© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Aquella noche los Alfeo ofrecieron una modesta cena a Jesús y sus amigos. Aunque algunos discípulos se sintieron algo incómodos por la escasez y pobreza de esta humilde familia, la verdad es que pronto cambiaron de opinión al ver a su maestro disfrutar abiertamente al margen de la frugalidad de la casa. Jesús, en el fondo, sentía volver a sus recuerdos de la infancia, cuando tantos aprietos sobrellevaron en su hogar el año en que perdieron a su padre José, a pesar de lo cual todos fueron muy felices.
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Terminada la cena, Jesús se llevó aparte a los diez discípulos a un descampado cercano, junto a la vivienda de la familia Alfeo. Deseaba impartir enseñanzas privadas para sus nuevos heraldos.
Cuando todos hubieron tomado asiento, envueltos por la negrura de la noche, Jesús aumentó más la expectación de sus amigos pausando por unos segundos. Finalmente, despejó su intriga diciéndoles:
—Seguramente habéis oído muchas historias y tradiciones sobre los espíritus malévolos, los nefilim[1], e imagino que muchos de vosotros portaréis amuletos y protecciones contra el mal de ojo y otras supuestas influencias perversas.
› Pero dejad que arroje algo de luz en vuestros temerosos corazones sobre este respecto.
› Muchas de estas historias son leyendas sin fundamento que se han transmitido de padres a hijos y de generación en generación. Fantasías y cuentos que guardan muy poca relación con la realidad. Sin embargo, a pesar de toda esta confusión, aún existe en estas tradiciones un poso de verdad sobre los auténticos hechos.
› En el pasado muy remoto, cuando la senda de la estirpe humana empezaba a alborear en la Tierra, el Padre decidió enviar una delegación de emisarios de la verdad para educar en los caminos del espíritu a sus hijos titubeantes.
› El líder y dirigente de esta comitiva era Lucero, un espíritu brillante y prometedor, que con el paso de los años se descarrió y se deformó hasta convertirse en el pérfido Lucifer.[2]
Los discípulos besaron sus filacterias al escuchar atemorizados la ligereza con la que su maestro pronunciaba ese nombre. El príncipe de los demonios, Luzbel o Lucifer, el Apóstata, era el más temido de los seres maléficos que poblaban la abigarrada mente del pueblo hebreo de aquellos tiempos. Se decía que aguardaba a la noche, en los lugares solitarios, al acecho de los incautos, presto a invadir la mente de los descuidados para poseerles y obligarles a cometer todo tipo de desatinos hasta llevarles a la muerte. Quien más, quien menos, todo judío tenía por verdaderas estas historias y portaba escondidos en cajitas trozos de escrituras de la Torá. No había defensa más eficaz contra los diablos que el escudo de un buen pasaje de la ley, pensaban.
—El terrible pecado de Lucero no fue otro que la impaciencia. Él estaba dispuesto a lo que fuera con tal de acelerar los planes del Padre. No soportaba tener que ajustarse a un plan sabio y metódico, y en ocasiones lento. Deseaba resultados y le frustraba no conseguirlos de inmediato. Así pues, en su deformación de la realidad, empezó a poner en tela de juicio la bondad del plan divino, y cuando esto no ofreció resultados, llegó a dudar incluso de la propia existencia de Dios. Entonces forjó un malévolo plan por el que quiso igualarse a Dios mismo.
› Muchos de los seres celestiales, ángeles y otras potestades, que habían descendido a la Tierra con Lucifer, decidieron formar coalición con él y se rebelaron de consuno.
› Esta situación resultó tan desastrosa para la humanidad en ciernes, que el Padre tuvo que aislar este mundo para que el mal no se propagara de forma descontrolada.
› Al hacer esto, por desgracia, la humanidad quedó acompañada, desde entonces hasta ahora, de numerosas criaturas extrañas que a veces se inmiscuyen negativamente en los asuntos de los hombres.
› Éste es el origen de los espíritus impuros.
—Pero, maestro, —se lanzó Pedro tras el último silencio de Jesús— no solo se entrometen de ese modo en los asuntos humanos, sino que también se apoderan del cuerpo de los pecadores, y les obligan a vagar desnudos, a proferir blasfemias y a lastimarse con las rocas.
—No es raro que hagas esas afirmaciones, Pedro, cuando por tanto tiempo mis hijos descarriados han vagado por este mundo creando tanta confusión. Pero dejadme que os diga que ningún «diablo» puede influir en la mente de un hombre contra su libre voluntad. Todas las fuerzas y potestades espirituales son impotentes contra el seguro escudo del libre albedrío. Todos los seres creados por mi Padre, incluso los más poderosos, se niegan a obligar al hombre a que piense un solo pensamiento o cometa una sola acción contraria al libre albedrío del hombre.
—Pero, Maestro, entonces ¿quién atormenta de modo tan cruel a los poseídos y a los lunáticos? Ellos muestran los síntomas claros de una posesión diabólica.
—Amigos míos, cuando a partir de ahora ministréis a alguno de estos hijos míos sufrientes, sería mejor que abandonarais la idea de que sus manifestaciones provienen del perverso. En la mayor parte de las ocasiones, cuando vosotros creéis que el afectado es un poseso, en realidad es tan sólo víctima de una enfermedad. Sólo en algunos casos extraños e infrecuentes un espíritu impuro puede afectar la salud de un ser humano. Pero nunca podrá inducirle o forzarle a realizar un mal. Sólo si el hombre lo desea y se deja influir por la malévola presencia de un espíritu descarriado cometerá un pecado contra Dios. No hay excusa contra el pecado. Éste siempre es un acto deliberado del hombre. No es cierto que en ocasiones el ser humano se vea forzado a él por instigación del diablo. Al que vosotros llamáis diablo en realidad se le han atribuido muchos males menores que no son obra suya, y sin embargo se ha olvidado culparle de su mayor iniquidad.
› Así pues, de aquí en adelante, cuando os enfrentéis a un caso de supuesta posesión, no marginéis a ese pobre hombre o mujer, no lo apartéis de la comunidad ni lo excluyáis del reino. Tampoco os mostréis temerosos, pues no existe poder en la Tierra que pueda hacer frente al poder de vuestra voluntad, que es el mayor regalo que os ha otorgado mi Padre. Cuando os encontréis con un caso así, obrad el bien y aliviad el sufrimiento de estos hermanos vuestros. Y si aún así no podéis hacer nada por ellos, entonces dejadme a mí, porque yo he venido al mundo para acabar por fin con estos hechos rebeldes de mis hijos descarriados.
Los diez apóstoles durmieron esa noche en el modesto chamizo de los Alfeo, presos de la confusión e intrigados por las nuevas enseñanzas secretas de Jesús. El Maestro les había advertido que de ahí en adelante les dejaría numerosas enseñanzas privadas sólo para sus oídos, que no deberían compartir con nadie durante sus predicaciones públicas. «Es suficiente que esta generación reciba la verdad que está capacitada para admitir. Tiempos mejores vendrán para nuevas y mayores ministraciones de la verdad», les dijo el Rabí. Pero ninguno consiguió entender a qué se refería su maestro con aquello.
A pesar del mensaje certero de Jesús sobre los espíritus impuros y los diablos, los apóstoles nunca se liberaron completamente de las creencias tradicionales judías. Por mucho tiempo siguieron considerando los actos malvados como una posesión diabólica. Resultaba fácil para estos rudos galileos amar y respetar a un maestro tan original, pero les resultaba muy complicado abandonar sus arraigadas ideas por mucho que Jesús afirmara lo contrario.
Los nefilim, para los judíos, era una raza mencionada en el Génesis y el libro de Enoc (y traducida por «gigantes»), que surgió de la hibridación entre ángeles y seres humanos. Se los imaginaba como seres muy altos. Se pensaba que Goliat y otros cananeos pudieron estar entre ellos, y que con el diluvio Dios tuvo el propósito de eliminar a todos los que pudiera de la faz de la Tierra. ↩︎
Esta verdadera historia del «diablo», que resume aquí Jesús a los apóstoles, está sacada de El Libro de Urantia, doc. 53. Jesús ofreció este día a sus apóstoles dos enseñanzas, una sobre las festividades religiosas de su tiempo, y otra sobre los «diablos». Véase El Libro de Urantia, doc. 138:4. ↩︎