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Domingo, 12 de enero de 27 (15 de shevat de 3787)
La mañana del domingo 12 de enero amaneció tan nubosa y encapotada como los días anteriores. El Maestro, que siguiendo su costumbre, había desaparecido con los primeros rayos de sol, sorprendió a Andrés y a Pedro regresando antes de lo esperado.
Los apóstoles llevaban varios días ansiosos y expectantes desde que regresaran a Cafarnaúm de su última gira de predicación y Jesús les anunciara que en breve iba a dar comienzo su obra y quería nombrarles formalmente sus embajadores mediante la samikah[1] u ordenación. Jesús les iba a llamar apóstoles o embajadores, y no hakam o doctores, como hacían los escribas, y los discípulos entendían, y con razón, que esto venía a marcar una clara diferencia con las escuelas de los nomistos, los juristas de la ley. La edad canónica para poder ser nombrado doctor ordenado, hakam o grammateis, era los cuarenta años, pero ninguno de ellos, ni Jesús ni los doce, superaba esta edad. El Maestro ya les había prevenido en varias ocasiones sobre estos «malos fermentos» de la sociedad, los «guías ciegos», como él les llamaba. Estaba claro que este gesto de Jesús evidenciaba su ruptura definitiva con los principios y normas de la comunidad escriba.
—¿Habéis pescado algo hoy? —les preguntó.
—Todavía no hemos salido.
Los dos hermanos, a sabiendas de que cualquier día podía ser el de la ordenación, retrasaban un rato por la mañana su salida en barca, pescando con la red lanzadera desde la orilla, pero sin mucho éxito, a pesar de su pericia.
—Entonces dejad eso y seguidme.[2]
Los hermanos se miraron emocionados e inmediatamente dejaron todo allí y se fueron tras Jesús, que ya caminaba a grandes zancadas por la playa rumbo al astillero de Zebedeo. Algo les decía a los hijos de Jonás que el gran momento había llegado.
Vieron a lo lejos, en uno de los muelles, a Santiago y Juan en animada conversación con su padre, sentados los tres sobre una de sus barcas, y aprovechando para remendar las redes y reparar los plomos que hacían de lastre.
Jesús les llamó con un gesto de su mano, y los hermanos Zebedeo, comprendiendo de qué se trataba al ver que su maestro iba acompañado de sus amigos, se excusaron con su padre, y dejando allí todo, se fueron a la carrera en pos del Rabí. Antes de continuar su camino, el Maestro agradeció la comprensión de Zebedeo padre dirigiéndole un largo saludo con la mano, al que el armador correspondió con una sonrisa de complicidad.
Después los cinco se acercaron a las proximidades de Betsaida, y allí fueron avisando, de dos en dos, a las parejas de discípulos que pescaban en esa zona llena de manantiales calientes: Felipe y Natanael, Mateo y Simón, Jacobo y Judas, y por último, Tomás y Judas.
Todos estaban nerviosos y expectantes, tanto que ninguno acertó a pronunciar palabra mientras Jesús les guiaba por el sendero. Ni siguiera Pedro, que nunca tenía la lengua quieta, se atrevió a romper el silencio. Llevaban tanto tiempo ansiando este momento… y ahora no sabían qué decir, se habían quedado mudos y pensativos, extrañamente reverentes en espera del que creían el acontecimiento más importante de sus vidas.
Jesús les dirigió hábilmente por una estrecha y pedregosa hondonada entre huertos hacia las colinas al norte de Cafarnaúm, más allá de Corozaín. Allí, en una cresta despejada, y lejos de cualquier población y vía de comunicación importante, Jesús pidió a sus doce discípulos que tomaran asiento junto a él.
—Hermanos míos, la hora del reino ha llegado. Os he traído aquí, a solas conmigo, para presentaros ante el Padre como embajadores del reino. Algunos de vosotros me habéis oído hablar de este reino en la sinagoga cuando fuisteis llamados. Cada uno de vosotros ha aprendido más acerca del reino del Padre desde que habéis estado trabajando conmigo en las ciudades cercanas. Pero en este momento tengo algo más que deciros con respecto a este reino.
› El nuevo reino que mi Padre está a punto de establecer en el corazón de sus hijos terrenales está destinado a ser un dominio eterno. Este gobierno de mi Padre en el corazón de aquellos que desean hacer su voluntad divina no tendrá fin. Yo os declaro que mi Padre no es el Dios de los judíos o de los gentiles. Muchos vendrán del este y del oeste para sentarse con nosotros en el reino del Padre, mientras que muchos hijos de Abraham se negarán a entrar en esta nueva hermandad, en la que el espíritu del Padre reina en el corazón de los hijos de los hombres.
› El poder de este reino no consistirá en la fuerza de los ejércitos ni en la importancia de las riquezas, sino más bien en la gloria del espíritu divino que vendrá a enseñar la mente y dirigir el corazón de los ciudadanos renacidos de este reino celestial, los hijos de Dios. Ésta es la hermandad de amor en la que reina la rectitud y cuyo grito de batalla será: Paz en la Tierra y buena voluntad entre todos los hombres. Este reino, que muy pronto vais a proclamar, es el deseo de las gentes de bien desde tiempo inmemorial, la esperanza de toda la Tierra y el cumplimiento de las sabias promesas de los antiguos profetas.
› Pero para vosotros, hijos míos, y para todos los que os sigan en este reino, una dura prueba se prepara. Sólo la fe os conducirá a través de sus puertas, pero tendréis que rendir los frutos del espíritu de mi Padre si queréis seguir ascendiendo en la vida progresiva de la hermandad divina. En verdad, en verdad os digo que no todos aquellos que digan «Señor, Señor» entrarán en el reino del Cielo, sino más bien los que hagan la voluntad de mi Padre del Cielo.
› Vuestro mensaje para el mundo ha de ser: «Buscad primero el reino de Dios y su rectitud, y al encontrar esto, todas las demás cosas esenciales para vuestra supervivencia eterna estarán garantizadas». Y ahora os aclaro que este reino de mi Padre no vendrá con una demostración de poder sobrenatural y sorprendente. Por tanto, no habéis de ir a proclamar el reino diciendo: «está aquí» o «está allí», porque este reino que predicaréis es Dios dentro de vosotros.
› Quien quiera ser grande en el reino de mi Padre, deberá convertirse en el servidor de todos; y quien quiera ser el primero de vosotros, que sea el servidor de sus hermanos. Pues una vez que sois recibidos como ciudadanos del reino celestial, ya no sois más sirvientes sino hijos, hijos del Dios viviente. Así es como este reino progresará en el mundo, hasta que destruya todas las barreras y conduzca a todos los hombres a conocer a mi Padre y a creer en la verdad salvadora que he venido a proclamar. Incluso ahora mismo el reino está ya a las puertas, y algunos de vosotros no moriréis hasta que hayáis visto llegar el reino de Dios con gran poder.
› Esto que vuestros ojos contemplan ahora, este pequeño comienzo de doce hombres comunes, se multiplicará y crecerá hasta que, finalmente, toda la Tierra se llenará con alabanzas a mi Padre. Y no será tanto por las palabras que habléis, sino por las vidas que viváis, que los hombres conocerán que habéis estado conmigo y que habéis aprendido de las realidades del reino. Y aunque no voy a dejar pesadas cargas sobre vuestras mentes, estoy a punto de poner en vuestras almas la solemne responsabilidad de representarme en el mundo cuando yo me vaya, del mismo modo que yo represento ahora a mi Padre en esta vida que estoy viviendo en la carne.
Cuando Jesús terminó de hablar, se puso en pie, y situándose en el centro de todos ellos, les pidió que se arrodillasen a su alrededor.
Después, uno a uno, el Maestro se fue situando en frente de cada apóstol, y extendiendo las palmas de las manos sobre sus cabezas, les fue diciendo: «En el nombre de mi Padre del Cielo, yo te nombro embajador de la hermandad del reino. Que la paz y el amor del Padre te iluminen siempre».
Todos guardaron un sepulcral y reverencial silencio. Al terminar Jesús dijo:
—Benditos seáis, hijos míos, que os ofrecéis para la difícil tarea de esclarecer a las generaciones venideras en las gloriosas sendas que conducen hasta el Amor. Sed bienvenidos junto a mí como miembros destacados de la nueva familia de hijos e hijas renacidos por la fe.
Luego extendió las manos cuanto pudo hacia el norte y hacia el sur, y oró por sus amigos diciendo:
—Padre mío, aquí te traigo a estos hombres, mis mensajeros. Entre nuestros hijos de la Tierra, he escogido a estos doce para que me representen como yo voy a representarte. Ámalos y acompáñalos como me has amado a mí y has estado conmigo. Y ahora, Padre mío, concédeles sabiduría a estos hombres, mientras deposito todos los asuntos del reino venidero en sus manos. Desearía, si es tu voluntad, permanecer algún tiempo en la Tierra para ayudarlos en su labor por el reino. De nuevo, Padre mío, te doy gracias por estos hombres, y los entrego a tu cuidado mientras me dispongo a finalizar el trabajo que me has encomendado.
Jesús se quedó en silencio con sus amplios brazos abiertos hacia el horizonte y los ojos cerrados. Un viento cada vez más frío recorrió la pequeña colina, colándose bajo los mantos de los discípulos. Pero nadie se movió siquiera después de transcurrir varios minutos.
Finalmente, Pedro se atrevió a levantar la cabeza y mirar al Maestro, que oteaba al horizonte con el pensamiento mucho más lejos de lo que podían imaginar los apóstoles.
Jesús no había alterado su visión humana para adaptarla al mundo del espíritu, pero el Maestro podía percibir claramente que allí cerca de ellos un enorme batallón de seres angélicos celebraba en recogido silencio aquel acto simbólico.
Al percibir la mirada de Pedro, el Maestro, volviendo en sí, sonrió y se aproximó a su fogoso apóstol, invitándole a él y a sus compañeros a incorporarse. Entonces, presa de la emoción, Jesús se fundió en un fuerte abrazo con cada apóstol.
Nadie se atrevía a romper aquel silencio de solemnidad. Al terminar, Jesús les pidió que se volvieran a sentar, y puesto de pie entre ellos, les dijo:
—Ahora que sois los embajadores del reino de mi Padre, os habéis convertido en una clase separada y distinta de hombres respecto de todos los demás en la Tierra. Ahora ya no sois hombres entre los hombres, sino los ciudadanos esclarecidos de otro país celestial entre las criaturas ignorantes de este oscuro mundo. No es suficiente que viváis como lo hacíais hasta ahora, sino que de aquí en adelante deberéis de vivir como aquellos que han saboreado las glorias de una vida mejor, y han sido enviados de vuelta a la Tierra cual embajadores de los Soberanos de aquel mundo nuevo y mejor. Se espera más del maestro que del alumno; del amo se exige más que del siervo. De los ciudadanos del reino celestial se requerirá más que de los ciudadanos del gobierno terrenal. Algunas de las cosas que estoy a punto de deciros podrán pareceros duras, pero habéis elegido representarme en el mundo tal como yo ahora represento al Padre. Y como mis enviados en la Tierra, estaréis obligados a ateneros a aquellas enseñanzas y prácticas que son consecuentes con mis ideales de la vida mortal en los mundos del espacio, y que yo ejemplifico en mi vida terrenal de revelación del Padre que está en el Cielo.
› Os envío para proclamar la libertad a los cautivos espirituales, la felicidad para aquellos que están en el cautiverio del miedo, y para curar la aflicción de acuerdo con la voluntad de mi Padre del Cielo. Cuando salgáis en busca de mis hijos afligidos, habladles palabras de ánimo, diciendo:
› Bienaventurados los pobres de espíritu, los humildes, porque de ellos son los tesoros del reino del Cielo.
› Bienaventurados los que tienen hambre y sed de rectitud, porque ellos serán saciados.
› Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la Tierra.
› Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
› Y dirigid también a mis hijos estas otras palabras de consuelo espiritual y promesa:
› Bienaventurados los que están de luto, porque ellos serán confortados. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán el espíritu del regocijo.
› Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia.
› Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
› Bienaventurados los que son perseguidos por culpa de su rectitud, porque de ellos es el reino del Cielo. Consideraos bienaventurados cuando los hombres os injurien y os persigan, y digan falsamente toda clase de maldades contra vosotros. Regocijaos y estad extremadamente contentos, porque grande será vuestra recompensa en el Cielo.
› Hijos míos, tal como os envío, vosotros sois la sal de la Tierra, sal con sabor de salvación. Pero si la sal ha perdido su sabor, ¿con qué se sazonará? No valdrá para nada sino para arrojarla y ser pisoteada por los hombres.
› Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada en una colina no puede ser ocultada. Del mismo modo no encienden una lámpara los hombres y la colocan bajo una olla, sino en el candelero, de modo que alumbra a todos los de la casa. Dejad que vuestra luz brille en medio de los hombres de modo que vean vuestras buenas obras y sean conducidos a glorificar al Padre que está en el Cielo.
› Os estoy enviando al mundo para representarme y actuar como los embajadores del reino de mi Padre. Cuando salgáis a proclamar la buena nueva, poned vuestra confianza en el Padre, de quien sois mensajeros. No resistáis la injusticia por la fuerza; no pongáis vuestra confianza en las armas de la carne. Si vuestro prójimo os golpea en la mejilla derecha, ponedle la otra. Estad dispuestos a sufrir la injusticia más que a pleitear entre vosotros. Ministrad con amabilidad y misericordia a todos los que están afligidos y necesitados.
› Yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a quienes os odian, bendecid a los que os maldicen, y orad por aquellos que con malicia abusan de vosotros. Y todo lo que creáis que yo haría por los hombres, hacedlo también vosotros.
› Vuestro Padre del Cielo hace que el sol brille sobre los malvados como sobre los bondadosos; del mismo modo envía la lluvia sobre justos e injustos. Vosotros sois los hijos de Dios; todavía más, sois los embajadores del reino de mi Padre. Sed compasivos como Dios es compasivo, y en el futuro eterno del reino seréis perfectos, al igual que vuestro Padre celestial es perfecto.
› Estáis enviados para salvar a los hombres, no para juzgarlos. Al final de vuestra vida en la Tierra, todos esperaréis misericordia; por eso os pido que durante vuestra vida mortal mostréis misericordia a todos vuestros hermanos en la carne. No cometáis el error de intentar quitar una mota del ojo de vuestro hermano, cuando hay una gran astilla en el vuestro. Cuando hayáis quitado la astilla de vuestro ojo, entonces podréis ver mejor para retirar la mota del ojo de vuestro hermano.
› Discernid claramente la verdad; vivid la vida recta sin miedo; y de este modo seréis mis apóstoles y los embajadores de mi Padre. Habéis oído que se ha dicho: «Si el ciego conduce al ciego, los dos se caerán al precipicio». Si queréis guiar a otras personas al reino, vosotros mismos tenéis que caminar en la luz clara de la verdad viviente. En todos los asuntos del reino, os exhorto a mostrar juicio exacto y sabiduría precisa. No ofrezcáis lo sagrado a los perros, ni arrojéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que pisoteen vuestras joyas y se vuelvan para destrozaros.
› Os advierto contra los falsos profetas que vendrán vestidos de corderos, mientras que por dentro son como lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Recogen los hombres uvas de los espinos o higos de los abrojos? Por tanto, todo árbol bueno produce buen fruto, pero los árboles corruptos dan lugar a frutos malvados. Un árbol bueno no rinde frutos malvados, ni un árbol corrupto produce buen fruto. Todo árbol que no produce buen fruto se le tala de inmediato y es arrojado al fuego. Para ganar la entrada al reino del Cielo, es el motivo lo que cuenta. Mi Padre mira dentro del corazón de los hombres y los juzga por sus deseos internos y sus intenciones sinceras.
› En el gran día del juicio del reino, muchos me dirán: «¿No profetizamos en tu nombre y por él hicimos muchas obras maravillosas?». Pero yo me veré obligado a decirles, «Nunca os he conocido; alejaos de mí vosotros que sois falsos maestros». Pero todo el que oiga este encargo y sinceramente ejecute su tarea de representarme ante los hombres como yo voy a representar al Padre ante vosotros, encontrará entrada abundante en mi servicio y en el del reino del Padre celestial.
Tras pausar unos segundos, los doce pensaron que el Rabí daría por concluidas las explicaciones, pero el Maestro aún tenía muchas más enseñanzas que quería darles.
—Este es el encargo personal que os encomiendo. Estas son las instrucciones de ordenación que os dejo a vosotros, que queréis predicar mi evangelio y aspiráis a representarme en el mundo de los hombres, así como yo represento a mi Padre del Paraíso.
› Os he dicho: «Vosotros sois la sal de salvación de la Tierra». Entended que la sal sólo es útil en muchas aplicaciones cuando se la gasta. Que así sea entre vosotros. No os importe perder muchas de las cosas mundanas. No os importe derrochar esfuerzos en apariencia inútiles. Gastaos como la sal entre los hombres y seréis de utilidad al reino.
› Os he dicho: «Vosotros sois la luz del mundo, luz que brilla de modo que el mundo pueda ver». Aunque la luz disipa las tinieblas, también puede ser tan cegadora como para confundir y frustrar. Os exhorto a que dejéis brillar vuestra luz de tal manera que vuestros semejantes se sientan guiados hacia unos caminos nuevos y divinos de vida realzada. Vuestra luz no debe brillar como para atraer la atención sobre vosotros mismos. Utilizad vuestra profesión como un espejo eficaz para diseminar esta luz de la vida.
› Os he dicho: «Por sus frutos los conoceréis». Y además os digo: Los caracteres fuertes no se forman evitando hacer el mal, sino más bien haciendo realmente el bien. El altruismo es la insignia de la grandeza humana. Los niveles más altos de autorrealización se alcanzan mediante la adoración y el servicio. La persona feliz y eficaz está motivada por el amor de hacer el bien, y no por el temor de hacer el mal.
› La personalidad es básicamente invariable. Lo que cambia, lo que crece, es el carácter moral. El error principal de muchas religiones es el negativismo. El árbol que no produce frutos es «derribado y arrojado al fuego». El valor moral no puede provenir de la simple represión, de la obediencia al mandato «No harás». El miedo y la vergüenza son motivaciones sin valor para la vida religiosa. La religión solamente es válida cuando revela la paternidad de Dios y realza la fraternidad de los hombres.
› Una persona se forma una filosofía eficaz de la vida combinando la perspicacia cósmica con la suma de sus propias reacciones emocionales ante el mundo que le rodea. Recordad: aunque los impulsos hereditarios no se pueden modificar fundamentalmente, las reacciones emocionales a esos impulsos sí se pueden cambiar; por consiguiente, la naturaleza moral se puede modificar, el carácter se puede mejorar. En un carácter fuerte, las reacciones emocionales están integradas y coordinadas, generando así una personalidad unificada. La falta de unificación debilita la naturaleza moral y engendra la desdicha.
› Sin una meta que merezca la pena, la vida carece de objetivo y de provecho, lo que ocasiona mucha infelicidad. Hijos míos, os exhorto a que ejercitéis una fe experiencial. No caigáis en el error de limitaros a depender de un asentimiento intelectual, de la credulidad o de la autoridad establecida.
› La educación debería ser una técnica para descubrir los mejores métodos de satisfacer nuestros impulsos naturales y hereditarios, y la felicidad es el resultado final de estas técnicas mejores de satisfacción emocional. La felicidad depende poco del entorno, aunque un ambiente agradable puede contribuir mucho a ella.
› Todo mortal ansía realmente ser una persona completa, ser perfecto como mi Padre que está en los Cielos es perfecto, y este logro es posible porque, a fin de cuentas, el «universo es verdaderamente paternal».
› A vosotros, mis embajadores del reino, os invito a unas cotas mayores de compromiso en el amor. Bien quisiera yo que fuerais capaces de descubrir el amor paternal en lugar de alcanzar sólo el amor fraternal.
› El amor fraternal consiste en amar al prójimo como a uno mismo, lo que sería una aplicación adecuada de la «regla de oro». Pero el afecto paternal exige que améis a vuestros compañeros mortales como el Padre os ama.
› Con esto no quiero sobrecargar vuestros corazones con un mandato imposible de amor fraternal. Pero sí imagino que si vuestras metas son más altas y sublimes, el esfuerzo por intentar parecerse a Dios, por ser perfectos como mi Padre que está en los cielos es perfecto, hará que podáis empezar a considerar a los hombres como Dios considera a sus criaturas, y así podáis empezar a amar a los hombres como Dios los ama, a manifestar los principios de un afecto paternal.
› Os he dicho: «Bienaventurados los pobres de espíritu, los que tienen hambre de rectitud, los que perseveran en la mansedumbre y los limpios de corazón». Cuando habléis a mis hijos de la carne, ensalzad sobre todo estas cuatro actitudes de fe. De quienes llegan a discernir de esta forma al espíritu, se puede esperar que alcancen un nivel suficiente de desinterés divino como para ser capaces de intentar el extraordinario ejercicio del afecto paternal; que, incluso en la aflicción, estarán facultados para mostrar misericordia, promover la paz y soportar las persecuciones. Y que a lo largo de todas estas penosas situaciones, amarán con un amor paternal incluso a una humanidad poco amable. El afecto de un padre puede alcanzar unos niveles de devoción que trascienden inmensamente el afecto de un hermano.
› La fe y el amor de estas cuatro beatitudes fortalecen el carácter moral y crean la felicidad. El miedo y la ira debilitan el carácter y destruyen la felicidad.
› Cuando os digo «Bienaventurados los pobres de espíritu, los humildes», estoy tratando de estimular vuestra comprensión de las realidades eternas, no de las de este mundo. Para un niño, la felicidad es la satisfacción de una ansia inmediata de placer. Pero el adulto está dispuesto a sembrar las semillas de la abnegación, con el fin de obtener las cosechas posteriores de una felicidad mayor. En nuestros días, la felicidad ha sido asociada demasiado a menudo con la idea de poseer riquezas.
› Os he dicho alguna vez que muchos de los que ahora consideráis los últimos en el reino, como taberneros o prostitutas, con gran seguridad que también entren en el reino de los Cielos. Porque la entrada en el reino no es una cuestión del logro, sino más bien de la actitud, de las metas que se persiguen. Hay grandes hombres muy religiosos que se sienten ricos de espíritu, pero en realidad son unos engreídos. En cambio hay otros que se sienten pobres de espíritu, y esos son los verdaderos humildes. Los primeros se ven como autosuficientes; los segundos son los que están receptivos a nuevas enseñanzas y buscan la verdad. Los pobres de espíritu buscan metas de riqueza espiritual, buscan a Dios. Estos buscadores de la verdad no tienen que esperar sus recompensas en un futuro lejano; son recompensados ahora. Encuentran el reino de los Cielos en su propio corazón, y experimentan esa felicidad ahora, en el momento presente.
› Cuando os digo «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de rectitud, porque ellos serán saciados», no me estoy refiriendo al alimento material, sino que trato de que captéis la realidad del alimento espiritual. Sólo aquellos que se sienten pobres de espíritu tienen hambre y sed de rectitud. Sólo los humildes buscan la fuerza divina y anhelan el poder espiritual. Sin embargo, es sumamente peligroso practicar a sabiendas el ayuno espiritual con el fin de aumentar nuestro apetito de los dones espirituales. El ayuno físico se vuelve peligroso después de cuatro o cinco días; uno puede perder todo deseo de alimentarse. El ayuno prolongado, tanto físico como espiritual, tiende a destruir el apetito.
› La rectitud experiencial debería seros un placer, no un deber. Vuestra rectitud debería ser un amor dinámico, un afecto paternal y fraternal a la vez. No debería basarse en una rectitud negativa del tipo «no harás». ¿Cómo podría alguien tener hambre de algo negativo, de algo a «no hacer»?
› No es fácil enseñar estas dos primeras actitudes de fe a una mente infantil, pero vuestra mente madura ya debería ser capaz de captar su significado.
› Cuando os digo «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la Tierra», no caigáis en el error de considerar esta mansedumbre como miedo. Es más bien una actitud del hombre cooperando con Dios, el hombre que dice «Hágase tu voluntad». Engloba la paciencia y la tolerancia, y está motivada por una fe inquebrantable en un universo justo y amistoso. Se sobrepone a todas las tentaciones de rebelarse contra el liderazgo divino, y se vuelve tan fiel que se hace merecedor de heredar una parcela del universo.
› Cuando os digo «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», no me refiero a la pureza de los que niegan sus impulsos sexuales. La pureza espiritual no es una cualidad negativa, salvo que carece de recelo y de revancha. Al hablaros de la pureza, no tengo la intención de tratar exclusivamente de las actitudes sexuales humanas. Me refiero más bien a esa fe que los hombres deberían tener en sus semejantes; a esa fe que los padres tienen en sus hijos, y que les permite amar a sus semejantes como un padre los amaría. El amor de un padre no tiene necesidad de mimar, y no perdona el mal, pero siempre se opone al cinismo. El amor paternal tiene una única finalidad, y siempre busca lo mejor que hay en el hombre; ésta es la actitud de un verdadero padre.
› Ver a Dios, mediante la fe, significa adquirir la verdadera perspicacia espiritual. La perspicacia espiritual intensifica el gobierno del Espíritu Interior, y los dos reunidos terminan por aumentar la conciencia de Dios. Cuando conozcáis al Padre, os sentiréis confirmados en la seguridad de vuestra filiación divina, y podréis amar cada vez más a vuestros hermanos en la carne, no sólo como un hermano, con un amor fraternal, sino también como un padre, con un afecto paternal.
› Cuando salgáis a predicar en mi nombre, dejad que los niños y niñas se acerquen a vosotros y dirigidles estas palabras, porque estas exhortaciones son fáciles de enseñar incluso a los niños. Los niños son confiados por naturaleza, y los padres deberían cuidar de que no perdieran esta fe sencilla. Al tratar con los niños, evitad todo engaño y absteneos de fomentar la desconfianza. Ayudadlos juiciosamente a escoger a sus héroes y a seleccionar el trabajo de su vida.
Jesús pausó unos segundos dejando que el raudo viento invernal se calmara un poco. El bosque cercano apenas podía hacer nada por mitigar el aire frío procedente del norte. El Maestro esperaba las habituales preguntas de sus discípulos, pero éstos estaban más perplejos y asombrados que de costumbre. Nunca habían escuchado de su Rabí pronunciamientos tan firmes y contundentes. Así pues el Maestro prosiguió con su enseñanza:
—El objetivo principal de vuestra lucha humana debe ser la búsqueda de la perfección, incluso de la perfección divina. Sed perfectos como vuestro Padre que está en los Cielos es perfecto. Amad a vuestros semejantes, no sólo como os amáis a vosotros mismos, sino con el afecto que os tiene vuestro Padre del Cielo.
› Recordad que os he dicho: «Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados». Y seguro que os preguntaréis, por lógica, que cómo es posible que la felicidad pueda surgir de la aflicción. Pero no os confundáis, no me refiero a la aflicción externa u ostentosa. Más bien estoy pensando en esa actitud emotiva de la ternura de corazón.
› Es un gran error enseñar a los niños y a los jóvenes que no es varonil mostrar ternura o manifestar sentimientos emotivos o sufrimientos físicos. La sensibilidad es un atributo valioso tanto en el hombre como en la mujer. No es necesario ser insensible para ser varonil. Ésta es la manera equivocada de crear hombres valientes. Los grandes hombres de este mundo no han tenido miedo de afligirse. Moisés, el afligido, fue un hombre más grande que Sansón o Goliat. Moisés fue un guía extraordinario, pero también estaba lleno de mansedumbre. Ser sensible y reaccionar ante las necesidades humanas crea una felicidad auténtica y duradera, y al mismo tiempo estas actitudes benévolas protegen el alma contra las influencias destructivas de la ira, el odio y la suspicacia.
› Os he dicho: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Pero no penséis que os hablo de la misericordia pasiva. Os hablo de la altura, de la profundidad y de la anchura de la amistad más sincera, la bondad. La verdadera misericordia es activa y dinámica, tal y como lo es la ternura paternal suprema. Un padre amoroso tiene pocas dificultades para perdonar a su hijo, incluso muchas veces. En un niño no mimado, el impulso de aliviar el sufrimiento es natural. Los niños son normalmente bondadosos y compasivos cuando tienen la edad suficiente para apreciar las situaciones reales.
› Os he dicho: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios». Aunque pensareis que sólo os hablo de la paz militar, me gustaría que pensarais más allá de esta simple paz pasiva, y ansiarais la paz del corazón, la paz interior que os liberará de todo miedo y preocupación. Ésta es la paz que impide los conflictos ruinosos. La paz personal integra la personalidad. La paz social impide el miedo, la codicia y la ira. La paz política impide los antagonismos raciales, las desconfianzas nacionales y la guerra. La pacificación es el remedio para la desconfianza y la suspicacia.
› Es fácil enseñar a los niños a trabajar como pacificadores. Disfrutan con las actividades de equipo; les gusta jugar juntos. A la larga encuentran lógico que la única forma de convivir juntos es respetando unas reglas de juego comunes e igualitarias.
› Os he dicho: «Bienaventurados los perseguidos a causa de su rectitud, porque de ellos es el reino de los Cielos. Consideraos bienaventurados cuando os injurien y os persigan, y mientan con maldad contra vosotros. Regocijaos y estad alegres, porque grande será vuestra recompensa en los cielos».
› Muy a menudo, a la persecución sigue de hecho la paz. Pero los jóvenes y los adultos valientes no huyen nunca de las dificultades o del peligro. Los niños responden siempre al desafío de la valentía. La juventud siempre está dispuesta a «aceptar un desafío». Todos los niños deberían aprender pronto a sacrificarse. El progreso ha sido siempre la cosecha final de la persecución.
› No existe un amor más grande que el de dar la vida por los amigos. Un amor paternal puede hacer libremente todas estas cosas, unas cosas que el amor fraternal difícilmente puede abarcar. El amor paternal se complace en devolver el bien por el mal, en hacer el bien como pago a la injusticia.[3]
El Maestro continuó por espacio de otra hora profundizando y ahondando en estas recomendaciones para los apóstoles de cara a su futuro ministerio. Les repitió estas frases de consuelo o «bienaventuranzas» con tanto ahínco, que este fue sin duda el discurso que más recordarían los doce de todos los que iban a oírle en su vida. Pocos días más tarde, Mateo, a pesar de que conocía la opinión contraria de Jesús sobre la consignación de su mensaje en forma escrita, tomó en un papiro unas breves notas con el resumen principal de este discurso, y lo guardó celosamente durante los años venideros como inspiración para sus propias predicaciones.
Samikah era la ceremonia de ordenación de los escribas. ↩︎
De la lectura de los evangelios (Mt 4:18-22; Mc 1:16-20; Lc 5:1-11) uno tiene la extraña sensación de que Jesús, sin conocer previamente de nada a los discípulos, les dice «Seguidme» y ellos se van con él sin más, como si un oculto poder hubiera obrado esa decisión en los apóstoles al margen de su voluntad. La verdadera historia es radicalmente distinta, tal y como la cuenta El Libro de Urantia (LU 129:1.5; LU 139:2.2; LU 140:0.2): Jesús ya conocía de antaño a muchos de los doce, y por otra parte, este llamado de Jesús se produce después de varios meses de asociación con él, cuando ese «Seguidme» ya era una forma coloquial y habitual de Jesús para pedir a sus amigos que le acompañaran. ↩︎
Este discurso que aparece durante la ordenación de los apóstoles sigue El Libro de Urantia, LU 140:3 y está ampliado con el contenido de las secciones LU 140:4 y 5. Se puede decir que este discurso equivale a lo que se conoce como «el sermón de la montaña» (Mt 5:1-16 y Mt 6-7; Lc 6:20-49). Pero existe cierta confusión en cuanto al propósito de este discurso. Los cristianos creen que «el sermón de la montaña» es el núcleo del evangelio de Jesús. El Libro de Urantia nos dice: «El sermón de la montaña no es el evangelio de Jesús. Sí contiene muchas enseñanzas útiles, pero fue más bien lo que Jesús encomendó a los doce apóstoles (…), fue su encargo personal a quienes aspiraban a representarlo» (LU 140:4.1).
Esta confusión puede advertirse mejor si apreciamos las diferencias que los dos evangelistas que recogen el discurso tienen entre sí. Según Mateo Jesús parece estar hablando a toda la multitud, pero en Lucas Jesús no está claro que esté hablando a más gente que a los apóstoles.
Mateo menciona sólo bienaventuranzas, mientras que Lucas incluye varias amenazas con un estilo muy impropio de Jesús.
Mateo es más fiel al sentido espiritual de las bienaventuranzas. Fíjese en la diferencia entre «Dichosos los pobres en el espíritu» de Mt 5:3 frente al «Dichosos los pobres» de Lc 6:20. O más claro aún en el «Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios» de Mateo frente al «Dichosos los que ahora tenéis hambre» de Lucas. Éste último parece estar refiriéndose al que no tiene qué comer, mientras que Mateo parece hablar de los que buscan ser mejores personas.
Lucas no ha comprendido el mensaje de Jesús. Piensa que su mensaje es una liberación para los que viven en la pobreza material, cree que es un reformador social, cuando el mensaje de Jesús es en sentido espiritual. Se refiere a los que tienen hambre de Dios, a los que son pobres espiritualmente, se sienten insatisfechos en su alma y desean avanzar y mejorar en su vida espiritual. Lucas ve las bienaventuranzas desde un punto de vista material. Mateo desde un punto de vista espiritual.
Pero puede ser que Mateo tampoco hubiera comprendido del todo. Tras el sermón Jesús continúa sus enseñanzas por la noche en otro discurso (El Libro de Urantia LU 140:6), que aparece erróneamente reflejado en Mt 5:17-48. Mateo parece un compendio de mandamientos. De hecho Mateo es el único que recoge ligeramente el discurso de la noche, en el que Jesús repasa algunos de los diez mandamientos hebreos.
El evangelista no ha comprendido lo que Jesús les proponía. Él quería que fueran siempre más allá de las leyes, pero no sólo de los diez mandamientos de aquella época, sino de todas las leyes de cualquier época. Es decir, que nunca se conformaran con cumplir ciertos preceptos, sino que fueran más allá de los actos, y se dejaran llevar por un motivo siempre creciente de querer ser como Dios.
Por eso Mateo dice que no hay que descuidar ninguno de los mandamientos que ya hay (Mt 5:19). Porque ha entendido que lo que Jesús quiere es simplemente ampliar o clarificar el contenido de estos mandamientos, o dicho de otro modo, más mandamientos a los que ya había. Ahora Jesús exige que nadie se divorcie de su mujer (Mt 5:27-32), que no se pueda jurar de ninguna forma (Mt 5:33-37), o que se realice el ayuno de un modo secreto (Mt 6:16-18). Pero eso sí, sigue solicitando que se ayune, lo cual contrasta con Mt 9:14-17. Está claro que nadie entendía a Jesús. ¿Había que ayunar o no? Mateo lo tenía claro, como buen judío que era: por supuesto que había que cumplir con todas las prescripciones judías. Las enseñanzas de Jesús, para él, sólo eran un conjunto de adiciones o ampliaciones de las obras que un hombre piadoso debía hacer. Por eso el sermón de Mateo tiene ese toque arrogante, de ordenación. «Tenéis que hacer ahora esto y esto». Cuando en realidad lo que les estaba diciendo es que debían ir más allá de los actos.
Basta leer la conclusión del sermón de la montaña tal y como está recogido en El Libro de Urantia y en el evangelio de Mateo para verificar, a modo de ejemplo, cuán diferentes son los planteamientos.
«Pero todo el que escuche este encargo y ejecute sinceramente su misión de representarme ante los hombres, así como yo he representado a mi Padre ante vosotros, hallará entrada abundante en mi servicio y en el reino del Padre celestial.» (El Libro de Urantia LU 140:3.20)
«El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. Sin embargo, el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, es como aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, se abatieron sobre la casa, y ésta se derrumbó. Y su ruina fue grande.» (Mt 7:24-27)
Mateo está preocupado por la praxis y elabora esta parábola para explicarla. La frase de Jesús muestra preocupación por la misión, por el conjunto de toda la asignación que solicita Jesús, que no se circunscribe a la ejecución diaria de una mera serie de preceptos. Es muy dudoso que Jesús pronunciara exactamente la frase que le asigna Mateo. ↩︎