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Sábado, 13 de julio de 26 (10 de ab de 3786)
Al día siguiente era shabbat. Así lo anunció el toque de sofar, el cuerno que se hacía sonar en las festividades, durante el crepúsculo y durante toda la mañana. Avisaba de que había que acudir a la sinagoga. El Maestro no había enviado ningún mensaje a Jairo pidiendo dirigir las lecturas. Muy pocos en la aldea sabían que Jesús había vuelto a la ciudad, puesto que la casa de Zebedeo distaba casi un kilómetro del extremo sur de Cafarnaúm y estaba más cerca de los astilleros que del puerto. Esta amplia hacienda era el lugar perfecto para pasar desapercibido con los discípulos.
Los ancianos de la comunidad se quedaron sorprendidos de la presencia del polémico nazareno entre los asistentes a la bet kneset. Los rumores que habían circulado es que se había marchado definitivamente de la ciudad, pero pronto se dieron cuenta de que eso no era así.
Los cuchicheos, los comadreos y las miradas curiosas llenaron la espaciosa sala. Los dos hermanos de Jesús se mantenían distantes y con el semblante serio. María, su nuera y Ruth escuchaban los comentarios fingiendo una aparente indiferencia. Pero el poblado cafarnaíta se componía cada vez más de una oposición crítica y reacia al nuevo Rabí. Aquello era algo difícil de soportar para los familiares y amigos de Jesús, y aquello estaba empezando a minar incluso su confianza en él.
El espía de Antipas, que había perdido el rastro del «profeta» varios días atrás y ya estaba empezando a pensar en volver a Maqueronte, se alegró sobremanera de ver al motivo de sus pesquisas de nuevo en la ciudad.
Sin embargo, los oficios religiosos se desarrollaron con pasmosa normalidad. Uno de los fariseos, un escriba de Cafarnaúm, se hizo cargo de la lectura y de la traducción, el targum, y luego se extendió con una larga exposición sobre las virtudes de la pureza que aletargó la mañana en un soporífero aburrimiento. Los doce apóstoles escucharon de lejos a este orador y un fuego abrasador ardía dentro de ellos. ¡Qué lejos estaban las palabras y los postulados de su maestro de aquellas interpretaciones muertas y vacías de los soferim, los escribas! ¡Cómo les hubiera gustado abalanzarse sobre el estrado y dar rienda suelta a su nuevo mensaje! Pero luego veían el gesto sereno y relajado de Jesús y se sumían en la duda y la vacilación. ¿Cuándo iba el Rabí a comenzar su prodigiosa obra?
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Volvieron a casa de Zebedeo, y los doce no tuvieron que esperar mucho para recibir una respuesta definitiva sobre los planes de su ministerio. Esa tarde Jesús les desveló plenamente sus intenciones.
—A partir de mañana daremos comienzo a nuestra obra. Trabajaremos como predicadores ambulantes. Llevaremos pocas cosas con nosotros y visitaremos de forma ordenada todos los pueblos y comarcas. Empezaremos por el distrito de Galilea, luego seguiremos en Perea, en Judea y en Samaria. Nuestro mensaje irá dirigido inicialmente a los hijos de la casa de Israel, pero con el tiempo no limitaremos el ámbito de acción a nuestro linaje sino que predicaremos a todos los pueblos, aunque sean gentiles. Del mismo modo, ministraremos no sólo a hombres adultos sino también a las mujeres y a los niños.
Los seis apóstoles más antiguos ya estaban acostumbrados a estas chocantes recomendaciones de su rabí. Pero los seis nuevos se quedaran pasmados con estas intenciones. La Torah, según los rabinos tradicionales, no debía enseñarse por ningún motivo a las mujeres. No se las consideraba suficientemente capacitadas en inteligencia para comprender la ley. Y los niños, ¿qué sentido tenía dirigirse a ellos si no iban a comprender nada? Pero nadie interrumpió y el Maestro continuó con sus consejos:
—Realizaremos este trabajo sin compensación alguna, y no exigiremos ningún salario ni pago. Si la gente de buen corazón nos acoge en sus casas, no despreciaremos, sin embargo, su hospitalidad. Pero si no nos acogen, no nos mostraremos irritados ni descorteses por ello. Os marcharéis sin provocar altercados. Deberéis mostrar tacto y ser suaves en el trato con vuestros semejantes, porque habréis de ver una gran oposición al progreso de nuestra obra. El mundo aún no está bien preparado y tropezará con mis palabras.
› Puesto que no cobraremos por este trabajo deberéis buscar un medio de ganaros el sustento que os permita ausentaros por ciertos períodos de tiempo. No trabajaremos mientras el dinero que ahorremos no sea suficiente para mantenernos por sí solo.
› Tampoco desatenderemos nuestras obligaciones y responsabilidades familiares. La prioridad será asegurarse del bienestar de nuestras familias. Algunos de vosotros estáis casados y tenéis hijos pequeños. Deberéis buscar el medio de poder estar junto a ellos y ejercer vuestras obligaciones de maridos y padres. No resulta excusable el abandono de la familia y de quienes nos necesitan por causa de la predicación del reino del Cielo.
› Siempre que salgáis a predicar, hacedlo en parejas si os resulta posible, porque la soledad no es buena para el hombre. Apoyaos y consolaos mutuamente unos en otros y vivid en armonía como buenos hermanos. Recordad que no será tanto por vuestras convincentes palabras sino por el modo en que os desenvolváis ante los hombres que quienes os vean se adhieran a nuestra fe.
› Entre nosotros trece crearemos un fondo de dinero con el que nos aseguraremos de cubrir las necesidades de nuestras familias y de nosotros mismos. Os dejo a vuestro entero criterio el modo en que os organicéis y distribuyáis las tareas, pero Andrés actuará como vuestro director. Acudiréis a él siempre que tengáis algún desacuerdo y él resolverá el asunto. Una vez decidida una cuestión, tened buen ánimo y acatad lo que él os diga como si hubiera sido yo quien hubiera tomado la decisión.[1]
Andrés se había quedado de piedra con su nombramiento. Era uno de los apóstoles más próximos a Jesús y en quien él parecía depositar más confianza, pero resultaba toda una sorpresa que el Maestro se decidiera a establecer cargos y cometidos dentro de sus discípulos, como había hecho Juan el Bautista. Sin embargo, la realidad no era esa. Jesús no se sentía especialmente preocupado por el establecimiento de un grupo bien organizado.
—Tenéis que aprender a dirimir vuestras diferencias de opinión entre vosotros. Por mi parte, tendréis mi aprobación en todas aquellas decisiones que toméis y que se relacionen con la forma de organizaros. A este respecto, no os impongo ninguna norma ni disciplina. Tampoco impongáis, pues, del mismo modo, a quienes quieran seguirnos, ninguna reglamentación. Os prevengo: no caigáis en la tentación de formular reglas universales de vuestras ideas organizativas personales. Porque muchos vendrán del este y del oeste que se sentarán con nosotros en el reino y no tendrán nuestras mismas costumbres ni tradiciones.
› Al margen de cómo decidáis organizaros, Andrés —se dirigió hacia el recién nombrado jefe apostólico—, desearía ahora que eligieras a dos o tres de entre tus compañeros para que estén junto a mí y permanezcan más tiempo a mi lado, con quienes pueda compartir momentos de consuelo y me ayuden con todas las necesidades diarias que puedan surgir.
Andrés se quedó de una pieza con la solicitud de su maestro. Todavía estaba encajando su nombramiento como jefe de los doce. Se sentía sumamente honrado con el reconocimiento y la confianza que le demostraba Jesús. Pero le apuraba pensar que este honor pudiera ser la causa de envidias o rivalidades entre el grupo. Sin embargo, todos habían encajado con normalidad la jefatura de Andrés. Él había sido el primer apóstol escogido por Jesús. Pedro, Felipe, Natanael y Mateo se habían decidido a seguir al Rabí gracias a él. Y demostraba siempre una ecuanimidad y un dominio de sí mismo que lo hacían idóneo para esta responsabilidad.
Andrés pensó su respuesta todo lo rápido que pudo. Le habría gustado enormemente formar parte de ese cometido, pero Jesús le acababa de nombrar su brazo derecho y habría sonado desagradecido presentarse también para esta tarea.
—Los tres a quienes ya conoces de antiguo y que tú admitiste después que a mí creo que serían una buena elección.
—Así sea, pues. Pedro, Santiago y Juan serán mis asistentes personales. En cuanto al resto, elegid al menos a un tesorero que se haga cargo del dinero. Las demás tareas serán por cuenta vuestra.
› En cuanto a las autoridades civiles o los líderes de nuestra nación, evitad cualquier conflicto con ellos. Si resultara necesario censurar a nuestros gobernantes, dejadme a mí esa tarea. Cuidaos de no hacer denuncias públicas del César o de sus dirigentes subordinados. Nuestro cometido no será promover cambios sociales ni derrocar gobiernos. Os prevengo. Correremos grave peligro si no somos cautos. Ya habéis visto cómo Antipas ha obrado con Juan. Conozco cómo se las gasta este hijo de Herodes. No resulta confiable, aunque no pierdo la esperanza de que recapacite. En cualquier caso, sed sabios y discretos. No demos ocasión a estos dirigentes ciegos de que nos encuentren molestos y se vuelva contra nosotros su ira.
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Jesús continuó aleccionándoles por espacio de varias horas sobre sus planes para predicar el evangelio del reino y les empezó a profetizar algunos de los terribles efectos que preveía que iban a ocurrir a corto plazo. Los apóstoles no entendían este constante derrotismo al que su maestro parecía enfrentarles. Muchos de los doce creían que él era el Mesías esperado. ¿Qué iba a poder pararles? ¿Por qué todas aquellas precauciones de alguien como él?
Parecía que Jesús estaba dispuesto a salir a predicar de inmediato, al día siguiente, y ahora los discípulos se vieron cara a cara con la realidad. Durante muchos meses, los primeros seis apóstoles habían esperado ardientemente que llegara este momento, y ahora que estaban a punto de empezar, se sintieron dubitativos y vacilantes. Ahora ninguno se sentía lo suficientemente preparado, y mucho menos los seis nuevos escogidos.
En vista de todo esto, y conociendo Andrés el sentir general de sus compañeros, le sugirió a Jesús que quizá fuera una buena idea que los primeros apóstoles revisaran por unos días todas las enseñanzas del evangelio con los nuevos discípulos.
Jesús asintió con una amplia sonrisa, para alivio de todos:
—Eso haremos. Durante la próxima semana cada uno de los primeros discípulos instruiréis a vuestro escogido y por la noche yo regresaré para contaros más cosas del reino. Y el miércoles descansaremos. Utilizad ese día para estar con vuestras familias o hacer algo diferente. Ahora os dejo para que deliberéis entre vosotros sobre el resto de asuntos.
Jesús pasó el resto del sábado de forma tranquila, visitando Cafarnaúm y encontrándose con diversas personas conocidas en el puerto y en la lonja. A pesar de la clara oposición que empezaban a manifestarle los ancianos y los fariseos de la ciudad, la gente sencilla se mostraba encantada con este noble y fornido rabí tan distinto de los estirados escribas.
Los apóstoles tuvieron un interesante día. Era la primera vez que tenían que discutir sus diferencias y pronto empezaron a notar lo difícil que les iba a resultar. Pedro, Santiago y Juan eran muy viscerales y unos líderes natos. Discutían con ardor sobre cualquier decisión a tomar. Tomás era otro que siempre quería formar parte de los debates y nunca daba nada por descontado. Judas Iscariote no dejaba de recordarles a todos lo bien organizado que había sido Juan el Bautista, buscando que su organización se pareciera a la del antiguo grupo de Juan. Andrés se mostró como un elemento providencial para conciliar todas las opiniones. No era infrecuente que las discusiones se elevaran de tono y se agriaran. En todo momento él fue quien mantuvo la calma y el equilibrio entre ellos.
No se ponían de acuerdo sobre qué cargos nombrarían. Todavía no tenían claro qué iba a suponer la predicación. El cargo de tesorero lo tenían claro. Debía ser Judas, que había trabajado anteriormente en un banco y tenía amplias nociones sobre aspectos financieros. El Iscariote aceptó con sumo orgullo el importante cargo que se le ofrecía. Pero para el resto de puestos, no se ponían de acuerdo.
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Esa noche, cuando Andrés presentó a Jesús el informe de sus deliberaciones, tuvo que reconocer que no habían conseguido concretar nada. Jesús les mandó a todos a descansar, tranquilizando a Andrés y agradeciendo su buen hacer.
—Habrá mucho tiempo para que os vayáis organizando —le dijo.
Mientras todos los discípulos empezaban a dormir, Judas, que no podía pegar ojo, se levantó y buscó al Maestro. Ya había advertido que Jesús solía quedarse hasta muy tarde en el patio de la hacienda.
El Rabí percibió su intranquilidad y le ofreció asiento junto a los rescoldos de la fogata que habían preparado para la cena. Jesús sabía que Judas mantenía cierto espíritu crítico hacia él. Sabía que, al igual que Tomás, le estaban poniendo a prueba, y que al menor síntoma de engaño o falsedad, le abandonarían. Judas había formado parte del grupo de discípulos principales de Juan, y siempre había considerado a Juan un gran profeta, si no incluso el Mesías. El giro que había dado el Bautista a raíz de la visita de Jesús había frustrado mucho a Judas, que no vio con buenos ojos los pronunciamientos de Juan en favor de Jesús.
—Maestro, ¿por qué no hacemos nada por ayudar a Juan? Tú podrías sacarle de la prisión si quisieras. ¿Qué te lo impide?
Jesús esperaba esta pregunta de alguno de sus discípulos, pero le entristeció constatar que quien finalmente se había decidido a hacerla era Judas.
—No es mi intención enfrentarme a los poderes políticos de este mundo, Judas. Al menos no de forma directa. Mi propósito es extender un nuevo mensaje revelador sobre el carácter divino y sobre la filiación del hombre con Dios. Sin duda, con el paso del tiempo, esta nueva revelación modificará la experiencia de los creyentes sinceros. Si entonces se une a nuestro movimiento un reye o un emperador, puede que veas muchos cambios políticos ocurrir en el mundo. Pero hasta ese momento intentaremos vivir en paz sin entrar en conflicto con las autoridades. Advertí a Juan que extremara las precauciones con Herodes Antipas a fin de poder permanecer un tiempo suficiente haciendo nuestra obra. Pero Juan adoptó una actitud demasiado desafiante como para que el tetrarca la pudiera soportar.
Judas no parecía conforme.
—Pero, Maestro, ¿acaso no eres tú el Mesías esperado? Todos mis hermanos así lo creen.
Jesús se puso muy serio. Veía adónde quería llegar Judas.
—Hijo, si piensas que mi obra se plegará a la sed de prodigios y hechos asombrosos de las masas, estás abocado a una dura desilusión. Abandona ya esas ideas sobre el Mesías sobrenatural que derrocará al invasor e instaurará un reino de milagrosa felicidad. No será por medio de portentos ni milagros que llegará el nuevo reino, y mucho menos por la violencia y por las armas.
Judas se quedó impactado con aquella afirmación. ¿Pero acaso este hombre tan santo y en apariencia tan sabio se engañaba a sí mismo? ¿De qué otro modo sino en forma espectacular se manifestaría el ungido de Dios, el Mesías? ¿Acaso se había equivocado Judas al decidirse a formar parte de su grupo de discípulos? Una duda había empezado a anidar en el corazón de Judas.
Jesús se retiró y el último apóstol se quedó allí largo rato, sumido en sus pensamientos, muy poco complacido con las respuestas de Jesús.
Este relato está basado en la parte 5 de documento 138 de El Libro de Urantia. Jesús empieza a desvelar los métodos para realizar su ministerio. Por una parte, pide a los apóstoles que se mantengan ocupados realizando una profesión y que se olviden de la idea de recibir limosnas. Por otra parte, les pide que elaboren planes para atender a sus familias, pues muchos de los apóstoles estaban casados (Pedro, Santiago, los gemelos, Tomás, Felipe, y Mateo).
Conviene aquí pararse a reflexionar sobre estos dos principios de Jesús, que curiosamente han sido tratados de forma opuesta por la iglesia cristiana, la que supuestamente se basa en sus enseñanzas. La iglesia apostó por mantenerse a partir de limosnas y del erario público y descuidó por completo a las familias de los predicadores hasta el punto de obligar al celibato. Sin duda dos normas contrapuestas a los criterios con los que Jesús inició la formación de sus apóstoles. Llama la atención de la cristiandad constatar que el «supuesto primado» de la iglesia, Simón Pedro, fue un hombre casado, pues los evangelios mencionan a su suegra (Mt 8:14; Mc 1:30; Lc 4:38). ¿Si el celibato era tan «deseable», cómo es que Jesús mismo eligió como hombre destacado de su organización a un hombre casado? ↩︎