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Lunes, 13 de enero de 27 (16 de shevat de 3787)
Tras unas pocas horas de sueño, los doce se pusieron en pie, cansados y somnolientos. El ruido de las mujeres preparando el pan para el desayuno, y lo tardía de la hora, les sacó finalmente de su descanso. Jesús llevaba un rato levantado, tanto que los apóstoles se preguntaban a veces si Jesús dormía, pues se acostaba a horas muy tardías y luego era el primero en amanecer.[1]
Mientras compartían el desayuno, silenciosos y cabizbajos, Jesús repasó con Andrés y Judas el estado económico de la bolsa común y la situación de las necesidades de las familias de los doce. Viendo el Maestro que todo estaba marchando bien y que había un buen fondo de dinero, ahorrado durante todos los meses anteriores, les sorprendió esta mañana con lo que no esperaban:
—Puesto que todo está conforme, ahora deberéis empezar con el trabajo de predicación de la buena nueva y de instrucción de los creyentes. Nos vamos a Jerusalén, así que aprovechad el día para prepararos.
Los doce se quedaron de piedra. Se miraron con cierta sorpresa. Suponían que la labor de predicación terminaría por extenderse a otros sitios. Pero Jerusalén les producía mucho respeto. Ahora, de pronto, habían pasado de la seguridad y la determinación, al miedo y la vacilación. ¿Jerusalén? Cientos de peligros podían acecharles allí, en territorio bajo mando romano, y tan cerca del sanedrín.
Pero Jesús parecía imperturbable.
—¿Qué ocurre? —les preguntó, aunque ya sabía lo que estaban pensando.
Tomás es el único que acertó con palabras a expresar los sentimientos de todos:
—Sé, Maestro, que ya deberíamos estar listos para iniciar la obra, pero me temo que aún no somos capaces de empezar esta gran empresa. ¿Nos darías tu consentimiento para permanecer aquí por unos días más antes de empezar el trabajo del reino?
Todos asintieron a la petición de Tomás. Viendo el Rabí que el temor se había apoderado de todos ellos, aceptó su propuesta:
—Sea como pedís. Nos quedaremos aquí hasta el próximo sabbath, y luego estad listos para iniciar un viaje más largo, de varios meses, en el que saldremos de Galilea para ir hacia el sur.
Se resolvió que dedicarían todas las tardes a reunirse de forma privada con Jesús para repasar todos los grandes temas de sus enseñanzas, en preparación para el inminente trabajo de predicación a las multitudes, y que dedicarían el resto del día a pescar para seguir engrosando la bolsa del dinero.
El Maestro casi agradeció esta semana extra en Cafarnaúm, pues su percepción del mundo espiritual estaba experimentando fuertes perturbaciones, como si sucesos importantes reclamaran su atención. Así pues, emplazando a sus doce amigos para la cena, comentó a Andrés que deseaba retirarse a solas durante la mañana. Salió de la aldea y se dirigió, como había hecho otras veces, a las escarpaduras del monte Arbel, donde, debido a lo peligroso del paraje, no se aventuraba nadie. Allí, en medio de la naturaleza agreste, retomó la comunicación con las agencias celestiales y se puso al corriente de los cambiantes acontecimientos de su creación, así como de la situación de sus hijos rebeldes en la Tierra.
Las inquietudes del Rabí estaban justificadas. Los ángeles sediciosos estaban limitando el efecto beneficioso del mensaje de Jesús. Trataban de que los dirigentes sanedritas y los funcionarios reales de la corte de Herodes no recibieran el evangelio bajo una influencia positiva. Él sabía que esto iba a suponer un problema desde los incipientes comienzos. ¿Estaría en peligro su obra, y terminaría de forma rápida, como le había sucedido a Juan? La visión profética reforzada del Rabí le hacía ver que si no tenía precaución su labor se vería interrumpida de forma abrupta. Tendría que extremar la prudencia si quería permanecer al menos varios años entre los judíos, como tenía planeado.
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Mientras Jesús permanecía en la montaña, la hacienda de Zebedeo se llenó de curiosos y gentes interesadas en conocer al Maestro. Al parecer, una caravana de viajeros procedente de Damasco se había detenido en la ciudad, y habían oído hablar del nuevo predicador del mar de Galilea. Andrés se encontró en medio de un dilema. Cuando Jesús estaba con ellos, era él quien se encargaba de aleccionar a estos grupos de creyentes, pero al haberse marchado, dudaba si pedirles que volvieran más tarde, porque la reunión que tenían prevista con Jesús se suponía que iba a ser privada.
Sin saber muy bien qué hacer, les explicó a estos sirios el motivo de la ausencia del Rabí, solicitándoles que regresaran al día siguiente. A pesar de que no era habitual que una caravana perdiera un día de viaje, y lo normal era que continuara su camino hacia el mar Mediterráneo una vez repuestos los suministros, este grupo de miembros de la caravana decidió esperar un día más en Cafarnaúm. Así de grande empezaba a ser la expectación y el interés que suscitaba Jesús.
Cuando Jesús regresó esa noche, al ser informado por Andrés, les comentó a los doce:
—A partir de ahora, si alguien viene preguntando por mí y mis enseñanzas, seréis vosotros quienes responderéis en mi nombre. Os confío esta responsabilidad porque sé que pronto estaréis preparados, y habrá ocasiones en que yo no pueda estar junto a vosotros. Sed fieles al mensaje que habéis recibido y centraos en los principios del nuevo evangelio. No os desviéis con enseñanzas bienintencionadas de vuestra propia cosecha. Algún día podréis hablar libremente, pero por ahora centraos sólo en los puntos importantes de nuestra fe: la realidad de Dios como Padre de la humanidad y el hecho concomitante de la hermandad de todos los hombres, mujeres y niños sin distinción de raza, creencia, nacionalidad o condición. Estas dos buenas y grandes verdades os podrán parecer poco, pero en ellas se encierra mucho más que en todas las escrituras hebreas. Si de verdad la Tierra pusiera en práctica estos ideales sin duda veríais grandes cambios ocurrir en tal sólo una generación. Por ahora, que esto baste.
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Al día siguiente los viajeros de Damasco regresaron a casa de Zebedeo. Esta vez Jesús los recibió en persona pero cedió la tarea de impartir la enseñanza del reino a los doce. Era la primera vez que los discípulos recibían esta responsabilidad y cumplieron como buenamente supieron, esbozando ante estos viajeros de Siria las ideas de su Maestro tal y como ellos las entendían. Mientras tanto, Jesús se mantuvo muy ocupado con sus contactos extra terrenales.
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Por la noche, cuando regresó, los doce le relataron sus experiencias con los viajeros. Habían recibido muchas preguntas, algunas de las cuales no estaban muy seguros de haber respondido correctamente. ¿Es el templo de Jerusalén el único templo autorizado para adorar a Dios, o se puede adorar a Dios en cualquier templo? ¿Después de la muerte, serán pocos los que se salvarán, y quiénes serán? ¿Sólo la casa de Israel y los temerosos de Yavé se salvarán, o es la salvación una cuestión de todos los pueblos? ¿Es de verdad Israel el pueblo elegido, o sólo un pueblo que se quiere dar importancia a sí mismo?
Podían haber estado formulando a Jesús cientos de preguntas como estas toda la noche. Pero el Maestro, por el trasfondo de estas dudas, intuía de dónde habían surgido. De nuevo sus amigos se habían enzarzado en estériles discusiones teológicas con sus oyentes, algunos de los cuales veían el judaísmo con ojos más liberales. Durante todas aquellas semanas en que tantos visitantes curiosos venidos de todas las ciudades costeras, de Siria e incluso de Jerusalén, habían recabado por Cafarnaúm para conocer las enseñanzas del «nuevo rabino», Jesús había tratado con cortesía y comprensión a estos viajeros medio gentiles que vivían en territorio judío. Él no pretendía cambiar la mentalidad religiosa de sus oyentes, por mucho que los doce creyeran lo contrario. Su verdadera y principal preocupación era estimular a estos sinceros buscadores de la verdad a continuar por un camino de incansable búsqueda del Padre, a quien él mostraba como el mayor de todos los ideales posibles. A Jesús poco le importaban los templos y su rivalidad, o la visión pesimista sobre la salvación, que abocaba a la más horrible de las condenas a gran parte de la humanidad. Su visión era la de un hermoso futuro lleno de esperanza, un glorioso mundo lleno de perfección en aumento, gobernada por seres estimulados por el ideal de un Dios que les trata como un Padre amoroso. Cuanto más oyeron esa noche a su maestro, más se dieron cuenta los doce de lo lejos que estaban sus palabras manidas y sus discursos aprendidos de estas declaraciones emocionantes y esperanzadoras.
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El martes continuó el trajín de gentes de la caravanera por casa de Zebedeo. Aunque el Maestro no estaba presente, Andrés se encargó de organizar las predicaciones asignando a cada grupo de viajeros que llegaba a uno de los doce. De este modo, les quedaba tiempo al resto para continuar repasando sus lecciones y aclarar entre ellos su postura sobre todos los temas que esperaban divulgar en sus próximas predicaciones.
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El miércoles, siguiendo su costumbre habitual, Jesús les concedió el día libre, solicitándoles que fueran a pescar, o visitaran a sus familias, o bien descansaran un poco. Jesús pasó este día en casa de Zebedeo con Salomé y sus hijas, que ahora vivían en la casa de David. Esta vez el Maestro prefirió no visitar a su familia para evitar ahondar en una situación que estaba empezando a vislumbrar como peligrosa. Su madre y sus hermanos, excepto Ruth, empezaban a dar muestras de no ser confiables. Estaban empezando a discrepar no sólo en la forma en la que Jesús estaba comenzando su obra, sino incluso en sus propias enseñanzas. Sabía que antes o después, esta actitud de su familia le podría acarrear problemas.
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Por la noche, Jesús y los doce regresaron a su casa común, la hacienda de Zebedeo, y compartieron la cena. Aquel día de descanso les había venido muy bien a todos, pues aquellas últimas semanas habían estado cargadas de trabajo intensivo y mucha dedicación al estudio.
En medio de la conversación nocturna, no obstante, algunos discípulos hicieron preguntas a Jesús sobre el reino que dejaron traslucir la poca comprensión que aún tenían sobre las enseñanzas de su maestro. Santiago Zebedeo y Simón el zelote querían que Jesús les explicara cómo sería el nuevo gobierno terrenal que se establecería en el mundo tras el triunfo del Mesías.
Por mucho que Jesús les había aclarado la naturaleza de su misión, y por mucho que había tratado de que sus amigos no asociaran la idea imperante acerca del Mesías con su persona, los doce persistían en mantener su creencia sobre estos temas siguiendo la tradición de su época.
Puesto que la hora era muy tardía, y los discípulos tenían la tendencia a dejarse llevar por los debates teológicos hasta muy entrada la noche, Jesús prefirió no alargar la velada divagando sobre estos temas mesiánicos otra vez más. Volvió a repetirles sucintamente lo que ya les había explicado otras veces, y les rogó que aprovecharan para echarse a dormir pronto y así poder disfrutar de un sueño largo y reparador.
Los doce se despidieron y dejaron a Jesús a solas en el patio, que se quedó varias horas más, absorto en sus pensamientos, junto al fuego. El Maestro se sentía algo alecaído después de haber comprobado, durante la tertulia vespertina, que sus apóstoles de confianza, sus discípulos principales, todavía estaban lejos de comprender el significado de sus enseñanzas.
Le apenaba comprobar que pasaban las semanas y los meses y que todavía no había conseguido iluminar a sus amigos con una auténtica revelación sobre la verdad del reino de Dios. Había intentado apoyarse en estos conceptos de sobra conocidos por los judíos sobre el «reino venidero», el «Mesías», y la «nueva era», para tratar de hacerles comprender que aunque en las formas los conceptos eran erróneos, al menos en espíritu estas enseñanzas sí eran válidas.
Pero ahora reflexionaba Jesús si había sido una buena idea conceder siquiera algo de crédito a las profecías mesiánicas judías. Si no sería mejor iniciar su predicación sin usar estos cimientos tan mal asentados, empezando la edificación de su enseñanza desde la roca firme y nueva.
La tentación de usar su mente divina para solucionar este dilema era muy fuerte, pero se mantuvo fiel a su resolución de someterse a las condiciones humanas. Meditó profundamente con su mente humana sobre todos estos problemas, y tras darle muchas vueltas, finalmente decidió que continuaría como hasta ese momento, aprovechando en cierta manera las ideas mesiánicas de la época. Sin embargo, no conforme con este método, se mostró resuelto a buscar al día siguiente otra forma de aclarar los pensamientos de sus amigos.
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Jueves, 16 de enero de 27 (19 de shevat de 3787)
Cuando amaneció y todos estuvieron despiertos y dispuestos para la nueva jornada, Jesús les solicitó a Pedro, Santiago y Juan que ese día se retiraran con él a un lugar apartado. Les explicó que su intención era ofrecerles una instrucción más completa y detallada, y que luego ellos deberían transmitir estas enseñanzas al resto del grupo.
Jesús sabía que Pedro y los Zebedeo eran los mejores oradores del grupo, y que también eran los que mejor transmitían sus palabras, aunque seguían persistiendo en interpretar a su modo muchas enseñanzas. Sabía que las reuniones globales de todo el grupo de doce a veces cohibía las preguntas y que muchas respuestas no aclaraban de verdad los conceptos. La timidez y el deseo de no querer parecer ignorantes ante los demás hacía que a veces los apóstoles se mostraran retraídos y no profundizaran en las enseñanzas para comprenderlas del todo.
Así pues, mientras los doce retomaban su trabajo de predicación a los grupos de visitantes bajo la dirección de Andrés, Jesús se subió a una barca con Pedro y los hermanos Zebedeo y se adentraron en el lago, echando la piedra del ancla a cierta distancia de la costa.
Una vez recogidos los remos y la escueta vela, Jesús se puso a explicarles, punto por punto, todos los conceptos esenciales del evangelio. Cuando Pedro le preguntó a Jesús si podía resumirle qué punto del evangelio consideraba él el más importante, el Maestro les dijo a los tres:
—El evangelio que estáis a punto de proclamar a toda la humanidad podría resumirse sólo en un aspecto: «hacer la voluntad del Padre Celestial», tener fe y confianza en que la voluntad del Padre finalmente prevalecerá, y obtener paz y descanso espiritual de este reconocimiento. Es esta nueva percepción acerca del Padre, la de que él es como un padre amante y comprensivo, la que llevará al hombre a mayores ideales en su relación con él.
—Sí, maestro, pero, ¿a qué te refieres cuando hablas de confiar en el cuidado del Padre? ¿Significa que ya no debemos preocuparnos de que nunca nos ocurra nada malo?
—No, no, no toméis literalmente mis palabras. No os estoy dando estas recomendaciones sólo para vosotros tres, sino para que después se las transmitáis al resto de los doce, y todos juntos a todo el pueblo. Cuando os digo que tengáis fe y confianza no me estoy refiriendo a un fatalismo ciego y pasivo, no me refiero a que el destino de todos y cada uno ya esté escrito en los libros de la vida. ¿Por qué esperáis que vuestros problemas terrenales desaparezcan sin más, sin luchar ni esforzaros?
› Me refiero a que no estéis ansiosos y agobiados por estos problemas, a que adoptéis una actitud de optimismo ante este mundo a veces oscuro y cruel, pero que en el fondo es el escenario de la acción de Dios y finalmente será elevado a la gloria celestial. No os estoy liberando de los problemas de este mundo, pero os estoy pidiendo que miréis a estos problemas con unos nuevos ojos confiados y agradecidos, los mismos ojos que muestran los niños a sus padres cuando éstos les dicen «venid con nosotros». Los niños son especialmente confiados y dependientes, y muestran gran conformidad con los planes que trazan sus padres sabios y amantes.
—¿Pero, entonces, cuando triunfe el reino de Dios, acaso habremos de continuar sometidos a la pesadas cargas del trabajo, a los duros impuestos y a las penurias económicas? ¿Cuándo acabarán las injusticias de los ricos avariciosos en el mundo?
—No entendéis mis palabras porque pretendéis acomodarlas a las condiciones sociales y económicas de nuestro tiempo. Esperáis que la llegada del reino de Dios se traduzca inmediatamente en un conjunto de logros y mejoras sociales, que sin duda serían deseables para esta generación, pero que en realidad, estarían lejos de ser suficientes para una generación futura.
› Mirad, escuchadme. No es que no sienta interés y preocupación por muchas deficiencias del sistema social de nuestros días, pero no es mi intención desviarme del verdadero y central problema de esta sociedad y de cualquier sociedad venidera en las eras por llegar: el problema del espíritu en el corazón de los hombres y las mujeres.
› El propósito de mi enseñanza, al menos el propósito inmediato, no es terminar con la esclavitud, ni limitar el poder de los ricos, ni distribuir equitativamente la riqueza para solucionar la ruindad de la pobreza. Todas estas metas serían muy loables, pero dentro de no muchas generaciones, terminarían por ser insuficientes. El mundo debe progresar más, mucho más, en el larguísimo camino del reino celestial. Y para hacer realidad ese largo progreso es por lo que ahora nosotros vamos a tratar de predicar las grandes verdades del amor del Padre, verdades que deberán traer en el futuro los grandes cambios en los individuos y en la sociedad que fructifiquen finalmente en el establecimiento del reino de Dios en la Tierra.
› Mi propósito es mostrar al hombre y a la mujer los principios ideales de la vida ascendente hacia Dios. Pero no sólo para esta época, sino para todas las épocas y para muchos otros mundos. Ya os he dicho repetidas veces que tengo otras ovejas que no son de este redil, y que me debo a ellas tanto como a vosotros. Puede que ahora no entendáis a qué me refiero, pero predicad esta verdad tal y como ahora os la enseño, y en tiempos venideros serán comprendidas. Esta enseñanza que os refiero es cierta: soy el pastor de muchas más ovejas que no están en este redil, y debemos dar ejemplo también a ellas.
Los tres apóstoles nunca entendieron bien a qué se refería el Maestro con esta expresión, «ovejas de otro redil», que repetía tan a menudo. Pero conservaron en su mente la idea, y Juan, mucho tiempo después de la muerte de Jesús, la incluyó en sus relatos sobre las enseñanzas del maestro.
Percibiendo que no entendían bien lo que quería decirles, y que confundían «esas ovejas de otro redil» con los gentiles u otros pueblos ignotos, prefirió no ahondar en la idea, y solicitó más preguntas, que no tardaron en llegar.
—Entonces, ¿siempre habrá que trabajar? ¿Las secuelas del pecado original de Adán y Eva nunca serán erradicadas del mundo? ¿El hombre deberá obtener siempre su sustento con el sudor de su frente?
—¡Qué lejos están vuestras palabras de una auténtica comprensión del carácter amante de mi Padre! ¿Cómo podéis persistir en considerar al Padre Celestial el culpable de las desdichas humanas, ese concepto retrógrado con el que comienza el primer libro de la Torá? Dejad que cite el viejo proverbio hebreo: «El que no trabaje, no comerá». El trabajo no es un castigo divino, sino una bendición. ¿Acaso me habéis visto a mí alguna vez quejarme de tener que acudir a la serrería? ¡Al contrario! Doy gracias a mi Padre por ayudarme a rendir con entusiasmo cada día y así poder ganar mi sustento y el de mi familia. El trabajo es el medio por el que los hombres y las mujeres aprenden los ideales de la devoción, el sacrificio y la colaboración.
—Entonces, ¿si hemos de trabajar, será necesario que hagamos acopio de cierta riqueza? ¿No deberemos vivir de las limosnas?
Las innumerables preguntas sobre la economía de los doce se debían a que Juan Bautista había mostrado una tendencia diferente en la constitución de su grupo de discípulos más allegados. Para Juan los predicadores no debían trabajar ni poseer riquezas, sino que pensaba que debían ser mantenidos por el pueblo y vivir en la pobreza. Los tres apóstoles, que habían estado con Juan, pretendían que Jesús se pronunciase firmemente a favor o en contra de la posesión de bienes. Los apóstoles estaban demasiado preocupados por los detalles técnicos de su organización cuando lo que Jesús buscaba era estimular su hambre espiritual en conjunto, no perderse en detalles menores.
—Mirad, yo he trabajado desde muy joven pues mi padre falleció a temprana edad. He trabajado como carpintero, fabricante de barcas, pescador, y he tenido también otras ocupaciones. Ya veis que cuando os he organizado como doce apóstoles, a cada uno se os ha dado un cometido y cada uno se está aplicando lo mejor que sabe en realizar su tarea.
› No veáis al mundo como un enemigo. Usad vuestra profesión y el dinero que ganéis con ella para hacer el bien. Aprovechaos de cada situación de la vida para que revierta en el bien de todos. No os digo: «la acumulación de riquezas es mala»; sino que os digo: «cada acción debe ser analizada bajo la visión espiritual». Hay ricos que no aman sus riquezas, sino que las usan para hacer el bien a otros y no para engrosar sin medida su patrimonio. No es la riqueza lo que es malo, sino el uso que el rico hace de ella. No tengáis reparo en poseer dinero, casas, o cualquier otra posesión terrenal, siempre que estas cosas os sirvan para un buen fin y no sean un fin en sí mismas. Hay pobres que están lejos del reino de los Cielos por su ansia de reunir dinero y salir de la pobreza, y ricos que están más cerca del reino de los Cielos cuando se distancian de sus posesiones y las dedican a obras de beneficencia. Y hay pobres que ven siempre a otros más pobres que ellos y no se obsesionan con su condición y están más cerca del reino de los Cielos que los ricos avariciosos que sólo piensan en acumular y acumular más y más tesoros.
› El trabajo es un bien preciado de la humanidad. El esfuerzo es la energía que hace progresar al mundo, y las circunstancias de la vida constituyen una dispensación divina que hace mejorar y avanzar a los hijos de Dios. ¿De qué otro modo podría el hombre, un ser creado en la mayor limitación, alcanzar a Dios?
—Entonces, ¿qué diferencia hay entre el apostolado y el discipulado?
—Desde luego, no hay diferencias en el hecho de que todos deberéis buscar una ocupación para lograr vuestro sustento. La diferencia está en la exigencia que se os pide. Como hombres consagrados a esta nueva tarea excelsa de representarme en el mundo, deberéis mostrar una alta disposición y estar decididos a ser ejemplos ante todos de mis ideales. Sobre vosotros he puesto las mayores responsabilidades de la humanidad, y se espera más de vosotros que de los demás. Pero no temáis, no estaréis solos en esta inmensa tarea. Mi espíritu os guiará, os confortará, y os precederá por toda la Tierra.
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El mar mecía la barca pausadamente. Apenas había brisa, pero el aire era muy frío e invernal. No había rastro del sol y en el horizonte una tenue neblina cubría la costa del lago. Los discípulos no daban descanso al Rabí, pensando sus siguientes preguntas mientras iba respondiendo a las previas. Esta vez Juan formuló nuevas preguntas sobre temas que no le habían quedado muy claro:
—No comprendemos tus enseñanzas acerca del establecimiento del reino de Dios en la Tierra. Tú nos hablas de que debemos devolver el mal con el bien. Pero, maestro, ¿si hacemos eso el mal siempre prevalecerá en el mundo? Los malvados se aprovecharán de nuestras intenciones pacíficas para atacarnos y destruirnos. ¿Acaso no deberemos defendernos si nos atacan?
—Cuando os digo que no os opongáis al mal, que no combatáis la injusticia ni os enfrentéis a las injurias, no os estoy enseñando que toleréis pasivamente la maldad. Os prevengo para que no uséis los mismos métodos que los malvados en vuestra defensa del bien. Si al asesino le castigáis con la muerte, ¿no os convertís también vosotros en asesinos?
› Antiguamente se dijo: «con la misma moneda que os paguen, con ésa pagaréis vosotros». Pero ésto no deberá seguir siendo así entre los seguidores del evangelio del reino. En el reino todos habéis renacido a la realidad espiritual de que todos sois los hijos de un mismo Padre. ¿Acaso no seréis más compasivos con vuestro hermano carnal que con un extraño? ¿Acaso no intercederéis en un tribunal por vuestro hermano malvado si éste fuera de vuestra propia familia? ¿Y no pediríais una segunda oportunidad para este hermano vuestro descarriado?
› Yo os digo que vuestra justicia, la justicia de este mundo, no es más que un fiel reflejo del amor por los semejantes que demuestra vuestra sociedad. A medida que la humanidad empiece de verdad a comprender lo que significa su filiación divina, entonces los pueblos empezarán a suavizar las penas impuestas a los malhechores, eliminarán la pena de muerte, y se preocuparán más de educar y corregir a estos criminales en lugar de sólo castigarles o aislarles.
—Pero, maestro, ¿esto lo dices sólo para nosotros o debemos incluirlo en nuestras predicaciones? ¿No hemos de dar lugar a la justicia civil? ¿Deberán los transgresores de la ley campar a sus anchas?
—No malinterpretéis lo que os digo. Algún tipo de poder judicial debe mantener el orden para que la sociedad pueda existir, al menos hasta que alcance los suficientes logros espirituales. Y mientras los hombres no sean capaces de conseguir mejores métodos para prevenir el crimen y corregirlo, algún tipo de castigo social es necesario para garantizar la paz y el orden. Pero estoy tratando de estimularos y animaros a que miréis más allá de esta época y de esta generación nuestra. La justicia en el mundo es un parco reflejo de la justicia divina. Esta justicia humana debe evolucionar si aspira a alcanzar la perfección que se disfruta en los Cielos.
› En la justicia humana todavía prevalece mucho la práctica perniciosa de la represalia, de la venganza, del desquitarse. Es verdaderamente deplorable ver cómo se alimenta el rencor y se busca el resarcimiento cuando se aplica la justicia. Esto sólo fomenta que las personas individuales, de forma privada, se crean en el derecho de aplicar la justicia por sí mismos, de convertirse en «el celo de Yahvé», en justicieros, adalides de una causa perdida. Existe en el mundo cierta visión romántica del héroe como personaje solitario que aplica la justicia por sí mismo porque todo el mundo vive en la injusticia.
› La justicia humana es muy imperfecta, pero lo es más cuando la aplica un sólo hombre que todo un grupo de jueces. La justicia debería estar sólo en manos de la nación, del grupo, nunca del individuo.
› Pero recordad: no os doy estas recomendaciones para que se apliquen de inmediato como remedios a la injusticia social. Os digo: amad a vuestros enemigos, no cometáis el error de combatir el mal con sus propias armas y tened fe en el triunfo final de la justicia divina y la bondad eterna. Pero os doy estas instrucciones como consejos sólo para vosotros.
› Mirad, en esta época, buscaremos al creyente individual y trataremos de elevar sus ideales y su moral, y si cumplimos bien este encargo, tiempos vendrán en las generaciones venideras que verán grandes cambios sociales ocurrir, los efectos de una creciente población fiel a las más elevadas ideas del reino.
Durante un buen rato las preguntas sobre el tema de la justicia le llovieron a Jesús. Entre las muchas preguntas que le formularon no faltaron tampoco algunas relativas a los aspectos políticos, como ésta que hizo Santiago:
—¿Qué debemos enseñar sobre el pago de impuestos? ¿Debemos pagar el impuesto al César o no? ¿No es idolatría ofrecer un tributo a quien se ha proclamado a sí mismo un dios y a quien se venera en algunos templos? ¿Acaso no debemos llamar a la desobediencia civil cuando los dirigentes, simples humanos, presumen descender de los dioses?
—Mi recomendación es que seáis discretos y cautelosos en vuestros comentarios sobre los romanos. Os ruego encarecidamente que os mantengáis al margen de estas discusiones. Vuestros oyentes estarán ávidos de formularos estas preguntas, y los enemigos del reino utilizarán estas trampas para haceros tropezar y buscar vuestra destrucción. Sed sabios, no os dejéis embrollar con estos problemas. En esta generación nos ha tocado vivir en una nación sometida al gobierno de otro pueblo, pero estas cuestiones son simples vicisitudes de cada época. Tiempos vendrán en que este yugo desaparecerá, para luego regresar, para luego volver a desaparecer. Pero eso, en qué nos compete a nosotros. ¿Qué tiene eso que ver con nuestras enseñanzas?
—Pero, maestro, los romanos esclavizan a nuestro pueblo con sus impuestos. Muchas familias a duras penas lograr sobrevivir con la renta que les queda después de pagar los onerosos impuestos. Y luego se congratulan de coartar nuestra libertad religiosa, impidiendo el normal funcionamiento de nuestro templo y el desarrollo de nuestras costumbres. ¿Acaso el Señor, bendito sea su Nombre, dejará todo esto impune?
—Escuchad: yo no venido para reformar ni reorganizar políticamente el mundo. Podría hacerlo, si fuera mi deseo, pero no es de este modo como mi Padre desea que se haga su voluntad. Mi preocupación son los principios de la vida interior y personal del hombre. Ahí es donde se producen los mayores cambios de la humanidad.
—Pero, ¿de veras crees que cambiará en algo el mundo simplemente con que muchos creyentes de corazón sincero nos sigan? ¿Qué pueden hacer unos cuantos cientos o miles de creyentes contra todo un imperio?
—Santiago, ¿de qué serviría que yo me prestase ahora a satisfacer vuestras ambiciones políticas? Si yo acudiera a Roma y depusiese al emperador de su trono y en su lugar estableciera un nuevo tipo de gobierno en la Tierra, ¿creéis que ese gobierno sería el ideal para todas las generaciones futuras?
Los discípulos sintieron un cosquilleo de emoción al imaginarse semejante visión, pero Jesús les borró esa idea de un plumazo:
—Estad seguros que dentro de no mucho tiempo se alzarían voces críticas contra ese nuevo poder, porque el destino del mundo es ir avanzando progresiva y paulatinamente, evolucionando en sus ideas políticas y sociales. En un futuro distante, vuestras mejores ideas de gobierno de hoy parecerán cosas primitivas y del pasado.
La cuestión quedaba zanjada, al menos por ese momento. Estaba claro que Jesús no aspiraba a ningún puesto de gobierno. Pero qué lejos estaban las mentes de sus amigos de ver a Jesús como un simple maestro espiritual. Las siguientes preguntas corrieron a cargo de Juan:
—Tú, como los escribas, nos dices que debemos «amar a nuestro prójimo». Pero, ¿a quién debemos llamar nuestro prójimo? ¿Quién es el prójimo para ti?
Jesús no vaciló ni un segundo antes de contestar:
—Todos, Juan, todos los hombres y mujeres del mundo sin distinción. Tenéis que comprender ya que mi Padre del Cielo no es un dios nacional, ni siquiera es el dios de los judíos. El Padre es el Creador de todo el universo conocido y de lo que aún no se conoce. ¿Por qué los escribas predican con cierta indecisión que la regla de oro de «hacer el bien a los semejantes» se puede aplicar sólo a la casa de Israel, si saben que el Padre no hace acepción de personas?
› Lo que a mí me gustaría es que aprendierais a preocuparos de vuestros semejantes de un modo activo y espontáneo. No me gustan los mandamientos ni las obligaciones. Deberíais rebosar simpatía y compasión. ¿Acaso no buscáis eso en los demás? Haced entonces el bien de forma natural, no repartáis limosnas para sentiros bien, no consoléis al afligido porque pensáis que con eso ganáis en favor a los ojos de Dios. Os sentís generosos cuando cumplís con los preceptos de los escribas, pero, ¿seríais capaces de abrir las puertas de vuestra casa a los pobres y desgraciados y organizar un banquete durante todo un día para ellos? Medís la generosidad por la utilidad que le dais. Pero, ¿no os parece tonto pensar que el Padre tiene en cuenta esas cosas? Él ve dentro de vuestros corazones. No necesitáis entregar todas vuestras posesiones para estar dentro del reino, ni tampoco tenéis que repartir limosnas a diario por norma.
—Entonces, maestro, ¿cómo se deben repartir limosnas?
—Mirad, no os confundáis, no os estoy diciendo que no debéis ayudar a los pobres. Pero la beneficencia sin limitación puede ser la causa de muchos males sociales. Puede fomentar un nuevo tipo de parásitos sociales, los mendigos profesionales y los estafadores, personas que han encontrado en la inocencia de los demás su forma de vida, y que no desean luchar por una vida digna por medio del trabajo y el esfuerzo.
—¿Pero cómo podemos distinguir al malintencionado del pobre auténtico?
—Tenéis que ser tan taimados como las serpientes y tan inofensivos como las palomas. Si dudáis, practicad la tolerancia. Que un mendigo mentiroso no os haga ver a todos los hombres y mujeres que soliciten vuestra ayuda como vagos y perezosos. Hay muchas personas en el mundo que sufren por las malas decisiones de otros, sin culpa de su situación. Con todos debéis mostrar paciencia, tolerancia, y ser compasivos, estar dispuestos a perdonar antes que de condenar. No juzguéis a los demás, para no ser juzgados. Nadie está en este mundo en posición de sentarse a emitir un juicio sobre su hermano. El mejor de los jueces siempre tendrá mucho que aprender de la justicia celestial.
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La fría mañana avanzaba mientras la barca continuaba con su movimiento suave a la deriva por las aguas del yam. Esta vez fue Juan quien continuó con más preguntas por otros derroteros:
—¿Qué debemos enseñar sobre el matrimonio?
—Mirad, de todas las instituciones humanas ninguna es tan elevada en sus principios, tan instructiva ni tan completa como lo es la familia donde unos padres crían a sus hijos. Estas relaciones familiares son muy equivalentes a las relaciones que vosotros mantenéis con vuestro Creador. No es de extrañar que éste haya sido el mecanismo introducido en las creaciones del tiempo y el espacio para el nacimiento de nuevos individuos. Tan sólo reproduce el mecanismo que ya se viene utilizando en los Cielos desde el principio de los tiempos.
› La formación de una familia debería ser el deber más alto al que aspirara el creyente, pero la familia nunca ha de ser un fin en sí misma, no ha de interferir con la obligación más elevada de buscar a Dios.
› La familia es una institución temporal; por tanto, no sobrevive a la muerte. Lo que sobrevive son las relaciones de hermandad y el amor al prójimo. En los Cielos todos seréis hermanos, hijos de un mismo Padre y Madre, y por tanto hermanos entre vosotros. Allí no habrá lugar a preferencias en el amor, ni a instituciones tan escuetas como son las familias terrenales. Allí formaréis parte de agrupaciones y consorcios de una innumerable cantidad de seres semejantes, todos trabajando en amor y unidad en vuestro camino hacia la perfección.
Juan no quería exactamente tocar ese tema relativo al matrimonio, así que insistió:
—Pero, ¿debemos decir a la gente que debe casarse por obligación y tener hijos, o es preferible permanecer soltero? Tú, maestro, te has negado a casarte. ¿Qué hemos de decir a quienes nos pregunten por qué tú no estás casado?
—¡Ay, Juan! ¡Qué ganas tienes de convertir mi mensaje en un conjunto de reglas de conducta! ¡Cómo queréis simplificar lo que os digo en unas pocas fórmulas que ordenar a los que vengan a escucharnos! ¿Es que acaso no te he dicho que yo no he venido a establecer normas de conducta? Estamos aquí para inspirar el espíritu de los hombres, para insuflar una nueva verdad en sus corazones. Dejad que esa verdad traiga sus frutos. No queráis cosechar el fruto antes de que el árbol haya siquiera florecido.
› Yo no os digo que sea preferible casarse o permanecer soltero. Yo estoy soltero por una razón que aún no acertaríais a comprender. Las restricciones de mi encarnación me obligan a evitar influenciar el mundo por ciertos medios no apropiados. Uno de ellos, por ejemplo, es dejar una descendencia familiar. Si así lo hiciera, en el futuro se podrían provocar difíciles malentendidos que conviene evitar en esta era. Pero no debéis tomar mi vida como un ejemplo de vida para todas vuestras situaciones. Mi vida, como la de cada uno de vosotros, es un conjunto de vicisitudes especiales. Cada uno debemos adaptar esas circunstancias a la voluntad del Padre.
› Lo que os digo es que de todas las empresas que en la vida podéis acometer, ninguna es tan importante como la búsqueda personal de Dios. Pero esta búsqueda no es incompatible con la vida familiar. No sólo es aconsejable casarse y tener hijos, sino que es muy recomendable, pues en la vida familiar es donde mejor podréis aprender esas relaciones personales que permiten aclarar la naturaleza del Padre Celestial. Pero os recomiendo el matrimonio no como un mandato, recordad. Puesto que puede que haya creyentes que por otras circunstancias encuentren más aceptable otro tipo de caminos para acercarse a Dios.
› Ahora bien, os digo: cometen un gran error aquellos que abandonan a sus familias y se retiran en solitario para vivir como eremitas porque consideran que sólo de ese modo podrán acercarse más a Dios. El Padre no obliga a sus hijos a ninguna de esas formas de vida contemplativas para llegar hasta él. Todas las elecciones de la vida pueden ir en la dirección de la voluntad del Padre o no. Todo depende del deseo de supeditación de la voluntad humana a la voluntad celestial.
—¿Y sobre el divorcio? ¿Es lícito o debemos prohibirlo?
—El divorcio no es más que la consecuencia de una sociedad que aún debe progresar en su capacidad de amar a los semejantes. Pero puesto que el matrimonio es una institución humana de tal importancia e implicaciones, resulta inevitable que al final la sociedad decida legislar sobre esta materia.
› No esperéis que os conceda que puesto que considero al divorcio un retroceso en el camino hacia la más perfeccionada hermandad de los hombres, acepte yo que se lo prohíba. No es la legislación de los hombres la que me preocupa, sino la conquista del corazón de cada individuo, y en este caso en especial de aquellos que desean el divorcio como medio para escapar a sus problemas matrimoniales de fácil solución. Cuando el número de creyentes en el evangelio crezca, habrá cada vez menos hombres que abandonarán a sus mujeres por razones triviales. Algún día, en una época más avanzada que esta nuestra, el divorcio dejará de tener sentido para la mentalidad de los comprometidos matrimonios de entonces.
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Hicieron un breve alto en su conversación, a solicitud de Jesús, para comer y beber algo. El Maestro se sentía sediento después de hablar durante tanto rato. Como buen previsor, había salido con una bolsa cargada de pan y restos del desayuno. Los discípulos agradecieron la comida y todos pausaron unos minutos para retomar fuerzas y refrescarse con el agua dulce del lago.
Entre bocado y bocado, Pedro no pudo dejar escapar la siguiente pregunta que ya tenía preparada:
—¿Deberían los seguidores del evangelio desprenderse de sus posesiones y tenerlas en común como nosotros, o bien deberían entregarlas a los pobres?
—Aunque os he solicitado a vosotros doce a que os desprendáis de vuestras posesiones y lo mantengáis todo en común, no os estoy enseñando con esto que esté de acuerdo con la abolición de la propiedad privada y contra la riqueza material. Lo que me preocupa es la distribución desigual e injusta de la riqueza. Hay ricos que se enriquecen sólo porque el mundo está organizado de una forma injusta que favorece a los que más tienen y perjudica a los que tienen muy poco. Pero no esperéis que os ofrezca yo la solución para estos acuciantes problemas de nuestro tiempo. Mi objetivo no es producir las necesarias revoluciones que mejorarán estas deplorables condiciones en un futuro. Nuestra tarea no debe desviarse de su propósito de guiar a los hombres y conducirles a la verdad.
› Recordad que sólo os he pedido a vosotros doce que no dispongáis de posesiones terrenales. Pero no hagáis de esta recomendación una norma de vida para el resto de discípulos y creyentes que quieran unirse a nosotros.
› No estamos aquí para fomentar un nuevo modelo económico en el mundo. Me preocupa más que evitéis la codicia, pues la felicidad de un hombre no consiste en la abundancia de sus posesiones materiales. ¿Qué gana un hombre si llega a poseer el mundo entero pero pierde su propia alma? No estoy interesado en los efectos beneficiosos o malignos de la propiedad privada, sino en los principios eternamente esenciales, los valores espirituales.
Pedro empezaba a entender que Jesús estaba intentando transmitirles que el objetivo de sus enseñanzas era producir un cambio no visible en el mundo, así que se aventuró a preguntar:
—¿Cuál es tu verdadero propósito con tus enseñanzas, maestro? ¿Qué es lo más importante que quieres transmitir al pueblo?
—Estoy interesado en enseñaros a perfeccionar vuestra vida espiritual interior para haceros más capaces de solucionar vuestros problemas puramente humanos. Quiero liberar a los hombres para que puedan empezar de nuevo como niños pequeños en una vida nueva y mejor. Mirad, no es la riqueza lo que denuncio, sino lo que hace la riqueza con la mayoría de sus devotos. La riqueza muchas veces se apodera de la voluntad de las personas y las convierte en inútiles derrochadores de un dinero que podría ser el beneficio de muchos. Pero, ¡qué difícil es hacerle comprender a un rico imbuido por el lujo que es más bendito dar que recibir!
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Por primera vez se quedaron los discípulos unos segundos pensativos tras esta respuesta. Estaban empezando a comprender algunas cosas y lo mucho que se alejaban ellos en sus concepciones de lo que su maestro les quería transmitir. Esta vez Juan entró en un tema que imaginó que encajaría más con la enseñanza de Jesús:
—¿Cómo deberíamos hacer examen de conciencia?
—Si esperáis que os ofrezca un nuevo método de introspección para que lo enseñéis a las multitudes, dejadme que os diga que no es la formación del carácter lo que me preocupa, sino el crecimiento espiritual. Yo os declaro que el reino de los Cielos se parece más a un grano de mostaza. El mérito de entrar en el reino no recae sólo en el hombre, sino más bien existen otras fuerzas ocultas que actúan en la sombra. Con esto no os confundáis, no me parece mal que enseñéis y practiquéis la meditación y el examen de conciencia; hacedlo si eso consigue que os olvidéis de vosotros mismos y os acerca al servicio al prójimo. Pero os prevengo contra la imposición de normas y el establecimiento de dogmas. Dejad a los hombres que sean libres para encontrar, cada cual a su modo, el camino hacia el Cielo.
› Recordad, el derecho para entrar al reino sólo está condicionado por la fe, la creencia personal. Lo que hay que pagar para permanecer en la ascensión progresiva del reino es la perla de gran precio, aquella que para poseerla el hombre debe ser capaz de vender todo lo que tiene. Los credos y las leyes teológicas no os asegurarán en esa ascensión. Se espera de los creyentes en el reino metas mayores y un aumento progresivo en el perfeccionamiento.
› No me interesa que el hombre considere la religión la única ocupación importante de la Tierra. Sí, para nosotros trece será así, pero no obligaremos a los creyentes que deseen las más altas cotas de perfección a que sigan literalmente nuestra vida como un ejemplo. No es la piedad retraída ni la tradición esclavizante la que ocupará un lugar en nuestra filosofía del vivir. Debemos ser liberales, generosos, cultos y tolerantes, y sobre todas las cosas debemos ejemplizar en nuestras vidas la verdad, la belleza y la bondad como los más altos ideales divinos y las mayores realidades eternas.
Los sucesos relatados en este capítulo se basan en El Libro de Urantia, LU 140:7 y 8. La larga conversación de Jesús con sus tres apóstoles más cercanos está inspirada en la sección 8, y aún hay muchas más ideas acerca del carácter de las enseñanzas de Jesús y de la forma de ser del Maestro que se ofrecen en esas secciones pero no han quedado reflejadas aquí. ↩︎