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Los hermanos Zebedeo son quienes menos éxito tuvieron esas dos semanas. Queresa era una población pesquera del mar de Galilea situada en la orilla oriental, en la desembocadura del nahal Shamak. Este riachuelo caía desde las colinas próximas con gran rapidez, a través de un frondoso valle, llamado el valle de Kursi o «de la silla».[1]
Al sur de la población, las colinas cercanas caían en picado contra las aguas del mar, formando los precipicios más peligrosos de todo el lago. A pesar de esto, una creciente población había ido ampliando el tamaño de aquella localidad. Los habitantes de esta próspera aldea eran principalmente gentiles, en su mayoría sirios y griegos. La aldea, de hecho, pertenecía al distrito de Hipos, más al sur, una de las ciudades de la Decápolis.
Queresa era parecida a Betsaida y Cafarnaúm, con casas de una altura hechas en basalto negro. El arroyo dividía en dos el pequeño puerto, formado a base de grandes bloques de caliza y basalto. En el extremo del rompeolas se disponían varias piscinas pequeñas, donde se criaba el musht o peineta, un pez típico del mar de Galilea. Este pez, muy apreciado en el lago por su tamaño, requería de cierta ayuda para hacer crecer a sus crías, pues tenían la tendencia de no abandonar a sus progenitores. También se alimentaban a sardinas en estas piscifactorías, que eran las preferidas para la elaboración del garum en la costa oeste.
No les llevó mucho a Santiago y Juan encontrar trabajo en el puerto. Por su condición de pescadores conocían a algunos jornaleros que trabajaban en la zona. Ambos hermanos habían ido asumiendo aquellos últimos años el papel de su padre como contratista y arrendador de barcas. Eso les había proporcionado un gran conocimiento de las distintas urbes costeras del Tiberíades, y muchos contactos.
Sin ofrecer inicialmente información detallada, los hermanos se pusieron a las órdenes de un tal Simeón, que también era contratista como su padre. Aunque le pareció extraño que acudieran a él los hijos de Zebedeo, el hombre les dejó hacer, y ellos agradecieron su escasez de preguntas.
Hicieron buenas migas con otros cuatro pescadores, su compañeros de bote. Uno se llamaba Saúl, y era un hombre de mediana edad, fuerte, curtido en el arte de la pesca. Otro era Jesús, un joven que había sido esclavo en su adolescencia, y que recientemente había adquirido su libertad. Los otros eran dos hermanos gemelos, altos y fuertes, tan idénticos que casi no se les distinguía, llamados Santiago y Judas.
Todos eran expertos remeros y manejaban con habilidad la red barredera. Quizá el más joven e inexperto de todos era Juan, que desde el principio tuvo que soportar ser el blanco de las frecuentes bromas y chanzas.
Aunque no era ya la época, en la confluencia del arroyo con el lago solían reunirse una gran cantidad de peces para su desove, aprovechando las corrientes cálidas que el río traía consigo.
Utilizando en esta zona la red barredera se obtenían muy buenas capturas. Saúl era un experto timonel y Jesús, Santiago y Judas, tenían la corpulencia necesaria para tensar las redes y subirlas a bordo. Estos hombres no dudaban en desnudarse y tirarse al agua cuando el peso de la red hacía peligrar el bote y la redada.
Cada noche, Santiago y Juan, siguiendo los consejos de Jesús, se reunieron en privado con varios de los nuevos conocidos y relataron las asombrosas enseñanzas de Jesús a sus camaradas. Poco a poco, otros muchos más interesados les abrieron sus puertas. Allí donde les aceptaban, acudían sin dudar, y solían terminar hospedados en la casa. Nadie les dejó volver a la posada.
Pero, a pesar de las continuas advertencias de Jesús acerca del carácter universal del reino, les resultó muy difícil a los hijos de Zebedeo convivir en medio de tantos vecinos paganos. Los sirios y griegos tenían costumbres muy diferentes a las judías, y estaban impregnados de la cultura helénica. Les encantaban las funciones teatrales, las competiciones atléticas, los baños públicos, y los altares en el hogar a múltiples dioses, uno para cada aspecto de la vida.
Santiago y Juan, en este sentido, eran muy radicales. Para ellos resultaba denigrante mezclarse con «esas gentes pecadoras y sin conciencia». Su padre nunca les había inculcado estas ideas, pero el orgullo y los prejuicios judíos que se respiraban en Cafarnaúm habían terminado por influirles. Durante sus semanas en Queresa, los dos se negaron a conversar con nadie de la aldea que no fuera judío. Esto, lógicamente, limitó sus posibilidades.
En esta situación, llegó el día de regresar, y los dos hermanos aún estaban indecisos sobre a quién proponer como nuevos apóstoles. Candidatos no faltaban, pero ni Santiago ni Juan veían claro entre los que se habían ofrecido a quién podían elegir. Esperaban encontrar a alguien como ellos, que conociera de antes al maestro, decididos y valientes. Pero cuando se hicieron a la mar en la barca que les llevaba de vuelta a casa, un halo de frustración empañaba su ánimo, como si volvieran con las manos vacías.