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Lunes, 8 de julio de 26 (5 de ab de 3786)
Al día siguiente, una cálida brisa refrescaba la mañana del lago. Jesús y sus ahora ocho apóstoles, después de hacer noche en casa de Mateo, salieron temprano en la barca de Pedro en dirección a Queresa, en la orilla oriental.
Los primeros rayos de un tímido sol caían sobre los agradecidos brazos de los remeros. Andrés se había hecho con el timón y Jesús bregaba con fuerza con el resto.
Con un agua en calma y buen viento hicieron rápida la travesía y pronto tuvieron junto a sí los altos farallones de la costa este.
En el pequeño puerto de la ciudad les esperaban los dos fornidos hermanos Alfeo, que habían sido avisados el día antes por un mensajero de Cafarnaúm de la llegada del Maestro.[1]
En la escollera había una nutrida presencia de jornaleros y pescadores trabajando a destajo bajo las órdenes de los exigentes capataces.
A los saludos de los Zebedeo, sus amigos gemelos respondieron con sendas jaleas de salutación, al tiempo que recogían al vuelo el cabo y amarraban la pequeña nave.
Santiago hizo las pertinentes presentaciones de Judas y Jacobo a los ocho. Jesús se aproximó a los candidatos, y con una sonrisa de complicidad, les confirmó en su selección diciendo:
—Sed bienvenidos a nuestro grupo. Seguidme.
Jesús, buen conocedor de aquel terreno, condujo a sus ahora diez apóstoles por las tortuosas veredas que ascendían a los riscos vecinos, en dirección a Hipos, la antigua ciudad de Susita. Allí, en la soledad vertiginosa de las quebradas, Jesús invitó a sus amigos a sentarse y admirar el bello paisaje del lago.
El Maestro conversó tranquilamente por espacio de unas horas con sus nuevos embajadores y con el resto, interesándose vivamente por sus familias y por su medio de vida. También les lanzó un interrogante que les pilló a todos desprevenidos:
—¿Habéis pensado cómo os ganaréis el sustento para sufragar nuestras predicaciones?
Aquello les dejó descolocados. ¿Ganarse el sustento? Algunos de ellos habían estado con Juan el Bautista anteriormente y no habían tenido que plantearse aquello. Simplemente, habían subsistido bien a base de las limosnas de los creyentes. Pero Jesús les estaba empezando a hacer entrever que su grupo no iba a ser igual. Los rabinos de la época decían: «Come de lo que te ofrezcan». Y con esta máxima de apariencia desapegada se garantizaban su manutención. Estaba muy mal visto no ofrecer cobijo y alimento a un escriba o maestro itinerante. Sin embargo, Jesús no parecía dispuesto a permitir que sus provisiones dependieran de la buena voluntad, y menos de una voluntad forzada.
Les instruyó cuidadosamente acerca de los peligros que conllevaba el abuso del dinero para favorecer los objetivos de su causa, pero también les aconsejó:
—No despreciéis nunca los medios mundanos de llevar a cabo las cosas. Usad el dinero y ganaros con él vuestra vida, pero no os generéis una falsa dependencia de él y no lo convirtáis en una de vuestras mayores preocupaciones. Pensad más bien que el reino crece en cierto modo a pesar de todos vuestros esfuerzos, y es como la semilla en la tierra. Vosotros regáis pero sólo tras largos meses veis finalmente los frutos con los primeros hijuelos de la espiga. Por tanto os digo: esforzaos, sí, pero no olvidéis que trabajaremos un campo difícil. Sed pacientes. No uséis en exceso los medios de los hombres para acelerar los progresos del reino. Nosotros ahora sembraremos, pero tiempos vendrán en que otros abonarán, otros quitarán las malas hierbas, y otros harán la entresaca. Cuando finalmente mi cosecha esté madura, hasta yo mismo volveré para ayudar a mis Hijos en la recolección.
Todos se quedaron impresionados con las nuevas ideas de Jesús sobre estos asuntos que tanto tiempo habían monopolizado los escribas, pero ninguno consiguió captar el significado profundo de sus enseñanzas.
Llegada la hora del almuerzo, los dos hermanos Alfeo manifestaron a Jesús que se sentirían sumamente honrados si aceptaba tomar un ligero refrigerio en su casa.
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El Maestro accedió encantado y los dos hermanos condujeron a Jesús y su grupo a su modesta casa en las laderas junto al nahal o riachuelo del pueblo. Allí vivían con sus familias y con sus padres, Alfeo y María. Ambos hermanos estaban casados. Santiago tenía tres niños pequeños y Judas tenía dos. Formaban una tropa ruidosa y alegre que no paró de hacer preguntas a Jesús y espiar a escondidas cada uno de sus movimientos. A pesar de las amonestaciones de sus madres, los chiquillos no dejaron de jugar y reír, algo que Jesús agradeció interrumpiendo repetidas veces sus discursos.
Alfeo y su familia eran de un modesto clan de pescadores desde muchas generaciones atrás. Eran gente que vivía con lo justo, ajenos a las escrupulosas reglamentaciones judías, en medio de un ambiente claramente influido por las tendencias gentiles.
Durante la comida siguieron conversando sobre los asuntos relacionados con la futura organización del grupo, y de forma casual surgió un comentario acerca de una celebración que habían visto en la pequeña urbe al volver a casa. Los sirios de la ciudad solían sacar a uno de sus ídolos en procesión hasta un altar en la cumbre cercana. Allí le honraban con ofrendas y cánticos. Una buena parte de la población no judía se unía a estos rituales, pero los que se consideraban hebreos procuraban evitar estas costumbres. Acerca de las celebraciones festivas les dijo Jesús:
—No confundáis la fe y el compromiso con el reino con la asistencia a los oficios religiosos. La fe exige una actitud activa en el individuo, que tiene que pelear y luchar para escapar de los avatares a veces trágicos de la vida y levantar la vista para mirar más allá, tratando de alcanzar las realidades espirituales. Pero el cumplimiento de los preceptos festivos sólo supone la sumisión pasiva a las exigencias de la costumbre colectiva y social. La perpetuación incólume de los ritos supone un esfuerzo ínfimo del creyente, que sólo ocasiona la muerte de la creatividad humana y una falsa sensación de seguridad a través de la aceptación y el calor del grupo.
› ¿Pero vosotros creéis que el Padre se siente adulado y agradecido por estas muestras de afecto y devoción pasivas y reiterativas? ¿De verdad creéis que él sólo vierte al mundo sus tiernas consideraciones cuando los creyentes realizan estos actos?
Algunos de los discípulos corroboraron erróneamente las palabras de Jesús criticando abiertamente la idolatría que suponía portar en procesión una talla de madera de un dios. Pero el Rabí, a pesar de conocer la incomprensión que generaban sus palabras en la mente de sus amigos, no se desanimó y continuó aleccionándoles:
—¿Os parece idólatra reverenciar una talla de madera pero no un edificio que no contenga escultura ni representación viva alguna? ¿Cómo explicáis entonces que en el antiguo templo de Salomón se venerara un arca que contenía los utensilios religiosos? ¿Acaso esta veneración no era en cierto modo idólatra? ¿Y qué me decís de los dos querubines alados que se tallaron sobre su tapa? ¿Acaso estas figuras no contradecían las órdenes dadas por Yahvé a Moisés de no crear representación de ningún ser vivo animal? ¿Qué mayor ser vivo que la creación directa del Padre?
Pero los discípulos no entendían porqué Jesús no criticaba estos espectáculos paganos tan claramente inmorales. Pedro llegó a declarar sin vacilación que veía imposible atraer al nuevo reino a los extranjeros, y los Zebedeo también asentían en esa dirección.
Jesús siguió con paciencia infinita:
—¿Por qué estáis tan empeñados en cerrar las puertas a quienes seguramente os demostrarán la mayor sed y hambre de la Verdad?
› Todos los hombres son mis hermanos. Mi Padre celestial no desprecia a ninguna de las criaturas que hemos creado. El reino de los Cielos está abierto a todos los hombres y a todas las mujeres. Nadie puede dar con la puerta de la misericordia en la cara de un alma hambrienta que está intentando entrar.
› Así pues olvidad ya esa separación que queréis perpetuar entre los creyentes. A partir de ahora nos sentaremos a comer con todos los que deseen oír hablar del reino. Cuando nuestro Padre celestial contempla a los hombres desde arriba, todos son iguales. Así pues, no os neguéis a partir el pan con un fariseo o un pecador, con un saduceo o un publicano, un romano o un judío, un rico o un pobre, un hombre libre o un esclavo. La puerta del reino estará abierta de par en par para todos los que deseen conocer la verdad y encontrar a Dios.
Sobre los hermanos Alfeo consultar el artículo Los gemelos Alfeo. ↩︎