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Lunes, 22 de julio de 26 (19 de ab de 3786)
El lunes los doce empezaron a trabajar como una única cuadrilla de pesca. Los cuatro discípulos que no eran pescadores se presentaron ante el recaudador de los impuestos de la renta y se registraron en Cafarnaúm como pescadores. Mucho se sorprendió el publicano de ver a Mateo, un colega suyo, abandonar su profesión de recaudador de la aduana para dedicarse al poco lucrativo negocio de la pesca, y además como un simple jornalero. También se sorprendió de ver a Simón, el antiguo zelote, estampando su nombre en el papiro que le registraba como pescador y no más como mercader.
Esa mañana Jesús se alegró mucho de conocer las decisiones que habían tomado para su manutención, y les dijo:
—Espléndido. Pescaremos por períodos de dos semanas, y luego os convertiréis en pescadores de hombres.
Durante este día los apóstoles más diestros en la pesca aleccionaron al resto en el trabajo, explicando las diferentes técnicas con la red, sobre todo con la red barredera, la más usada en el lago. Se organizaron en tres botes. Dos de los botes ya eran de uso corriente por Andrés y Pedro, y por Santiago y Juan. Ambas parejas de hermanos eran habitualmente socios o metachoi y solían salir a pescar, formando cooperativas llamadas koinonoi, con otros compañeros con los que cerraban acuerdos para pujar por los contratos de pesca o los arrendamientos y luego repartirse las ganancias.
Las barcas que se usaban eran robustas y resistentes, hechas para durar. Curiosamente, algunas de ellas habían sido fabricadas por las propias manos de Jesús. Andrés y Pedro tenían arrendada a Zebedeo una barca pequeña del tipo ploiarion[1] que solían usar con otros compañeros que también trabajaban para el armador. Santiago y Juan solían navegar con tres amigos, Joah, Lot y Nadab, en una barca también propiedad de su padre. Era imprescindible el concurso de dos embarcaciones para manejar la red barredera, la sagênê.[2]
Como desde hacía algún tiempo los discípulos pescadores ya no se dedicaban regularmente a la pesca, los socios de Andrés, de Pedro, de Santiago y de Juan, habían optado por juntarse con David Zebedeo y otros pescadores a sueldo de su padre para continuar usando las barcas.
Al ser ahora los discípulos un grupo de doce, podían organizarse cómodamente en tres cuadrillas de cuatro pescadores, el número ideal para la tripulación de las pequeñas naves. Así que quedaron organizados como sigue: Andrés y Pedro pilotarían su barca de siempre en compañía de Mateo y Simón Zelote, sus dos escogidos; Santiago y Juan Zebedeo harían lo propio con los gemelos Alfeo; por último, Felipe y Tomás, expertos pescadores, se harían cargo de la tercera embarcación, junto a Natanael y Judas. De esta forma habría al menos dos pescadores experimentados en cada barca.
Faltaba por ver con quién navegaría Jesús, pues todos conocían la pericia del Maestro en el arte de la pesca, y todos querían disputarse el honor de contar con su compañía. Pero el Rabí era siempre ecuánime en sus relaciones, y les prometió repartirse entre ellos y salir cada vez con una de las cuadrillas.
Después de preparar arduamente las redes, sus pesas y flotadores, y de instruir de forma intensiva a los apóstoles neófitos, salieron por fin esa noche a probar suerte.
¡Cómo disfrutaban de la presencia de Jesús en la barca! El Maestro era un camarada alegre y divertido, eficaz y resuelto. Nunca dejaba de sorprenderle a Pedro ver a su rabí pescar como si aquella hubiera sido la profesión de toda su vida. Pero lo que más apreciaban de él es la nota de entusiasmo contagioso que siempre imprimía a esas eternas y pesadas noches.
El trabajo de pescador era rutinario y cansino. Salían de noche, aunque también podían pescar de día si la noche había sido mala, porque era el momento en que se conseguían las mejores capturas. El sueño, arrullado al mecerse la barca con las olas, hacía estragos. A veces se podía estar toda una noche entera desplegando las redes sin nada de suerte, lo que hundía la moral y aumentaba la frustración al máximo. Si la mala racha duraba varios días, los pescadores entonces se volvían sumamente supersticiosos. Cambiaban las tripulaciones, se aferraban a sus amuletos, e imploraban a Yavéh con tal de que la buena suerte regresara.
Pero Jesús era especial. Nada parecía afectarle, ni siquiera tres noches en blanco. Su decisión y entrega no disminuían un ápice de noche a noche.
Cuando pescaban, solían navegar mar adentro a una distancia prudencial, escogiendo bien el lugar. Luego juntaban dos barcas. Una de ellas se hacía con las redes, que se enrollaban cuidadosamente para que cupieran en el bote. Los pescadores de la segunda barca se hacían entonces con los cabos de la red, y tirando poco a poco con fuerza se introducían más en el mar, girando en redondo alrededor de la primera embarcación, que permanecía fija. Mientras, con sumo cuidado, la barredera se iba desplegando. En el momento de máxima apertura, cuando la embarcación en movimiento llegaba de nuevo a la altura de la primera, podía medir cien metros. Las plomadas que llevaba atadas a sus extremos la hacían hundirse hasta cuatro metros. Entonces ambas embarcaciones se dirigían de nuevo hacia la costa, barriendo el mar y su fondo. Por eso la llamaban «barredera». Si el lugar elegido había sido un acierto y se habían congregado peces en la zona, las capturas podían ser enormes.
Una vez en la playa, una de las barcas podía hacerse cargo de la red, arrastrar los peces a la orilla, y empezar la selección de los peces puros según la Torá, que se guardaban en canastos bajo la vigilancia de uno de los doce. Mientras una barca efectuaba la entresaca, la tercera barca representaba una ventaja porque podía salir con su propia red para efectuar otra captura junto a la barca restante. De este modo siempre había dos botes en el agua, lo cual permitía más celeridad y que se pudieran hacer hasta ocho salidas por noche.
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A los pocos días, Jesús se empezó a mostrar algo preocupado y serio. Desaparecía por la mañana y sólo regresaba a la hora del almuerzo. Una mañana, el Maestro reunió a los doce y les preguntó, para sorpresa de los apóstoles, por las armas que portaban. Muchos de los discípulos, como buena parte de la población judía, solían portar algún puñal o daga, o un buen bastón, para defenderse de posibles atacantes. Los bandidos y salteadores podían acechar en cualquier ciudad o camino.
Pero los doce habían observado que su rabí nunca llevaba ningún arma consigo y en varias ocasiones se había mostrado contrario a ello. Ellos le respondieron abriendo sus túnicas y mostrando sus fajas.
—Hacedme caso. Dejadlas en vuestras casas. No las guardéis en esta casa, y no las llevéis encima durante los próximos días.
Se quedaron un poco helados con esta recomendación tan poco tranquilizadora. ¿Qué iba a ocurrir? Los discípulos ya habían tenido muestras en el pasado de que Jesús debía tener un poder especial para conocer el futuro. ¿Y cómo no iba a tenerlo, si era el Mesías esperado? Así que supusieron que esta nueva frase enigmática de su maestro mucho tendría que ver con algún suceso inminente. Pero por más que trataron de sonsacar a Jesús, éste no les dio más explicaciones.
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Todos continuaron con su labor tranquila en el lago. Dormían por la tarde y se levantaban cuando el sol se ocultaba para iniciar una nueva jornada de trabajo. Los judíos empezaban a contar el día a la puesta de sol, por lo que los doce se despertaban en realidad a la primera hora del nuevo día. Tras una noche de intensa actividad, por la mañana acudían a la lonja a vender el producto o bien algunos discípulos expertos continuaban la pesca desde la orilla utilizando la red lanzadera, que no requería del uso de las barcas.
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Viernes, 26 de julio de 26 (23 de ab de 3786)
El viernes, aquella aparente calma saltó por los aires. A primeras horas de la mañana llegaron noticias de que un nuevo prefecto enviado desde Roma se había hecho cargo de los antiguos territorios de Arquelao. Su nombre aún no estaba claro pero al parecer se llamaba Pilato. Pronto, por su parecido con la palabra pilum[3], la jabalina que usaban los soldados romanos, se le pusieron varios motes que hacían alusión al arma.
La noticia, como es lógico, inquietó a todos los habitantes de Cafarnaúm. Aunque el mar de Galilea no formaba parte de la tetrarquía a cargo de la administración romana, eran bien sabido que el carácter y la personalidad de los prefectos de Roma marcaban, y mucho, la vida de los ciudadanos de la región. El emperador Augusto había cambiado con cierta frecuencia a estos prefectos por su ineficacia y falta de tacto con los judíos. Tiberio en cambio había adoptado la estrategia de mantenerlos más en su cargo para evitar una codicia excesiva en los impuestos. Pero los judíos no sabían qué era peor, si mandatos cortos o largos. Todos los prefectos eran mandatarios venidos de la carrera militar, del orden ecuestre, generales que estaban más dispuestos a resolver los problemas por la fuerza que con la diplomacia.
Así las cosas, con la gente abandonando sus quehaceres y formando corrillos para informarse de las nuevas, estalló la locura. Algunos jornaleros del puerto corrían por la aldea gritando que varias poblaciones del mar estaban ardiendo.
Mucha gente se congregó en el puerto para verificar lo que oían. Efectivamente, podían verse en la costa occidental, a la altura de Tiberias, varias columnas de humo.
Las noticias que llegaban eran contradictorias, pero al parecer, un grupo de zelotes había incendiado algunos edificios construidos por Antipas en su nueva ciudad, en protesta por la llegada del prefecto. Noticias similares se oían de la vecina Séforis.
Ahora empezaron a entender los apóstoles a Jesús. De pronto, sintieron miedo. ¿Es que aquello iba a significar el principio de la lucha armada? ¿Se manifestaría Jesús en ese momento como el caudillo militar que todos esperaban?
Pero aquellos pensamientos estaban muy lejos de las inquietudes de Jesús. El Maestro pidió a los doce que no se marcharan de la casa de Zebedeo y se dedicaran a remendar las redes. David Zebedeo, corriendo de un lado para otro, traía novedades de los sucesos. Al parecer, en diferentes puntos de Galilea, Samaria y Perea, los zelotes, al unísono, coincidiendo con la llegada del nuevo prefecto, habían desencadenado una oleada de ataques contra propiedades gentiles. Con antorchas humeantes y al galope, habían irrumpido en varias poblaciones destacadas, sometiendo al fuego a los edificios administrativos, símbolos de la opresión pagana.
Las tropas no tardaron en hacer acto de presencia. La guarnición de Cafarnaúm, donde una cohorte equitatae[4] se alojaba en pleno, invadió la pequeña aldea, mientras el ala de caballería allí instalada galopaba por la vía Maris en dirección a Tiberias para socorrer la ciudad.
Los soldados, cargados con todos sus pertrechos y armados hasta los dientes, parecían en pie de guerra. La cohorte de Cafarnaúm, llamada Cohors Ituraeorum, se componía de habitantes de Iturea, hombres montaraces y rudos acostumbrados a la vida en las pendientes del monte Líbano, al norte de Galilea, de donde provenían. La cohorte disponía de un nutrido cuerpo de auxiliares sagittarii[5], infantes expertos en el manejo del arco, especialmente del arco compuesto.[6]
Fueron casa por casa, con su arcos y carcajs en bandolera, registrando las viviendas en busca de armas. Cualquier cuchillo largo o material para hacer fuego era requisado, por mucho que se les asegurara que sólo servía para cocinar. Las órdenes eran claras. Estaba prohibido portar cualquier tipo de arma.
Por supuesto, la casa de Zebedeo fue registrada de cabo a rabo. Jesús pidió calma a los doce y que no se interpusieran en el registro de los soldados. Los apóstoles no entendían aquella actitud pusilánime de su maestro. Todos sufrieron aquel registro con rabia contenida. ¡Cómo ardían en deseos de aniquilar a aquellos itureos prorromanos y unirse a la revuelta contra el nuevo prefecto! ¡Cómo hubieran deseado que el Rabí realizara algún portento para atemorizar a estos invasores! Pero ninguno sabía que aquel registro no formaba parte únicamente de las medidas de seguridad debidas a los disturbios de Tiberias y Séforis. Antipas mismo estaba detrás de las órdenes de registro del lugar donde se hospedaba el «nuevo profeta galileo». Bien informado como estaba por sus espías, había dado órdenes extra para la tropa de la cohorte Ituraeorum, cuya dirección compartía él con su hermano Filipo y el prefecto.
Los soldados, no obstante, a pesar de dejarlo todo revuelto, no dieron con ningún instrumento punzante ni pedernales, así que contrariados, dieron media vuelta y continuaron camino en dirección a su siguiente objetivo, el astillero de Zebedeo y las viviendas aledañas.
En cuanto se marcharon los soldados, los apóstoles vaciaron toda su furia y odio sin reprimirse.
—Estos romanos son odiosos. ¡Nos tratan a todos como si fuésemos criminales cuando son ellos los que tienen nuestro país invadido y a nuestro pueblo sometido! ¡Ellos son los peores asesinos y bandidos que ha conocido la historia! ¡Comedores de cerdo paganos hijos de rameras!
Los discípulos no se arredraron ni a pesar de la presencia de Jesús entre ellos. Soltaron toda suerte de lindezas durante varios minutos hasta que su furor se fue apaciguando al ver la cara seria del Maestro. El Rabí no apreciaba aquellas muestras desinhibidas de indignación nacionalista.
Les reunió a todos en el patio trasero y tratando de calmarles, les dijo:
—Os he dicho repetidas veces que mi reino no es de este mundo y que no estoy aquí para recuperar el trono perdido de la casa de David ni para cambiar los designios de los reinos actuales. ¿Por qué sois tan lentos en comprender? ¿Qué tienen que ver con los embajadores del reino los asuntos mundanos del reparto del poder político? ¿Por qué estáis tan preocupados de que nuestro país invadido sea liberado de sus sojuzgadores? ¿Es que no veis que todos los imperios de la Tierra son temporales y pasajeros? Ahora veis a la poderosa Roma como el ama de media parte del mundo conocido, pero tiempos vendrán en que Roma será solo una sombra, un espejismo de su pasado. Y sin embargo, ¿eso a vosotros en qué os ha de incumbir?
› Os lo he dicho varias veces y os lo vuelvo a repetir. Con respecto a nuestros gobernantes, sed cautos y precavidos. Vivimos tiempos de intriga e incertidumbre. No podéis confiar en estos líderes deshonestos que están dispuestos a sofocar cualquier novedad por la fuerza. El mensaje que os pido que llevéis al mundo sin duda que no dejará indiferente a los reyes y los poderosos, así que esperad de ellos las peores reacciones. Por eso os prevengo, es mejor que ahora consigamos mantenernos un tiempo en la Tierra para hacer nuestra obra. ¡Qué bien sé yo cómo las fuerzas del Maligno están conspirando contra nosotros para poner en nuestra contra a estos mandatarios de poca visión espiritual!
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Los doce encajaron de buen grado la reprimenda de su maestro, pero en el fondo de su corazón siguieron albergando los mismos pensamientos en esos agitados días. El deseo más fuerte de su corazón era ver convertido a Jesús en un poderoso maestro que asombrara a las masas y atemorizara a los tetrarcas y prefectos. No podían entender aún lo lejos que estaban estas expectativas de la realidad de Jesús.
Los disturbios provocados por los zelotes pusieron en estado de guerra al país. A partir de ese día en adelante se volvió frecuente ver destacamentos de tropas auxiliares romanas patrullando las calzadas importantes. Cafarnaúm, como parada de la vía Maris y puesto de una cohorte, se vio sometido a un constante trasiego de tropas. Los altercados modificaron de forma desagradable el pacífico modo de vida que durante aquellos últimos meses se había podido disfrutar en Galilea.
Las noticias que llegaban no eran nada halagüeñas. Se produjeron detenciones por todo el país. Herodes Antipas, para congraciarse con los romanos, también se había volcado en las redadas. Se suponía que su cuerpo de espías debía tenerle informado de las intenciones de estos zelotes, pero había fallado estrepitosamente. No deseada tener que justificarse por su falta de vigilancia ante el emperador, así que procedió a realizar arrestos ejemplares por todo su reino. Por fortuna para él los ataques no se habían producido sólo en Galilea y Perea, sino por toda Palestina.
La consecuencia nefasta de toda esta represalia es que Antipas dio órdenes para reanudar las persecuciones contra los seguidores del profeta-bautista del Jordán. Los discípulos de Juan, después de su arresto, se habían dispersado por el sur de Perea y Judea o bien habían regresado a sus casas. Abner y otros seguidores importantes se habían refugiado en Hebrón, formando pequeñas comunidades aisladas donde continuaban las predicaciones de su maestro. Pero desde el reinicio de las persecuciones de Antipas tuvieron que separarse y dejar de predicar en público para evitar ser hechos prisioneros.
Así las cosas, Jesús y su grupo de doce apóstoles continuaron como pudieron con la normalidad del trabajo de pesca y con sus tertulias vespertinas de enseñanza.
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Uno de los días de estas dos semanas de trabajo junto al lago Jesús se acercó a visitar a su madre, a Ruth, y a su hermano Santiago. Deseaba que la relación con ellos volviera a ser como antes y zanjar con Santiago el asunto de su inadmisión en el grupo de los doce, pero Jesús regresó de casa de su madre con otra nueva desilusión. María y Santiago, alterados como toda la población por la tensa situación política, no pararon de tratar de convencer a Jesús sobre la conveniencia de hacer algo y ayudar a los zelotes en su lucha. Aunque Santiago nunca había querido entrar a formar parte del grupo guerrillero, sentía auténtica estima por su causa. Por más que el Maestro trató de relajar los ánimos de su familia y explicarles la verdadera naturaleza de su misión, la réplica que recibía era siempre la misma. Jesús empezaba a darse cuenta de que aquel empecinamiento de su madre y sus hermanos sobre él podría causarle problemas en el futuro, y vislumbró con pesar que iba a ser necesario un cierto distanciamiento con su familia si quería evitar el desastre.
El ploiarion era la típica embarcación pequeña del mar de Galilea, de unos 8 metros de largo por dos y medio de ancho, ideales para cuatro a seis pescadores y de gran maniobrabilidad. ↩︎
Sobre el arte de la pesca en tiempos de Jesús veáse el artículo El sector de la pesca en el mar de Galilea. ↩︎
Pilum (plural pila), era la jabalina típica del ejército romano, con una longitud de unos dos metros y terminada en un vástago de hierro de medio metro con punta piramidal. ↩︎
Las equitatae eran cohortes o batallones de infantería en el ejército romano que tenían asociada un contingente de caballería. ↩︎
Sagittarii (en singular, sagittarius), era el nombre que recibían en la antigua Roma los arqueros que formaban parte de las tropas auxiliares. ↩︎
Sobre las tropas romanas estacionadas en territorio judío en tiempos de Jesús, véase los artículos Tropas romanas en tiempos de Jesús y Las tropas romanas en territorio judío. ↩︎