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Domingo, 27 de octubre de 26 (27 de hesván de 3787)
Este día los seis grupos de apóstoles salieron de nuevo de predicación tras dos semanas de pesca junto al lago. Esta vez Jesús viajaría con Mateo y Simón el antiguo zelote, situando su centro de operaciones en Genesaret, una población costera del mar de Galilea pocos kilómetros al suroeste de Cafarnaúm. Andrés y Pedro volverían a Zabulón, donde habían tenido muy buena acogida; los hermanos Zebedeo visitarían Kefar Hanania, Beersheba y Parod; Felipe y Natanael irían a Kefar Mandi; los gemelos, a Hipos; y Tomás y Judas se llegarían hasta Abila, al norte de Capitolias.
Uno de esos días en Genesaret, mientras Jesús estaba conduciendo uno de sus discursos a las multitudes curiosas, ocurrió un hecho reseñable. Mientras Jesús llenaba con su voz la plazuela donde predicaba, en un momento dado se detuvo en sus explicaciones y preguntó a sus oyentes qué le ocurría a una mujer anciana, que atravesaba por el fondo la calle sumamente encorvada bajo el peso de un fardo que portaba a su espalda.
Uno de los presentes, con una sonrisa, le explicó a Jesús que aquella mujer, Sara, era la mujer más anciana de la aldea, y que era demente, y los espíritus que la poseían la hacían vagar por la aldea a horas intempestivas, siempre cargando con sus pertenencias al hombro.
Tras la respuesta, todos suplicaron a Jesús que continuara con sus enseñanzas, pues estaban disfrutando mucho con ellas. Pero el Maestro sabía más de lo que su aparente pregunta le hacía parecer. El Rabí conocía la situación penosa que atravesaban muchas mujeres viudas y ancianas en su época. En aquellos tiempos, cuando el marido moría, la mujer no tenía derecho a los bienes del marido, sólo a su dote, que en muchos casos ya había sido gastada. Las posesiones del marido pasaban a los hijos, quienes si no se hacían cargo de sus madres, ponían en serios aprietos su subsistencia. El caso de las viudas sin descendencia era tan dramático que ya desde tiempos inmemoriales se había hecho costumbre la llamada ley del «levirato», que implicaba que la viuda en tal situación podía casarse si era aceptada con uno de los hermanos del difunto. De este modo se logró, al menos en parte, aliviar la lamentable situación de estas viudas.
Muchas mujeres viudas, para salir adelante, ofrecían sus servicios a las comunidades religiosas. Los rabinos enseñaban a las mujeres que ofrecer dinero para el sostenimiento del templo y de las sinagogas era uno de los actos más piadosos que una viuda podía hacer, y no les importaba dejar a estas mujeres en la más pura indigencia con tal de incrementar las arcas de las comunidades fariseas y saduceas.[1]
Los antiguos profetas y sabios judíos habían denunciado siempre estas actitudes mezquinas. Para Jesús esta cuestión de las viudas provocaba su más encendida indignación. Alguna vez con los apóstoles el Maestro había usado el término «carroñeros» al referirse a los rabinos y los escribas.
De pronto, sin pensarlo, Jesús se levantó y atravesando la multitud, se dirigió hacia la anciana, que caminaba con paso lento farfullando extrañas letanías.
La mujer le vio venir y se le quedó mirando, muda y presa de la extrañeza. Lo primero que hizo Jesús al llegar a su altura fue arrebatarle el bulto, descargarlo de sus hombros, y depositarlo en el suelo. Luego, le dirigió estas palabras a la agradecida mujer:
—Mi Padre del Cielo es un Dios amante que no distingue entre hombres y mujeres, entre jóvenes y ancianos, entre pobres y ricos, y que desea que todos sus hijos amen a sus semejantes con su mismo amor servicial.
Luego, tomándola de las manos, y para estupor de todos los presentes, especialmente de los judíos más piadosos y de los fariseos que allí había, añadió:
—¿Desearías escuchar las palabras dadoras de vida provenientes del Padre?
La mujer había dejado de mascullar sus oraciones y miraba a Jesús atónita. Pero dijo de forma perfectamente comprensible:
—Señor, las faltas de mis antepasados han caído sobre mí. He vendido lo que tenía, hago oración continuamente, y siempre llevo mis ropas puras y libres de toda mancha. ¿Qué más debo hacer para salvarme?
Eran las primeras palabras coherentes que la gente de la ciudad le escuchara en muchos años. Jesús la miró con infinita compasión y la dijo:
—Basta con que creas de todo corazón que Dios es un Padre misericordioso que te ama, y ya habrás entrado al servicio del reino de los Cielos.
Ella le dijo:
—Señor, yo creo. Pero no entiendo muchas de esas cosas.
Jesús, sin pensarlo un instante, tomó la red llena de ropa, e invitando a la mujer a que le guiara, le pidió que la dejara llevar su carga hasta su casa. La gente que había estado escuchando se quedó admirada y sorprendida de la actitud de Jesús. Los dos apóstoles no supieron muy bien qué hacer, y como pudieron, encauzaron la reunión finalizando ellos el discurso. Les resultaba profundamente chocante que Jesús tuviera tal familiaridad con las mujeres en la calle. Ningún rabino solía pararse a ofrecer su enseñanza a una mujer. No se las consideraba capaces de recibir ninguna educación religiosa. Pero el Maestro no desaprovechaba una sola ocasión para denunciar ese comportamiento contrario a la voluntad de su Padre. «Todas las mujeres están llamadas a ser hijas de Dios, como hijos de Dios los hombres», decía en muchas ocasiones. Pero aunque aceptaban esta postura en teoría, llevarla a la práctica, y sobre todo en público, era otra cosa.
Después de que Jesús ayudara a aquella buena mujer y le dirijiera palabras de ánimo y de consuelo, regresó a la plaza del pueblo, y dirigió estas palabras:
—Os enseñan la falsedad si os dicen que la mujer sólo ha de estar bajo la autoridad del marido, porque yo os digo que mi Padre del Cielo os ha creado a todos iguales ante sus ojos, hombres, y mujeres. Os engañan y os vuelven ciegos cuando os dicen que las mujeres, si no tienen marido, no pueden tener posesiones porque la propiedad sólo es un privilegio de los hombres. Si Dios hubiera puesto sobre la Tierra esa distinción, eso significaría que haría acepción de personas según su sexo, y que apreciaría más a los hombres que a las mujeres. Pero ya sabéis que Dios, mi Padre, es un Dios que sólo desea el bienestar de todos sus hijos e hijas, que se preocupa de toda la humanidad sin diferencia. Para él todos sois su gran familia de hijos. ¿Cómo, pues, iba mi Padre a negar el sustento y la manutención a sus hijas? Nuestra ley os parece justa porque contempla la ayuda a la viuda, al huérfano y al necesitado. Y todos los grandes maestros os han enseñado que debéis mostrar misericordia y hacer actos de piedad, dando limosna al pobre y atendiendo a los indefensos. Pero yo os digo: Debéis hacer mayores actos de rectitud si queréis progresar en los caminos del reino. No es suficiente con que apliquéis los mandamientos de la ley sin saliros ni una letra ni un acento. ¿Es que acaso no entendéis? Moisés os dio la ley, y os pidió que os preocuparais de las viudas sin descendencia, para que no quedaran desvalidas. Pero ¿acaso no infringen el mandato los que se afanan en recolectar limosnas de las viudas? ¿No hacen eso los hijos que no acogen en sus casas a sus madres con la excusa de que se deben a sus familias? ¿Quién se ocupa de forma firme en proveer de las necesidades de las viudas que han quedado desamparadas? Yo os digo que sólo cuando realmente os deis cuenta de qué significa la hermandad de todos los hijos e hijas de Dios, podréis entrar en el reino. Porque mucho se pedirá a esta generación en los años venideros. Vuestros padres vivían en la ignorancia, y podían caer en el error de vivir sólo conforme al sentido literal de ley. Pero esta generación está recibiendo los grandes dones del espíritu divino que ensalza la verdad en sus corazones, y mayores frutos del espíritu se esperará de ella. Haced el bien a vuestros mayores, no busquéis con ansia el dinero de las herencias, repartid con ecuanimidad las heredades entre todos los familiares, y cuidaros de proteger a las viudas y a los huérfanos, y seréis grandemente apreciados en los concilios del reino de los Cielos.
› Esperáis obtener clemencia el día del juicio; sed, por tanto, vosotros, clementes y misericordiosos con vuestros semejantes, sean hombres, mujeres, niños, o ancianos, y entonces podréis esperar la misma clemencia.
Este gesto de Jesús no le reportó más que problemas en los días siguientes. Los rabinos de la zona habían empezado a mostrarse preocupados por los nuevos maestros itinerantes que estaban apareciendo por Galilea, todos bajo la autoridad del «supuesto» rabino Jesús. Les inquietaba el hecho de que los apóstoles y el Maestro eran muy jóvenes para tener la edad canónica a la cual se aceptaba a los estudiantes de la ley como rabbís[2], que era como mínimo de cuarenta años. En el asunto de la enseñanza, la ancianidad y la veteranía siempre habían constituido un grado, y la cultura judía concedía un gran respeto y veneración a los hombres cultos de avanzada edad.
Los fariseos de Genesaret, de Tiberias, y de otras ciudades costeras del mar de Tiberíades, celebraron reuniones periódicas esos días en sus respectivas haburahs. Empezaba a suscitar una seria preocupación la libertad y licencia con la que Jesús y sus seguidores estaban predicando al pueblo. Les ponía nerviosos, además, el hecho de que la gente estaba encantada y admirada del Maestro, y muchos oyentes habían empezado a manifestar la intención de hacerse discípulos del nuevo rabí.
También Antipas estaba recibiendo informes constantes sobre este nuevo predicador y sus «secuaces», al que de un modo nebuloso todavía relacionaba con Juan el Bautista. Su prisionero había asegurado públicamente que este carpintero del lago se convertiría en el usurpador del trono que le derrocaría, pero por más que escuchaba los informes de sus espías y los contrastaba no dejaba de encontrar difícil que aquel rabino bonachón de bellas palabras fuera a representarle un problema. Así pues, a pesar de la instigación de algunos fariseos de su corte, decidió no tomar medidas por el momento.
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Durante esta estancia en Genesaret, Simón el Zelote tuvo muchas conversaciones privadas con el Rabí. A Simón le impresionaban las posibilidades sociales y las implicaciones políticas que podían tener las enseñanzas y los principios de Jesús si se éstos se pusieron en práctica entre los judíos. El ardiente apóstol, aunque ajeno ya a la organización de los zelotes, el grupo revolucionario, seguía defendiendo con encono que era necesario un cambio total en la sociedad. Había escuchado entusiasmado los pronunciamientos de Jesús acerca de la injusta legislación hacia las viudas, y sabía que su maestro consideraba insuficientes muchas de las normativas judías.
Discutió con él largamente sobre estos asuntos, tratando de implicar en estas cuestiones a Jesús, que no parecía dispuesto a involucrarse en temas políticos o sociales. El discípulo no podía entender esta postura de su maestro. «¿Por qué no hemos de hacer algo por mejorar la situación social y política de nuestro pueblo?», le preguntaba Simón.
En una de estas ocasiones, Jesús le vino a reconocer a Simón «que aunque era muy legítimo querer mejorar el orden social, político o económico, aquellas cosas no tenían una relación directa con el reino del Cielo.»
—Esos deseos bienintencionados en realidad no son asunto del reino del Cielo. Nosotros debemos dedicarnos a hacer la voluntad del Padre. Nuestra tarea debe ser actuar como embajadores de un gobierno espiritual superior, y no debemos ocuparnos por ahora con nada que no sea la diseminación de la voluntad y el carácter del Padre divino que dirige el reino cuyas credenciales portamos.
› A su debido momento, el esparcimiento de esta verdad por el mundo producirá frutos espirituales abundantes que lleven a grandes cambios sociales y políticos en él. Pero no deberías estimular tu ánimo con ideas de cambios inmediatos y radicales en la Tierra. Será con mucha tribulación y mucho pesar que llegará finalmente el mundo a rendir tales frutos espirituales. Pasará mucho tiempo, mucho, Simón, por desgracia. Vosotros estáis presenciando la llegada a este mundo del reino del Cielo con gran poder y evidencia, pero muchas generaciones habrán de sucederse hasta que finalmente este reino se establezca en el corazón de toda la humanidad y finalmente reine en todo el orbe.
› Olvida pues ese deseo de revolucionar ahora todo. Nuestro cambio se forjará en el silencio y en la discreción de los corazones de los creyentes en mi Padre celestial.
Las viudas en la época de Jesús constituían un colectivo marginado y maltratado. Esto puede apreciarse con las muchas referencias que hay en el Antiguo Testamento a la necesidad de cuidarse de ellas como un acto piadoso. La historia de la mujer agobiada a la que Jesús consuela interrumpiendo su discurso está recogido en El Libro de Urantia, LU 138:8.9. ↩︎
Rabbís, rabinos o escribas, eran normalmente fariseos con una gran formación en temas legales de las escrituras. Eran muy respetados en la época de Jesús, más incluso que los sacerdotes. Eran muy pocos los que podían presumir de tener un título oficial de rabino. Tenían que haber pasado por unas elitistas academias situadas en Jerusalén y haber dedicado su vida al estudio durante largos años. ↩︎