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Domingo, 14 de julio de 26 (11 de ab de 3786)
A la mañana siguiente, como era habitual, Jesús había desaparecido. Les había dejado a los doce a sus anchas en la casa de Zebedeo, junto a la mujer y la suegra de Pedro, las sirvientas de la casa.
Todos empezaban a darse cuenta de que su labor de seguidores del Maestro iba a ser muy distinta de las típicas clases de los escribas, que siempre dirigían las tertulias y ofrecían respuestas precisas a todas las cuestiones.
Jesús demostraba un estilo nuevo. No estaba preocupado por la interpretación que sus amigos pudieran hacer de su enseñanza, no buscaba fomentar en ellos un nuevo credo y una nueva fe clara y definida que diera respuesta a todas las incógnitas de la vida. Por eso no dudaba en delegar la responsabilidad de enseñar su nuevo evangelio del reino en manos de los seis discípulos más antiguos.
Sin dilación, esa primera mañana, y durante toda la semana, los doce se organizaron por parejas para repasar las más importantes enseñanzas de Jesús. Andrés le ofreció su visión del evangelio a Mateo; Pedro a Simón; Santiago Zebedeo a Santiago Alfeo; Juan a Judas Alfeo; Felipe a Tomás; y Natanael a Judas Iscariote.
Todos tenían clara la misma idea: Jesús era el Mesías esperado, y el mensaje de esperanza de Jesús era que la Tierra y el Cielo iban a concluir y que una nueva era de beatitud eterna estaba a las puertas de comenzar. Resultaba evidente que ésta no era la auténtica enseñanza de Jesús, pero en su esencia era también verdadera, así que el Maestro nunca les desdijo o les corrigió.
Sin embargo, todas las coincidencias en la interpretación del mensaje de Jesús entre los seis primeros apóstoles terminaban ahí. Andrés creía que todo aquello se realizaría gracias a un poder oculto de Jesús, y que armado únicamente con su voz los impíos claudicarían en el juicio final; Pedro, que estaba preocupado por los pecados del mundo, creía que sólo un sincero arrepentimiento y unas buenas obras lograrían la salvación del género humano; Santiago Zebedeo era el que más estaba empezando a comprender el evangelio de Jesús, y proclamaba que la educación del pueblo en el carácter amante del Padre lograrían crear un nuevo hito espiritual en el mundo, el reino; Juan había captado muy bien la esencia del mensaje esperanzador sobre un Padre del Cielo amoroso, pero estaba lleno de prejuicios nacionalistas, y sólo creía que el Padre del Cielo actuaría en favor del pueblo de Israel; Felipe poco pudo contar a Tomás porque era el que más dificultades presentaba en comprender, y se apoyó en Andrés y Pedro, que le ayudaron a convencer al apóstol más incrédulo del poder del mensaje de su maestro; finalmente, Natanael ofreció a Judas un cuadro bastante fiel al evangelio, pero un poco escéptico. Natanael realmente dudaba de la eficacia del mensaje de Jesús en el establecimiento del reino esperado.
Durante esa semana siguieron todos los días la misma pauta. Por la mañana se reunían en parejas, cada apóstol con su escogido, y discutían entre sí el nuevo evangelio de Jesús y sus repercusiones. Por la tarde, se juntaban todos y debatían aquellos aspectos que resultaban más polémicos. Y con ansiedad, esperaban a la última hora de la tarde, cuando solía regresar Jesús, para compartir la cena entre todos y plantear al Maestro las grandes dudas del día.
El martes surgió un tema que excitó el ánimo de Jesús como sólo en contadas ocasiones le ocurrió. Los apóstoles creían, siguiendo la costumbre rabínica, que las enseñanzas religiosas sólo debían ser para hombres. Las mujeres nunca habían sido aceptadas como alumnas de los doctores de la ley, y mucho menos como maestras. La mujer judía en la época de Jesús estaba confinada a las labores domésticas y a servir al marido. Se las consideraba mentirosas por naturaleza y no eran aceptables, por tanto, como testigos de un juicio. No podían compartir los puestos en la sinagoga con los hombres, y tenían que asistir a los oficios sabáticos desde detrás de un enrejado, en una sala aparte, en la cual había espacio sólo para unas pocas. No se esperaba que las mujeres asistieran a la lectura porque las niñas no iban a la escuela ni podían aprender a leer o escribir. Se consideraba una aberración enseñar algo tan santo como las escrituras hebreas a las jóvenes judías. Todas estas obligaciones formaban parte sólo de los privilegios de los hombres.
Por todo esto, los apóstoles, al conocer por boca de Santiago y Juan Zebedeo cuál era la actitud de Jesús acerca de esta cuestión, se escandalizaron bastante. Pedro, Andrés, Felipe y Natanael, después de todos aquellos últimos meses, ya estaban bastante acostumbrados a ver a Jesús departir tranquilamente con mujeres al igual que con hombres. De la misma manera, el Maestro parecía encantado también de enseñar a los pequeños, niños y niñas. Siempre que podía, dejaba entrar en el espacioso patio de la hacienda de Zebedeo a aquella tropa de chiquillos de Cafarnaúm que se entusiasmaban con las historias del Rabí y se reían a carcajadas con sus bromas y chistes.
La mujer de Pedro, que era como su marido de carácter recio y lengua inquieta, cuando les oyó este día a los discípulos discutir sobre si educarían a las mujeres, no vaciló en unirse a la discusión para disgusto de su marido. Perpetua esgrimía, y con razón, que Jesús había proclamado que las enseñanzas nunca debían hacerse ocultas, como hacían los escribas, y que él no aprobaba esa actitud que excluía a las mujeres de la instrucción. Pedro la pidió silencio en varias ocasiones para no sentirse avergonzado delante del resto de discípulos, pero ella no paró de debatir con Simón el mercader y con Judas Iscariote, que la decían: «El maestro no puede tener la intención de predicar estas verdades a las mujeres. Ninguna tenéis el conocimiento necesario para comprender estas enseñanzas.»
Ella no se arredró y marchándose les dijo con vehemencia: «Cuando venga se lo preguntaremos».
Al llegar Jesús esa noche no le dejaron ni empezar a cenar cuando le plantearon el dilema. Pero el Maestro ya se lo había advertido en varias ocasiones, y no desaprovechó la ocasión para dejarles esta cuestión bien clara:
—¿No os he explicado ya en muchas ocasiones acerca del carácter de mi Padre? ¿Por qué vaciláis y titubeáis cuando os declaro que él no hace acepción de personas, que para él todos somos sus hijos e hijas amados?
Pedro llegó a insinuar al Maestro que las mujeres no tenían la suficiente inteligencia como para comprender los misterios de la ley divina.
La respuesta de Jesús fue fulgurante y llena de reproche:
—¿Y si yo te dijera que el «Hijo del Hombre» ha creado a la mujer como al hombre e incluso más que al hombre? Pues yo os digo: ¡haced que la mujer se transforme en hombre! ¡No la neguéis nunca más la gracia de recibir las buenas verdades del espíritu! ¡Yo me encargaré de enviar el Espíritu de la Verdad para que ellas también sean capaces de conocer los misterios![1]
Los apóstoles se quedaron impresionados con la recriminación de su maestro, pero casi ninguno la entendió. Juan y Pedro comprendieron algo, llegando a considerar en su corazón si Jesús no les había proclamado veladamente que él era un ser creador. Durante todo el resto de esa noche no dejaron de dar vueltas en la cabeza a esta idea. ¿Podría ser verdad que Jesús fuera un ser celestial, un Dios?
Jesús les dejó a todos visiblemente contrariado. Pero antes de irse a descansar, y para que no cupiera duda, les comentó esto:
—Haríais bien en aceptar a vuestras mujeres, hermanas y parientes como discípulas del reino. Estoy seguro de que muchas de ellas estarían encantadas de recibir estas enseñanzas que con tantas reservas reciben los hombres.
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Miércoles, 17 de julio de 26 (14 de ab de 3786)
Al día siguiente, miércoles, Jesús les anunció que les concedía el día libre. Los apóstoles habían pasado una noche intranquilos. Pedro se retiró a descansar con su mujer y sus hijos a una hora tardía, después de conversar largamente entre ambos sobre lo que había dicho Jesús tan disgustado. Nunca le habían visto así, con un gesto tan claro de enfado, y se sentían profundamente conmovidos.
—Hijos míos, tomaros este día de asueto. Descansad de las arduas tareas del reino y disfrutad del alivio que proporciona el volver a las antiguas vocaciones o el descubrir otras actividades de esparcimiento.
› Vuestras familias os necesitan y os debéis a ellos. Que este día os sirva también para atender a los vuestros y compensar las ausencias que la dedicación al reino os provoca.
› A partir de hoy, además, seguiremos esta costumbre de aquí en adelante, de utilizar este día para el descanso, la recreación y el esparcimiento.
Santiago parecía sentir que el Maestro les estaba inaugurando un nuevo mandamiento similar al que Moisés estableció sobre el sábado.
—Pero Maestro, —preguntó el apóstol— ¿acaso no es suficiente con el sábado para ganar el necesario descanso semanal?
—Santiago, ¡qué rápido reinterpretas mis palabras para enfrentarlas a las antiguas creencias supersticiosas de los que aún no han renacido al reino! ¿Acaso no os he dicho que el Padre os ama con un amor que excede vuestra comprensión? ¿Creéis que él está preocupado por el cumplimiento del descanso semanal un día concreto de la semana? Más os digo, ¿creéis en verdad que él está preocupado por cualquier descanso? Como hombres nuevos en reino ya deberíais entender que lo que el Padre desea únicamente es que triunfe la fuerza de su amor en el mundo. Por tanto, no estéis tan preocupados por las costumbres de nuestros antepasados. Seremos respetuosos con ellas, pero no dejaremos que nos hagan sus esclavos.
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El jueves, después de un día reconfortante con las familias, los apóstoles regresaron a casa de Zebedeo para continuar con su instrucción. El tema del día fue el reino de Dios. Los apóstoles consideraban esta predicación como el núcleo fundamental de las enseñanzas de Jesús, a pesar de que habían notado con frecuencia que el Maestro mostraba repetidas reticencias hacia esta interpretación de su evangelio.
Los judíos en general, y los apóstoles como judíos que eran, tenían una idea bastante materialista del concepto del «reino de Dios». Para ellos representaba la esperanza de que en breve, un nuevo y poderoso caudillo militar, el Mesías, iba a establecer un reinado glorioso y perfecto sobre la Tierra. El pueblo judío se convertiría en el heredero del mundo, y desde una nueva Jerusalén situada donde la actual, el Mesías establecería su trono. Desde allí, regiría los destinos de todos los pueblos de la Tierra, y aniquilaría a los que fueran infieles a la auténtica fe, la judía.
No era de extrañar que los asombrosos sucesos durante la boda en Caná hubieran destapado los alientos y las esperanzas de los apóstoles y los familiares de Jesús. Todos los judíos creían que durante esta nueva era el mundo viviría en perfecta armonía y abundancia. Ya no haría falta trabajar duramente la tierra, ni producir con esfuerzo los frutos, porque las cosechas serían milagrosamente grandes y los árboles producirían alimentos en cantidades extraordinarias.
El aparente milagro de Jesús parecía confirmar estas profecías. De pronto, el vino había surgido espontáneamente, como en los relatos apocalípticos sobre el reino venidero.
Jesús les había prohibido a los seis discípulos principales que hablaran o comentaran algo acerca de los sucesos de Caná, pero como es lógico la pregunta había surgido entre los nuevos seis asociados: ¿era cierto lo que se decía que había ocurrido durante la boda? Pedro es quien se había encargado de relatar a sus amigos los acontecimientos de aquel día pletórico y de detallar, también, la decepción que sufrieron después cuando el Rabí, incomprensiblemente, huyó del lugar.
Durante todo este día discutieron sobre la interpretación de estos hechos y la idea del reino de Dios. No dudaban en declarar que aquellas eran las genuinas enseñanzas de Jesús. Y tenían tal libertad de pensamientos porque el Maestro mismo no parecía muy preocupado por desacreditar o corregir sus adaptaciones personales respecto del mensaje que él les enseñaba.
Pero esa noche, una vez comentaron a Jesús cuál había sido su tema del día, y estuvieron todos juntos, el Rabí no desaprovechó la ocasión para tratar de clarificarles, otra vez:
—Vuestra comprensión sobre el reino está grandemente influida por vuestras ideas preconcebidas sobre el Mesías y su reinado de gloria. Pero no me cansaré de explicaros que tenéis que liberaros de estas ideas previas sobre el reino. Os hablo con palabras como «reino» y «reinado» porque son la forma común de expresar hoy, en cierta manera, los conceptos que quiero que entendáis. Pero en realidad, mi mensaje no tiene ver con «reinados de poder» ni con «reyes», «tronos» o «juicios». Me gustaría que sustituyerais esas ideas de «un reino», «el rey» y «sus súbditos» por nuevos conceptos más comprensivos de la auténtica naturaleza amante de Dios.
› Cuando penséis realmente qué significa que Dios debería ser para vosotros como un padre cariñoso y amante, entonces podríais sustituir las ideas de «reino», «rey» y «súbditos» por los conceptos esclarecidos de «familia celestial», «Padre» e «hijos de Dios».
› El reino del Cielo, en realidad, es vuestra experiencia personal. El reino no es algo que está por aparecer fuera de vosotros. El reino está dentro de vosotros. Esta experiencia personal del reino debería transportaros a niveles superiores de vida espiritual.[2]
› Pensad mejor, cuando me refiero a que «reine el reino de Dios», que en realidad me refiero a que «reine la voluntad de Dios». Si los hombres realmente ponen toda su fe y su esperanza en hacer la voluntad de Dios, y descubren a Dios como Padre, volcándose en el amor por sus semejantes, entonces ocurrirán en el mundo los buenos frutos concomitantes de una nueva ética y moral perfeccionadas como nunca antes se ha visto.
› Pero esta nueva era de perfección moral y de progreso social no debería ser el objeto de vuestras preocupaciones. Al creyente que está enteramente entregado a hacer la obra del Padre sólo una cosa ha de preocuparle: dejar que triunfe en su corazón el reino de Dios, el servicio supremo del Padre. Recordad: el reino es una experiencia individual, de cada hombre y mujer. Es el modo en que os relacionáis con vuestro Padre y comprendéis la filiación que os une a él. Los grandes frutos del reino en la sociedad son sólo el efecto visible de la comunidad creciente de los hijos liberados de Dios. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo un reino si no es capaz de gobernarse a sí mismo?
› No lo olvidéis, y no dudéis: el reino ya está aquí, y está dentro de vosotros. Buscadle en recogimiento, en vuestro interior, y escuchad su llamado, para que os unáis, como hijos fieles, a su voluntad.
Los doce se sintieron sumamente confundidos y extrañados por este concepto nuevo y difícil del reino. ¿Una experiencia personal? ¿Dentro de cada persona? ¿Y a qué efectos se refería?
Durmieron poco esa noche y durante la mañana siguiente no dejaron de discutir sobre sus palabras. A pesar de que el Rabí era muy explícito y reiterativo, no había manera de que aquellos hombres abandonaran sin más sus habituales ideas sobre estos temas.
Al menos Jesús logró parte del éxito con este nuevo intento de explicarles qué era el reino para él. Los apóstoles, en general, lograron llegar a entender que el reino era algo relacionado con la experiencia personal presente en el corazón de los verdaderos creyentes. Pero en vez de dejarlo así, tal y como Jesús les había enseñado, añadieron también la idea de que el reino, además, sería un acontecimiento futuro de gran transcendencia para toda la humanidad, aunque todavía no acertaban a entender de qué podría tratarse. Eso fue lo máximo que consiguieron llegar a extraer de aquellas enigmáticas frases de «un efecto visible del reino» y «unos frutos sociales» que había desgranado Jesús. ¿Cuándo ocurriría este acontecimiento? No podían predecirlo. Tampoco se atrevían a preguntar al Maestro, por vergüenza a que la pregunta fuera tonta o expresara claramente la falta de entendimiento que sus explicaciones les había provocado. Pero imaginaban que no habrían de esperar mucho para ver el cumplimiento de este evento de tanta trascendencia. Sin duda no pasaría su generación sin que ellos vieran el cumplimiento de estas predicciones de Jesús. Todavía no se daban cuenta estos amigos bienintencionados del Maestro de lo lejos que estaban sus expectativas de la futura realidad.
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Sábado, 20 de julio de 26 (17 de ab de 3786)
El sábado los trece acudieron a la sinagoga, cumpliendo respetuosamente con las obligaciones judías. No ocurrió nada de mención ese día porque el Rabí les había pedido a sus discípulos que mantuvieran una actitud discreta y no hablaran con nadie acerca de él.
La familia de Jesús procuró en todo momento evitar encontrarse con él. María, su madre, estaba enojada y resentida por la exclusión de Santiago y Judas del círculo de íntimos discípulos. Los dos hermanos mantenían también una relación distante con su hermano. Judas ya no acudía el viernes a Cafarnaúm para hacer noche allí y asistir a la sinagoga el sábado, y permanecía todo el tiempo en Magdala. Santiago saludaba a Jesús de lejos, pero su expresión de seriedad y su lejanía mostraban claramente que no deseaba mezclarse ya más con el grupo de discípulos. La única que no dudó en acercarse al Maestro a la salida de la reunión fue Ruth, la hermana pequeña.
Jesús se mostró encantador y bromista con todos sus amigos de la aldea, con la familia de Zebedeo y con el resto de parientes de los discípulos. Pero había muchas miradas insidiosas sobre él entre el resto de la gente. Muchos ojos cargados de reproche y desaprobación. Y entre todos, dos hombres que no le quitaban ojo siempre que entraba en la ciudad: uno buscando oír en sus palabras algo delator, y otro que poco a poco empezaba a interesarse en secreto en sus enseñanzas.
Esa noche compartieron una sencilla cena con toda la familia de Zebedeo y de Pedro. Los diez apóstoles que estaban de invitados en la casa del armador no dejaron de agradecerle su hospitalidad y generosidad por cederles su enorme casa para que vivieran durante esa temporada. Zebedeo parecía estar encantado de poder colaborar en el establecimiento del incipiente grupo de discípulos de Jesús, y su hijo David, la mujer y las hijas estaban también deseosos de poder ayudarle en un futuro con su trabajo de predicación. Todos esperaban que aquella casa se convirtiera con el tiempo en una gran academia donde el Maestro formara a sus discípulos.
Después de la cena Jesús se llevó a la playa a los doce. Esa noche les dejó intrigados a todos acerca de una nueva religión:
—Mi reino y el evangelio relacionado con él deberán ser lo esencial de vuestro mensaje —les dijo—. No os desviéis del tema predicando sobre mí y sobre mis enseñanzas en una nueva religión. Proclamad el evangelio del reino y describid mi revelación del Padre celestial, pero no os extraviéis por las sendas descarriadas que suponen el crear leyendas y construir cultos basados en mis creencias y mis enseñanzas.
› Bien podéis ver que como un judío más entre vosotros yo también tengo mis propias conclusiones e ideas acerca de las creencias judías. Todos vosotros también tenéis una idea particular cada uno de lo que consideráis cierto o falso de nuestra fe. Por fortuna, los rabinos de nuestra nación os dicen cómo debéis actuar, pero no qué debéis pensar. Están demasiado preocupados por el cumplimiento de la ley, pero por suerte, no han esclavizado los ideales ni encasillado las creencias. No caigáis pues vosotros en la tentación de formalizar credos ni destruyáis la parte buena que os ofrecen los escribas, la libertad de pensamiento.
› Así que os prevengo: no hagáis de vuestras enseñanzas un discurso acerca de mi persona. Yo no debo ser el objeto de vuestra predicación. ¡Y qué bien sé yo que no estáis dispuestos a hacerme caso! ¡Con qué facilidad caeréis en la tentación de construir creencias y formar una nueva religión basándoos en mi vida y en mis obras! Recordad: sólo os compete el evangelio de la paternidad de Dios. No es un mensaje sobrecogedor. Tampoco es un largo discurso con el que impresionar a las masas. No habrá nada milagroso en él. Será un mensaje dirigido a todas las personas de buena voluntad. No excluiremos a nadie. Y pronto veréis que no será un mensaje que tenga un éxito claro y rotundo. No esperéis que las multitudes, en pocas semanas, se arrastren ante vosotros enfervorizadas. No esperéis grandeza, gloria, fama y renombre. Este mensaje nuestro causará muchas disensiones y dudas. Enfrentará a muchos contra una verdad que no desean admitir. Y seremos vilipendiados y vituperados. Muchos se enfrentarán a nosotros, provocando nuestro desaliento y frustración.[3]
› Por eso os digo: manteneos firmes, estad siempre de buen ánimo, y no caigáis en la tentación de inventar interpretaciones de mi mensaje y construir una nueva religión basada en mí.
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En estas primeras enseñanzas Jesús trató de evitar en lo posible las controversias con sus apóstoles, salvo aquellas que implicaban conceptos erróneos sobre su Padre del Cielo y el hermanamiento de la humanidad. Tal fue el caso de la sugerencia días atrás de la exclusión de las mujeres del discipulado. En todas estas cuestiones, cuando estaba en juego una gran verdad acerca de la relación amante que todos los seres humanos debían tener entre sí, Jesús no dudaba en corregir esas creencias erróneas. La motivación de Jesús siempre era la de traer una nueva revelación más amplia y más verdadera sobre su Padre del Paraíso. Él era el pionero de un camino nuevo y mejor hacia Dios, el camino de la fe y del amor. Esa noche del sábado Jesús impartió muchas instrucciones provechosas a los discípulos sobre cómo realizar las predicaciones, y en todo momento les animó a buscar con sinceridad el bienestar de todos sus semejantes y les invitó a aprender que todos los hombres y mujeres con quienes toparan en su camino son en realidad otros hijos de Dios como ellos, dotados de las mismas oportunidades para alcanzar a Dios.
—Buscad a los pecadores —les decía—. No los rehuyáis. Encontrad a los abatidos y confortad a los que están llenos de preocupaciones. Ofrecedles un mensaje cargado de esperanza: Dios que sale a su encuentro con los brazos abiertos. Aquí. Ahora. Y decidles que si ellos se levantan de su desdicha y descubren la verdad, por la fe, de que Dios es realmente así de bondadoso y de cariñoso, entonces descubrirán que todos somos sus hijos, y su amor nos invitará a llevar ese amor a nuestros hermanos.
Esa noche les envió a sus literas pidiéndoles que descansaran. Les anunció que al día siguiente iban a necesitar de todas sus fuerzas, en clara alusión al comienzo de las predicaciones públicas. Los doce se fueron a acostar nerviosos, emocionados y a un tiempo asustados.
El Maestro, como era su costumbre, nunca dormía. Se escabulló de la casa, y dando un corto paseo por la orilla del mar, se sentó a corta distancia del agua. El domingo ya había llegado y se oía, en la negrura del lago, los gritos de las primeras cuadrillas de pescadores en plena faena.
El Maestro reflexionó mucho sobre su situación. Sabía de su poder ilimitado y de sus prerrogativas divinas. Podía utilizarlas en su provecho, para impulsar su misión, si así lo quisiera. Pero estaba plenamente satisfecho con los medios y los compañeros de que disponía, recursos que la mayoría habría calificado de inadecuados, y los habría estimado de insuficientes. Su permanente contacto con el mundo del espíritu le hacía saber todo lo que ocurría al otro lado del mundo, en el universo espiritual. Sabía que Caligastia había consentido en autorizar las órdenes que llegaban de Lucifer y Satanás, pidiendo a Belcebú, su primer asistente, que le vigilase y estuviera atento a todas sus acciones.
El Maestro notaba esa presencia perniciosa cerca de él en muchas ocasiones, como una influencia nefasta que buscaba recordarle que no estaba sólo y que había otras inteligencias contrarias a su plan. Pero eso nunca le hizo variar ni un ápice sus planes. Estaba embarcado en una misión con unas enormes opciones de fracaso, y aún así continuaría. Seguiría por la senda del Padre, realizando su obra de manera discreta y nada espectacular, evitando toda manifestación de poder. Tan sólo deseaba trabajar tranquilamente con sus doce apóstoles por un tiempo. Y luego, el futuro ya se vería. No había prisa. Se encontraba en las manos del Padre, y eso bastaba para augurarle un éxito rotundo en algún futuro distante.
Respecto al tema de cómo consideraba Jesús a las mujeres, no hay un asunto que más contraste con las ideas de la época e incluso con las ideas actuales. El primer punto que dejó claro el Maestro fue que las mujeres están en igualdad a los hombres para recibir la enseñanza religiosa o para impartirla. Puede parecer extraño en un mundo como el actual, pero en la época de Jesús las mujeres no eran aceptadas como alumnas en las escuelas y no recibían ninguna educación regular. La educación y el conocimiento, ya fuera religioso o no, era algo en exclusiva para los hombres. Por esta razón la defensa que hace Jesús, clara y contundente, en favor de la predicación no sólo a hombres, sino también a mujeres, debió de resultar chocante en su época. Eso explica que este aspecto no aparezca nunca mencionado en los evangelios de forma explícita. Se sabe que «algunas mujeres servían a Jesús con sus bienes», pero no que recibieran de él enseñanza alguna (Lc 8:2-3). Algo parece apreciarse en el pasaje de las hermanas de Lázaro (Lc 10:38-42), pero en general nada deja entrever la realidad de lo que hizo Jesús. Una prueba de que estas enseñanzas sobre las mujeres formaron parte real de su predicación es la importancia capital que las mujeres tuvieron tiempo después en las nacientes comunidades cristianas, para preocupación de Pablo de Tarso (1 Ti 2:11-15; Ro 16; 1 Co 11:5). Esta aceptación de las mujeres en el naciente cristianismo fue uno de los motivos de su rápido éxito.
Sobre este asunto puede consultarse este artículo: Situación social de la mujer judía en tiempos de Jesús. ↩︎
Sobre el concepto de reino de Dios que usa Jesús, consultar El Libro de Urantia, LU 135:5. ↩︎
Sobre este aviso de Jesús en contra de una tergiversación de su mensaje, que es justo lo que ocurrió con el cristianismo, véase El Libro de Urantia, LU 138:6. ↩︎