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Pasadas las dos semanas de pesca, los apóstoles entregaron todas las ganancias de esos días a Judas, quien realizó la contabilidad una vez deducidos los impuestos. La pesca no se había dado muy bien, pero al menos habían obtenido cincuenta y cinco denarios, cantidad suficiente junto al dinero con el que ya contaban, para suplir las necesidades de ellos y sus familias.
Judas se mantuvo muy ocupado esbozando un plan de gastos para las siguientes dos semanas. Dedujo de los fondos existentes la parte necesaria para la manutención de los apóstoles que contaban con familia, dejó una pequeña parte en depósito como cuenta de ahorro, y luego dividió el resto a partes iguales para cada apóstol, incluido Jesús.
Judas presentó a Andrés su planificación y el jefe apostólico, impresionado con la pericia contable del judeo, agradeció a Judas su buen hacer, dando cuenta del informe a todo el grupo.
Llegó por fin el tan esperado momento. Arreglados todos los asuntos familiares y económicos, los doce se dispusieron para la aventura. ¡Al fin se disponían a ejercer de predicadores y mensajeros de las enseñanzas de su maestro! Nerviosos e inquietos, apenas durmieron la noche antes.
La situación inestable de los días precedentes no se había suavizado. Los disturbios provocados por los zelotes ya habían cesado, pero el movimiento de tropas romanas por las poblaciones más conflictivas no cesaba. El nuevo prefecto de Judea, el tal Poncio Pilato, ya había asumido el mando de su prefectura, relevando del cargo a Valerio Grato, que no perdió el tiempo e inició a los pocos días su regreso a Roma. Nada se sabía del carácter y personalidad del nuevo sujeto en el poder, pero todo el mundo daba por seguro que continuaría en la línea injerente y abusiva hacia sus súbditos de los gobernadores precedentes.
Por ahora, Herodes Antipas, informado por Julio, el espía personal del tetrarca en lo concerniente a Jesús, no había tomado medidas en contra del Rabí. El espía había convencido a Antipas de que las intenciones del nuevo profeta del mar de Galilea no eran peligrosas, y que sólo se trataba de otro rabino beatífico más que estimulaba a hacer el bien entre sus discípulos. Pero Antipas sabía o intuía que había algo más en aquel hombre que lo que su espía le contaba, y por eso tenía otros espías a mayores, que trabajando al margen de Julio, le servían para corroborar los informes. El interés del astuto gobernante por Jesús no había hecho sino empezar.
Domingo, 4 de agosto de 26 (2 de elul de 3786)
Amaneció el primer día de la nueva semana, el 2 de elul[1]. Este era el último mes del calendario judío, pues el año judío se iniciaba en otoño, y pronto se celebraría la festividad de año nuevo.
Animados con la idea del inicio de su tan esperada misión, los doce madrugaron, reuniéndose en el espacioso patio de la casa, en espera de Jesús, que como de costumbre había desaparecido. Jesús regresó a media mañana, encontrando a sus apóstoles en animada charla, pletóricos y felices por su estreno como predicadores ambulantes.
El Maestro y los doce compartieron un sencillo desayuno a base de mucho pan y frutos secos. Mientras saciaban el hambre, Jesús les impartió sus últimos consejos antes de salir de viaje rumbo a sus centros asignados de trabajo.
—Cuando prediquéis a nuestros hermanos de la carne, enseñadles el nuevo perdón de los pecados mediante la fe en Dios. Decidles que la hora ya ha llegado en que no serán necesarias más penitencias ni sacrificios, que el Padre celestial ama a todos sus hijos con el mismo amor eterno. Aclarad a mis hijos que la fe, esa poderosa experiencia de sentirse miembros de una familia universal de hijos de Dios, es el único requisito del Padre que limpia en verdad los pecados del hombre. No instéis a vuestros oyentes a un arrepentimiento racial o nacional. No enseñéis que es necesaria una conversión de todo el pueblo para que las tiernas consideraciones de Dios regresen a Israel. Es la fe de cada individuo personal, que es única e intransferible, la que debe preocupar a vuestros oyentes.[2]
› Las creencias religiosas y las manifestaciones externas de arrepentimiento pueden ser el objeto y la distracción de las grandes masas del pueblo, pero en nuestro evangelio de hijos renacidos de Dios, es el individuo particular y su experiencia como hijo divino individual la que acaparará nuestra atención. Cada hombre y mujer, niño o anciano, es un hijo verdadero de Dios, y debe responder en su corazón, al margen de lo que crea la nación o el mundo, al llamado espiritual del Padre.
› En cuanto a vuestra predicación, ofreced a vuestros oyentes las mismas enseñanzas que yo os he otorgado, pero absteneos de discutir sobre la obra y el encarcelamiento de Juan. No os embrolléis con explicaciones sobre mi persona y sobre la voz que algunos oyeron junto al Jordán. Que los únicos que oyeron la voz se refieran a ella. Vosotros hablad solamente de las cosas que me habéis oído, no habléis sobre rumores. Evitad de igual modo mencionar la conversión del agua en vino que ocurrió durante la boda en Caná. Muy en serio os lo digo: no digáis nada a nadie acerca del agua y el vino.
Todos aseguraron a Jesús que harían como les había pedido. Así pues, sin más preámbulos, recogieron sus cosas, se despidieron de las familias, y tras desearse mucha suerte, se lanzaron al camino.
Se había decidido que Jesús viajaría cada dos semanas con una de las parejas. Los grupos habían quedado formados siguiendo el orden de selección como apóstoles. Durante los días anteriores los doce habían discutido mucho acerca de las poblaciones que se disponían a visitar. Su intención era cubrir una amplia zona en las proximidades del mar de Galilea, así que habían dividido esa zona en seis, siguiendo la distribución de las vías o caminos principales. Andrés y Simón Pedro se harían cargo de las poblaciones situadas en la carretera, que en dirección noroeste, iba de Cafarnaúm a Zebulón; Santiago y Juan Zebedeo de las existentes en la carretera oeste que iba de Cafarnaúm a Tolemaida; Felipe y Natanael de las de una carretera paralela a la anterior, que partiendo de Magdala se encaminaba por un valle hacia Asochis, pasando por Caná; Mateo y Simón Zelotes de las ciudades de la vía Maris en su recorrido por la costa occidental del lago, entre Cafarnaúm y Magdala, evitando Tiberíades; los gemelos Alfeo viajarían en dirección contraria, bordeando el lago por el este y visitando Betsaida Julias y las ciudades orientales del lago; por último, se había decidido que Tomás y Judas situaran su base de operaciones en Tariquea, de donde procedían ellos, y que desde allí visitaran las ciudades más orientales del mar de Galilea.
En esta primera salida Jesús acompañaría a Andrés y Pedro. Les animó mucho a los doce saber que al menos en una ocasión todas las parejas de predicadores podrían disfrutar de la presencia de su maestro durante aquellos difíciles inicios.
Era un grupo lleno de grandes esperanzas e ilusiones el que con las manos en alto se despidió una y otra vez mientras cada uno tomaba su rumbo.
La intención de Andrés y Simón era visitar Safed y Giscala, dos centros importantes del judaísmo, y ciudades prósperas de la ruta hacia Zebulón.[3]
Resultaba sumamente edificante e inspirador caminar junto a Jesús. Simón y Andrés, flanqueando la derecha e izquierda de su querido maestro, no daban un segundo al descanso del Rabí. Formularon muchas y variadas preguntas a Jesús durante todos aquellos días de largas caminatas por las agrestes colinas del norte de Galilea.
La primera parada era Safed, ciudad judía por excelencia desde tiempos inmemoriales. Safed era una ciudad situada estratégicamente sobre una alta colina, con unas vistas espléndidas de los alrededores. Desde ella se gobernaba al este la Gaulanítide, al norte el monte Hermón y el Líbano, al oeste el monte Merón y el valle de Amud, y al sur Tiberias y el mar de Galilea. La población disfrutaba de un entorno muy saludable, con veranos agradables, buenas lluvias e inviernos rudos.
Los dos apóstoles y Jesús pudieron comprobar que toda esta zona estaba algo agitada con los disturbios provocados por los zelotes. Estas poblaciones de la Alta Galilea eran un caldo de cultivo de los grupos guerrilleros que inflamaban el ánimo de los judíos. Algunos de los líderes de esta sedición encubierta eran oriundos de la zona.
En este estado de cosas Jesús se presentó ante esta notable comunidad judía como un nuevo maestro itinerante. Ofreció sus servicios como enseñante en la sinagoga y ante los ancianos de la congregación, pero fue recibido con cierta frialdad por los rabinos y doctores de la ley de la ciudad. Muchos de estos hombres instruidos mantenían unas escuelas de cultura judaica donde se profundizaba en el estudio e interpretación de las escrituras, y eran muy celosos de su labor como rabís.
En sus primeras intervenciones durante los oficios vespertinos en la sinagoga, Jesús tuvo ciertas dificultades en transmitir su sencillo pero transcendental mensaje de la paternidad de Dios y la hermandad de los hombres. Estos oyentes estaban acostumbrados a una oratoria enrevesada acerca de preceptos y prescripciones, acerca de elaboradas teorías sobre el origen y destino del mundo, y sobre el papel de Israel en ese futuro.
Pero Jesús no cedió ante las constantes tentaciones de los escribas, que le animaban con preguntas capciosas a posicionarse sobre temas de política y moral social. No se desvió nunca del mensaje y la enseñanza que ya había referido a sus apóstoles, centrando sus esfuerzos en aclarar las ideas con conceptos más elevados acerca de Dios.
Cuando Jesús repitió ante su nuevo público de Safed la enseñanza que ya había dado a conocer a los doce acerca de la diferencia entre el arrepentimiento por las buenas obras y el camino de la fe sincera, su éxito fue más bien escaso. Muchos judíos honestos adolecían de aquella excesiva imposición legalista y ritualista de los escribas y los fariseos, pero todos ellos concedían cierto grado de importancia a estas costumbres establecidas: rezar varias oraciones fijas a lo largo del día, hacer limosna pública, cocinar los alimentos y servirlos en ciertos utensilios purificados, respetar rigurosamente el descanso sabático, y profundizar en el conocimiento y comprensión de la Torah. Todo esto se consideraba absolutamente imprescindible para ganar el favor divino y salvarse.
Jesús, sin embargo, proponía un cambio de mentalidad radical, aunque no invalidaba todas aquellas acciones. Lo que no vacilaba en afirmar es que tales hábitos eran simplemente auto-imposiciones humanas, y que el hombre no tenía derecho en atribuir a Dios semejantes obligaciones. «El Padre», afirmaba el Maestro, «no es un gobernante celoso que tan sólo desea de sus súbditos el cumplimiento de unas leyes y reglas falsamente atribuidas a él. El Padre más bien es un cabeza de familia que lo único que desea es el reconocimiento como tal por parte de sus hijos a través de la fe confiada». Sobre el perdón dijo Jesús: «El hombre no debería estar tan preocupado sobre el modo de obtener el perdón divino, como si éste fuese un bien que pudiera comprarse. El perdón celestial es un hecho evidente para aquellos hijos que han despertado a la realidad de su relación filial con Dios».
Esa primera noche en la posada de Safed, tras esta reunión en la sinagoga con algunos de los rabinos del lugar, Jesús amplió algunos de estos conceptos a Andrés y Pedro. Les dijo:
—La misericordia divina no es simplemente una más de las cualidades de Dios. El Padre es amor, pero cuando este amor se revela y se hace presente a las personalidades del universo, aparece en la forma del Hijo Eterno.
› Este Hijo Eterno no se ocupa de la innoble tarea de tratar de persuadir a su Padre poco indulgente a que ame a sus criaturas inferiores y sea misericordioso con ellas. ¡Qué erróneo es imaginar al Hijo Eterno apelando ante el Padre Universal para que sea misericordioso con sus criaturas! Tales conceptos de Dios son groseros y grotescos. Más bien deberíais daros cuenta de que todas las ministraciones misericordiosas de los Hijos de Dios son una revelación directa del amor universal del Padre y de su infinita compasión. El amor del Padre es el origen real y eterno de la misericordia del Hijo.
› Dios es amor, el Hijo es misericordia. La misericordia es amor aplicado, es el amor del Padre en acción en la persona de su Hijo Eterno. El amor de este Hijo Universal es asimismo universal. Si pensáis en el concepto de amor como se lo entiende en un mundo con sexos, podéis decir que el amor de Dios es más comparable al amor de un padre, mientras que el amor del Hijo Eterno se asemeja más al afecto de una madre. En verdad son algo aproximado estas simples ilustraciones, pero las empleo con la esperanza de transmitiros la idea de que existe una diferencia, no en contenido divino sino en calidad y técnicas de expresión entre el amor del Padre y el amor del Hijo.
—Pero, maestro, —preguntó Pedro—, ¿qué lugar hemos de dar en nuestra predicación a la penitencia y a la remisión de los pecados?
—Pedro, —le respondió Jesús—, nuestra nación y todos los reinos de la Tierra siguen padeciendo, por desgracia, de la influencia de los conceptos primitivos acerca de Dios. Los dioses desencadenados en la tormenta, los que hacen temblar la tierra en su cólera, los que destruyen a los hombres en su ira, los que manifiestan su descontento con carestías e inundaciones… ¡Estos no son los Dioses que rigen los destinos del Universo, son los dioses de la religión primitiva! Estos conceptos son una reliquia de los tiempos en los que los hombres suponían que el universo estaba sujeto a los caprichos y veleidades de estos dioses imaginarios. Pero el hombre mortal está comenzando a darse cuenta de que vive en un dominio de relativa ley y orden en lo concerniente a las directrices administrativas y a la conducta de los Creadores y Controladores Supremos.
› La idea bárbara de apaciguar a un Dios airado, de propiciar a un Señor ofendido, de ganar el favor de la Deidad mediante sacrificios y penitencias e incluso con el derramamiento de sangre, representa una religión completamente pueril y primitiva, una filosofía indigna de una época esclarecida de ciencia y verdad. Tales creencias son absolutamente repulsivas a los seres celestiales y a los mandatarios divinos que sirven y reinan en los universos. Es una afrenta a Dios creer, sostener o enseñar que debe derramarse sangre inocente a fin de ganar su favor o conjurar la ficticia ira divina.
› Nuestro pueblo, el pueblo hebreo, cree sin dudar que sin derramamiento de sangre no puede haber remisión de los pecados. No se ha liberado de la idea antigua y pagana de que los Dioses no se pueden apaciguar sino por el espectáculo de la sangre, aunque Moisés hizo un avance notable al prohibir los sacrificios humanos y sustituirlos, en la mente primitiva de los beduinos infantiles que le seguían, por el sacrificio ceremonial de animales.
› Pero los hijos de Israel deben liberarse de estos antiguos errores y de estas supersticiones paganas respecto de la naturaleza del Padre Universal. La revelación de la verdad acerca de Dios está comenzado a aparecer, y la raza humana está destinada a conocer al Padre Universal en toda esta belleza y hermosura de atributos que yo estoy dispuesto a mostraros durante mi vida.
Los dos hermanos se quedaron profundamente impresionados con esta contundente declaración de Jesús a favor de abolir los sacrificios de animales en nombre de Dios. Guardaron estas enseñanzas para sí por siempre, pero Andrés y Pedro encontraron difícil hacer parte de su predicación personal semejantes afirmaciones. El sacrificio de animales y alimentos en el templo de Jerusalén era una tradición milenaria que estaba profundamente arraigada en el pensamiento judío. No imaginaban que ellos llegarían a ser firmes defensores de esta abolición durante su propia vida. Pedro llegaría a conocer a un hombre de Tarso que le convenció aún más de hacer algo al respecto, y entre ambos elaborarían la teoría del «cordero sacrificial definitivo y último», postulando que la muerte de Jesús había representado el sacrificio final exigido por Dios. Elaboraron esta teoría con la esperanza de que eliminara el ceremonial sangriento de su época, pero nunca supusieron que estas teorías se convertirían en los siglos posteriores en un nuevo ceremonial de la religión oficial que adoptó el nombre del Maestro.
Elul, en el calendario hebreo de tiempos de Jesús, era el sexto mes del año, que se corresponde aproximadamente con nuestros agosto a septiembre. ↩︎
Las declaraciones que hace Jesús aquí están basadas en El Libro de Urantia, documentos 6:3 y 4:5. ↩︎
Sobre estas poblaciones se pueden consultar estos artículos: Safed y Giscala. ↩︎