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Esa noche se celebró en casa de Zebedeo una cena familiar y privada en la que se dio la bienvenida a Jesús y a los nuevos trabajadores del reino. El Maestro lamentó mucho que esta cena se celebrara sin la presencia de su familia, a excepción de Ruth. Pero tratando de borrar todos estos sinsabores de su mente, se mostró alegre y distendido.
Al día siguiente acudieron todos a la sinagoga. Había mucha expectación en la pequeña ciudad para ver al renombrado «Rabí», pero Jesús y sus discípulos defraudaron las pretensiones de sus vecinos, y se mantuvieron en silencio y apartados. El Maestro les había dado instrucciones esa mañana para que guardaran discreción.
Los seis amigos ya habían empezado a confiar en estos consejos de su mentor, así que se aplicaron la orden.
Los ancianos y los fariseos de Cafarnaúm miraban de reojo al imponente Jesús con cierto recelo. Pero las ceremonias transcurrieron sin incidentes, de modo que algunos hasta sintieron cierta decepción. Ni Jairo ni Adam habían sido advertidos del regreso de Jesús, y se sorprendieron de volver a verle, pues pensaban que se había marchado con sus discípulos por una larga temporada. Las multitudes que se habían agolpado para ver a la atracción del pueblo dos semanas atrás, ahora habían desaparecido con la idea de que el carpintero galileo no iba a iniciar ningún movimiento. Hasta Julio, el espía de Herodes, llevaba varios días por la zona, buscando infructuosamente a su objetivo.
Sin embargo, había también un buen número de miradas curiosas entre el público este día. Andrés y Pedro habían hecho bien su trabajo. La sinagoga había convocado a un concurrido grupo de pescadores amigos de los discípulos y a otros miembros de la comunidad que habían mantenido reuniones con ellos. Entre los asistentes estaba también Mateo, el recaudador de peajes de la aduana. Él no prodigaba mucho sus visitas a la casa de oración, por lo que causó cierta extrañeza entre los asiduos cuando le vieron en una de las esquinas de la sala.
Al salir, el Maestro departió amigablemente con sus vecinos y admiradores. Muchos de estos íntimos de Jesús, de forma paradójica, no habían sido muy receptivos con el mensaje de Andrés y Pedro. Pero todos ellos tenían en muy alta estima a Jesús, y les encantaba conversar con él. Los dos hermanos, al ver a su maestro mezclarse con las gentes con tanta facilidad y donaire, sentían cierta envidia sana, preguntándose en su fuero interno porqué no eran capaces ellos de hacer lo mismo.
Esa tarde Jesús se retiró a solas con los seis, enseñándoles a todos juntos sobre los diferentes modos de granjearse a las personas, en respuesta a las muchas preguntas de ellos sobre sus experiencias de las últimas semanas y sobre su éxito sólo parcial.
En esencia Jesús les dijo que nunca debían forzar a la gente a creer o pensar como ellos. Les insistía una y otra vez que el apostolado no era un cuerpo formado con el firme propósito de crear un ejército de obedientes creyentes, todos con la misma idea inculcada. Él prefería animarles a que respetasen la libertad individual de cada uno, y que sólo estuvieran ávidos de buscar su bienestar.
—Tan sólo si percibierais que cada hombre y mujer son un hijo de Dios más, en ese momento ya habríais recorrido un largo camino en el reino. Si meditarais en que el Padre dona a todos sus hijos sin distinción la misma capacidad para recibirle, entonces llegaríais a la conclusión de que es muy engreído pensar que vuestro trabajo consiste en llevar a los hombres a Dios. Si el Padre otorga la libertad absoluta para que sus hijos decidan por sí mismos, ¿cómo no vais vosotros a hacer lo mismo?
Pero los discípulos no entendían bien estas cosas. Ellos lo único que sentían era una frustrante decepción. Todos habían sufrido una gran dificultad para atraer a sus paisanos hacia su nueva predicación. Incluso sus familiares y amigos se habían mostrado bastante escépticos. ¿A qué se refería entonces Jesús? ¿Cómo convencer a sus vecinos sin cambiar su forma de pensar?
—Recordad, amigos míos —volvió a la carga Jesús—. El Padre habita en el corazón de todos y cada uno de sus hijos. Él es la estrella que guía el camino y los pasos de los que le buscan. Por tanto, cuando vayáis en busca de las almas de los hombres, no persigáis eliminar lo bueno que ya exista en su interior. Buscad mejor administrar los provechosos frutos de la fe y la esperanza. Sólo cuando seáis capaces de comprender a vuestros semejantes, les amaréis, y al hacerlo, iluminaréis un camino nuevo, un camino que quienes lo vean se mostrarán deseosos de recorrer con vosotros.
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Esa noche los discípulos discutieron largamente en la quietud de la noche de Nahum. Ellos todavía seguían enzarzados en sus disputas sobre los puestos del reino y por el papel que asumirían respecto a los nuevos apóstoles. Mientras, Jesús conversaba con su Padre, en silencio, simulando un sueño inexistente.
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Domingo, 7 de julio de 26 (4 de ab de 3786)
Al día siguiente, Jesús y los seis se fueron a ver a Mateo, de la familia de Leví, la encargada de regentar la aduana de Antipas en la vía Maris. El mayor de los Leví ya había sido avisado el día antes de las intenciones de Jesús por un mensajero de Andrés.[1]
El recaudador estaba atareado, ordenando los libros de cuentas y cerrando los números de las últimas semanas. Suponía que Jesús sólo lo aceptaría en su grupo si abandonaba aquel trabajo tan mal considerado. Así que se decidió a traspasar todo el negocio a su único socio, su hermano pequeño. Aún no sabía Mateo que todas aquellas cosas no eran incompatibles para el Maestro con ser un buen embajador del nuevo reino. Pero le dejó hacer.
Andrés y Jesús se adelantaron al resto de discípulos. Cuando Mateo les vio llegar salió a recibirles fuera de la casamata que hacía de oficina de peajes, dejando los últimos rollos de papiro que tenía entre las manos en poder de Jaime, su hermano menor.
—Andrés, maestro Jesús, me alegra volver a veros.
Se saludaron efusivamente con dos sonoros besos en las mejillas, y departieron durante unos segundos. Mateo explicó a Jesús que había decidido abandonar el trabajo de recaudador.
Al preguntarle Jesús porqué hacía aquello, Mateo respondió:
—Me gustaría unirme a tu grupo de discípulos.
Jesús le dijo:
—No hace falta eso, Mateo, para ser un embajador de mi reino.
Mateo le preguntó:
—Entonces, rabí, ¿qué he de hacer?
Y Jesús, rotundo, mientras miraba fijamente al publicano, posando sus brazos en él, pronunció las tres palabras que cambiaron su vida para siempre:
—Tan sólo sígueme.
Y dando media vuelta, desandaron todos juntos el camino a Nahum.
Camino a la casa de los Leví, el nuevo apóstol confesó a Jesús que había organizado un banquete para esa noche, invitando a muchos amigos y parientes que deseaban escucharle.
—Nos congratularía mucho que fueras nuestro invitado de honor —le rogó Mateo.
Jesús consintió con un movimiento afirmativo de cabeza. Estaba algo preocupado, como si esa noche miles de asuntos le hubieran asediado hasta cubrir sus hombros y hundirle bajo su peso. Pero asún así, trataba de ocultar todas esas otras preocupaciones, que obedecían a lejanos asuntos de un universo mucho más grande que Cafarnaúm.
Antes de entrar en la casa, Pedro tomó aparte a Mateo, explicándole que Jesús había admitido también a Simón, el zelote, en el grupo, y que se efectuaría su llamado formal esa misma tarde. Le sugirió a Mateo que sería bueno incluir a Simón entre los invitados al banquete nocturno.
Mateo se quedó pensativo unos segundos. En su familia se contaban algunos de los simpatizantes herodianos más comprometidos de la ciudad. Y el partido de los herodianos era el más acérrimo enemigo de los zelotes. Aquello no pintaba bien. Pero, ¿cómo iba a negarse a aceptar a otro de los apóstoles de Jesús? Así que se resignó, aceptando al nuevo invitado:
—Procura que sólo asista él y que no provoque ningún altercado, ¿eh? —dijo Mateo.
Aquel comentario de Mateo no gustó mucho a Pedro, pero trató de no iniciar una discusión con el recién incorporado cuando todos estaban tan entusiasmados y había una sensación tan buena entre los discípulos. Todo parecía indicar que Jesús estaba dispuesto a iniciar su obra pública, y que iba a revelarse ante sus paisanos en breve, quizá esa misma noche. Así que Simón procuró borrar aquel mal comienzo y disfrutar del almuerzo que tan gentilmente había preparado la familia Leví para ellos.
Jesús se mostró encantado con la nueva amistad de Leví, el padre de Mateo. El anciano patriarca de esta encantadora familia consiguió borrar las preocupaciones y sinsabores que habían ensombrecido durante toda la mañana al Maestro. Leví era viudo y vivía con su hijo mayor, Mateo, y con la familia de éste. Mateo tenía treinta y un años, y su mujer, Soraya, y él contaban con una buena tropa de cuatro hijos, dos niños y dos jovencitas. La hija mayor, Ruth, ya era toda una pequeña mujer, y contaba con trece años.
Mateo había tenido una adolescencia algo revoltosa y descerebrada, hasta que un buen día sus desmanes y amoríos frenaron en seco con una joven doncella proveniente de una respetable familia de beduinos.
A Mateo le costó aceptar la estabilidad del matrimonio, pero el tiempo y los hijos habían pulido con sabiduría sus atolondrados impulsos juveniles convirtiéndole en un hombre divertido, así como familiar y hogareño.
Después del refrigerio, Jesús y sus ahora siete apóstoles se dirigieron a casa de Simón, con quien Pedro había acordado una cita para este día.
Simón trabajaba en un puesto de aprovisionamiento de caravanas cerca de la caravanera de Nahum. Se dedicaba a la compra-venta de mercancías que en ambas direcciones surcaban la vía Maris portadas por reatas de burros y camellos: telas sedosas y ligeras, incienso, vino, aceite, aromas exóticos, pimienta, mirra, nardo, piedras preciosas, perlas, maderas únicas como el sándalo… Un sinfín de productos que tenían fácil destino en los puertos de medio mundo.
Cuando entraron en el almacén, una mezcla de olores y sensaciones envolvió los sentidos de los ocho hombres. Jesús sintió regresar muchos de sus recuerdos de la adolescencia, cuando dirigió en compañía de sus hermanos un establecimiento similar, aunque más modesto.
Pedro llevó a Jesús ante Simón atravesando entre los numerosos cachivaches que atestaban el suelo y las paredes de la tienda.
—Bueno, creo que no hacen falta presentaciones. —Pedro fue directo al grano—. Me parece que ya conoces a mi buen amigo Simón.
Jesús saludó a Simón con dos besos y sin darle tiempo a hablar le dijo:
—¡Sígueme!
Y haciendo ademán, le invitó a salir del mostrador.
El ardiente patriota se quedó mudo y de una pieza, pero recobrándose, se deshizo de su ropa de trabajo y tomó al vuelo un manto algo más lujoso. Supuso que Jesús le estaba invitando al banquete en casa de Mateo Leví, del que no había dejado de oír en todo el día.
Regresaron a casa de los Leví y pasaron el resto de la tarde en agradable tertulia. Leví, aunque partidario de los herodianos, en el fondo era un hombre de talante conciliador, que sólo deseaba lo mejor para su pueblo. El padre de Mateo apreció sinceramente muchas de las declaraciones que Jesús expresó esa tarde.
—La mayor parte de los reinos de la Tierra están gobernados por usurpadores de los antiguos tronos. Así ha sido siempre en la historia. Se forjan naciones utilizando los despojos de otras, ampliando territorios mediante las conquistas. Por tanto, esta condición social del vasallazgo es universal. Sucede en toda la extensión de la Tierra, desde la Galia y Bretaña al norte, a los pueblos africanos en el sur, y tanto en la tierra donde Hércules fijó sus columnas en el oeste como en el distante oriente donde otros soberanos sojuzgan a los pueblos.
› Así pues, tal como yo lo veo, la posición del pueblo judío en el mundo no es muy distinta de la de otras razas y gentes. En todas partes puede contemplarse los efectos de la tiranía y el sometimiento.
Leví intervino:
—Sí, pero también mucha de esa tiranía se ejerce de un modo más suave en algunos reinos que han alcanzado el beneplácito de los soberanos. Yo digo: ¿porqué no aprovechar esa ventaja que proporciona la condición de socio del emperador, de reino cliente, en lugar de fomentar la rebelión y el motín? Lo último sólo conduce a la guerra y a la destrucción, mientras que lo primero podría llevar a un estado de igualdad progresivo con los ocupantes, mejorando la condición de vida de todos los habitantes del país.
Pedro, Santiago y Juan expresaron sus opiniones al respecto. Por sus palabras, no les parecía buena idea soñar con mejorar su estatus en el cruel imperio de los romanos.
—Roma jamás permitirá un estado judío con total autonomía. Nunca se han fiado de nosotros. Y sin embargo, en los momentos difíciles, ellos han recibido nuestro apoyo.
Leví y algunos familiares de su casa, aunque de forma cortés, discrepaban. Estaban convencidos de que era posible restaurar aquel reino glorioso que fue la época de Herodes, en el período anterior a sus desavenencias familiares.
La conversación era ya un clásico de las discusiones judías. Jesús participaba de buen grado en estas polémicas, que formaban el día a día de las tertulias de sus paisanos. El Maestro no eludía nunca estos debates aun cuando resultaban reiterativos. Él trataba de mostrar un aspecto más global del problema político en el mundo e intentaba hacer caer en la consideración de sus oyentes el hecho de que los judíos eran un pueblo conquistado más.
—Por eso yo os digo: No penséis que sólo el pueblo judío está en los pensamientos del Padre a causa de sus sufrimientos. Todos los pueblos de la Tierra que sufren las consecuencias de la dominación extranjera, de uno a otro confín, gozan de las mismas tiernas consideraciones de su Padre del Cielo. Existe en verdad un gobierno celestial en medio de los gobiernos materiales. Los Hijos de Dios en verdad gobiernan en los reinos de los hombres. Pero esta dominación debería ser un ejemplo para los gobernantes que rigen los destinos de los pueblos mortales. Esta dominación se realiza por medio de la sutil influencia del espíritu. Y es un poder que no se impone a la voluntad de sus súbditos, una potencia que actúa de forma silenciosa, sin lograr sus propósitos mediante el ejercicio de las armas o por medio de la violencia y el temor.
› Los Hijos de Dios gobiernan usando el poder de la paz, la fuerza de la palabra y el impulso del amor incondicional. Esta es la consigna de su ley.
Leví parecía interesado en estas extrañas ideas sobre los Hijos de Dios, y solicitó más aclaraciones a Jesús.
—Los reinos de este mundo son temporales y mudables. Están sujetos a las vicisitudes del tiempo y a los avatares de la existencia. En la antigüedad los egipcios domeñaron la tierra, y luego vinieron los persas, y luego los griegos. Nada de aquellos imperios queda ya excepto el recuerdo. Tan sólo nombres de ciudades y las ruinas de su devastación. Ahora es Roma quien dirige los destinos de buena parte de la humanidad.
› Pero yo os digo: Roma también tiene su tiempo contado. Ningún imperio que se forje sobre los débiles hombros de la esclavitud y la opresión está destinado a perdurar mucho tiempo. Antes o después, esa débil cimentación cederá y provocará encendidas rebeliones.
› Sin embargo, un hijo de Dios renacido en el espíritu debería ser capaz de percibir más allá de los cambios políticos mundanos. ¿Acaso no percibís que hay una influencia que domina al mundo entero, y está por encima del poder de los hombres?[2]
Todos ansiaban expectantes cada nueva palabra de Jesús.
—El poder del Espíritu llena toda la faz de la Tierra. Sus habitantes hablan con sus dioses, realizan actos de devoción, multiplican sus plegarias, y buscan hacer conversos. Esta influencia no es casual. Está dirigida y gobernada, alentada desde el mundo del espíritu para hacer avanzar al mundo. Y esta influencia es más poderosa que los más poderosos gobiernos terrenales.
Muchas más cosas refirió Jesús a sus oyentes esa tarde. Pero mucho más se dedicó Jesús a escuchar las discusiones de ellos.
Durante la cena se colgó el tradicional lienzo a la puerta de la casa de Leví. Esto marcaba el inicio del banquete. Mientras el lienzo colgara en la puerta quienes no habían sido invitados podían acercarse a merodear, escuchar los discursos, y quizá comer algo.
Mateo hizo servir un exquisito cordero joven que suscitó las delicias de los comensales, y un suave y aromático vino que nadie quiso rebajar con miel.
La cena resultó sumamente agradable y pronto los vapores del vino se hicieron notar entre los convidados. La conversación se relajó y las discusiones políticas dejaron paso a las chanzas y las historias graciosas. Los Leví tenían un gran sentido del humor, y Jesús reía con ganas los chistes como uno más.
Sin embargo, una nota discordante vino a alterar este ambiente festivo. Al banquete se habían presentado un grupo de influyentes miembros de la haburah[3] de Cafarnaúm. Todos ellos eran fariseos acérrimos, firmes defensores del cumplimiento estricto de la ley oral. Algunos de ellos se contaban entre los más reconocidos rabinos de la zona.
Su interés en esta cena no era la familia de Leví precisamente, con la que no solían tratar, sino más bien Jesús. Muchos de ellos, durante las últimas semanas, habían permanecido atentos a las evoluciones de las predicaciones de Andrés y Pedro, con cierto recelo. El grupo de los fariseos de Nahum no veía con buenos ojos las pretensiones de Jesús y sus discípulos de ofrecer enseñanzas públicas. Según pensaban, la autoridad en estas materias les estaba conferida sólo a ellos en privilegio. «¿Quién se creía este Jesús que era?», se decían.
En el fondo de su corazón, la intención de su presencia esa noche era la de buscar alguna excusa para criticar y recriminar en público a Jesús. Desde que entraron en la sala se mantuvieron juntos, sentándose a escuchar las deliberaciones en un segundo plano.
El resto de comensales procuró ignorarles por completo, volviendo a sus bromas y risas una vez los recién llegados dejaron de ser el centro de atención. Poco a poco las conversaciones regresaron a su tono jocoso, rozando a veces en lo irreverente, al menos desde un punto de vista excesivamente religioso. Y es que los familiares y amigos de Leví no estaban muy bien considerados por los sectores rabínicos de la ciudad.
En varias ocasiones algunos de los asistentes provocaron la risa de la concurrencia con comentarios despectivos hacia algunas de las abusivas y meticulosas prescripciones de las leyes judías. Muchos de los presentes, de hecho, no formaban parte de la exclusiva categoría social de los judíos de raza pura, y no se sentían en la obligación de tener que acatar las normas hebreas. Esta situación era algo que además era aprovechado por los puritanos fariseos. Aunque estaba prohibido apagar un fuego o curar a un enfermo en día festivo, e incluso se discutía el uso de excepciones para casos de extrema necesidad, como un incendio o un herido grave, los rabinos habían llegado a cierta solución al problema diciendo: «Bueno, siempre habrá cerca algún gentil o judío impuro a quien puedan encargarse esas tareas».
Sin embargo, las bromas sobre estos temas no gustaron nada en absoluto a la delegación de fariseos, que se mostraron ofendidos y circunspectos durante toda la velada.
En cierto momento de máxima indignación los fariseos llegaron a hacer comentarios de desagrado en voz alta y a cuchichear entre sí visiblemente disgustados. Pero no se sentían en su terreno por lo que no expresaron abiertamente su malestar y se mantuvieron a la expectativa.
Jesús, que conocía los pensamientos de ellos, se mostró no obstante ajeno a esas minucias y rió de buena gana las divertidas historias.
La cena prosiguió sin contratiempos, sirviéndose a los comensales las últimas copas de vino, que marcaban el final de la comida. Era el momento de los discursos finales, donde quien quería pronunciaba una disertación siempre que lo solicitara al anfitrión. Simón el zelote ardía en deseos de soltar uno de sus típicos alegatos en favor del movimiento nacionalista, pero como no tenía a Pedro cerca para que intercediera por él ante Mateo, habló con Andrés sobre su intención, a quien tenía justo al lado. El hermano mayor de Pedro, que sabía que Jesús no deseaba que se asociara la hermandad del reino con el grupo de los zelotes, le rogó con buen tino al fogoso separatista que lo dejara para otro momento.
Mientras Mateo y su padre ofrecían sus últimas apreciaciones a los presentes, y puesto que parecía que la cena estaba concluyendo, uno de los fariseos más críticos, que conocía a Pedro y con quien el apóstol había mantenido varias conversaciones para convencerle de unirse al discipulado de Jesús, se acercó hasta Pedro y le dijo:
—¿Cómo te atreves a enseñar que este hombre es piadoso y merece ser seguido, cuando come con publicanos y pecadores, prestando así su presencia a estas escenas indecorosas de abandono a los placeres?
Pedro se quedó avergonzado de este comentario, pues él mismo tampoco había dado su aprobación a muchas de las cosas que había oído. Cuando marchó el fariseo, trasladó este comentario a Jesús, a quien tenía cerca, con la idea incluso de que el Maestro haría algún tipo de comentario de reprobación a los presentes.
Pero el Rabí tan solo hizo un gesto de hastío y cansancio, interrumpiendo por unos segundos su permanente sonrisa de toda la velada. Lejos de amilanarse con la desafortunada sugerencia de Pedro, volvió a atender a las últimas intervenciones de la familia de Leví.
Ya el padre de Mateo había dado la despedida a todos y parecía que la cena finalizaba cuando Jesús se incorporó para dirigir unas últimas palabras:
—Al estar aquí esta noche para acoger a Mateo y a Simón en nuestra nueva hermandad, me complace compartir vuestra alegría y participar de vuestro buen humor. Pero deberíais alegraros aún más porque muchos de vosotros entraréis en el reino del espíritu por venir, donde disfrutaréis más abundantemente de las buenas cosas del reino de los Cielos.
› Sin embargo, no todos estáis igual de receptivos y predispuestos para la llegada de este nuevo reino. Para los que estáis entre nosotros criticándome en vuestro fuero interno porque he venido aquí para divertirme con estos amigos, permitidme deciros que yo he venido para proclamar la alegría a los oprimidos de la sociedad y la libertad espiritual a los cautivos morales. ¿Es que acaso necesito recordaros el dicho de que no son los sanos los que necesitan al médico, sino más bien los que están enfermos? Pues bien, yo no he venido para llamar a los que se creen justos, sino a los que se sienten pecadores.
Durante estas frases, Jesús no se había intimidado por los crecientes ademanes de algunos de los fariseos de Cafarnaúm, sino que mantuvo firme su mirada acusadora, causando el asombro de todos los presentes. Jamás se había visto que un hombre sabio, con fama de rabino, defendiera así de este modo en público a la gente llana del pueblo.
La cena acabó de forma atropellada prácticamente con la estampida de los grammateis, los escribas de la ciudad. Los discípulos no sabían muy bien qué decir y esa noche, en lugar de reunirse para conversar con Jesús, se retiraron aparte dejando a su maestro a solas con sus pensamientos. Pero mientras la gente se encaminaba a sus casas, todo el mundo no dejaba de comentar lo encantador y cordial que les había parecido el Rabí.
El Libro de Urantia simplemente aporta en este pasaje algo más de profundidad que lo que ya encontramos resumido en los evangelios (Mc 2:13-17; Mt 9:9-13 y Lc 5:27-32). ↩︎
Sobre el enigmático gobierno planetario celestial del que habla Jesús en este capítulo, conviene leer El Libro de Urantia (doc. 50 y 114). Ya hemos mencionado a Valinor (nombre inventado para el llamado «Observador Altísimo») en el volumen anterior, un ser que aparece en la parte XII de la novela. Pero aquí Jesús también se está refiriendo a esas otras agencias insólitas y secretas, como el llamado «Cuerpo de Reserva del Destino», que son descritas en esos documentos. ↩︎
Las haburah eran comunidades de fariseos que vivían en común y de forma separada al pueblo, para evitar contaminarse y vivir en un mayor estado de pureza ritual. Tenían muchos fines de interés social y hacían obras de caridad. ↩︎