© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Domingo, 10 de noviembre de 26 (11 de kislev de 3787)
Mateo y Simón se sintieron sumamente aliviados cuando se cumplieron las dos semanas de predicación y regresaron a Cafarnaúm. Si no estaban con Jesús, le añoraban profundamente y echaban de menos su presencia, pero después, al tenerle por dos semanas a su lado, se daban cuenta de lo temible y resoluto que podía llegar a ser. Jesús no tenía el menor reparo en hablar abiertamente y sin tapujos sobre cualquier tema polémico. No intentaba suavizar sus chocantes palabras en función de su auditorio. Nunca utilizaba términos y explicaba conceptos que estuvieran más allá del alcance y entendimiento de sus oyentes, pero en cuanto a los conflictos con las enseñanzas establecidas de los rabinos, las atacaba sin dudar.
La mayor parte de las enseñanzas de Jesús eran privadas a los doce. Muchas veces solía dejar la tarea de predicar a las multitudes a alguno de los discípulos. Cuando era él el encargado de hablar, no solía enunciar un largo discurso pensado previamente, como hacían los escribas, sino que solía reclamar preguntas de su público y luego él ofrecía sus respuestas. Jesús quería que sus palabras fueran una revelación sólo para aquellos que estaban dispuestos a buscarla, quería la actitud activa del que busca a Dios, no la actitud pasiva del que espera que le muestren a Dios sin esfuerzo alguno.
El frío y la lluvia habían empezado a impedir unos viajes cómodos por los abruptos caminos de Galilea, así que fue un grupo cansado y alicaído el que regresó a casa, aliviados de volver al hogar. Aquel trabajo de predicación estaba resultando mucho más agotador de lo que sus estusiasmadas ilusiones habían esperado.
Casi se alegraron de volver a la dura labor de la redes. Otras dos semanas de tranquila rutina con la pesca, las familias, y Jesús. Esta estrategia del Maestro de no realizar una labor intensiva de predicación por las tierras de Herodes Antipas estaba dando muy buenos frutos. Al detenerse las predicaciones por dos semanas, los fariseos y el tetrarca volvían a olvidarse lo suficiente del Rabí como para calmar sus ánimos hacía él. De este modo, los comienzos de la expansión del evangelio del reino se iban produciendo de modo sosegado y sin contratiempos.
A finales de las dos semanas de recabar dinero para la bolsa, el Maestro, en vista del mal tiempo que hacía, les propuso posponer la siguiente salida otra semana más, y así celebrar con calma la Hannuká[1] con las familias. Los doce agradecieron la idea de unas pequeñas vacaciones, extenuados como estaban con tanto trabajo.
Pasaron una velada entrañable en la casa de Zebedeo el 25 de kislev. Se reunió toda la familia del armador, la familia de Jesús, la de Simón Pedro, la mujer de Felipe, los hijos y la mujer de Mateo, y el resto de los doce. Jesús estaba exultante de compartir, por fin, una agradable cena con los suyos. Él y Simón Zelotes organizaron juegos para los niños y todos lo pasaron en grande. Encendieron las dos velas correspondientes al primer día en un improvisado candelabro de nueve brazos, tomaron una deliciosa cena acompañada de los tradicionales sufganiot, bolitas rellenas de mermelada, e hicieron bailar la peonza llamada zevivon. Jesús consiguió hacer las delicias de los pequeños compitiendo con ellos en el ser el primero en recitar las cuatro letras del juguete y decir la famosa frase de «Un gran milagro ocurrió allá», la frase que representaban las cuatro letras de esta curiosa perinola judía.
Los días siguientes Jesús liberó a los doce de sus obligaciones y les dejó esa semana para que se ocuparan de sus familias y descansaran. Él, mientras tanto, se dedicó a retomar los millones de asuntos que debía atender como Creador de su cúmulo estelar, retirándose a solas en lugares escarpados e inhóspitos de las proximidades del yam. También le preocupaba mucho al Rabí la situación de los grupos angélicos rebeldes que estaban influyendo negativamente en el mundo del espíritu para tratar de que su labor de revelación de la verdad fracasara. Seguía siendo su postura la de dejar actuar de este modo a estos hijos suyos sediciosos y no interponerse, obrando, de modo ejemplar, con los mismos difíciles medios con los que contaban las agencias angélicas leales.
━━━ ✦ ━━━
Domingo, 1 de diciembre de 26 (2 de tevet de 3787)
En la quinta salida de predicación por parejas, Jesús viajó con los gemelos Alfeo, en dirección a Hipos. Andrés y Pedro visitarían dos ciudades muy al norte, Meron y Tecoa; Santiago y Juan irían a Shezor; Felipe y Natanael a Asochis; Mateo y Simón a Magdala; y Tomás y Judas a Arbela, muy al sur.
Hipos era una región independiente de las tetrarquías, en la costa oriental del mar de Galilea, que formaba, junto a otras ciudades, la liga llamada Decápolis. Su ciudad, situada en lo alto de un montículo de fuertes pendientes, recordaba el lomo de un caballo, de lo cual había derivado su denominación, aunque su nombre completo era Antioquía de Hipos. Se trataba de una sólida ciudad construida con materiales nobles y piedra caliza, donde vivían ricos hacendados y una amplia población de descendientes griegos. Como muchas otras ciudades engastadas desde tiempos antiguos en el territorio judío, Hipos era una ciudad pagana cuyos ciudadanos no eran judíos y tenían costumbres helénicas. La ciudad, de fuertes muros, estaba protegida por dos robustas puertas al este y el oeste.[2]
Jesús ya había visitado años atrás esta llamativa urbe, pero le admiró el espectacular desarrollo urbano que había experimentado durante aquel tiempo. Los gemelos Alfeo estaban acostumbrados a pasar por allí pues su pequeña aldea no distaba muchos estadios de ella. Los tres enfilaron el portalón oeste subiendo directamente desde la escollera que en la costa hacía de puerto pesquero de la ciudad. Era un puesto defensivo muy bien situado, y la carretera hacía un movimiento dificultoso en zig zag para alcanzar la cumbre.
Una vez dentro, la gran arteria principal columnada, el decumanus maximus[3], les recibió. La villa vibraba de afluencia: comerciantes, esclavos, artesanos, mujeres, niños… Había un tropel de gentes de toda condición caminando agitadamente de aquí para allá. Con los años aquella población se había convertido en la más firme competidora de Tiberias, y sus habitantes, de condición gentil, mantenían una ancestral animadversión hacia los judíos de la orilla occidental.
La escasa religiosidad de esta ciudad no auguraba un gran éxito para los tres predicadores. Aunque Hipos contaba con los típicos templos dedicados a Zeus[4] y a Tyche[5], aquellos griegos no tenían una especial predilección por estos dioses. Los consideraban sus patronos oficiales pero más con cierto halo de inevitabilidad, pues todas las ciudades gentiles contaban con sus protectores particulares. Lo que estos gentiles estimaban sobre todo era la filosofía, y no en balde en el centro de la alargada metrópoli había un amplio foro donde los oradores, juristas e intelectuales intercambiaban conocimientos y opiniones.
Fue en este escenario en el que Jesús proclamó a esta inusitada audiencia su nuevo evangelio de fe en la paternidad de un Dios amante y la hermandad de todos los hombres. Aquí repitió aquellas sobrecogedoras palabras sobre el reino en las que con valentía anunciaba «que no habría más judíos ni gentiles, amos ni esclavos, ricos ni pobres» para poder ser admitidos en los concilios divinos. Los pocos eruditos que se acercaron al corrillo de curiosos a oír a aquel estrafalario maestro ambulante quedaron gratamente impresionados con las atinadas palabras de aquel hombre judío. Jamás habían visto a un rabino hebreo publicar tales enseñanzas sobre la divinidad, con semejante contenido cargado de optimismo y devoción hacia el ser supremo. Los griegos estaban hartos de la excesiva prohibición judía a mencionar siquiera a la divinidad. Para ellos cualquier asunto del mundo, ya fuera humano o divino, merecía la posibilidad de un escrutinio, de un estudio y una deliberación. Toda la filosofía griega no era sino un intento por alcanzar un conocimiento de lo divino mediante el uso de la razón. Pero chocaban con los judíos porque éstos no estaban interesados en especular sobre Dios, sino en aplicarse en la repetición de ritos. No sólo no estaba interesado el pueblo judío en promover un debate acerca de teología, sino que se veía como herejía tan sólo el intentar profundizar en un conocimiento sobre el Divino. Ni siquiera los judíos se atrevían a mencionar por un nombre a Dios, como hacían los paganos. Dios, para las costumbres hebreas, era Aquel a quien no había que mentar, a quien no había que provocar hablando sobre él.
En este panorama de cosas, Jesús llegó con su raudal de enseñanzas acerca de Dios como una ráfaga de aire nuevo, un viento fresco que causó muy buenas sensaciones entre estos habitantes de Hipos.
En el curso de una de sus habituales rondas de preguntas y respuestas con los Alfeo y con otros curiosos, mantenidas todas las tardes en la posada donde se alojaban, Jesús ofreció una de las respuestas más emotivas que jamás escucharían los gemelos. A la pregunta de un hombre de la ciudad sobre el motivo del sufrimiento y la injusticia en el mundo, Jesús trajo esta reflexión a la consideración de todos:
—Entiendo tu pregunta y considero muy lógico que te plantees estas dudas. Porque, como bien dices, ¿cómo se puede creer en la existencia de un ser celestial que cuida de todos cuando vemos a diario tantas maldades, tanto dolor y tanta pena en el mundo? Y te preguntas, ¿cómo puede el Padre permitir este padecimiento? ¿Por qué no hace Dios del mundo un lugar perfecto y termina de una vez por todas su obra, que ahora parece muchas veces inacabada y en manos del demonio?
› Las incertidumbres de la vida y las vicisitudes de la existencia no contradicen de ninguna manera el concepto de la soberanía universal de Dios. Todas las criaturas evolucionarias se enfrentan a ciertas inevitabilidades por una razón muy importante y con un propósito de proporciones eternas. Considera lo siguiente:
› ¿Dirías que el valor, la fuerza de carácter, es deseable?
El hombre contestó con un asentimiento de cabeza.
—Entonces —dijo Jesús— el hombre debe ser criado en un ambiente que requiera hacer frente a las dificultades y responder a las decepciones si desea alcanzar esa meta —y recalcó la palabra «alcanzar»—. En un mundo perfecto ése es el ingrediente que faltaría, la capacidad que Dios ha otorgado al hombre de superarse frente a las dificultades y evolucionar.
› ¿Dirías que el altruismo, el servicio a los semejantes, es deseable?
Idéntica respuesta.
—Entonces —dijo Jesús—, la experiencia de la vida debe admitir la posibilidad de encontrar situaciones de desigualdad social. Si no, ¿de qué modo podría el hombre evolucionar desde el egoísmo ruin hasta el esplendor de la generosidad?
› ¿Es la esperanza, la grandeza de la confianza, deseable? —con cada nuevo interrogante de Jesús todos respondían con monosílabos afirmativos—. Entonces la existencia humana debe estar enfrentada constantemente con inseguridades e incertidumbres recurrentes.
› ¿Es la fe, la suprema afirmación del pensamiento humano, deseable? Entonces debe la mente humana encontrarse en esa situación incómoda en la que sabe siempre menos de lo que puede creer.
› ¿Es el amor a la verdad y la voluntad de ir siempre donde nos lleve, deseable? Entonces el hombre debe crecer en un mundo donde pueda estar presente el error y donde la falsedad siempre sea posible.
› ¿Es el idealismo, el concepto de acercarse a lo divino, deseable? Entonces el hombre debe luchar en un ambiente de relativa bondad y belleza, y en un entorno que estimule la incontenible búsqueda de cosas mejores.
› ¿Es la lealtad, la devoción al deber más alto, deseable? Entonces el hombre debe vivir en medio de la posibilidad de la traición y de la deserción. El valor de la devoción al deber consiste en el peligro implícito de su incumplimiento.
› ¿Es la generosidad, el espíritu de olvidarse de uno mismo, deseable? Entonces el hombre mortal debe vivir cara a cara con el incesante clamor de un ego ineludible que solicita reconocimiento y honor. El hombre no podría elegir dinámicamente la vida divina si no hubiera ninguna vida egoísta a la que renunciar. El hombre nunca podría alcanzar la rectitud si no existiera un mal potencial que exaltara y diferenciara el bien por medio del contraste. ¿Cómo sabría el hombre qué es el bien si no fuera capaz de distinguir el mal?
› ¿Es el placer, la satisfacción de la felicidad, deseable? Entonces el hombre debe vivir en un mundo en el que la alternativa del dolor y la probabilidad del sufrimiento sean posibles experiencias siempre presentes. [6]
› A lo largo del universo, cada unidad se considera como una parte del todo. La supervivencia de la parte depende de la cooperación con el plan y el propósito del todo, el sincero deseo y la decisión perfecta de hacer la voluntad divina del Padre.
› Existen en el universo de mi Padre lugares creados en la perfección, porque la creación del Padre es mucho más extensa, rica y compleja de lo que la humanidad cree y conoce ahora. Pero un mundo evolutivo sin error, sin posibilidad de que ocurra nunca un juicio imprudente, sería un mundo sin inteligencia libre. El hombre evolucionario debe ser falible si ha de ser libre. La libertad y la inteligencia inexperta no pueden ser uniformemente sabias de primeras. La posibilidad del error de juicio, el mal potencial, sólo se convierte en pecado cuando la voluntad humana apoya conscientemente y abraza a sabiendas un juicio inmoral.
› El pleno reconocimiento de la verdad, la belleza y la bondad es inherente a la perfección del universo divino. Los habitantes de los mundos creados en la perfección no necesitan el potencial de los valores relativos como estímulo para sus decisiones. Estos seres tan perfectos son capaces de identificar y elegir el bien en ausencia de toda situación moral que les sirva de contraste y les permita reflexionar. Todos estos seres perfectos poseen esa naturaleza moral y ese estado espiritual en virtud del hecho de su existencia. Sólo han conseguido avanzar experiencialmente dentro de su estado inherente. Pero el hombre mortal gana su condición de candidato a la ascensión por su propia fe y esperanza. Todo lo divino que abarca la mente humana y el alma humana adquiere son logros experienciales, son realidades de la experiencia personal y, por tanto, posesiones únicas en contraste con la bondad inherente y la infalible justicia de personalidades perfectas de los mundos creados en la perfección.
› Las criaturas perfectas angelicales son naturalmente valientes, pero no son valientes en el sentido humano. Ellas son bondadosas y tiernas de forma innata, pero difícilmente altruistas en la forma humana. Miran al futuro con ilusión y confianza, pero no con la esperanza exquisita y la confianza sublime de los mortales que habitan en las esferas de evolución incierta.
› Los ángeles más perfectos tienen fe en la estabilidad del universo, pero son totalmente ajenos a esa fe salvadora que eleva al hombre mortal de la situación del animal hasta los portales del Paraíso.
› Los ángeles más perfectos aman la verdad, pero ellos no saben nada de las cualidades que salvan el alma. Ellos son idealistas, pero han nacido de esa manera, son totalmente ignorantes del éxtasis que supone llegar a serlo por medio de estimulantes elecciones de valentía y decisión. Ellos son naturalmente fieles, pero nunca han experimentado la emoción de la devoción sincera e inteligente al deber frente a la tentación del abandono. Ellos son desinteresados, pero nunca obtuvieron esos niveles de experiencia mediante la magnífica conquista de un yo beligerante. Gozan de muchos placeres, pero no comprenden la dulzura que produce poder escapar al sufrimiento mediante esos placeres.
› Si vierais al hombre como los ángeles le observan, desde detrás del velo del escenario del mundo terrenal, os daríais cuenta de que no es cierto que el hombre viva en una condición penosa y que se le haya sometido a la peor tarea en el universo. ¡Sois la raza más envidiable y la forma de ser más estimada entre miles y miles de incontables creaciones, creaciones de seres magníficos y perfectos que os miran con admiración y entrañable deseo de emulación!
› El Padre os ha otorgado dos de los mayores regalos de toda la creación universal: el tiempo y la capacidad de decisión, el libre albedrío. Y yo os pregunto, ¿os haréis merecedores de tales dones, daréis en abundancia los frutos espirituales que tales semillas merecen?
Aunque Jesús nunca más repitió estas hermosas reflexiones posteriormente en sus discursos, Judas y Jacobo las guardaron en su corazón por siempre, repitiéndolas a sus oyentes siempre que pudieron tal y como las recordaban.
La hannuká era la festividad judía llamada también de las luminarias o de la dedicación del templo, celebrada el 25 de kislev y los siete días siguientes, más o menos en diciembre. Kislev es el noveno mes en tiempos de Jesús, equivalente a nuestros noviembre y diciembre. En él se celebraba la Hannuká o fiesta de las luminarias. Se solía comer las sufganiot, unas bolitas de masa rellenas de mermelada y se jugaba con el zevivon, una peonza de cuatro letras. ↩︎
Sobre la ciudad de Hipos consultar el artículo de la Decápolis. ↩︎
El decumanus era cualquier calle con trazado este-oeste en una ciudad planificada al estilo romano. El decumanus más extenso o principal se llamaba Decumanus Maximus, y estaba cruzado perpendicularmente por otra llamada Cardo Maximus. ↩︎
En Historia del pueblo judío, de Schurer, se indica que los dioses patronales de Hipos que se han constatado eran Zeus Antesio y Tyche, motivo por el que se dice aquí que existieron dos templos en honor de estos dioses. Zeus, en la mitología griega, era el rey de todos los dioses, gobernante del monte Olimpo y dios del cielo y del trueno, por lo que se lo solía representar con un rayo. Hijo de Cronos y Rea, y padre de otros seres mitológicos a causa de sus muchas aventuras amorosas, equivalía al Júpiter romano, la Tinia etrusca, y el Indra hindú. ↩︎
Tyche, también Tique o Tike, en griego Τύχη, era la diosa del destino, la fortuna, y la suerte, equivalente a la diosa romana Fortuna. Su mitología no estaba muy clara, y se la solía representar como una mujer con una corona, jugando con una pelota, simbolizando el azar. ↩︎
El maravilloso discurso sobre las «inevitabilidades» de Jesús está extraído de El Libro de Urantia, documento 3:5, y es una de las reflexiones más bellas que pueden leerse en este libro explicando por qué el mundo es como es y cuál es el propósito de la vida humana. ↩︎