© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Esa noche Jesús y los discípulos durmieron en casa de Tomás por invitación de éste.
Al día siguiente, los más madrugadores de los doce descubrieron que faltaba Jesús. Tomás y su mujer, los primeros en despertar, no le habían visto. Pero Santiago y Juan Zebedeo, ya acostumbrados a estas desapariciones súbitas de su amigo, tranquilizaron a todos explicándoles que era normal y que el Rabí tenía la costumbre de retirarse a solas para orar.
En realidad Jesús había pasado media noche en vela. Asuntos candentes relacionados con la administración de su universo reclamaban su atención. Los apóstoles nunca llegaron a saberlo, pero su maestro en realidad era la encarnación de un gobernante celestial y excelso con más de tres millones de planetas habitados como la Tierra a su cargo. ¡Tres millones! Esto sí que representaba toda una dedicación.
Jesús solía aprovechar la oscuridad de la noche, se enfundaba el manto y salía fuera de la ciudad en busca de alguna colina cercana. En medio de un lugar desértico usaba sus poderes celestiales, y en calidad de Salvin, el Hijo Creador, establecía contacto con sus superiores celestiales, especialmente con su Padre del Paraíso. Estas comunicaciones podían durar horas y horas, y en ellas, utilizando una técnica desconocida por los humanos y que en los cielos llaman «reflectividad», era capaz de proyectar su pensamiento por el espacio y hablar con seres distantes como si estuviera realmente presente delante de ellos, en el otro confín del universo.[1]
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A media mañana Jesús regresó por fin, para alivio de los impacientes apóstoles. Pero su alegría se tornó pronto en decepción cuando el Maestro les dio instrucciones para que ese día lo pasaran juntos a solas.
—Desearía que hoy descansarais y tuvierais tiempo para conoceros unos a otros. Nos veremos durante la cena —les dijo mientras volvía a irse sin darles tiempo a reaccionar.
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Así pues, los doce se quedaron solos durante el resto del día. Puesto que muchos de ellos eran pescadores, decidieron pasar la mañana echando un vistazo por el muelle y la lonja de la aldea, donde solían reunirse los hombres y tenían lugar las transacciones de negocios, y donde Tomás tenía su pequeña garita como administrador del puerto.
Los apóstoles formaban finalmente un grupo variopinto de doce miembros. Los recelos y suspicacias que la elección de los nuevos seis componentes había generado entre los seis primeros seguía patente.
Cinco de los apóstoles, los hermanos Jonás, los Zebedeo, y Felipe, eran viejos conocidos, y junto a Natanael, que era íntimo de Felipe y un gran camarada, habían logrado formar una piña unida durante esos últimos meses.
Fue ciertamente difícil para Andrés, Pedro, Santiago, Juan, Felipe y Natanael aceptar como iguales a los otros seis, a pesar de haber propuesto ellos mismos su candidatura ante Jesús.
Conocían bien a Mateo, que también vivía en el vecindario de Cafarnaúm. Pero Mateo era lo que se llamaba un publicano, y tenía costumbres judías demasiado relajadas. No daba la sensación de que fuera un buen fichaje para el nuevo reino.[2] Los gemelos Alfeo parecían gente inculta, poco preparada para la tarea de predicar en público. Tomás no parecía muy confiable, y daba la impresión de ser un espía con la única intención de desenmascarar a Jesús como «falso Mesías». En cuanto a Judas de Queriot, había sido discípulo de Juan. Andrés, su hermano, y los Zebedeo ya habían tenido ocasión de conocerle un poco durante su permanencia en el grupo del Bautista. Era un tanto engreído y tampoco les suscitaba muchas confianzas. El único que fue bien aceptado desde el primer momento fue el campechano y fogoso Simón, que compartía mucho del temperamento de Pedro.
Durante ese día charlaron largo y tendido sobre las enseñanzas avanzadas de Jesús. Los últimos seis todavía no estaban familiarizados con su mensaje. Todo lo que habían oído provenía de sus propios mentores y estaban deseosos de averiguar si lo que les habían contado comprendía la auténtica y fiel catequesis del Maestro.
Pero por lo que podían escuchar no había una clara unanimidad entre los seis principales apóstoles sobre la interpretación de las palabras del Rabí. Andrés tendía a ver siempre un sentido oculto. Decía que había que esforzarse en descubrir el significado no visible de las palabras, como la Kábalah[3]. Pedro todo lo entendía desde un punto de vista mesiánico. Para él, estaba seguro de que Jesús era la realidad de las esperanzas judías. Sólo era cuestión de tiempo que Jesús se decidiera a manifestar públicamente todo su poder, decía Simón. Juan era el pensador profundo, y algo soñador, del grupo. Él y su hermano tenían una mente preclara para discernir el mensaje espiritual de Jesús. Pero también cometían el desacierto de ver a su ídolo como el futuro rey del mundo, y a ellos como sus lugartenientes. Felipe tenía más dudas que respuestas, y Natanael estaba admirado con Jesús como para preocuparse por su predicación. Realmente sabían reproducir las palabras de Jesús, pero no entendían nada.
Ninguno de ellos lograba captar todavía la nueva dimensión religiosa que Jesús estaba desplegando ante ellos. No percibían que lo que él les ofrecía era un nuevo evangelio de salvación, todo un nuevo concepto sobre el modo de encontrar a Dios; no se daban cuenta de que Jesús era, él mismo como persona, esa nueva revelación del Padre Celestial.
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Después de pasar un día muy interesante, los doce regresaron al hogar de Tomás con ardientes deseos de reencontrarse con el Maestro y acribillarlo a preguntas.
Pero tuvieron que poner a prueba su paciencia y esperar hasta la hora de la cena. Algunos vecinos de Tariquea, que tenían interés en conocer al nuevo rabí, como Jebud el amigo de Zebedeo, volvieron este día a pasar por la casa de Tomás, esta vez sin suerte de encontrar a Jesús.
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Finalmente, justo antes de la hora de la cena, apareció el hombre más buscado.
Jesús se mostró de un humor envidiable y con un apetito voraz. Dejó a los apóstoles hablar y contarle sus anécdotas del día mientras él daba buena cuenta del estofado.
Después de la copiosa comida el tema de conversación fue derivando hacia asuntos más serios. Finalmente, rogando atención, el Rabí declaró que deseaba seguir impartiéndoles más enseñanzas privadas, esta vez acerca de los ángeles. Entre otras muchas cosas, el Maestro les reveló lo siguiente:
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—Sobre los ángeles se ha dicho mucho que no es exacto, y se han escrito muchos libros que no concuerdan con la verdad. Dejad que os aclare e ilustre algunas de estas ideas.
› Los ángeles son seres reales tanto como lo son los seres humanos. Pero desde que se reveló su existencia allá en el pasado distante hasta ahora, muchas de las acciones de los seres celestiales han sido atribuidas y englobadas bajo la obra de los ángeles, cuando en realidad existen muchas órdenes de personalidades espirituales. Así lo han entendido algunos sabios antiguos cuando dejaron consignado «que en el cielo hay ángeles, principados y potestades».[4]
—Maestro, pero, si los ángeles son seres como los hombres, ¿por qué no podemos verles? ¿Por qué se ocultan de nosotros? —preguntó Pedro.
—Los ángeles no tienen cuerpos materiales como los vuestros. Existen en los cielos otras substancias que ahora no conocéis, y que resultan invisibles para los mortales. Pero bajo ciertas condiciones especiales y extraordinarias pueden hacerse visibles. Si normalmente no lo hacen no es porque deseen esconderse de vosotros. No es cierto lo que se dice de ellos, que se encargan de anotar todas las faltas y pecados del hombre con la finalidad de acusaros luego en el juicio de Dios. En realidad, ellos estarían encantados de que les pudierais ver, y si les conocierais, sentiríais un afecto mutuo inmediato, porque su único interés es vuestro bienestar espiritual. Si no podéis verles, más bien, se debe a vuestras limitaciones intrínsecas. Sólo si fuerais seres más espirituales vuestra vista estaría preparada para admitir su luz espiritual, y podríais observarles.
—¿Por qué se habla de diferentes tipos de ángeles —continuó Pedro—, como los serafines, los querubines, los ofanim[5], las estrellas y tantos otros? ¿Qué los diferencia?
—Algunos de estos nombres sólo responden a la imaginación de los escribas. Otros son sólo una mala interpretación de quienes han sido honrados con su visión. Pero la verdad es que existen diferentes grupos de ángeles, que muy bien definió el vidente como estrellas, arcángeles, serafines, querubines y otras denominaciones. Ahora bien, las historias acerca de su propósito en la creación son bastante menos confiables. Se os ha enseñado que ellos son los acusadores del hombre y los guardianes de los lugares secretos celestiales. Pero yo os digo que la creación de mi Padre reserva tareas mucho más excelsas y sabias que esas para los cuerpos angélicos. Podría deciros que las estrellas son la orden más elevada, y su tarea es la de acompañar a los altos potentados celestiales en sus misiones reveladoras. Cuando alguna vez se habló de ellos en el pasado se les llamó «el ángel del Señor», pero sabed que no es uno solo, sino muchos. Los arcángeles, por su parte, están plenamente ocupados en ayudar a los hombres a progresar en los caminos del espíritu.
—A este grupo pertenecen los conocidos Gabriel, Miguel, Rafael y Fanuel —comentó Pedro.
El Maestro sonrió ampliamente como nunca le habían visto hacerlo, y miró pensativo el suelo por unos segundos, con una extraña sonrisa de complicidad. Y le dijo Jesús:
—Esos nombres no han sido bien utilizados, pero algún día conoceréis la verdad sobre ellos.
—¿Y qué hay de los serafines y querubines? ¿Cuál es su cometido? —inquirió Juan.
—Ellos son vuestra contraparte espiritual. Mirad, vosotros nacéis como infantes desamparados del reino, y por medio de la experiencia humana crecéis en estatura ante los hombres y ante Dios. Pero ellos nacen plenamente desarrollados y conscientes de sí mismos. Sin embargo, también requieren de la experiencia para progresar en los caminos del Padre. Por tanto, sólo os diferencia el momento y lugar de vuestra iniciación a la vida, pero en cuanto a la meta de vuestra existencia ambos compartís el mismo destino glorioso. Ellos, que han nacido más cerca de Dios que vosotros, encuentran gran placer y satisfacción ayudándoos a ascender en la senda de la perfección.
—Entonces, maestro, ¿quién se encarga de llevar la cuenta de las transgresiones de los pecadores? ¿Cómo emite su juicio el Señor? —Santiago no se sentía satisfecho con esta visión bucólica de las huestes celestiales.
—¿Por qué queréis ver a mi Padre como un juez pendenciero que sólo está preocupado por ajustar cuentas con sus hijos descarriados? Ya os he dicho muchas veces que se equivocan quienes le ven así. En realidad él es como un padre de una gran familia, amante y comprensivo, lento para la cólera, paciente y cariñoso.
Santiago volvió a la carga:
—Pero, ¿es que el Señor no hace nada por castigar al malvado?
—Santiago, respondió Jesús de inmediato, ¿acaso tú castigas eternamente a tus hijos cuando cometen una imprudencia?
—Bueno, no, pero sí les propino una buena bofetada.
Todos rieron de buena gana. Pero Jesús no dejó pasar por alto el comentario para impartir una enseñanza mayor:
—Pues no lo hagas, Santiago, porque quienes golpean a un niño pequeño en realidad son víctimas de su propia impaciencia y frustración. Haces así porque aún no te has dado cuenta de que la palabra sabia y la mano suave son más efectivas con la imprudencia que la severidad y la rudeza.
› Los serafines, como maestros vuestros, demuestran una paciencia sin límites. Ellos, que disponen de un poder que os sorprendería, nunca lo utilizan para forzaros a comprender la verdad. Del mismo modo deberíais hacer vosotros con vuestros hijos y hermanos de la carne, siendo pacientes y dejando a cada cual progresar al ritmo de sus capacidades humanas.
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Muchas más cosas reveló Jesús a los doce sobre los serafines esa noche, aconsejándoles que mantuvieran estas enseñanzas en privado. Pero ellos no entendían porqué su maestro mostraba tanta reserva con semejantes descubrimientos. ¿Por qué ocultar aquello del pueblo? ¡Causaría sensación entre la gente sencilla y la envidia de los escribas!
Jesús trató de explicarles los motivos sabios que se escondían en una revelación progresiva de la verdad, pero en vista de que no lograba que le comprendieran, respondió a sus preguntas diciéndoles:
—La religión es la más rígida e indestructible de las organizaciones humanas. Siempre se origina a partir de una férrea semilla: o bien evoluciona lentamente sobre la base de costumbres establecidas, o bien es revelada repentinamente. Pero no se pueden inventar nuevas religiones de la noche a la mañana. Todas las nuevas religiones evolucionarias son meramente expresiones avanzadas de viejas creencias establecidas. Lo viejo no cesa de existir, y en todo caso se funde con lo nuevo. La religión evolucionaria se aferra a las costumbres; lo que fue es antiguo y supuestamente sagrado. ¿No os habéis percatado de que cuando se escribió en boca de Dios: «Si me haces un altar de piedra, no lo labres de cantería, porque al labrar la piedra con tus herramientas lo profanarás», el escriba menospreciaba los inventos más modernos del metal? ¿O por qué cuando se instituye el alimento sagrado Dios elige, no un alimento nuevo y manufacturado, sino la más primitiva de las vituallas: «Carne asada al fuego y panes sin levadura, con yerbas amargas»? ¿Acaso no os dais cuenta? Todo es un intento extremo de conservar a toda costa las viejas formas y maneras.
—Habrá muchas prácticas idólatras que querrás eliminar de la religión de nuestros padres —sugirió Andrés.
—Puede que ahora que estáis empezando a vislumbrar la nueva luz del último evangelio del reino, os sorprenda la presencia de tantas costumbres que os parezcan obscenas y pervertidas en las escrituras. Sin embargo, debéis ser más cautos y ecuánimes en el juicio a vuestros mayores y antepasados. Aquellas generaciones tenían miedo de eliminar lo que sus predecesores consideraron santo y sagrado. No resulta sencillo eliminar los credos más antiguos. ¿Cómo se puede estar seguro de que al hacerlo no nos mueve el afán renovador y destructivo, y no perdemos por el camino las grandes verdades del reino que ya habían sido con gran esfuerzo conquistadas?
› En vuestro empeño por mejorar las religiones actuales, no cometáis la imprudencia tonta de una aceleración demasiado repentina del crecimiento religioso. Una raza o nación tan sólo puede asimilar de una religión avanzada lo que sea razonablemente adaptable y compatible con su estado presente de progreso. Las razas de los hombres tan sólo aceptan superficialmente una religión extraña y nueva. En realidad, al final la adaptan a sus costumbres y a sus viejas maneras de creer.
Sobre el fenómeno de la reflectividad, leáse El Libro de Urantia doc. 9:7. ↩︎
En el grupo de los doce apóstoles, los segundos protagonistas después de Jesús, cada uno tenía su propia forma de ser, única y personal. Resulta más obvio porqué Judas Iscariote no se integró en el grupo y finalmente se convirtió en traidor, pues era el único proveniente de Judea. También podemos advertir los prejuicios iniciales contra Mateo por ser recaudador de impuestos. Estas tensiones entre los discípulos rara vez aparecen en los escritos bíblicos pero es fácil imaginar que sí ocurrieron. ↩︎
La kábalah eran doctrinas teológicas judías que se empezaron a compilar al margen de las escrituras. Aunque tuvieron un gran auge en la época medieval, sus orígenes vienen de antiguo, antes de la época de Jesús. ↩︎
Los ángeles, serafines, querubines, ofanim, estrellas, principados y potestades eran denominaciones corrientes en la época de Jesús para los seres celestiales. Que estas denominaciones y otras formaban parte corriente del pensamiento judío de la época de Jesús lo demuestra el hecho de que las potestades, por ejemplo, son mencionadas por Pablo de Tarso en sus cartas (Ef 1:21; Col 1:16), y también los principados (Ef 3:10). La angeología hebrea era muy rica y variada, y se había ampliado con el contacto con otras religiones como la persa. Lo que Jesús corrige de estas creencias no es la existencia de los ángeles, idea que Jesús acepta sin dudar, sino las explicaciones que los escribas de su tiempo daban sobre el propósito y destino de estos seres. Las ideas que aquí se ponen en boca de Jesús están basadas en los documentos 38 y 39 de El Libro de Urantia. ↩︎
Los ofanim era una de las órdenes de ángeles que aparecen en la literatura hebrea, como en el Libro de Henoc (1 Enoc 61:10; 1 Enoc 71:7), o en Ezequiel (Ez 1:15-21), donde se corresponde con el término hebreo que designa a las «ruedas» de la visión del profeta. ↩︎