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Viernes, 6 de diciembre de 26 (7 de tevet de 3787)
El viernes de esa semana Jesús regresó a Cafarnaúm con los gemelos, y allí se reencontraron con el resto de los doce. Todos habían tenido una experiencia muy positiva estas dos últimas semanas. Los apóstoles estaban aprendiendo a atemperar su ánimo y superarse frente a las decepciones y los aparentes fracasos.
Al día siguiente, sábado, todos asistieron a la sinagoga en insólito silencio. Sus vecinos esperaban algún discurso público de Jesús, pero el Maestro se comportó de forma muy discreta mientras estuvo aquellas nuevas semanas en su ciudad. Muchos en la aldea habían escuchado la predicación de Mateo y Simón y estaban más que dispuestos a ingresar en el cuerpo de discípulos del Rabí, si éste tenía a bien organizar uno. Pero para su impaciencia, Jesús no parecía mostrar mucha prisa ni preocupación por organizar un cuerpo de seguidores.
Los días siguientes retomaron sus redes como si fuera un día más cualquiera. Estaban empezando a acostumbrarse a aquella tónica algo cansina pero eficaz de concentrar el trabajo medio mes y dedicarse luego a salir como predicadores por otro medio mes costeándose los gastos con lo previamente ganado. Y lo más sorprendente de todo es que no pasaron estrecheces. Gracias a la pericia de Judas, que vigilaba con rigor la evolución de la bolsa y del depósito en el banco, siempre tuvieron suficiente para atender holgadamente a sus familias y disponer para sus gastos durante los viajes. También tuvieron en cuenta las deducciones por culpa de los impuestos, tanto para el templo como para Herodes, que suponía cada año una sangría más en las asfixiadas economías familiares.
Sin embargo, inspirados por el entusiasmo y dedicación de Jesús, los apóstoles se convirtieron en expertos pescadores. Muchos de ellos llevaban toda la vida en la profesión. Pero Jesús, aun siendo carpintero, era el más avezado pescador de todos. Y no porque utilizara sus poderes sobrenaturales. El Maestro se había negado a utilizar en su vida humana diaria sus capacidades divinas, y cumplía con todo rigor esta resolución. Simplemente, Jesús aplicaba los conocimientos que había aprendido de su tío de Magdala años atrás, unidos a aquellos que por pura observación perspicaz había conseguido a lo largo de su vida. Jesús nunca había dejado de practicar la pesca en sus ratos libres. El Maestro, además, carecía de ese miedo supersticioso y esos temores infundados que los pescadores siempre solían demostrar ante situaciones insólitas. Era científico, inquisitivo, y trataba de aprender algo de cada error. Si una noche las capturas habían sido escasas, trataba de retener en su mente humana el itinerario que había seguido la barca y lo comparaba con el de días precedentes. De este modo deducía, con muy buen criterio, dónde podían estar realizando sus actividades los bancos de peces, y aplicarlo a las noches siguientes. Tampoco se dejaba desanimar fácilmente por mucho que la noche fuera totalmente en blanco. Siempre era el primero en decir: «Intentémoslo una última vez». Y si volvían con las cubiertas de las barcas vacías, lo volvía a repetir con igual decisión. Para Jesús nunca había una vez que fuera la última y definitiva.
Uno de esos días el Maestro se acercó a visitar a su madre y su hermano Santiago. A Ruth la veía con frecuencia pues seguía contratada por Zebedeo como asistenta de la casa, tanto de su gran casa que ahora ocupaban los doce y Jesús, como de la casa de David, donde el armador se había trasladado con su mujer y sus hijas.
La relación con su madre y su hermano inmediato parecía estancada. Los recelos que había provocado la inadmisión de sus hermanos en el grupo de apóstoles persistían, y Jesús sabía en el fondo de su corazón, que tanto su madre como Santiago le criticaban con desaprobación por el modo en que estaba conduciendo el inicio de su misión. María esperaba ver cumplidas las profecías mesiánicas. Siempre había creído firmemente, desde el extraordinario encuentro con Gabriel, que su hijo estaba destinado a convertirse en el hombre prodigioso de los relatos apocalípticos y visionarios. La falta de José hacía más difícil para esta testaruda mujer equilibrar sus opiniones y afinar su criterio. Su marido siempre había sido un eficaz contraste que había templado su carácter y había suavizado su temperamento. Pero José estaba ahora tan lejos, habían pasado tantos años desde que se había ido, habían pasado tantas cosas, que ya nada había vuelto a ser lo mismo.
Por mucho que Jesús sentía fracasar día tras día la relación con sus seres más queridos, siempre que abandonaba la casa, la que fue su antigua casa, regresaba a su nuevo hogar meditando sobre ellos y planeando una nueva visita cuanto antes. Respecto a su familia, Jesús tuvo realmente un comportamiento exquisito, a pesar de ser la víctima de una injustificada desconfianza. Jamás tuvo durante todos estos años una sola palabra de reproche para con los suyos. Jamás protestó por el trato un tanto áspero que en ocasiones le dispensaron sus hermanos y su madre. Evitaba siempre la discusión y le encantaba hablar de los niños pequeños, de sus evoluciones y de cualquier nimio detalle del día a día.
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Domingo, 22 de diciembre de 26 (23 de tevet de 3787)
Tras el obligado incremento del contenido de la bolsa común, Judas repartió a cada grupo de apóstoles la cantidad de dinero convenida y todos se dispusieron a regresar al trabajo de predicación. En esta sexta salida Jesús viajaría con Tomás y Judas, yendo a Tariquea. Andrés y Simón irían a la población más al norte de Galilea, Meroth; Santiago y Juan a Beth Anath; Felipe y Natanael, a Belén de Galilea; Mateo y Simón repetirían su estancia en Magdala, lugar de muy buena acogida; y finalmente, los gemelos visitarían Eleale.
¡Cuán duro estaba resultando aquel intenso esfuerzo de predicación! Ahora se daban cuenta los doce de lo que significaba realmente seguir a su maestro. Ellos soñaban con puestos de honor y grandes prodigios de su «esperado» Mesías, pero Jesús lo que les estaba ofreciendo era un dura prueba de dedicación y empeño. ¡Otra vez más a sufrir el polvo del camino, a buscar alojamiento y poner buena cara a gentes extrañas y desconfiadas!
El protocolo que seguían los discípulos cuando llegaban a un lugar nuevo era siempre el mismo. Lo primero había que procurarse un lugar donde alojarse y poder descansar del viaje, comer algo y recuperar fuerzas. En todas las poblaciones judías, normalmente muy hospitalarias, no escaseaban los albergues y las posadas, las más de las veces las casas de los propios habitantes, que alquilaban habitaciones libres. Pero muchas veces estos lugares eran poco recomendables y solían estar frecuentados por forasteros de la peor catadura, por mujeres de mala vida, y por toda clase de truhanes y ladrones. Había que estar alerta y estar dispuesto a defenderse si llegaba a amenazarse la vida. Tomás y los gemelos Alfeo se habían propuesto la labor de conocer mejor los lugares de parada de su país, y para ello consultaban con frecuencia con caravaneros y viajeros de paso por Cafarnaúm. Solían tomar nota de las recomendaciones en pequeños rollos de papiro, a modo de mapas, que llamaban «itinerarios». Los romanos solían utilizarlos mucho, y no eran más que listas que indicaban las distancias entre los lugares de paso, así como datos de interés sobre los mejores lugares donde alojarse.
En Tariquea, sin embargo, Jesús y Judas no tuvieron que hacer nada de esto. Mientras estuvieron en esta pequeña ciudad, Jesús y los demás siempre se alojarían, a partir de entonces, en casa de Tomás. Allí, en compañía de Alejandra, la mujer de Tomás, y sus cuatro pequeños, el Maestro compartió unos días entrañables. Muchos amigos de Tomás y otros vecinos de la aldea, de la cual el apóstol era como una especie de jefe llamado el epistates, acudieron a escuchar al nuevo rabino del que tanto Tomás como Judas habían hablado maravillas, como lo hicieran en el pasado reciente Felipe y Natanael.
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Una de las noches en Tariquea, en medio de una larga velada compartida con un nutrido grupo de oyentes, Tomás dirigió una afilada pregunta a Jesús:
—¿Cómo podemos demostrar la existencia de Dios?
El Maestro, lejos de verse atrapado, sonrió, y tras buscar las mejores palabras para convencer a su escéptico discípulo, les dijo:
—La actualidad de la existencia de Dios se demuestra en la experiencia humana por el hecho de que vosotros tenéis dentro su presencia divina, el espíritu enviado desde el Paraíso para residir en la mente mortal del hombre y desde allí ayudarle al progreso de su alma inmortal de supervivencia eterna.[1]
› Buscáis las pruebas de la existencia del Padre fuera de vosotros, cuando en realidad deberíais daros cuenta de su realidad dentro de vosotros como la mejor prueba de su presencia. ¿Y cómo podéis percibir esta presencia espiritual interior? Tres fenómenos de la experiencia revelan la presencia de este espíritu divino en la mente humana: la capacidad intelectual de conocer a Dios, la conciencia de Dios; el impulso espiritual de encontrar a Dios, la búsqueda de Dios; y el anhelo de la personalidad de ser como Dios, el deseo plenamente sincero de hacer la voluntad del Padre. Todos los seres humanos, en mayor o menor medida, manifiestan estas características: poseen la razón, la lógica, por la que pueden pensar en un ser celestial; muestran una determinación inaudita de buscar a este ser y descubrir más acerca de él; y por último, sienten un necesidad imperiosa de ser cada vez más perfectos, de superarse y alcanzar nuevas metas de logro personal.
› ¿De dónde creéis que ha podido venir toda esta vasta influencia? ¿Cómo creéis que llegó el primer ser humano a pronunciar la palabra con la que designó al Padre de todos? ¿Cómo surgió en él ese deseo universal de adorar a un ser superior a él? ¿Acaso creéis que puede estar toda la humanidad a la vez sometida al influjo de un falso sueño, una falsa creencia en una realidad superior que se ha contagiado en el mundo tan sólo por la infantil credulidad humana?
› Yo os digo que no existe poder en la Tierra ni en Cielo capaz de provocar semejante impulso de anhelo espiritual en toda una civilización, excepto el poder atrayente y amoroso de mi Padre. Su espíritu, su presencia espiritual, es esa fuerza que llena de esperanza toda la Tierra y ese poder que impregna el mundo del deseo de hacer su voluntad.
› La existencia de Dios jamás podrá probarse por experimentos científicos ni por la pura razón de la deducción lógica. Dios se puede realizar sólo en los dominios de la experiencia humana; sin embargo, el verdadero concepto de la realidad de Dios es razonable para la lógica, plausible para la filosofía, esencial para la religión, e indispensable para toda esperanza de supervivencia de la personalidad.
› Los que conocen a Dios han experimentado el hecho indiscutible de su presencia; estas personas así iluminadas poseen en su experiencia personal la única prueba positiva de la existencia del Dios viviente que puede ofrecer un ser humano a otro: la prueba de su vida. Ellos sienten en su interior una seguridad poderosa e indestructible de que su Dios, su Padre, existe y es real. Pero fallan siempre que intentan hacer vislumbrar a sus semejantes algo de esta fuerza que les otorga semejante seguridad. La existencia de Dios está totalmente más allá de toda posibilidad de demostración salvo por el contacto que ocurre en la mente humana entre vuestra conciencia de Dios y la presencia real de Dios, el espíritu que os habita y que os ofrece el Padre como regalo. Esta conexión es ciertamente real, y es y será la única prueba que podréis albergar sobre la realidad del Padre en mucho tiempo, hasta que algún día en el futuro eterno logréis llegar al Paraíso y seáis capaces de contemplar cara a cara el rostro del Padre.
Tras un breve período de reflexión de tan profundas palabras, la siguiente pregunta de los oyentes no tardó en llegar:
—Pero los paganos creen que Dios habita en la naturaleza o los animales, o que es simplemente una invención de la mente humana y en realidad no existe. ¿Qué hemos de decirles?
—Realmente no todos los paganos tienen ideas tan pobres acerca del Padre. Deberíais mostrar más respeto por las creencias extranjeras y menos orgullo por nuestra fe. Muchos de esos dioses extranjeros en realidad simbolizan realidades superiores tan altas como el mejor de los conceptos sobre el Padre que enseñan los escribas de nuestra nación.
› Pero para aquellos que ponen en duda la existencia del Padre, dejadme que os diga estas palabras. El Dios eterno es infinitamente más que realidad idealizada o el universo personalizado. Dios no es simplemente el deseo supremo del hombre, la búsqueda mortal objetivada. Tampoco es Dios meramente un concepto, el potencial de poder de la rectitud. El Padre Universal no es un sinónimo de naturaleza, tampoco es él la ley natural personificada. Dios es una realidad trascendente, no simplemente el concepto tradicional humano de los valores supremos. Dios no es una focalización mental de los significados espirituales, ni es la «la obra más noble del hombre». Dios puede ser cualquiera de estos conceptos o todos ellos en la mente de los hombres, pero él es aún más. Él es una persona salvadora y un padre amante para todos los que disfrutan de paz espiritual en la Tierra, y que anhelan experimentar la supervivencia de la personalidad en la muerte.
Alguien lanzó una pregunta sobre las escrituras:
—¿Cómo ha creado Dios todo lo que existe? ¿Realmente lo hizo en seis días?
Jesús no tenía libertad para hablarles a este público de conceptos científicos avanzados para responder a esta pregunta. Él se había negado a seguir este medio de proceder. Deseaba dar ejemplo a sus agencias celestiales de cómo había de conducirse un maestro espiritual ajustándose a los medios difíciles de progreso pausado, también en las cuestiones de avance cultural. Pero Jesús sabía la verdad de la creación. Él era Salvin, el Ser Creador que ha traído a la existencia, dentro de la galaxia Vía Láctea, al pequeño cúmulo estelar al que pertenecemos. Él conocía mejor que nadie la realidad de las ecuaciones físicas del universo, el sistema por el que las energías potenciales del universo se trasforman en la que ahora los científicos llaman «energía oscura», para luego dar lugar a la «materia oscura», y finalmente a la «materia y energía normal». Él sabía los tiempos gigantescos que implican en el universo estas transformaciones hasta dar lugar a las nebulosas que crean los cúmulos de estrellas y planetas.
Pero no tenía sentido hablar de estas cosas complejas a su auditorio de pescadores, artesanos, comerciantes, gentes sencillas de Tariquea. Así que después de dejar en vilo durante unos cuantos segundos a sus oyentes, finalmente les dijo:
—En teoría vosotros podéis pensar en Dios como el Creador, y él es el Creador personal del Paraíso y de una parte del universo, pero el resto del universo son todos creados y organizados por el cuerpo paradisíaco de los Hijos Creadores. El Padre Universal no es el creador personal de todo lo visible; una parte de la creación es obra de su Hijos llamados Migueles. Aunque el Padre no creó personalmente todo el universo, sí los controla en muchas de sus relaciones universales y en ciertas de sus manifestaciones de energía física, intelectual y espiritual. Dios el Padre es el creador personal del universo del Paraíso y, en asociación con el Hijo Eterno, el creador de todos los demás Creadores personales de universos.
Todos se quedaron boquiabiertos y atónitos de estas desconcertantes palabras. «¿Hijos Migueles?» «¿El Hijo Eterno?» «¿Creador de creadores?». ¿Qué diantres eran estos nombres tan absurdos?
Jesús notó en seguida las caras de incomprensión y abandonó su empeño. Era una misión casi imposible avanzar a aquellas gentes en la comprensión del relato de la creación más allá de lo que el simplismo de las escrituras reflejaba.
—Por vuestras caras veo que os cuesta entender esta enseñanza. Baste por ahora con que comprendáis que el Padre, en su eterno carácter de entrega y generosidad, se ha despojado de toda autoridad que pudiera delegar en sus Hijos, y la ha entregado para permitir que sus Hijos compartan con él la responsabilidad de la creación.
Por espacio de varias horas aquellos hombres sencillos del mar de Galilea formularon decenas de preguntas a Jesús, que el Maestro no dejó de responder. Utilizaba palabras llanas y fáciles de comprender, de modo que causaba la delicia de jóvenes, mujeres y niños. Si alguna vez utilizaba conceptos más complejos, entonces repetía su enseñanza poniendo el ejemplo de una historia o relato. Durante el curso de esta noche, para mostrar con más claridad las ideas sobre Dios, relató varias historias sobre una familia grande con los padres, los hijos y los nietos, llamando la atención de que los seres humanos, en realidad, eran los nietos de Dios, y los hijos eran los que las escrituras llamaban «los Hijos de Dios», seres sobrenaturales creados por Dios como creadores a su vez del resto de la creación. Pero estas nuevas nociones eran demasiado avanzadas para la mentalidad judía de aquella época.
La predicación de Jesús en Tariquea fue un éxito rotundo. Cientos de oyentes que asistieron a las reuniones se quedaron admiradas y gratamente sorprendidas por las novedosas y frescas declaraciones de este nuevo rabino y sus discípulos. También Tomás y Judas cooperaron en este éxito, siendo fieles seguidores de la doctrina general del Maestro, sin desviarse hacia temas de su interés o parecer.
Los tres amigos regresaron a Cafarnaúm henchidos de satisfacción con la labor bien hecha, y esperanzados con un futuro prometedor en la tarea de expandir el nuevo mensaje.
De nuevo otra vez juntos en la casa de Zebedeo, compartiendo una cena común, todos se daban cuenta de lo mucho que habían aprendido a apreciar a aquel hombre durante estas semanas de difícil labor por los pueblos de Galilea. Su ánimo había flaqueado en muchas ocasiones, pero habían superado la dura prueba de ser fieles, y de no vacilar. Ahora, mirando hacia atrás en retrospectiva, podían estar satisfechos. Habían sido más de cinco meses de intensas experiencias, alegrías, frustraciones, decepciones, ilusiones… Pero todo había merecido la pena. El plan de Jesús era sabio. Ahora sí que estaban dispuestos y preparados para todo. Sólo deseaban con expectación que su maestro se decidiera a emprender la labor definitiva, la manifestación completa ante el pueblo, y ellos estarían allí, apoyándolo, a su lado.