© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Cuando Jesús finalmente invitó a Santiago y Juan a que tomaran algo de descanso y se echaran a dormir, la noche ya era cerrada en las agrestes colinas de Ramá. Jesús aún permaneció un largo rato meditando. Sus pensamientos estaban también lejos de allí, en una oscura fosa en medio del desierto de Idumea.
Esa misma noche, en las gargantas de la costa oriental del mar Muerto lo único que se oía el lúgubre gemido de alguna alimaña buscando cobijo. La fortaleza de Maqueronte se alzaba ceñuda y desafiante en medio de los barrancos. Sólo unas pocas teas encendidas ofrecían luz por las troneras. El destacamento del torreón, en máxima alerta, montaba guardia permanente desde lo alto de los muros. El tetrarca había dado órdenes de extremar las precauciones en previsión de nuevos ataques de rebeldes zelotes.[1]
Antipas había establecido su sede temporal en la fortaleza del sur de Perea, lejos de los conflictos de Galilea. En las últimas semanas se habían producido varias detenciones de insurgentes, que habían sido ajusticiados someramente. Herodes había viajado a Cesarea con su nueva mujer, Herodías, y algunos de sus hermanastros y su familia, para dar la bienvenida al nuevo prefecto de Judea y Samaria, y de paso tranquilizarle por los sucesos recientes.
De vuelta a Maqueronte, el tetrarca se había rodeado de su guardia real y de una nutrida tropa para su protección personal. No deseaba ninguna sorpresa en el largo camino desde la costa mediterránea hasta la orilla oriental del mar Muerto. Últimamente, el lugar donde Antipas se sentía más seguro y confortable era la fortaleza de Maqueronte. Su otra residencia habitual en Perea, la ciudad de Julias, no ofrecía un puesto militar tan defensivo como esta fortaleza, y Tiberias, su nueva residencia en Galilea, aún no estaba concluida y podía ser presa fácil para los ataques rebeldes, como así había sido el mes anterior.
En la mazmorra del castillo, solo y abandonado, Antipas tenía confinado a un distinguido preso: Juan. El fogoso profeta, privado de compañía y sin noticias de sus discípulos, sufría una dura prueba de incertidumbre y dudas. Su mente se debatía noche tras noche en tinieblas cada vez mayores. Discurría por dubitativos senderos de esperanza y temor. ¿Era realmente Jesús el Mesías esperado? ¿Era su primo segundo quien él creía? ¿O se confundía, o se confundieron sus padres y la madre de Jesús? ¿Era cierta la historia que le contaron acerca del arcángel Gabriel? ¿O todo había sido un necio sueño?
Habían pasado inexorables y eternos los últimos meses para Juan. Su enjuto cuerpo, mal alimentado en la cárcel, y con la poca luz que entraba por una tronera en el techo, por donde le habían descolgado, mostraba ya síntomas de extrema palidez e inanición. Sus fuerzas le abandonaban y tenía que recurrir a toda la entereza de su fe para batallar cada día y no dejarse caer en la desesperación.
Al principio, Juan había recibido en prisión las noticias sobre Jesús de boca de algunos discípulos valientes. Pero desde que la actitud del tetrarca hacia los seguidores de Juan hubiera empeorado tanto, Juan ya no había vuelto a saber nada de su pariente. ¿Acaso Jesús no había iniciado aún su obra? Suponía que su primera acción como Mesías sería enfrentarse al tetrarca y sacarle de la cárcel, pero entonces recordaba sus revelaciones cuando se vieron junto al Jordán, y un halo de sombra y miedo le rodeaba con ansiedad. Algo le decía que Jesús le había anunciado un triste final para él. Cada día, cuando el guardián abría la rejilla por la que le descolgaba el desayuno, temía que fuera la voz del matarife la que oyera, dispuesto para su ejecución.
Pero Antipas no tenía intención de matar a Juan. Aunque Herodes no era creyente judío, sí era muy supersticioso y tenía temor de los fantasmas y del mal de ojo. Todo el día portaba a escondidas objetos fálicos, como hacían los romanos, para ahuyentar a los malos espíritus. Cuando fue joven había conspirado contra algunos de sus hermanastros para ganar el favor de su fiero padre como sucesor al trono, ocasionando indirectamente su muerte. Desde entonces, muchas noches se sobresaltaba esperando que se le apareciera el espíritu de sus hermanos traicionados. Sabía que Juan era muy apreciado por el pueblo sencillo, y que sus predicaciones habían congregado a miles de seguidores junto al Jordán. No deseaba incrementar sus desvelos creando un nuevo mártir. En el fondo, el Bautista no había violado ninguna ley y no había incitado al pueblo a la rebelión. Tan sólo había ridiculizado su manera de gobernar. No matarle era un acto de compasión que sin duda le granjearía el favor del pueblo, y mantenerle preso ganaría el apoyo de la clase dirigente de Jerusalén y de los romanos, que veían a todos estos profetas como simples rebeldes.
Antipas, temeroso de recibir alguna invectiva del reo, no se había atrevido a ofrecerle audiencia en su palacio. Alguna mañana, lleno de curiosidad, se acercaba a mirar por el ventanuco el foso en el que estaba confinado Juan. La prisión de la fortaleza eran un grupo de pequeños depósitos que se usaban para almacenar grano cuando no había prisioneros. El tetrarca le observaba desde lo alto, advirtiendo que se pasaba el día cabizbajo y en silencio o murmurando sus oraciones, y en cierto modo sentía lástima de aquel hombre piadoso y de apariencia maltrecha y débil.
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Cierto día Antipas se decidió a conceder audiencia a Juan. Su custodio bajó al foso, le lavó y le adecentó un poco el aspecto. Luego le llevó a la presencia del tetrarca en una de las salas privadas del palacio. En el salón se congregó toda la corte, formada por buena parte de la familia herodiana y los funcionarios reales. Herodías, la mujer de Antipas, para demostrar su desprecio hacia el profeta, no estaba presente, pero escuchó todo a través de una celosía en el techo de la estancia.
Juan se presentó con el semblante serio pero con la mirada firme y la cabeza alta. Ataviado con su típica pelliza de piel de cordero y con esa gran estatura suya, causaba una gran impresión.
Antipas no se sentía cómodo así que urgió al jefe de cámara a que procediera. El somatophylax[2] procedió a explicar a los presentes la identidad del prisionero y las acusaciones que se formulaban contra él, que básicamente se resumían en el delito de traición e instigación a la rebelión. Juan aguantó estoicamente la larga parrafada del oficial, esperando su turno. Sólo miraba con fiereza a Antipas, que rehuía inquieto la mirada. Finalmente, el jefe de cámara inquirió al Bautista:
—¿Qué tienes que decir a estas acusaciones que se te presentan?
La voz varonil de Juan sonó atronadora en aquel aposento:
—Represento al poder más alto del «Rey Eterno» y no reconozco ni los poderes temporales de los tetrarcas, ni los etnarcas, ni los reyes. El tiempo en que los poderosos de la Tierra continuarán explotando sin mitigación la miseria de sus súbditos ya ha llegado a su fin. Ahora llega la hora del «Gobernante Supremo», aquel que por tanto tiempo anunciaron los profetas y los sabios varones de antaño. Él viene a establecer un dominio eterno, y a proclamar una nueva era de justicia social.
› Pero no penséis que os digo esto porque esté yo resentido por el trato que estáis dando al Anunciador del nuevo reino. Yo sólo soy un portador de advertencias, una voz que clama en el desierto y os previene con una buena recomendación. Si queréis, aún vosotros podéis ingresar a este reino de sublime felicidad y paradisíaca grandeza. Arrepentíos, haced actos de contrición y cargad con vuestra penitencia. El Señor no os pide vanos sacrificios ni más estériles novilunios. Lo que el Señor os pide es que le volváis los ojos, que rectifiquéis y hagáis obras merecedoras de su perdón. No acumuléis ni atesoréis más riquezas mundanas, sino más bien repartid vuestras posesiones entre los pobres, y el Altísimo os tendrá clemencia. Sed fieles a las leyes de Moisés, no os permitáis enemigos, orad y ayunad, y os contaréis entre los participantes en el banquete del reino.
El tono de voz de Juan había ido pasando de la rudeza a la emoción e incluso a la conmiseración. Apoyaba sus tesis con gestos de su brazos y su rostro se tensaba lleno de pasión y éxtasis al pronunciar estas palabras.
Tras este emotivo discurso, los oyentes se quedaron perplejos. Antipas estaba impertérrito, sin habla. De pronto, Simón, uno de los familiares del tetrarca, estalló en una sucesión de ruiditos jocosos, tratando de contener la risa. El gesto de Simón se contagió entre toda la camarilla de la corte, que pronto se liberó en abiertas carcajadas, incluyendo a Antipas, que no pudo reprimir la sonrisa, aunque intentó mantener la compostura.
El Bautista, hundido por la humillación, perdió su mirada en el vacío mientras aguantaba sin pestañear la burla y la incomprensión de aquellos adictos del lujo y la inmoralidad. Miró al tetrarca con profunda rabia mientras esperaba paciente a que aquella chusma se acallara para poder continuar.
Pero Antipas no le dejó decir nada más. Moviendo las manos, pidió calma a sus acólitos, solicitando atención.
—¿Debo suponer de lo que dices que en breve seré derrocado de mi reino?
El tetrarca se inclinó hacia adelante en su butaca real. Quería prestar más atención a la respuesta.
—Así es, tetrarca. Tus días como gobernante están contados, al igual que los del emperador de Roma y todos los soberanos de la Tierra.
Algunos de los presentes deseaban intervenir en la conversación, pero Antipas se levantó de su sillón y se acercó al preso, interponiendo una mano para solicitar silencio. Le molestaba profundamente que le llamaran tetrarca, y menos un preso.
—¿Y cuándo sucederá eso, debo preocuparme ya?
Los amigos del tetrarca rieron con su tono irónico. El astuto idumeo sabía cómo ridiculizar las creencias religiosas de los judíos.
Pero la respuesta de Juan fue seca y cortante como un cuchillo.
—Puede que no transcurra un año más sin que se cumplan mis palabras.
Todo el mundo se quedó callado. Lo había dicho Juan con tanta seriedad y seguridad que asustaba.
—¿Y supongo que tú serás el lugarteniente de ese Mesías Rey que vendrá a vencerme?
Juan asintió con la cabeza.
—Desde luego demuestras poca inteligencia. Si tú eres el segundo comandante de las tropas que me atacarán, me encantaría conocer a su caudillo. Deberá ser digno de veros a los dos juntos.
Nuevas risas.
—Podrás matarme, tetrarca, pero mi obra ya toca a su fin. No harás fracasar nada. Yo sólo te he avisado. El tiempo para el arrepentimiento se acaba. Ahora llega el momento del Libertador. Él trae en su mano un bieldo y va a limpiar su era de paja.
El tetrarca, dando muestras de aburrimiento, se retiró comentando:
—¿Matarte? ¿Quién quiere matarte? Ni siquiera profetizas bien, Bautista. Llevadlo a su celda y dadle bien de comer —dijo dirigiéndose a sus guardias—, su aspecto es lamentable.
Juan regresó al foso con cierta mejoría de ánimo. Parecía, por lo menos, que Antipas no tenía la intención de ajusticiarlo. Eso le daría algo más de tiempo para que finalmente Jesús se organizara y emprendiera su manifestación definitiva ante el pueblo.
Antipas discutió mucho con su mujer sobre la suerte de Juan. Herodías quería deshacerse de él, pero el tetrarca parecía realmente conmovido por las palabras del profeta. El tetrarca estaba también influido por algunos de sus huéspedes de la corte que contaban con cierta sensibilidad religiosa, como Manaén, un syntropos[3] o hermano de leche suyo, y uno de sus amigos más fieles. En varias conversaciones Manaén había intentado persuadir a su amigo de la necesidad de ser respetuoso con la ley moral judía, una de las más antiguas y excelsas de la Tierra. Pero el tetrarca estaba lejos de aceptar la religión judía, aunque tenía en teoría que comulgar con ella. Antipas no se consideraba tan estúpido como para creer a pie juntillas en esas ridículas fantasías mesiánicas, pero creía de verdad que Juan pudiera ser un profeta, como aquellos grandes hombres del pasado, e imaginaba que pudiera haber un poso de verdad en sus predicciones. ¿Quizá iba a aparecer algún nuevo enemigo que quisiera despojarle de su trono? El tetrarca se prometió a sí mismo estar atento a cualquier conato de rebelión y tratar de sonsacar más cosas al prisionero en otra ocasión.
Sobre la corte del tetrarca Antipas y Maqueronte, veáse los artículos Herodes Antipas, La corte real y Maqueronte. ↩︎
El somatophylax era el consejero más cercano al rey, o jefe de cámara, que en ocasiones era un familiar o íntimo del gobernante. ↩︎
El syntropos era un hermano de leche de los gobernantes, o personas que se criaban en el mismo ambiente reservado de la realeza junto a los príncipes. ↩︎