedeo, y preguntando al padre y a David por las evoluciones del taller de barcas.
Los seis discípulos tuvieron que contener su impaciencia mientras Jesús departía con mayores y pequeños. Sabían que su maestro era así. Disfrutaba escuchando hasta las más nimias preocupaciones, divirtiéndose con las graciosas ocurrencias de sus admiradoras más fervientes.
Pero finalmente, el padre solicitó un poco de sosiego y respiro para su huésped, y Jesús, prometiendo regresar para la cena, salió con los seis hacia la playa.
De pronto, todos se habían quedado sin habla.
—Bien, ¿quién va a ser el primero en decirme algo?
Y como un torrente, todos a una, le espetaron su parrafada de un tirón, interrumpiéndose y atropellándose la palabra. No dejaban de comentar, esperanzados, lo fantástica que había resultado la experiencia.
Jesús les dejó desahogarse. Estaban llenos de dicha. Sabía que habían iniciado su encargo con el corazón encogido y con un cierto sentimiento de abandono. Pero su plan había sido acertado. Esta vivencia en solitario les había hecho despertar a la realidad, y les había preparado para continuar los pasos del Rabí.
Por sus comentarios, quedaba claro que sus incipientes apóstoles habían seguido de forma un tanto ligera sus recomendaciones. Habían sucumbido a la tentación de hablar sobre él y sobre los sucesos de Caná. Además, Jesús sabía que sus amigos interpretaban a su modo y manera su enseñanza sobre la igualdad de todos los hijos de Dios.
Pero no les tuvo en cuenta estas cosas. Jesús realmente no se preocupaba de que sus mensajeros no entendieran completamente su evangelio, o que lo interpretaran bajo la luz de la tradición y la costumbre de su pueblo. Estaba más interesado en inculcarles la sed por la verdad, el anhelo de la perfección, el inconformismo de una fe auténtica, regida por la duda razonable y por el entusiasmo de la certeza. Las absurdas disputas sobre la interpretación de las enseñanzas religiosas era lo propio de los escribas y los sacerdotes, y él ya había decidido hacía mucho tiempo que iba a ser un maestro, sí, pero de «otro género».[2]
Jesús les preguntó por el asunto de la elección de nuevos apóstoles. Hasta ese momento, los seis discípulos habían guardado celosamente su decisión, no confiándola ni a sus propios amigos. Muchos de ellos todavía barajaban varios nombres en sus cabezas, pero cuando cada uno rindió cuentas a Jesús, explicando su candidato, pronto se vio el porqué de aquel secretismo entre ellos. Algunas de las proposiciones hicieron torcer el gesto en señal de desaprobación al resto de discípulos. Sobre todo no pareció muy acertada la opción de Andrés por Mateo, el aduanero de Cafarnaúm. Ni tampoco la de Natanael, que había pensado en Judas, a quien todos excepto Felipe ya conocían de sobra, por ser uno de los antiguos discípulos de Juan el Bautista. Hay que decir que entre los discípulos de Juan siempre hubo cierta rivalidad entre los provenientes de Galilea y los de Judea.
Jesús zanjó los cuchicheos y desavenencias dando por concluida la presentación de informes, y emplazándoles para el día siguiente. Todos, abandonando sus caras suspicaces, le suplicaron que se quedara un rato más con ellos. Pero el Rabí les hizo ver que tenía asuntos familiares pendientes, así que no insistieron.
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En casa de María ya sabían que aquel era el día de regreso de Jesús y sus discípulos. Se habían mantenido informados de las evoluciones de su hijo y hermano por Ruth, que ahora trabajaba para los Zebedeo como asistenta, pero, después del malentendido con Santiago y Judá, no esperaban verle de nuevo.
Jesús se mostró radiante y bromista, sin sombra alguna en su mirada. Había olvidado por completo el incidente con sus hermanos y estampó dos sonoros besos en las mejillas de su madre y su cuñada. A Ruth ya la había visto en casa de Zebedeo.
Pero en seguida pudo comprobar cierto halo de apagamiento y distancia en los modales de la matriarca. Esta[3], la mujer de Santiago, parecía menos contrariada, pero evitó hacer comentarios que desagradaran a su suegra.
Jesús trató por todos los medios de borrar esas caras largas de sus queridas mujeres ofreciendo las noticias que traía de Nazaret. Pero ni la futura nueva descendencia de José ni las favorables evoluciones de los hermanos de María en Nazaret y en Sarid sacaron a la testaruda mujer de su apatía.
Santiago llegó poco después, al enterarse en el taller de la llegada de su hermano. Fue un frío recibimiento el que le propició a Jesús. Aquellas dos semanas la familia no había dejado de dar vueltas a sus problemas de entendimiento con el hermano mayor, ahondando más la barrera de separación entre ellos. Eran asuntos que hundían sus raíces en conflictos de antaño, y las heridas aún no estaban curadas.
Con gran pesar de Jesús, y viendo que era conveniente no prolongar aquella situación de compromiso, prefirió despedirse, prometiendo verles con frecuencia, en la confianza de que iba a pasar una larga temporada en Nahum.
Ab o av, en el calendario hebreo de tiempos de Jesús, era el quinto mes del año, que se corresponde aproximadamente con nuestros julio a agosto. El 9 de ab se celebraba un día de ayuno similar al Yom Kippur, en recuerdo de la deportación a Babilonia y la destrucción del templo. El 15 de ab, llamado el día del amor, se celebraba un día alegre en que las jóvenes, vestidas de blanco, bailaban en los viñedos y eran cortejadas por los jóvenes, y se solían celebrar muchas bodas. ↩︎
Hay que enfatizar que el Maestro nunca pareció resentirse por el hecho de que los apóstoles adoptaran su propia interpretación de sus enseñanzas. En lugar de ofrecerles un cuadro estricto y preestablecido de ideas y conceptos, como hacían los escribas de la época (y como muchos sacerdotes actuales de nuestro tiempo hacen), Jesús les dio amplia libertad para predicar lo que ellos consideraran y bajo su propia perspectiva. Por eso les deja solos, y les da toda su confianza. No viajará con ellos habitualmente, para no cohibirles y para no cohartar su libertad de expresión frente a las masas. Su método consistirá en reunirse en privado con ellos por las noches y aclarar todas sus dudas, esperando que después transmitieran lo más fielmente posible sus revelaciones. Pero Jesús sabía que esto no iba a ser así. A pesar de ello, no hizo nada por evitar que sus amigos reinterpretaran su mensaje a la luz de sus conocimientos personales y tergiversaran algunas ideas para adecuarlas mejor a sus principios preestablecidos. ↩︎
Esta es una variante inglesa, un diminutivo, de Esther. El nombre de Esther, popularizado por la reina bíblica, significa «estrella». Otras formas de Esther han sido: Eistir, Essi, Essie, Essy, Estée, Ester, Estera y Hester. Ver Wikipedia. ↩︎