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Domingo, 21 de julio de 26 (18 de ab de 3786)
El domingo amaneció radiante y soleado. Comenzaba la semana, y Jesús, entusiasmado con el inicio de su obra, se dedicó desde bien temprano a preparar un sabroso desayuno. El Rabí solía hacer caso omiso de aquellas costumbres sociales que relegaban la molienda matutina y la preparación del pan a las mujeres. Perpetua y Amata, ya acostumbradas a estas iniciativas de Jesús, le dejaron hacer, y compartieron con él un pan delicioso, tierno y recién horneado.[1]
Los doce despertaron al unísono y aparecieron en el patio con ojeras y aspecto de cansancio. Habían dormido poco, conversando entre ellos, presos de la excitación por las palabras enigmáticas de su maestro acerca de una nueva religión.
Los doce sabían que aquel era el día tanto tiempo esperado. ¡Empezarían por fin las predicaciones! Pero vieron a Jesús departir con tanta tranquilidad con la mujer y la suegra de Pedro, y discurrió aquel principio de la mañana de forma tan relajada por parte del Maestro, que los discípulos terminaron por impacientarse.
Empezaron a cuchichear entre sí y a darse codazos, preguntándose si el Rabí había olvidado su promesa de comenzar la obra del reino. Pedro, algo contrariado de que su mujer y su suegra monopolizaran la atención de su maestro en un día como éste, se acercó a Jesús, interrumpiendo su conversación, y pidiéndole hablar con él en privado. Santiago Zebedeo y Judas Iscariote, intuyendo lo que Pedro quería de Jesús, se unieron a él.
El Maestro accedió gustoso, separándose del resto unos metros.
Pedro, buscando las mejores palabras, se aventuró diciendo:
—Maestro, venimos los tres a petición de los demás para preguntarte si no es ya el momento adecuado para entrar en el reino. ¿Vas a proclamar el reino en Cafarnaúm primero, o nos trasladaremos a Jerusalén y ocurrirá allí? También quisiéramos saber, cada uno de nosotros, los puestos que ocuparemos junto a ti en el establecimiento del reino, porque no somos capaces entre nosotros…
Pero Jesús no le dejó continuar. Moviendo la mano hacia delante y atrás, le rogó a su discípulo que parara. Su expresión era de profunda desolación.
El Maestro se abrió paso hasta los otros apóstoles, invitándoles a que se acercaran. Cuando les tuvo a todos a su alrededor, les espetó:
—Pero hijos míos, ¡hasta cuándo tendré que ser indulgente con vosotros! ¿No os he aclarado estos días que mi reino no es de este mundo?
Los discípulos se quedaron helados con el tono desabrido de Jesús.
—Os he dicho muchas veces que yo no he venido para sentarme en el trono de David; entonces, ¿cómo es que me preguntáis cuál es el lugar que ocupará cada uno de vosotros en el reino del Padre? ¿Acaso no podéis percibir que os he nombrado embajadores de un reino espiritual? ¿No comprendéis que pronto, muy pronto, vais a representarme en el mundo y en la proclamación del reino, igual que yo represento ahora a mi Padre que está en los cielos?
› ¿Es posible que os haya elegido e instruido como mensajeros del reino, y que sin embargo no comprendáis la naturaleza y la transcendencia de este reino venidero de supremacía divina en el corazón de los hombres?
Los discípulos estaban pasmados y cabizbajos. Era la primera vez que sentían el pinchazo de la crítica de boca de Jesús. ¿Es que acaso el Rabí se iba a retractar de su nombramiento? Pero Jesús continuó con tono conciliador:
—Amigos míos, escuchadme una vez más. Desterrad de vuestra mente la idea de que mi reino es un gobierno de poder o un reinado de gloria. En verdad, todos los poderes en el Cielo y en la Tierra pronto serán puestos en mis manos, pero no es la voluntad del Padre que nos sirvamos de estas prerrogativas divinas para una glorificación egocéntrica en esta era. En otra era por venir, ciertamente os sentaréis conmigo en poder y en gloria, pero ahora nuestro deber es someternos a la voluntad del Padre, y obedecer humildemente su mandato en la Tierra.
Los apóstoles no entendían nada. Estaban pasmados y confundidos. ¿Una nueva era? ¿Mandato en la Tierra? ¿Pero de qué hablaba Jesús? A pesar de ello, ninguno se atrevía a preguntarle.
En vista de las expresiones de incomprensión de sus amigos, el Maestro les pidió que volvieran a reunirse de dos en dos, como lo habían hecho la semana anterior, y que oraran por un mejor entendimiento.
Después Jesús se fue de la casa, emplazándoles para el mediodía.
Los discípulos se quedaron hundidos, descorazonados. No podían entender esta idea de su maestro acerca del nuevo reino. ¿Un reino que no era de este mundo? ¿Y por qué no quería él decidir los puestos de cada uno? ¿Acaso no le había asignado a Andrés la dirección del grupo y les había pedido que decidieran entre ellos el resto de cometidos? ¿Entonces a qué venía ahora este cambio de postura? Todos pasaron un buen rato tratando de dilucidar a qué reino se estaba refiriendo su rabí, pero por más que revisaban los pasajes de las escrituras de memoria, no acertaban a entender.
Jesús regresó a mediodía como había prometido y los reunió en el jardín. El rostro de Jesús denotaba seriedad. No podían imaginar los apóstoles a qué era debido. El Maestro, como hacía muchas veces, se había retirado a un lugar descampado, para contactar con el mundo del espíritu. Allí, en sintonía con sus batallones angélicos leales, había sido informado de las pérfidas intrigas que Belcebú y Caligastia planeaban sobre él. Al parecer, estaban buscando influir en el pueblo judío contra la idea del reino tal y como la entendía Jesús. De este modo esperaban desanimar y decepcionar a los apóstoles en sus primeras predicaciones.
—Bien podéis ver que se han producido muchos acontecimientos en los últimos meses de vital importancia para el progreso del reino. Juan ha venido por todo el Jordán predicando un nuevo evangelio sobre el reino, pidiendo el arrepentimiento sincero del pueblo. Y muchos, como vosotros, han creído en él. Cuando el Padre así me lo indicó, yo también acudí a bautizarme, y allí parte de vosotros decidisteis haceros mis discípulos. Vosotros, quienes habéis estado conmigo desde el principio, habéis contemplado durante la boda en Caná los efectos que la supeditación a la voluntad del Padre pueden traer al mundo. Pero no sé si habéis comprendido lo que significan estas muestras de generosidad del poder de Dios. Estos signos visibles del reino no son el reino del Cielo. Os he dicho repetidas veces, y dejadme que os lo diga una vez más, que no será por medio de grandes muestras de poder ni de hechos notables que el reino de la hermandad de los hijos e hijas de Dios se establecerá en la Tierra.
› En cuanto a vuestra elección como mis embajadores en la Tierra, bien habéis visto que no es mi propósito reducir a unos pocos elegidos este nombramiento. Empezasteis siendo seis pero ahora ya sois doce. No dudéis en aceptar como mis embajadores, en un futuro, a cuantos se muestren dispuestos a seguir nuestro camino. No os he elegido hasta formar un grupo de doce porque este número tenga un significado especial. Hubiera deseado que mis hermanos de la carne, Santiago y Judá, se hubieran unido a nuestro grupo, pero estaban demasiado influidos por sus antiguas ideas sobre mí. Sin embargo, en un futuro, sé que comprenderán lo que he hecho. Recibidles entonces sin reservas como vuestros hermanos en la misión del apostolado. He querido primero formaros como un grupo especial en quienes pondré toda mi futura confianza, pero, ¿os haréis merecedores de mi encargo? ¿Estaréis prestos y resueltos a llevar mis enseñanzas de vida sin las distorsiones de vuestras propias ideas preconcebidas?
› Sabed que el Enemigo está conspirando contra vosotros. Él sabe que vuestra fe es frágil, y vuestra entrega aún se está afianzando, y buscará el modo de animaros a abandonar y a separaros en distintos grupos. Por eso os digo que debéis trabajar con armonía entre vosotros y estar preparados para soportar las decepciones.
› Tened confianza los unos en los otros. No estéis preocupados por vuestros cometidos. No os agobiéis con vuestra propia obra. Pensad más bien que sois la base, la roca sobre la que se asentará una inmensa familia de creyentes, que finalmente triunfará y brillará sobre todo el orbe.
Los apóstoles se emocionaron con estas hondas palabras de su maestro, y todos a una, en un extraño sentimiento general, se levantaron y respondieron a Jesús afirmativamente, confirmando su decisión de seguirle. Tomás expresó el sentir general de todos cuando, tras su promesa de lealtad inconmovible al Maestro, añadió: «a ese reino por venir, sea lo que sea, y aunque no lo comprenda yo por completo».
Jesús sonrió por fin y se acercó a cada uno de ellos, apretando sus brazos.
—Yo sé que seréis fieles cumplidores de vuestra promesa, aunque algunos vacilaréis. Pero qué bien sé yo la fina lámina que os separa de la deslealtad. ¡Cómo me gustaría completar mi obra viendo que vosotros al menos, mis amigos, os habéis mantenido a mi lado!
Todos a una respondieron expresando su fidelidad al Rabí.
Jesús, pidiéndoles entonces que se sentaran de nuevo, les preguntó por su situación económica:
—¿De cuánto dinero disponéis? ¿Qué habéis pensado hacer para mantener a vuestras familias y a la vez predicar el evangelio?
Todos se miraron desconcertados. El entusiasmo provocado por las últimas palabras de Jesús se vino abajo. Ya sabían que su maestro no aceptaba la idea de vivir de la caridad, y sabían que como parte de su organización, Jesús deseaba que planificaran cuidadosamente el tema de su manutención y la de sus familias.
Judas vino a aliviar el desconocimiento de sus amigos. Explicó a Jesús que había hecho inventario del dinero disponible por cada apóstol y que apenas sumaban una treintena de denarios entre todos. Sólo quedaba añadir a esa cantidad lo que el propio Jesús pudiera aportar. Judas no podía evitar pensar en que quizá su maestro tendría la solución económica de forma milagrosa.
Pero el Rabí no se inmutó por la indirecta insinuación de Judas tras presentar el Iscariote su informe. «Treinta denarios», comentó Jesús. «Eso bastaría para mantenernos a los trece durante dos semanas, pero no para mantener a vuestras familias». Y Jesús pidió a Judas que apuntara su aportación en cinco denarios semanales, parte de la cual debía servir para sufragar gastos en la casa de su madre.
A pesar de la generosa aportación de Jesús, esos cuarenta denarios finales en caja resultaban del todo insuficientes. Una familia necesitaba para subsistir cada día al menos unos ocho ases, es decir, medio denario, y eso con ciertas estrecheces. Eso significaba que para mantener a las nueve familias de los apóstoles casados, más a la madre de Jesús, al menos serían necesarios unos setenta denarios durante dos semanas, y eso sin contar la parte que deberían reservar para ellos.
La conclusión de Judas no pudo ser más clara. Los fondos de la bolsa común eran del todo insuficientes. Viendo la situación Jesús les dijo:
—No es la voluntad de mi Padre que comencemos a trabajar de este modo. Nos quedaremos aquí junto al mar durante dos semanas para pescar o trabajar en lo que sea que encontremos; mientras tanto, siguiendo la dirección de Andrés, el primero de vosotros a quien admití, deberéis organizaros de cara al futuro. Tenéis que planificaros de modo que podáis proveer de todo lo necesario a vuestras familias, y podáis aportar a la bolsa la cantidad suficiente para manteneros durante nuestra obra futura, tanto en la próxima labor de ministerio personal a la que os voy a enviar, como cuando os ordene a predicar el evangelio a todas las gentes.
Los apóstoles encajaron la crítica de Jesús de buen grado. Se habían despreocupado en exceso de la cuestión del dinero. Acaso todos habían pecado un poco de la misma idea que Judas, esperando que este problema se esfumara gracias al poder de su maestro. Pero no era ésta la forma de pensar de Jesús.
Sin embargo, cuando Jesús les dejó a solas para retomar su organización, mucho les confortó la idea que les había transmitido su maestro acerca de una acción conjunta de mayor envergadura en el futuro. Esta era la primera vez que habían oído a Jesús reconocer que su plan era más vasto y ambicioso y que incluía una predicación a gran escala a todo el pueblo.
Esa tarde los doce retomaron el tema de su organización. Jesús tenía razón. No podía salir a predicar sin tener solucionados los temas familiares y monetarios. Pronto se pusieron de acuerdo en que era necesario que alguien asumiera un papel fiscal, de recolección de dinero. Había que encontrar financiación futura si querían emprender una tarea tan importante. Ahora podrían pasar dos semanas trabajando y dos semanas sin sueldo, gastando las ganancias de las semanas anteriores. Pero, ¿qué pasaría cuando su labor de predicación supusiera una dedicación permanente? ¿Cómo mantendrían a sus familias? Había que encontrar patrocinadores dispuestos a aportar dinero a la causa. Las familias más desahogadas de los apóstoles, las de los Zebedeo, Mateo y Simón, sin duda se volcarían en ayudar, pero haría falta más, mucho más. Necesitaban crear un puesto de agente fiscal y propagandista. Y Andrés rápidamente supo ver quién era el compañero ideal para el puesto: Mateo. El séptimo de los apóstoles en ser elegido era un hombre de moderada riqueza, un hombre exitoso en los negocios, recaudador de profesión, con muchos contactos entre la gente pudiente.
Muchos apóstoles no tenían en mucha estima a este hombre sincero pero de mente un tanto materialista. Su profesión no estaba bien valorada y no parecía encajar en un grupo que buscaba la pureza religiosa y espiritual. A Mateo realmente nunca le habían interesado los profetas y la religión. «¿Qué pretendía ahora Mateo?», se decían los apóstoles que le conocían de antiguo en Cafarnaúm. Siempre es difícil cambiar la opinión sobre alguien que decide empezar una nueva vida.
Pero Andrés lo tenía claro, así que prevaleció su elección. Mateo sería el financiador de los doce, y él accedió de buen grado al nombramiento. Ya era el sexto de los apóstoles en tener una responsabilidad asignada. Prometió a sus camaradas hacer todo cuanto estuviera en su mano para mantener la caja llena y facilitar así el mantenimiento del grupo y sus familias. Y a pesar de las reticencias de sus amigos, Mateo en verdad cumplió fielmente con su cometido. Nunca llegarían a saber los otros once apóstoles hasta qué punto se desprendió Leví de sus riquezas para evitar la bancarrota de la comunidad de seguidores de Jesús.
En este pletórico domingo los doce discutieron como auténticos hermanos de una nueva familia sobre su futuro modo de vida, y por primera vez empezaron a aprender a dirimir sus diferencias y llegar a acuerdos de compromiso, evitando las desavenencias. Pronto vieron que lo mejor es que se dedicaran todos ellos al negocio de la pesca. La gran mayoría de los apóstoles eran pescadores, y muy expertos. Tan sólo Natanael, Simón el Zelote, Mateo y Judas se habían dedicado a otras profesiones. Pero accedieron a aprender las artes del oficio de la pesca con tal de formar un grupo más unido. También influyó en su decisión el hecho de que sabían que Jesús apreciaba mucho el trabajo de la pesca y que era un pescador muy experto.
Satisfechos con sus decisiones de este día, dedicaron el resto de la tarde a remendar las redes y prepararlas para el día siguiente. Pusieron a punto también las barcas, las dos de las que disponían, que curiosamente habían sido parte del trabajo de Jesús en el astillero y fueron fabricadas por sus propias manos. Para beneficio de los cuatro apóstoles que empezaban su profesión de pescadores, el resto de discípulos les instruyeron sobre los aparejos y su uso.
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Simón, el antiguo Zelote, tuvo un altercado este día con sus antiguos compañeros revolucionarios. Aquellas semanas se percibía una especial tensión en el grupo guerrillero revolucionario. Llegaban rumores por todas partes de un próximo cambio del prefecto romano que controlaba Judea y Samaria, y estos momentos eran los más propicios para provocar altercados con los que atacar el poder del opresor. Todos los grupos de la región de Galilea se estaban preparando para una oleada de atentados contra propiedades gentiles. Los comandantes de cada zona pronto darían la orden, y la incorporación de Simón en el grupo de Jesús no había agradado nada al grupo existente en Cafarnaúm. Muchos eran socios de Simón en el negocio de la compra-venta de productos.
Simón se dirigió a su tienda para traspasar todos los asuntos a sus hermanos y al resto de sus socios. Durante los últimos años ya había aparcado bastante su dedicación al puesto de caravanas para concentrarse de lleno en la organización de los zelotes de Cafarnaúm. Pero lo que ahora les anunció a sus perplejos compañeros de trabajo era que iba a dejar el negocio por completo para hacerse pescador y unirse al grupo de discípulos del polémico rabino. Aquello fue demasiado. Y la discusión con sus compañeros, todos antiguos zelotes, no tardó en aparecer:
—Simón, no te engañes. Que ese rabino iluso y utópico no te nuble. Son todos iguales, como los protestantes pacíficos de la nobleza de Jerusalén. Lo único que quieren es hablar con el poder romano. ¡Hablar! Creen que así van a solucionar algo, pero la realidad es que año tras año nuestros impuestos suben y los precios de nuestros productos bajan, nos tratan como a escoria y se oponen a nuestras costumbres religiosas ancestrales. Contra el invasor opresivo sólo hay una acción posible: la rebelión abierta. ¿Qué más puede querer el Señor de nosotros sino vengar toda esta blasfemia contra su pueblo santo?
Simón no sabía cómo contradecirles. En el fondo, él sólo deseaba comprobar si Jesús era el Mesías. En realidad no había abandonado los postulados zelotes. El invasor debía ser expulsado, sí, pero Simón tenía la esperanza de que fuera como soñaron los profetas antiguos, por medio de un ser prodigioso que instauraría a Israel como trono de toda la Tierra. Y Jesús parecía satisfacer estas pretensiones. ¿Acaso no merecía un examen sincero? ¿Y si realmente fuera el Esperado?
Pero los zelotes estaban hartos de estas ensoñaciones mesiánicas que lo único que hacían era atontar al pueblo con esperanzas vanas. ¡Había que actuar ya!, le espetaban a Simón. Y él, por mucho que en su ilusión les afirmara que en muy breve verían cosas portentosas de su maestro, no logró disminuir su desagrado. Simón ya no volvería a ser visto con buenos ojos por sus antiguos amigos. Una sensación de frustración y abandono acompañó el resto del día a este ferviente nacionalista que se empezaba a debatir con fuerza entre sus antiguas ideas y un nuevo concepto que su extraño maestro empezaba a hacer florecer en su corazón.