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Domingo, 15 de septiembre de 26 (15 de tishri de 3787)
Jesús y los apóstoles regresaron de sus lugares de predicación a tiempo para celebrar en Cafarnaúm la Sucot o fiesta de las Tiendas. Como una gran familia, todos acudieron a la sinagoga para celebrar la Netilat lulab[1], o «agitación de los ramos».
Pasaron unos días muy agradables durante esta semana festiva. La gente de la pequeña aldea, como en el resto del pueblo judío, acostumbraba a dormir en el tejado bajo cabañas hechas de ramas, festejando con buen vino y buena comida hasta altas horas de la noche, bajo la luz de innumerables candelas. Durante las interminables veladas los apóstoles intercambiaron muchas de las experiencias vividas durante las semanas de trabajo.
Fue en estos días cuando Andrés, con el apoyo de los demás y de Jesús, completó la organización de los doce. A Felipe le encargaron la provisión de víveres; Natanael se responsabilizaría de velar por las necesidades de las familias; a Tomás se le encomendó proporcionar información sobre los itinerarios a seguir; los gemelos asumirían la tarea de buscar alojamientos que fueran seguros y anticipar posibles peligros; y Simón Zelotes sería quien organizaría actividades de esparcimiento y planificaría el tiempo de cada jornada. Sin embargo, estos cometidos no se establecieron de modo fijo. Con el tiempo algunos variaron, otros se afianzaron aún más, e incluso cuando las circunstancias lo requirieron, se intercambiaron entre sí.
Tras dos semanas de fatigoso trabajo de pesca, Jesús volvió a reunir a sus discípulos para un nuevo período de trabajo de predicación. Esta vez acompañaría a Felipe y Natanael. Todos los discípulos ardían en deseos de regresar a las ciudades y aldeas para continuar con sus enseñanzas. El pueblo sencillo estaba ansioso por escuchar un nuevo discurso que reavivara la antigua y anquilosada oratoria de los rabinos y los escribas, y escuchaba con placer el evangelio de Jesús y los apóstoles.
En esta ocasión Tomás se estrenó como organizador de itinerarios, haciendo uso de algunas cartas geográficas de la época, que no eran más que sencillos listados mostrando los itinerarios principales con su distancia y las paradas importantes. Se decidió que Andrés y Simón irían a Zabulón; Santiago y Juan a Acchabaron; Mateo y Simón permanecerían en Cafarnaúm; los gemelos regresarían a su ciudad, Queresa, y visitarían también Ein Gofra; y por último, que Tomás y Judas se dirigirían a Capitolias, ciudad también llamada Dión.
Durante estas dos semanas Jesús, Felipe y Natanael visitaron Jotapata, ciudad agreste construida sobre una empinada colina, y un gran centro de producción de aceite y lana en la región. Estaba situada un poco al oeste de Caná, en una ruta que los tres amigos habían transitado muchas veces a lo largo de su vida.
En su sinagoga Jesús habló muchas tardes a los grupos de curiosos que se agolparon para escucharle. Los ecos del supuesto milagro de Caná habían llegado con fuerza a esta pequeña ciudad, pues muchos de los presentes en la boda eran de allí.
Pero para decepción de los habitantes de esta población Jesús no hizo mención alguna al suceso acaecido en la vecina Caná. Se limitó a exponer los grandes principios de su evangelio: la realidad de la naturaleza del Padre, la existencia de una hermandad de los hombres, y el destino esperanzador reservado para toda humanidad sin distinción.
Muchos vecinos de Caná, al conocer que Jesús estaba en la aldea próxima, acudieron a escucharlo. Todos habían presenciado el prodigio del vino, pero esta vez no ocurrió nada fuera de lo normal. Puesto que Jesús prefería no alojarse en Caná para no resucitar los exaltados ánimos a raíz del acontecimiento de la boda, algunos días Natanael se ausentó de Jotapata para visitar a sus padres en Caná.
Una de las noches en Jotapata llegó a conocimiento de Jesús que una mujer había sufrido recientemente un aborto y permanecía, triste y apesadumbrada, postrada en cama sin moverse. Jesús y los discípulos no dudaron en visitar a la familia. Y fue en el curso de esta visita en que Jesús pronunció un breve discurso que tanto emocionó a la mujer entristecida, que finalmente hizo que se pusiera en pie. Le dijo Jesús:
—Creéme, mujer, que comparto tu pesar y entiendo tu dolor. Porque yo también perdí, hace tiempo, a un hermano pequeño muy querido, y no hay dolor más grande que ver morir a un hijo pequeño. Pero quiero que sepas que tus oraciones no quedarán en el vacío y que el Padre del Cielo escucha tu plegaria. Tu hijo, querida mujer, no ha muerto para siempre. Él ahora vive y se encontrará a salvo en el lugar del cielo que el Padre ha reservado para los no natos, unos jardines llenos de encanto donde son atendidos hasta que sus padres sigan su camino y atraviesen las fronteras de la muerte, para reunirse con ellos. Ten fe y esperanza en que algún día te encontrarás con este hijo que no has llegado a conocer aquí, y podrás ser su madre y él tu hijo. Ten fe en que las imperfecciones de este mundo serán compensadas en la eternidad y que todos los deseos sinceros y todas las ilusiones llenas de amor se verán satisfechas en la próxima vida.
Fue la voz llena de dulzura de Jesús, sus entrañables ojos castaños, y esos modales lejos de los convencionalismos sociales hacia la mujer los que provocaron un repentino cambio de actitud en María, esta mujer de Jotapata. Y después de estas palabras del Maestro, no dudó en incorporarse, y dirigiendo la palabra al Rabí, la primera palabra que dijera a nadie en muchos días, terminó por romper a llorar desconsolada sobre el hombro de Jesús.
Esa noche los discípulos hicieron muchas preguntas a Jesús acerca de lo que habían escuchado decirle a la mujer afligida. Felipe no entendía la enseñanza de su maestro sobre la supervivencia de los niños, incluso de los niños abortados. «¿Cómo es posible que sobreviva a la muerte un niño, que no tiene conciencia de Dios ni ha podido conocer su ley?», se decía el discípulo.
Pero Jesús fue contundente con un tema para el que era especialmente sensible.
—¡Cuánto mal hacen a esta generación semejantes enseñanzas de los rabinos y los escribas! Ya deberíais entender cómo es naturaleza de mi Padre del Cielo. Él no desea que ni uno solo de sus hijos se pierda, y ha dispuesto de todos los medios para que cada ser humano, por pequeño o grande que sea, disponga de innumerables oportunidades para abrazar su voluntad y alcanzar la vida eterna.
› Dejad que os diga claramente: todos los niños que no nacen, todos, tanto si apenas han empezado su existencia dentro de la madre como los que están preparados para el parto, y todos los niños que han nacido pero todavía no han alcanzado la edad de la mishvá[2], son conocidos por el Padre. Él lleva la cuenta de todos sus hijos, y sabe que vais a nacer incluso antes de que vuestra madre note su embarazo. Él no permitirá que ningún niño se pierda por no haber alcanzado la edad adulta. Su amor es mucho más generoso y su bondad mucho más elevada que la que predican los ancianos y los escribas. ¿Quién de vosotros, si estuviera en vuestra mano rescatar para la vida eterna a un hijo pequeño, no haría lo que fuera, hasta regresar desde el Hades si hiciera falta, para traerlo de vuelta? Si vosotros, que sois hombres, haríais tales actos de amor si tuvierais el poder de los dioses, ¿qué no hará vuestro Padre del Cielo, quien tiene todo el poder del cielo y de la Tierra?[3]
Pero Felipe no parecía satisfecho con las explicaciones de Jesús:
—Pero, entonces, maestro, ¿acaso los niños, cuando renazcan en el reino futuro, volverán a ser niños y crecerán hasta ser adultos?
—Atiende, Felipe. El reino ya está aquí, entre vosotros. Está dentro de vuestro corazón. Todos disfrutáis ya de este reino. Incluso los niños. Porque en el reino ya no hay ricos ni pobres, tontos ni sabios, niños o ancianos. Todos habéis renacido y sois como un recién nacido. Todos tenéis por delante los destinos gloriosos de la vida eterna. Sí, Felipe, no te extrañe que te diga que los niños resucitarán para la vida eterna. ¿Acaso no crees que mi Padre tenga poder para hacer posible lo imposible, que no pueda hacer volver a la vida a estos pequeños que murieron prematuramente, para hacerlos crecer en edad y estatura hasta que se hagan adultos en el reino, como todos los demás hombres y mujeres?
› En el Cielo tienen otras muchas moradas donde podréis progresar más allá en el largo camino del perfeccionamiento en la voluntad del Padre. En estas moradas son renacidos los niños que no nacen y los que no cumplieron la edad adulta, y todo lo que no pudieron crecer aquí, en esta vida, les es concedido allí, donde ya nada podrá interrumpir su camino hacia la vida eterna. Estos lugares de acogida de infantes son las ciudades bajo la custodia de los ángeles, donde los querubines que guardan las almas de los niños se reúnen en espera de que lleguen sus padres.
Felipe no se daba por vencido:
—Pero, ¿y qué ocurre si el padre no sobrevive en el reino venidero? ¿Acaso sus hijos pequeños fallecidos se quedan huérfanos en el Cielo?
Felipe mezclaba en sus preguntas, de manera confusa, los conceptos variopintos y heterogéneos de los judíos acerca de la vida después de la muerte. La creencia generalizada es que tras la muerte el cuerpo quedaba en espera de ser resucitado en un futuro, cuando un reino de perfección, el reino de Dios, se estableciera finalmente por el Mesías al final de los tiempos. Entonces sería la Tierra un espejo del Cielo, lugar donde sólo unos pocos privilegiados podrían entrar, al igual que en el Cielo sólo unos pocos hombres santos habían podido subir. Pero Jesús no hablaba en estos términos. Y les aclaró a los discípulos:
—Ninguno permaneceréis aquí en la Tierra cuando hayáis traspasado el umbral de la muerte. Todos estáis llamados a continuar vuestra existencia en el Cielo. En cuanto al reino venidero, Felipe, está ya aquí. No has de esperar más a que llegue. Tan sólo si quieres verdaderamente hacer la voluntad de mi Padre, es que ya estás dentro del reino. Porque el reino no es sino la realidad de la hermandad de los hombres. Para que esta Tierra se convierta en un reflejo de la perfección de los Cielos no hace falta más que la voluntad de los hombres y mujeres de tener fe y vivir como una gran familia de hermanos. Esto traerá los mayores progresos en la perfección que jamás haya conocido la humanidad.
› ¿A qué entonces preguntas si vuestros hijos podrán quedar huérfanos en el reino? ¿No os he declarado que el reino ya está aquí entre vosotros, que es una influencia poderosa que se extiende para elevar al hombre a Dios? Vuestros hijos y vosotros mismos estáis a salvo en la seguridad de que tenéis un Padre amoroso que sabe de vuestras luchas y frustraciones aun cuando vosotros no lo sepáis, y que os espera pacientemente, con devoción, a que os decidáis a seguirle, por el camino que os ha dado, hasta reuniros con él en su morada de perfección eterna.
Muchas otras enseñanzas similares ofreció Jesús a sus dos apóstoles y a otros oyentes durante esta estancia en Jotapata. La visita a esta ciudad estuvo plagada de acontecimientos. Los discípulos regresaron de esta experiencia junto a Jesús mucho más capacitados y más comprensivos de la verdadera naturaleza del mensaje de su maestro.
Al regresar a sus redes en Cafarnaúm, los doce se encontraron con que muchos curiosos e interesados en la nueva predicación habían acudido junto al lago buscando a Jesús.
Gentes venidas de ciudades tan lejanas como Tiro, Sidón, Damasco, Cesarea o Jerusalén se agolpaban en Cafarnaúm en espera de conocer al renombrado maestro. Las enseñanzas de Jesús, difundidas por sus oyentes, se habían diseminado por toda Fenicia, Siria, Samaria y Judea. Los doce se quedaron sorprendidos de esta aceptación en tierras tan remotas.
Durante esos días, para no romper la necesaria rutina de la pesca, Jesús se hizo cargo de dirigirse a estos grupos de curiosos, mientras los apóstoles salían con las barcas a pescar. Por la tarde, los doce se unían a los corrillos del público, escuchando las enseñanzas del Maestro.
De allí en adelante, la casa de Zebedeo se convirtió en un continuo trasiego de individuos y grupos de creyentes que se detenían en la ciudad para tratar de conocer a Jesús. Y estos creyentes, al regresar luego a sus casas, siguiendo su viaje, empezaron a popularizar cada vez más el nuevo evangelio del reino.
La Netilat lulab era la ceremonia de agitar en las cuatro direcciones cardinales cuatro tipos de ramos durante la fiesta judía de los tabernáculos o Sucot, motivo por el cual a esta fiesta se la denominaba también la «fiesta de los ramos». La Sucot era la fiesta judía de las tiendas o de los tabernáculos, que se celebraba del 15 al 22 de tishri y hasta el 23 fuera de Israel. Rememoraba los avatares del pueblo judío por el desierto en su huida de Egipto. Formaba, junto a la pascua y pentecostés, la última de estas tres grandes fiestas judías de peregrinación a Jerusalén. ↩︎
Mishvá o Bar Mitzva es el momento en que el niño judío entraba en la mayoría de edad, a los doce años. Se solía señalar este acontecimiento con una ceremonia donde se le permitía al niño hacer una lectura de la Torá en público por primera vez. ↩︎
La enseñanza de Jesús de este capítulo está basada enteramente en la apreciación personal del autor sobre el tema del aborto. Sobre este tema, consúltese el capítulo Enseñanzas para los visitantes celestiales. ↩︎