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Jueves, 11 de julio de 26 (8 de ab de 3786)
Al día siguiente, jueves, Jesús y los doce viajaron en la barca de Pedro hacia Cafarnaúm. La familia de Tomás fue a despedirles al atracadero, deseándoles buena suerte. La mujer de Tomás, en cierto modo, se sintió feliz de perder a su arisco marido durante una temporada. Aquellos últimos meses Tomás se había sumido en un creciente sentimiento negativo hacia la vida, lo cual empeoraba su carácter y dificultaba la convivencia con él. Sin duda que esta experiencia con Jesús iba a suponer un beneficioso cambio de aires para el discípulo.
Desembarcaron junto al astillero de Zebedeo, y después de anclar la barca, se dirigieron a la casa del armador. Firme comprometido con la misión del Maestro, Zebedeo, con gran gentileza por su parte, había cedido su casa a su hijo pequeño Juan y él, su mujer y las hijas se habían mudado a la casa que su hijo David tenía en las proximidades. De este modo los ahora numerosos apóstoles de Jesús tendrían un alojamiento suficientemente espacioso como para albergarlos a todos. Zebedeo, que con el tiempo se había convertido en un creyente devoto de las enseñanzas de su querido huésped, creía hacer así una buena aportación a la causa de la misión de Jesús. El dueño de los astilleros estaba convencido de que el Rabí se convertiría en breve en un afamado maestro religioso que rivalizaría con los más reconocidos rabinos y profetas del pueblo judío.
Después de instalarse en la espaciosa casa, Jesús les dejó el día libre para estar con sus familias.
La mujer y la suegra de Pedro permanecían como sirvientas en la casa para atender ahora a las necesidades de Jesús y sus seguidores. De este modo, la casa de los Zebedeo se convirtió, en cierto modo, en la segunda casa de Andrés y Pedro. Normalmente la mujer de Pedro y sus hijos vivían en su casa, que estaba cerca, pero durante algunas temporadas toda la familia pernoctaba en casa de los Zebedeo para más comodidad.
Juan y Santiago fueron a ver a sus padres, su hermano y sus hermanas, acompañados de Jesús. La hermana pequeña del Maestro, Ruth, trabajaba ahora como asistenta en la casa de David, y se alegró muchísimo de volver a ver a su idolatrado hermano. Todos esperaban ansiosos las novedades sobre el progreso de su misión. Los dos hermanos, ante la mirada de satisfacción de Jesús, relataron con gran orgullo la exitosa selección de cuatro apóstoles más hasta completar el número de doce. Esta cifra, que para el Maestro sólo representaba una cantidad como otra cualquiera, tenía notables connotaciones espirituales para los judíos, pues doce fueron las tribus originales que llegaron a la tierra prometida, según las escrituras. Los íntimos del Rabí no dejaban de preguntarse en su fuero interno si Jesús estaba anticipando con este número su intención de restablecer las doce divisiones principales del pueblo judío en el nuevo reino que él iba a establecer. Pero Zebedeo, por más que observaba a su querido hijo y camarada, no sentía que aquellas impresiones fueran acertadas con Jesús. Él sabía que su misión no iba a ir por ese camino.
Después de saludar por unos minutos a la familia del armador, el Maestro se acercó a la casa de su madre, al tiempo que Santiago Zebedeo visitaba a los suyos.
Jesús encontró a su madre muy abatida y distante, atendida por una servicial nuera que por más que se desvivía con ella no conseguía arrancar una sola sonrisa de los labios de María. La mujer se sentía sola y abandonada, viuda, con los hijos lejos de ella, y sobre todo con el gran sueño de ver a su hijo mayor convertido en el Mesías prometido hecho añicos.
Santiago estaba en el astillero, y de Judas no había noticias desde la última vez que Jesús le vio.
El Maestro, contemplando el estado de depresión de su madre, se sintió conmovido, y permaneció en la casa todo el día. Para animar a las mujeres las invitó a que le dejaran cocinar a él. En medio de sus habituales chistes y bromas, Jesús les preparó un suculento guiso, antigua receta que aprendió en su viaje al mar Caspio.
Aunque María se rehízo un poco, aquel almuerzo no consiguió recuperar el optimismo característico de la matriarca.
A sabiendas de que Santiago, su hermano, parecía estar esquivándole, y no queriendo forzar el ánimo de la familia, Jesús regresó después de la comida con los discípulos.
Todos habían vuelto por la tarde, incluido Felipe, que había marchado por unas horas a Betsaida para ver a su mujer, lo mismo que Mateo y Simón para ver a sus familias en Cafarnaúm. Esperaban impacientes las nuevas enseñanzas personales de Jesús, y no se vieron defraudados.
Cuando todos estuvieron instalados en torno a una cálida cena, Jesús inició su plática vespertina:
—Es creencia no muy generalizada en nuestro pueblo la idea de que una réplica fantasmal del individuo baja al sheol[1] después de la muerte, y ya nunca puede retornar a la Tierra, excepto en la vida futura, cuando el Mesías establezca el reino celestial en la Tierra.[2]
› Pero estas ideas están fundamentadas en una visión un tanto negativa de la vida. Mi Padre del Cielo tiene preparado un plan de crecimiento espiritual para el hombre mucho más comprensivo y amante que lo que los videntes y los maestros os han enseñado hasta ahora.
› En el universo de mi Padre existen muchas moradas, lugares de los que yo ahora sólo puedo hablaros con palabras, pero que algún día conoceréis en persona y os asombrarán por su grandeza y grado de perfección. Estos lugares están muy distantes de nosotros, allí arriba en los cielos, ocultos de vuestra vista mortal, en medio de todo ese inmenso espacio que hay entre las estrellas.
› Cuando morís, no penséis que continuáis vuestra existencia en la Tierra. El tabernáculo de la carne os ha servido bien durante un tiempo, pero al completarse vuestros años, abandonáis esta vasija material, que con el tiempo sólo acaba siendo polvo. Ni siquiera la sangre perdura, pues también se disuelve y se pierde.
› ¿Dónde vais a morar, pues? El Padre, en su sabiduría, ha previsto diferentes modos de escapar a la muerte física, permitiendo que continuéis vuestra vida en otras moradas justo donde la dejasteis aquí.
› Desde el momento en que os sorprende la muerte hasta que despertáis en estos mundos de luz es como si no hubiera pasado el tiempo, como si hubierais dormido un profundo y reparador sueño. Pensad en este viaje a los lugares celestiales como cuando viajáis en barca de Betsaida a Tariquea y el rumor de las olas os duerme, de modo que cuando despertáis os parece que no hubiera transcurrido el tiempo.
› Al despertar, os encontráis en los salones de la resurrección del primer cielo, donde aprenderéis a hablar la lengua de los ángeles y volveréis a reencontraros con vuestros seres queridos que os precedieron.
› Pero aún cuando llevéis un tiempo en este cielo progresando en hacer la voluntad de mi Padre, todavía no habrá acabado vuestro destino mortal, porque existen más cielos en el universo de mi Padre, hasta siete cielos y más aún. Y los visitaréis uno a uno en compañía de los ángeles, aprendiendo más y más sobre los caminos del reino en todos ellos.
Los apóstoles habían escuchado en silencio y con interés inusitado estas rotundas declaraciones de Jesús. La muerte, un espinoso asunto en la vida de todo hombre y mujer, no era vista sino con temor e incertidumbre. Pero el Maestro parecía hablar de ella como algo triunfal y gozoso. Al primer silencio largo en el discurso de Jesús surgieron las preguntas:
—¿Por qué dices que nuestros ojos no son capaces de ver esas moradas divinas? —inquirió el escéptico Tomás—. Es muy fácil pretender creer en cosas que no se pueden ver.
Todos los discípulos se resintieron un poco con el sarcasmo que mostraba Tomás, y más de uno lanzó al tariqueo una mirada furtiva. Pero Jesús no varió su gesto cuando respondió con una enigmática declaración a su incrédulo amigo:
—Tienen en los cielos un material diferente, del que están hechas las cosas del nuevo reino. Esta sustancia es más fuerte y mejor que los mejores materiales de este mundo, pero no es accesible a los ojos mortales. Sólo cuando vuestra vista esté adaptada para captar mejor las cosas espirituales, entonces veréis las realidades del espíritu como me veis a mí ahora. Pero yo te aseguro, Tomás, que no pasará esta vida sin que yo mismo te muestre cómo es este material. Todos lo veréis.
Se quedaron impresionados con la promesa que acababa de hacer Jesús, Tomás el primero. Pero el Maestro no quería que la curiosidad de sus amigos decayera, y les animó a formular más interrogantes.
—¿Pero quiénes resucitan en el Cielo? ¿Quiénes tendrán ese privilegio? —saltó ahora Pedro.
La respuesta fue como un relámpago, como si esperase la pregunta:
—Todos los hijos de Dios sin distinción, hombres, mujeres y niños.
Aquello dejó descolocados a los discípulos. ¡Qué?
—Supongo que quieres decir a los hijos de Israel y los temerosos de Dios —aventuró Pedro, tratando de enmendar a su maestro.
Jesús volvió a la carga con un tema que sabía que iba a tener difícil:
—No, hijos míos, no me refiero sólo a mis ovejas de Israel, sino a toda la faz de la Tierra. Todos ellos son la creación de mi Padre y él no desea que ni uno solo se pierda.
—Pero, maestro, esos pueblos gentiles no conocen al Santo, bendito sea, van en pos de dioses falsos y viven a espaldas de la ley del Señor. ¿Cómo puede el Padre admitirles en su reino como si fueran iguales a los hijos fieles de la casa de Israel?
—¿Tan descabellado os parece que mi Padre sienta compasión y ofrezca misericordia para esas almas descarriadas? El Padre hallará el modo de atraer hacia sí a esos hijos que ahora aparentemente le vuelven la espalda. Vosotros deberíais ya aprender esta lección sobre el amor de mi Padre. Él no hace acepción de personas, para él todos somos sus hijos e hijas y nos ama con un amor incondicional y eterno. Si él tiene a bien obrar de este modo, ¿por qué no hacéis vosotros lo mismo?
—Pero, maestro, entonces, ¿qué mérito tiene obrar según la ley y buscar la justicia si el mundo entero será aceptado en el Paraíso? ¿Es que el Señor no habrá de favorecer a su pueblo que tan fielmente ha permanecido bajo sus mandatos?
Jesús llenaba con su mirada profunda la atención de sus amigos, pero por mucho que intentaba hacerse explicar, no lograba su comprensión:
—¿Debo entender, Pedro, que tú sólo obras con justicia por la recompensa que esperas obtener a cambio? Pues borra esas ideas de tu mente. La mayor gloria de un hijo de Dios está en hacer su voluntad, no en premios y honores. La suprema satisfacción del creyente que se conduce por la senda de la Verdad es el disfrute del camino, la seguridad de estar unido al Padre. Quienes así se conducen por la vida, sin saberlo, están recibiendo un mayor alimento divino que con certeza les permitirá continuar hacia la eternidad de la vida. Pero no todos los hombres son iguales, Pedro: unos nacen, otros se hacen y otros finalmente recapacitan en el último momento. Todos, sin embargo, tienen sobradas oportunidades para regresar al abrazo de su querido Padre que les espera ansioso en la mansión familiar.
¡Cuántas veces repitió esos días las mismas ideas a sus pertinaces discípulos! Jesús no cejaba en su empeño de alimentar la mente de sus amigos con la idea de que el Padre era el ser más extraordinario, más comprensivo, más cariñoso y más amante que existe en el universo. Pero ninguna de estas calificaciones concordaba con la visión que durante siglos la tradición y las costumbres judías habían enseñado. Una larga y complicada tarea se extendía ante él.
Sheol o seol era el vocablo hebreo que erróneamente se confunde con la idea cristiana del «infierno», cuando no es lo mismo. Al Seol van todos los muertos, tanto justos como pecadores. Está situado bajo la tierra, y allí no sufren castigo ni premio, pues están inconscientes. Simplemente es un lugar de reposo o de espera. El cristianismo no tiene un equivalente para esta idea. Véase Wikipedia. ↩︎
La visión que ofrece Jesús aquí acerca del cielo está inspirada en el documento 47 de El Libro de Urantia. Sobre los materiales que tienen en el cielo, la idea está recogida en el documento 48. ↩︎