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Después de este pletórico discurso de Jesús a sus doce embajadores, regresaron en profundo silencio a casa de Zebedeo. Ninguno de los doce se atrevía a exteriorizar sus pensamientos. Habían permanecido en intensa expectación, absorbiendo las impresionantes enseñanzas de su maestro.
Aquellas palabras sobre el Padre aún retumbaban en sus corazones. «Ser perfectos como el Padre Celestial es perfecto». El Maestro hacía que Dios pareciera al alcance de la mano. Les enseñaba sobre Dios como quien lo conociera desde siempre, con una autoridad y una firmeza que nunca antes habían visto en los escribas.
Esa tarde, al llegar a casa, prepararon el fuego y se sentaron a compartir una cena frugal. Apenas tenían hambre. Partieron algo de pan que les habían cocinado las mujeres, tomaron queso y escanciaron un pellejo de vino rancio. Durante unos minutos se concentraron en untar el pan en sus escudillas.
Luego de charlar brevemente con los doce e interesarse por sus familias, Jesús les dejó a solas, saliendo a dar un paseo por la playa.
Los discípulos aprovecharon para intercambiar impresiones sobre las enseñanzas de su rabí. Había muchas declaraciones de su maestro que no llegaban a entender. Si el reino era tal y como lo contaba Jesús, entonces, ¿por qué era Israel el pueblo elegido de Dios? Si todos los hombres, provenientes del este y del oeste, iban a ser admitidos en el reino, e incluso algunos israelitas de puro linaje iban a ser rechazados, ¿qué sentido tenía entonces la idea de la preeminencia racial, dónde quedaba entonces el baluarte sobre todas las naciones que era el pueblo judío? Ellos eran un pueblo escogido, grandes proezas consignadas en las escrituras así lo atestiguaban. Entonces, todo aquello, ¿dónde entraba en el esquema de las cosas de Jesús?
Y a qué se refería Jesús cuando calificaba a todo como «del espíritu». ¿Cómo se practicaría ese «ayuno espiritual», cómo tener «hambre y sed» del espíritu? ¿Acaso iba a darles Jesús un nuevo maná, una nueva especie de alimento divino? No entendían muchas de las expresiones de Jesús, en las que mezclaba expresiones arameas, y cuando no encontraba un vocablo adecuado, palabras en griego. ¿Qué eran las realidades eternas, la pobreza de espíritu, la rectitud experiencial? No podían entender.
Discutían ardientemente y se pisaban la palabra rebatiendo con furor los planteamientos de sus compañeros, pero al final seguían sin comprender. Su maestro hablaba un lenguaje críptico y difícil. Ninguno de los doce había captado plenamente el significado profundo de las recomendaciones del Rabí.
Entrada la noche, Andrés fue en busca de Jesús. Le encontró junto al agua, paseando sobre los guijarros de la costa, en zona seca.
—Maestro, mis hermanos no alcanzan a comprender lo que nos has explicado sobre el reino. No nos sentimos capaces de comenzar esta obra si no nos enseñas y aclaras más cosas. Vengo de parte de todos para pedirte que nos ayudes a comprender el significado de tus palabras.
El Rabí accedió gustoso. Entró con Andrés en el patio de la hacienda, y como era su costumbre, les reunió en torno al fuego para dirigirles ulteriores explicaciones. Les dijo:
—Encontráis difícil recibir mi mensaje porque queréis construir las nuevas enseñanzas directamente sobre las viejas, pero yo os declaro que vosotros debéis renacer. Debéis comenzar nuevamente como niños pequeños y estar dispuestos a confiar en mis enseñanzas y creer en Dios. El nuevo evangelio del reino no puede ser amoldado a lo que ya existe. Tenéis ideas erróneas sobre el «Hijo del Hombre» y su misión en la Tierra. No deberíais cometer el error de pensar que yo he venido para invalidar la ley y los profetas. No he venido para abrogar sino para completar, para ampliar y para iluminar. No he venido para transgredir la ley sino más bien para escribir estos nuevos mandamientos en las tablas imperecederas de vuestro corazón.
› Exijo de vosotros una rectitud que exceda la rectitud de los que buscan obtener favores del Padre practicando la limosna, la oración y el ayuno. Si queréis entrar en el reino debéis tener una rectitud que consista en amor, misericordia y verdad, el deseo sincero de hacer la voluntad de mi Padre del Cielo.
Pedro interrumpió a Jesús diciéndole:
—Maestro, si tienes un nuevo mandamiento, quisiéramos que nos lo explicaras. Revélanos cómo es este nuevo camino.
Jesús le contestó a Pedro:
—Lo habéis oído a los «maestros de la ley»: «No matarás, y el que mate deberá someterse a juicio». Pero yo miro más allá del acto, para descubrir el motivo. Os declaro que todo aquel que esté simplemente airado contra su hermano también está en peligro de condena. El que alimenta el odio en su corazón y proyecta la venganza en su mente, ése también corre el peligro de ser juzgado. Vosotros debéis juzgar a vuestros semejantes por sus acciones, pero el Padre Celestial juzga por las intenciones.
› Habéis oído a los «doctores de ley» decir: «No cometerás adulterio». Pero yo os digo que todo hombre que contemple a una mujer con pensamientos de lujuria, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Vosotros tan sólo podéis juzgar a los hombres por sus actos, pero mi Padre mira dentro del corazón de sus hijos y los juzga con misericordia, de acuerdo con sus intenciones y deseos verdaderos.
Jesús iba a seguir ilustrando su idea con otros mandamientos de Moisés, pero le interrumpió Santiago Zebedeo, preguntándole:
—Maestro, ¿qué hemos de enseñar a la gente sobre el divorcio? ¿Hemos de permitir que un hombre se divorcie de su mujer tal como Moisés lo ordenó?[1]
Este asunto del divorcio, aunque permitido de forma laxa entre el pueblo judío, así como lo era en todo el imperio romano, no escapaba a las críticas de los más rigoristas de la ley, que lo veían como un acto inmoral y propio de personas sin escrúpulos. El divorcio, en aquella época, solía dejar prácticamente indefensas y desamparadas a las mujeres, ya que la recuperación de la dote no bastaba para su manutención real.
Cuando Jesús oyó esta pregunta, dijo:
—No he venido para legislar, sino para esclarecer. No he venido para reformar los reinos de este mundo sino más bien para establecer el reino del Cielo. No es la voluntad de mi Padre que ceda a la tentación de enseñaros reglas de gobierno, comercio o conducta social. Estas enseñanzas podrían ser buenas para el día de hoy, pero estarían lejos de ser adecuadas para la sociedad de otra época. Estoy en la Tierra tan sólo para consolar la mente, liberar el espíritu y salvar el alma de los hombres.
Santiago encajó de buena gana la crítica de Jesús a su pregunta, pero cuando parecía que el Maestro iba a zanjar ahí este asunto, les confesó:
—Os diré, no obstante, sobre esta cuestión del divorcio, que, aunque Moisés lo tolerara, no era así en los tiempos de Adán y en el Jardín de Edén.
Jesús se quedó pensativo un instante, y Pedro comentó aparte a Santiago que él no estaba tampoco de acuerdo con aquella actitud hacia el divorcio. Todos los discípulos opinaban de forma similar. Estaban de acuerdo en que resultaba vergonzoso mantener en las escrituras esas leyes tan permisivas con la inmoralidad.
Pero el Rabí no parecía aprobar plenamente los comentarios de sus amigos, y continuó diciendo:
—No os equivoquéis. Debéis reconocer siempre los dos puntos de vista de la conducta mortal: lo humano y lo divino, los caminos de la carne y la senda del espíritu, la valoración del tiempo y el punto de vista de la eternidad.
› Tropezáis con mis enseñanzas porque queréis interpretar mi mensaje literalmente. Sois lentos en discernir el espíritu de mis enseñanzas. Nuevamente debéis recordar que sois mis mensajeros. Debéis vivir vuestra vida así como yo estoy viviendo la mía en espíritu. Sois mis representantes personales, pero no cometáis el error de esperar que todos los hombres vivan como vivís vosotros en todos los aspectos. También debéis recordar que yo tengo ovejas que no son de este rebaño, y que tengo obligaciones también para con ellos, porque debo ofrecerles del mismo modo una guía en el cumplimiento de la voluntad divina mientras vivo una vida de naturaleza mortal.
Entonces fue Natanael el que preguntó:
—Pero, maestro, ¿es que no hemos de dar lugar alguno a la justicia? Tú hablas de mirar las auténticas intenciones de los actos de los hombres, pero la ley de Moisés dice «ojo por ojo, y diente por diente». ¿Qué hemos de enseñar nosotros?
Jesús respondió de inmediato:
—Vosotros devolveréis el bien en lugar del mal. Mis mensajeros no deben luchar con los hombres, sino tratarlos con dulzura. Vuestra regla no será «la medida con la que medís, así se os medirá». Quienes gobiernan a los hombres pueden tener tales leyes, pero no en el reino. Para vosotros, en cambio, la misericordia determinará siempre vuestro juicio, y el amor vuestra conducta.
Todos se miraron entre sí con cierta incomprensión. ¿Tratar el mal del mundo con dulzura? ¿Pero acaso Jesús proponía abolir la ley de Moisés? ¿Cómo podía aplicarse en el mundo semejante ley?
Jesús percibía los pensamientos confusos y críticos de ellos y les dijo:
—Si esto os parece duro, podéis iros si lo queréis. Si encontráis que los requisitos del apostolado son demasiado exigentes, podéis retornar al camino menos riguroso de los discípulos.
Todos se quedaron helados con estas palabras. Todavía no habían caído en la cuenta de las nuevas exigencias que implicaba el nombramiento que Jesús había realizado con los doce. Les había llamado apóstoles, que significaba embajadores. Pero, ¿qué repercusiones tenía este título? ¿Iba a significar que estarían sujetos a una ley mucho más engorrosa que las prescripciones rabínicas?
—Meditadlo bien antes de tomar una decisión —les dijo Jesús, levantándose por unos instantes para ir en busca de más leña para la mermada fogata.
Los discípulos se separaron unos metros para discutir. No entendían esta actitud tan exigente de su maestro. Pedro no entendía bien a qué implicaciones se refería Jesús, pero se erigió en firme defensor del apostolado y de no dejarse arredrar por las dificultades que esta nueva forma de discipulado pudiera traerles.
Dirigidos por Pedro, los doce regresaron a la fogata y Simón hizo de portavoz diciéndole al Rabí:
—Maestro, queremos seguir contigo. Ninguno de nosotros quiere irse. Estamos plenamente preparados para pagar el precio adicional de esta comisión. Beberemos esta copa. Queremos ser apóstoles, no tan sólo discípulos.
Jesús sonreía ampliamente mientras escuchaba la seria declaración de su fogoso amigo.
—Estad entonces dispuestos a cumplir vuestra responsabilidad y seguirme. Haced el bien en secreto. Cuando deis limosna, que no sepa vuestra mano izquierda lo que hace la derecha. Cuando oréis, apartaos a solas y no uséis vanas repeticiones y frases estereotipadas. Recordad siempre que el Padre conoce lo que necesitáis incluso antes de que se lo pidáis. Cuando ayunéis, no lo hagáis con expresión triste para que os vean los hombres y se admiren de vuestra piedad.
› Como mis apóstoles elegidos, apartados ahora para servir en el reino, no acumuléis sobre vosotros los tesoros mundanos, sino que, mediante vuestro servicio generoso, acumulad tesoros en el Cielo, porque allí donde estén vuestros tesoros, allí también estará vuestro corazón.
› La lámpara del cuerpo es el ojo. Si vuestro ojo es generoso, vuestro cuerpo entero estará lleno de luz. Pero si vuestro ojo es egoísta, vuestro cuerpo entero estará lleno de tinieblas. Y si la luz misma que está dentro de vosotros se vuelve tinieblas, ¡cuán grande será la oscuridad!
Ahora fue Tomás quien lanzó un nuevo interrogante:
—Maestro, ahora que nos has nombrado tus embajadores, ¿deberemos seguir compartiendo todo entre nosotros?
—Sí, hermanos míos —respondió el Maestro—. Deseo que vivamos juntos como una familia llena de compresión. Se os confía una gran tarea, y me agradaría mucho vuestro servicio en exclusiva. Sabéis bien que se ha dicho: «ningún hombre podrá servir a dos señores». No podéis adorar sinceramente a Dios y al mismo tiempo servir de todo corazón a mammón[2]. Embarcados sin reservas en el trabajo del reino, no deberíais sentir ansiedad por vuestras vidas, y menos aún por lo que vais a comer y beber, o con qué cubriréis vuestros cuerpos. Ya habéis aprendido que manos con voluntad y corazones honestos no pasarán hambre. Ahora, cuando os preparáis para dedicaros con todas vuestras fuerzas a la obra del reino, estad seguros de que el Padre no se olvidará de vuestras necesidades. Buscad primero el reino de Dios, y cuando hayáis encontrado la puerta de entrada, todas las demás cosas necesarias os serán concedidas. No os pongáis, pues, ansiosos por el mañana. Bástale a cada día su propio afán.
Las nuevas preguntas no tardaron en caer: «¿No habremos de tener ninguna posesión entonces?». «¿Cómo será el trabajo del reino?». «¿Cómo nos recompensará el Padre?».
Todos se sumaron al interrogatorio dando rienda suelta a sus confusiones. El Maestro, apabullado de pronto con la curiosidad de sus amigos, les dijo:
—Hermanos míos, vosotros sois como vasijas de barro. Es mejor que vayáis a descansar para estar listos para el trabajo que os espera mañana.
Pero ninguno de los doce estaba dispuesto a dormir ahora. Se sentían henchidos de valor y sinceridad con su maestro, y deseaban vaciarse en su sed de respuestas. Simón Pedro puso voz a todas las inquietudes de sus amigos cuando confesó a Jesús:
—Maestro, quisiera pedirte poder hablar un rato a solas contigo. No es que quiera yo tener secretos para con mis hermanos, pero mi espíritu está atribulado y si acaso merezco un reproche de mi maestro, podría soportarlo mejor de este modo.
Jesús se incorporó y haciendo un gesto a Pedro, le invitó a que le siguiera al interior de la casa. Una vez dentro el Maestro se hizo con una lamparilla de aceite y regresando al fuego, prendió el extremo que rezumaba combustible.
Una vez a solas Pedro preguntó a su rabí sin ocultar su desconcierto:
—Maestro, estoy un tanto perplejo con tus nuevas indicaciones sobre el apostolado. ¿Qué nuevas exigencias hemos de tener en cuenta? Yo estoy dispuesto a no ser sólo un discípulo, aspiro a ocupar el puesto de privilegio que nos ofreces en el reino.
Jesús interrumpió sus preguntas con la mano, recabando su atención.
—Pedro, no es un puesto de privilegio en el reino lo que os ofrezco, sino sólo un camino de servicio y de mayores logros espirituales. Cuando solicito de vosotros que vayáis más allá de las prescripciones de los rabinos, os invito a que renazcáis a un nuevo camino de perfección creciente en la voluntad de mi Padre. Los escribas enseñan muchas cosas buenas, pero también producen un tipo de individuo servil, esclavo y cumplidor de sus prescripciones. Con ello sólo crean hombres y mujeres satisfechos de sí mismos, sin hambre por nuevas verdades y más altas cotas de rectitud y bondad.
› Vosotros, mis doce escogidos, como mis representantes personales en la Tierra, elegidos para hablar en mi nombre cuando yo no esté, deberíais entender que el reino futuro no es sino la extensión de este deseo perfeccionador en el corazón de los hombres y mujeres, una búsqueda incansable y siempre creciente de la voluntad de mi Padre por parte de los hijos de Dios renacidos.
—Pero, maestro, ¿son estas exigencias sólo para nosotros, o hemos de solicitar a quienes nos sigan que las cumplan?
—Pedro, Pedro. ¡Cuánto deseas imponer tu criterio sobre tus semejantes! No estamos aquí para imponer una nueva forma de conducta a todos los hombres. Nuestra misión es la de estimular y fomentar un mayor deseo de buscar las realidades eternas. Cuando os pido que ejemplizéis ante los hombres unas metas más elevadas que las que prescriben quienes creen ostentar la virtud religiosa, tan sólo os invito a que miréis las cosas del mundo con los ojos del corazón, a que no limitéis vuestra percepción de la realidad sólo a los ojos humanos. Sois ahora ciudadanos de un reino celestial. Como súbditos de este reino ya no estáis sujetos o limitados por unas reglas de conducta que pueden ser apropiadas para una generación pero que distan mucho de ser perfectas para todas las épocas. Mis apóstoles deben vivir fuera de las vicisitudes temporales, ansiando siempre metas mayores, mirando en el interior de las acciones, nunca conformándose con unas virtudes concretas, y buscando por encima de todo hacer una creciente y más perfeccionada voluntad divina.
Muchas más cosas refirió el Maestro a su difícil apóstol esta noche sobre las condiciones del apostolado y la diferencia con el discipulado. Tras media hora de intensa conversación privada, Pedro salió de la casa y regresó al patio, radiante y fortalecido, reuniéndose con sus amigos, que continuaban conversando entre sí alrededor del fuego. Ninguno se atrevía a preguntar a Simón por sus intimidades, pero al verle tan pletórico y renovado, Santiago se decidió a entrar en la habitación, donde el Maestro se había quedado descansando, en profunda reflexión.
Santiago también se sinceró con el Rabí con numerosas preguntas sobre cómo mejorar y prosperar en el nuevo reino. Jesús tuvo que aclarar también a Santiago la realidad del reino que él predicaba.
Cuando salió Santiago, Juan se decidió a hacer lo mismo, manteniendo una enseñanza a solas con Jesús. Al ver todos que su maestro parecía dispuesto a permanecer toda la noche en vela si era necesario con tal de abrir los corazones de sus amigos y sincerar su alma, todos fueron entrando en la casa. Después de salir Juan entraron Felipe, Tomás, Mateo, Simón el Zelote, Natanael, Andrés y Judas, por este orden. Mientras, en el patio, todos se dedicaron a discutir entre ellos sobre las difíciles enseñanzas de su maestro. Cuando les tocaba el turno de entrar a Jacobo y a Judas, los gemelos Alfeo, Andrés se dio cuenta de que a causa del cansancio se habían quedado dormidos. Entró a comentárselo a Jesús.
—Maestro, los gemelos se han quedado dormidos en el jardín junto al fuego. ¿Debo despertarlos para preguntarles si también quieren hablar contigo?
Jesús sonrió y le dijo a Andrés:
—Hacen bien, no les molestes. Deberíais todos hacer lo mismo y descansar al menos unas horas antes del día tan importante que os espera.
Andrés salió a reunir a los doce y pedirles que se retiraran todos a sus esterillas. Los primeros rayos de un incipiente sol ya se colaban por el horizonte cuando los somnolientos apóstoles cayeron rendidos en el suelo de su aposento.
Sólo Jesús permaneció junto a un menguado fuego, pensativo y distante, contemplando la nueva luz del día invadir la aldea.
En esta segunda parte del «sermón de la montaña» se puede apreciar la clara diferencia entre las palabras de Jesús sobre el divorcio que muestra El Libro de Urantia (LU 140:6) y las del evangelista Mateo (Mt 5:27-32). Es un claro ejemplo de cómo los seguidores del Maestro conformaron sus enseñanzas a su libre criterio, a pesar de sus claras afirmaciones en otro sentido. ↩︎
Mammón era la palabra hebrea que significaba «dinero», o una personificación del dinero. ↩︎