© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Después de unos días en Safed, Jesús y sus dos apóstoles reanudaron la marcha subiendo en altitud en dirección a Giscala. Esta población era famosa por su aceite de gran pureza y sus telas sedosas. Rodeada de abruptos desniveles, situada en una protuberancia de la tierra, Giscala se elevaba como una fortaleza sobre el paisaje, imitando a Safed.
No tuvieron mucha mejor acogida las ideas del Maestro en esta población de recias costumbres hebraicas. Los dos discípulos anhelaban poder declarar abiertamente quién era Jesús, pero el Rabí se mostraba reacio a dirigir la atención sobre sí mismo. Su enseñanza versaba únicamente sobre su Padre, a quien él denominaba Abba, ese curioso nombre con el que Jesús trataba de explicar su idea acerca de Dios.
Pedro y Andrés vivieron unas semanas sumamente edificantes con su maestro, pudiendo saciar a placer su sed de curiosidad y conocimientos, pero la experiencia predicadora resultó ser una pequeña decepción. Muy pocos oyentes se interesaron de corazón por la nueva enseñanza. En el fondo, los dos hermanos lamentaban que Jesús adoptara una actitud tan esquiva acerca de sí mismo. No entendían muy bien porqué trataba de ocultar el prodigio que había realizado convirtiendo agua en vino. Imaginaban que de conocer abiertamente las gentes estos hechos notorios, muchos más habrían decidido interesarse por su doctrina. Los dos apóstoles, especialmente Pedro, entendían la vanalidad de buscar conversos forzados, pero querían obtener resultados, y los querían rápido.
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Regresaron a Cafarnaúm pasadas las dos semanas, a tiempo para reunirse con sus amigos. Todos volvían enorgullecidos de haber iniciado su labor como heraldos y pioneros de la misión del Mesías. Santiago y Juan Zebedeo habían trabajado en Corozaín; Felipe y Natanael en Ailabon; Mateo y Simón en Betsaida; los gemelos Alfeo en la otra Betsaida; y Tomás y Judas en Tariquea. El éxito de cada una de las parejas había sido escaso. No había mucha gente en estas poblaciones judías realmente interesada en la enseñanza algo inusual de Jesús. Pero todos habían encajado con resignación y espíritu batallador el desafío. Estaban dispuestos a llevar por toda Israel su nueva fe hasta conseguir reunir las mismas multitudes que ya tuvo Juan.
Los apóstoles que habían formado parte del grupo de Juan veían ahora a Jesús y se daban cuenta del estilo tan diferente de ambos. No tenían duda, por las afirmaciones de su antiguo maestro, que Jesús era el Mesías esperado. Pero por más que buscaban en él a ese hombre prodigioso que todos anhelaban, no dejaban de ver a un hombre sabio lleno de bondad que se alejaba poco a poco de sus esperanzas. Sólo el tiempo diría la última palabra.
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Tras otras dos semanas de intensa pesca, las cuentas del fondo volvieron a arrojar un saldo positivo suficiente como para afrontar el nuevo período de predicación. Además, esta vez Zebedeo añadió una generosa aportación para sufragar al menos un mes de trabajo. Pero en buena previsión, en lugar de romper la rutina que se habían trazado, Judas colocó esta donación del armador en un banco de Cafarnaúm, en depósito con un interés fijo, con la finalidad de usarlo en un futuro, cuando imaginaba, con muy buen criterio, que resultaría más necesario.
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Domingo, 1 de septiembre de 26 (1 de tishri de 3787)
Celebraron todos juntos en Cafarnaúm la Rosh Hashaná[1], la fiesta de Año Nuevo, comiendo las tradicionales manzanas asadas con miel, y orando la tashlij[2] junto a la orilla del yam durante la puesta del sol.
Al día siguiente, se prepararon para partir. En esta nueva salida de los apóstoles Jesús acompañó a Santiago y Juan, «los truenos». Esta vez el destino era Ramá, en la carretera a Tolemaida [3].
Terminaba el verano y las últimas siegas convertían el campo en un rasurado terruño de pálidos colores ocres. En las eras, los trilliques arrastraban sus pesados trillos junto a las parvas donde se aventaba la paja del grano.
Ramá era una pequeña ciudad, otrora grande y populosa, en tiempos de la tribu de Neftalí. Contaba con una nutrida población judía mezclada con gentes extranjeras que habían abrazado el judaísmo. En su pequeña sinagoga pudo predicar el Maestro todas las tardes, durante las reuniones vespertinas, y al menos un sábado por la mañana.
Jesús explicó a los ramaítas su nueva religión de la fe en Dios como Padre de todos y cada uno, pero de nuevo resultó ser una enseñanza poco atractiva e inusual. Las gentes sencillas, de escasos recursos, veían difícil creer en un ser tan bondadoso y tierno con el hombre que mereciera el calificativo de Padre. Si Dios era tal persona, ¿por qué permitía la pobreza, el hambre y la enfermedad?
Durante una de esas noches en que Jesús aleccionaba a Santiago y Juan en privado, el pequeño de los Zebedeo dirigió una muy provechosa pregunta al Rabí, que inició una instructiva conversación entre ellos.
—Maestro, tú hablas de Dios como Abba, «mi Padre», pero, ¿cómo deberíamos nosotros llamar a Dios?
Jesús les dijo:
—A través de toda la creación, de todos los nombres por los que se conoce a Dios el Padre, el que más satisface a sus criaturas y el más utilizado es «Primer Origen y Centro Universal». Pero al Primer Padre se le conoce por varios nombres en diferentes lugares. Los nombres que la criatura asigna al creador dependen en gran medida del concepto que la criatura tiene del Creador. El Primer Origen y Centro Universal nunca se ha revelado a sí mismo por su nombre, sólo por su naturaleza. Si creéis que somos los hijos de este Creador, es natural que lleguéis a llamarle Padre. Pero éste es un nombre de vuestra propia elección, y parte del reconocimiento de nuestra relación personal con el Primer Origen y Centro.
—Entonces, si entiendo bien, cada uno de nosotros debemos buscar un nombre apropiado que ofrecerle al Padre.
—Has entendido bien, Juan. Ese nombre no es importante, pero es importante que provenga de vuestra experiencia espiritual.
—¿Y cómo podemos descubrir un nombre adecuado para Dios?
Jesús continuó diciendo:
—Una vez que os hayáis vuelto verdaderamente conscientes de Dios, después de que hayáis descubierto al Creador majestuoso y hayáis empezado a experimentar la conciencia de la presencia interior del controlador divino, entonces, de acuerdo con vuestra iluminación y con la manera y método por el que los Hijos Divinos revelan a Dios, encontraréis un nombre para el Padre Universal que expresará de manera adecuada vuestro concepto del Primer Gran Origen y Centro. Y de este modo, en diferentes lugares, el Creador llega a ser conocido por numerosos apelativos, que en el espíritu de las relaciones todas significan lo mismo pero que, en las palabras y en los símbolos, cada nombre representa el grado y la profundidad de su entronamiento en el corazón de sus criaturas.[4]
Juan se quedó algo pensativo. Trataba de imaginar un nombre divino adecuado y respetuoso. Finalmente acudió al Maestro:
—Maestro, ¿nos podríais dar ejemplos de cómo se llama a Dios en esos «otros lugares» que mencionas?
Jesús sonrió afirmativamente y contestó:
—Está bien. Siempre y cuando entiendas que estos nombres son sólo ejemplos que han de guiarte, no reglas para utilizarlas en tu predicación. Recuerda que no es importante el nombre en sí.
› Verás… —el Rabí se quedó pensando, buscando las palabras apropiadas—, cerca del centro de todas las cosas creadas, el Padre Universal suele conocerse por nombres que pueden considerarse significando el «Primer Origen». En otros lugares alejados del centro, los términos empleados para designar al Padre Universal significan más frecuentemente el «Centro Universal». Aún más allá, se le conoce como el «Primer Origen Creativo» y el «Centro Divino». En un lugar cercano, a Dios se le denomina el «Padre de los Universos». En otro, el «Elevador Infinito», y hacia el este, el «Controlador Divino». Él también ha sido designado como el «Padre de las Luces», el «Dador de Vida», y el «Único Todopoderoso».
› Más cerca de aquí se refieren a Dios como el «Padre Universal», y en otras moradas, es conocido alternativamente como el «Padre de Padres», el «Padre Paradisíaco», el «Padre de Havona», y el «Padre Espiritual». Los que conocen a Dios a través de las revelaciones de los Hijos de Dios, ceden con el tiempo a la atracción sentimental de la relación conmovedora entre Creador y criatura y se refieren a Dios como «nuestro Padre».
› En un mundo de criaturas con sexo, en un mundo en el cual los impulsos de la emoción paternal son inherentes en el corazón de sus seres inteligentes, el término Padre se vuelve un nombre muy expresivo y apropiado para el «Dios Eterno».
Juan y Santiago permanecieron unos segundos meditando sobre estas explicaciones. Juan se había quedado muy intrigado con «esas otras moradas» y «mundos» de los que hablaba el Maestro. Iba a preguntar sobre ello cuando se le adelantó su hermano.
—¿Y qué pasa con el nombre prohibido, el nombre que Moisés escuchó de la zarza ardiente, y que nadie debe pronunciar? ¿Qué secretos encierra ese nombre?
Jesús no vaciló en su respuesta:
—Mi Padre es mejor conocido entre nosotros los judíos como El o Elohim[5] y evitamos llamarlo Yahvé —los discípulos se quedaron pasmados de la ligereza con la que Jesús rompió en ese momento la prohibición de usar este nombre—, porque, al igual que otros pueblos de la Tierra, los judíos han mantenido ciertas tradiciones retrógradas durante su progreso religioso, como la reverencia a los nombres de las personas.
› El nombre que se le otorgue es de poca importancia. Lo significativo es que debéis conocerle y aspirar a ser semejantes como él. Vuestros profetas de antaño le llamaron con verdad «el Dios sempiterno» y se refirieron a él como «el que habita en la eternidad». Respecto al significado de Yahvé, «Yo soy el que Yo soy», no hay ningún misterio oculto en esa frase, tan sólo designa la realidad de la preexistencia del Padre. Él es el único ser de toda la creación que existe por sí mismo, y por ello puede decir sin lugar a dudas que él es «la existencia sublime», la «realidad primaria», «El que es».
Juan se removió inquieto, incómodo con esta enseñanza:
—Pero maestro, ¿acaso nos quieres enseñar que pronunciar el «Nombre Santo» como lo acabas de hacer tú ya no constituirá más una blasfemia?
Jesús movió las manos solicitando calma al atribulado ánimo de sus dos amigos:
—No deberíais tener tanto miedo y superstición de los nombres divinos. El Padre, ya deberíais entender esto, no es un ser airado y colérico que se disgusta con la denominación que se le ofrezca. El nombre es sólo un símbolo de la realidad, no la realidad misma. Y los símbolos sólo tienen un valor temporal. Son como la brizna de hierba que hoy ondea en el campo y mañana se escapa con la ráfaga del viento. Lo que permanece, las realidades que deberían preocuparos, son las verdades espirituales y eternas que son invariables y no cambian con el tiempo.
› Pero respecto a la doctrina de los rabinos que prohíbe el uso de ciertos nombres para mi Padre, os diré que no deberíais perder el tiempo con estos asuntos. Manteneos al margen de estas discusiones estériles que sólo os llevarían ante un juez y posiblemente ante un injusto castigo. Sed prudentes en vuestros conflictos morales con las autoridades. No convirtáis asuntos banales en grandes batallas espirituales. La verdadera contienda que debéis librar está dentro de vuestro corazón, y esa es la dura lucha de la fe, la pugna por encontrar los excelsos valores divinos, alcanzar la sabiduría eterna, y gozar de la voluntad del Padre.
La conversación continuó hasta bien entrada la noche. Estas enseñanzas privadas que la pareja de apóstoles disfrutó esa velada iluminó durante mucho tiempo las predicaciones de Juan y Santiago. Esta idea novedosa de Jesús de buscar nombres mejores para Dios le llevó mucho tiempo después a Juan a escoger como nombre para su divinizado Jesús la palabra griega Logos, utilizada en el sentido de «Verbo Divino» o «Palabra de Dios». Y esta enseñanza la perpetuaron los discípulos del pequeño de los Zebedeo para la posteridad.
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Uno de esos días en Ramá, pocos días antes de celebrarse la fiesta del Perdón, uno de los oyentes de Jesús le hizo varias preguntas muy acertadas al Maestro sobre el ayuno y la adoración. Lo primero que preguntó fue:
—¿Cómo se debería adorar a Dios?
Jesús respondió complacido a las preguntas de este joven sincero y de mente despierta. En esencia le respondió:
—Mi Padre nunca impone ninguna forma arbitraria de reconocimiento, de adoración formal, ni de trabajo servil a sus criaturas. Sus hijos deben por sí mismos, en su corazón, reconocerle, amarle y voluntariamente adorarle. Él rehúsa coaccionar o doblegar a la sumisión el libre albedrío espiritual de sus criaturas materiales. La atenta dedicación de la voluntad humana a hacer la voluntad del Padre es el regalo más selecto que el hombre puede hacer a Dios; de hecho, tal consagración de la voluntad de la criatura constituye la única dádiva posible de verdadero valor que puede hacer el hombre al Padre Paradisíaco. En Dios, el hombre vive, se mueve, y tiene su existencia; no hay nada que el hombre pueda dar a Dios, excepto esta elección de acatar la voluntad del Padre. Y estas decisiones, efectuadas por las criaturas volitivas e inteligentes del universo, constituyen la realidad de esa adoración verdadera, dominada por el amor, que es tan satisfactoria para la naturaleza del Padre Creador.
El joven que escuchó a Jesús, llamado Judas, se convirtió en discípulo del Maestro, y meses después, cuando las predicaciones se ampliaron, formó parte del grupo de evangelistas que siguieron habitualmente al Rabí.
Por la noche, de vuelta a su alojamiento, Santiago y Juan tenían más preguntas para Jesús.
—Maestro, ¿cómo es Dios? ¿Cómo podemos llegar a contemplarle y conocerle?
El Maestro suspiró buscando las palabras más apropiadas para el entendimiento de sus amigos.
—Dios es la realidad primaria del mundo espiritual; Dios es la fuente de la verdad en las esferas de la mente; Dios cubre con su sombra toda la extensión de los reinos materiales. Para todas las criaturas inteligentes Dios es una personalidad, y para el universo de universos, él es el Primer Origen y Centro de la realidad eterna. Dios no es ni como el hombre ni como la máquina. El «Primer Padre» es espíritu universal, verdad eterna, realidad infinita, y personalidad paterna.
—Entonces, maestro, todos los pueblos paganos creen en unos dioses falsos.
—Todos los pueblos de la Tierra, Santiago, incluidos nosotros, los judíos, tienen ideas confusas sobre la verdadera naturaleza del Padre. Los romanos y los griegos han convertido a Dios en una personificación de sus antiguos héroes mitológicos y hablan muchas veces de Dios como de una presencia nominal, un concepto vago y abstracto con el que no pueden relacionarse como individuos. Pero los judíos también han desvirtuado las hermosas revelaciones de los grandes profetas de antaño para convertir al Padre en un soberano serio y de fácil cólera al que hay que tratar con sumo cuidado y respeto para no airarlo. Ninguna de estas visiones coinciden con el verdadero carácter amante y misericordioso de mi «Padre del Cielo». El hombre tiende a colocar en Dios muchos atributos que son sólo humanos.
—Pero, ¿acaso Dios y el hombre no son semejantes?, ¿acaso no dice la escritura que Dios creó al hombre a «su imagen y semejanza»?
—«Dios es Espíritu». Es una presencia espiritual universal. El Padre Universal es una realidad espiritual infinita, es «el único verdadero Dios soberano, eterno, inmortal e invisible». Aunque seáis «los vástagos de Dios», no debéis pensar que el Padre es semejante a vosotros en forma y aspecto porque se os ha dicho que habéis sido creados «a su imagen y semejanza», morados por los «Monitores Misteriosos» enviados desde la morada central de su presencia eterna. Los seres del espíritu son reales, a pesar de que no son visibles al ojo humano; a pesar de que no son de carne y hueso.
› El antiguo vidente dijo: «¡Hé aquí! Camina a mi lado, y no le veo; continúa por su camino, pero no le percibo». Podemos observar constantemente las obras de Dios, podemos ser muy conscientes de las pruebas materiales de su comportamiento majestuoso, pero raras veces podemos contemplar la manifestación visible de su divinidad, y ni siquiera percibir la presencia de su espíritu delegado que reside en los hombres.
Santiago volvió con otro interrogante:
—¿Por qué Dios es invisible para el hombre? Si desea el bienestar de sus hijos, ¿por qué se oculta de ellos y les mantiene en una ingrata incertidumbre sobre su existencia?
Jesús movió afirmativamente la cabeza dando por buena la pregunta.
—El «Padre Universal» no es invisible porque se esconda de las criaturas humildes con obstáculos materiales y dones espirituales limitados. La situación es más bien la siguiente: «No podéis ver mi rostro, porque ningún mortal puede verme y vivir». Ningún hombre mortal podrá contemplar al espíritu de Dios y conservar su existencia mortal. A los grupos inferiores de los seres espirituales o a cualquier clase de personalidades materiales les es imposible acercarse a la gloria y al brillo espirituales de la presencia de la personalidad divina. La luminosidad espiritual de la presencia personal del Padre es una luz a la que ningún hombre mortal puede acercarse, que ninguna criatura material ha visto o puede ver. Pero no es necesario ver a Dios con los ojos de la carne para percibirle con la visión de la fe de la mente espiritualizada.
—Si al hombre le es imposible estar en presencia del Padre, ¿por qué Dios no nos hace diferentes, facultados para verle? ¿Por qué los serafines y los arcángeles tienen el privilegio de contemplarle y nosotros no?
—Ya te lo he explicado, Santiago. No es que él se oculte de vosotros. No hay nada que más desearía el Padre que poder revelárseos tal y como es. Pero eso limitaría vuestras posibilidades como seres evolucionarios que disfrutan de los beneficios de la fe y el estímulo de la esperanza. Efectivamente el Padre podría haberos creado un poco como los ángeles supremos, que disfrutan de la eterna certeza en su existencia. Pero considerad esto: estos seres majestuosos realmente os envidian por vuestro fabuloso destino preparado desde tiempos inmemoriales. Sois los hijos terrenales de Dios, los últimos en una larga carrera ascendente por alcanzar la perfección del Padre, pero pasáis por una experiencia única y enriquecedora como ninguna escuela del universo puede ofrecer. Esta experiencia es la intensa y loable lucha de la fe, la prueba de amor y devoción definitiva del hombre. Pensad que si pasáis con éxito esta prueba, las puertas de un futuro grandioso se abrirán de par en par para vosotros.
Santiago y Juan disfrutaron enormemente de estas veladas interminables cargadas de confesiones y revelaciones únicas. Jesús llenaba con su voz todas sus dudas, rellenando cada laguna y haciendo más comprensibles sus conocimientos de las escrituras. Parecía sin duda un gran rabino, docto y sabio, pleno de conocimientos. Pero él era algo más. Los dos hermanos Zebedeo contemplaban a su cambiado amigo y cada vez se daban más cuenta de que aquel sencillo pescador ocultaba en su interior al esperado Mesías, al ser más prodigioso y portentoso que jamás había conocido la Tierra. Sólo esperaban que su manifestación definitiva, que su apoteosis de fama y gloria llegara pronto y ellos tuvieran el honor de ser testigos de este magno suceso.
La Rosh Hashaná era la fiesta judía del año nuevo, celebrada el 1 de tishri, el séptimo mes en tiempos de Jesús, equivalente a nuestros septiembre y octubre. En él se celebraba el día 1 y 2 la Rosh Hashaná, el «año nuevo» espiritual judío; el día 3 la Tsom Guedaliá, un ayuno; el día 10 el Yom Kippur, o fiesta del Perdón, el gran ayuno judío; y del 15 al 22, la Sucot, la fiesta de los tabernáculos. En realidad los judíos tenían dos «años nuevos»: el 1 de tishri, el «año nuevo» espiritual, que conmemoraba, según una tradición popular, la creación de Adán, y el 1 de nisán, el «año nuevo» religioso. ↩︎
El tashlij era el rito simbólico que se realizaba durante la fiesta judía de Rosh Hashaná, en el que se rezaba una oración a la vera de un río queriendo con ello desechar los pecados. ↩︎
Sobre esta población se puede consultar este artículo: Ramá. ↩︎
Las declaraciones de Jesús acerca de Dios están basadas en El Libro de Urantia, secciones 1:1, 1:2 y 1:3. ↩︎
Elohim es el nombre con el que Dios aparece designado múltiples veces en las escrituras hebreas. Al tratarse de un plural, algo llamativo en el monoteísmo hebreo, se ha querido ver en la denominación un plural mayestático, pero muchos estudiosos lo consideran un plural que demuestra cierta aceptación politeista incluso en tiempos de Jesús. ↩︎