© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
La mañana había pasado volando. Juan se quedó impresionado de ver que su maestro no estaba interesado en ofrecerles un método de examen de conciencia, como habían hecho todos los maestros y escribas antes de él.
Los discípulos no sabían cómo encajar muchas de las enseñanzas de su rabí. A veces parecían entender que su predicación no tenía nada que ver con las ideas mesiánicas, pero luego, al pensar en él, no podían dejar de caer en la tentación de verle como el esperado Mesías. ¿Quién si no era Jesús? Desde luego debía ser alguien especial y sobrenatural. Alguien que ocultaba su poder interior, con una humildad elogiable, pero que reconocía poseer unas capacidades celestiales. ¿Por qué aquella modestia? No lo entendían.
Aquella mañana fue muy provechosa para Pedro y los Zebedeo. A pesar de sus muchas confusiones, regresaron a la escollera junto a la hacienda de Zedebeo con menos dudas e interrogantes que antes de salir con la barca.
Pedro, por algunas cosas que había escuchado a Jesús, había llegado a la conclusión de que el evangelio de su maestro en realidad representaba un comienzo para toda la raza humana, al igual que Adán representó el comienzo original de la humanidad. Muchos años después, Pedro comentó todas estas ideas que tan indelebles se habían grabado en su mente a otro gran hombre del reino, Pablo, que las usó para elaborar su teoría de Jesús el Cristo como «el segundo Adán».
A Santiago lo que más le impresionó es la idea de que el reino celestial podía ya cumplirse en la Tierra, que no era necesario esperar a un futuro distante, y que los hombres podían empezar a vivir ya como ciudadanos de este nuevo reino. Santiago empezaba a captar la diferencia entre el concepto del reino mesiánico de las tradiciones judías y el nuevo concepto más elevado que proponía Jesús de la hermandad de los creyentes en el Padre Celestial.
A Juan le llamó la atención la forma de ver la compasión de Jesús. Estaba empezando a captar que para su maestro la religión no era sino la adquisición de un carácter compasivo unido a una personalidad motivada por hacer la voluntad celestial.
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Aquella tarde Jesús dejó a solas a sus apóstoles para que Pedro, Santiago y Juan transmitieran sus enseñanzas de la mañana al resto. Había resultado un acierto tener esta instrucción privada con un grupo más reducido, y el Maestro se propuso repetir de allí en adelante la experiencia.
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Sábado, 18 de enero de 27 (21 de shevat de 3787)
Jesús dedicó el sábado siguiente a enseñar a los doce. Llegaba el día de la partida, y el Maestro deseaba permanecer a solas con sus íntimos. Bajo un cielo encapotado y amenazador, les condujo por los caminos al norte de Cafarnáum hasta las tierras altas, en las estribaciones de la montaña galilea, allí donde les llevara para su ordenación.
Después de hablarles por espacio de una hora, animándoles frente a la difícil tarea a la que se iban a enfrentar, repasó para ellos muchas de las lecciones que les diera la semana anterior en ese mismo lugar, después de ordenarles como sus apóstoles. Luego se puso en pie, llamando a cada uno de ellos. Pponiendo las manos sobre sus hombros a medida que se acercaban a él, les instó a todos a que se consagraran a su decisión de extender por todo el mundo la nueva enseñanza. Finalmente, pidiéndoles que se sentaran, les dijo:
—Id por todo el mundo y predicad la buena nueva del reino. Liberad a los prisioneros espirituales, animad a los oprimidos y ayudad a los apesadumbrados. Habéis recibido gratuitamente las nuevas verdades del reino, dadlas vosotros también gratis. Cuando salgáis por los pueblos, no llevéis dinero ni ropa de repuesto, pues el obrero tiene derecho a su salario. Los escribas os prohíben poder vivir de la enseñanza, pero nosotros no tendremos normas fijas ni obligaciones, nosotros nos dedicaremos con toda nuestras fuerzas a expandir la verdad del reino en el corazón de los hombres.
› Mirad, os envío como ovejas en medio de los lobos; sed, pues, tan ladinos como las serpientes, y tan inofensivos como las palomas. Pero prestad atención, porque vuestros enemigos os llevarán antes sus consejos, y os juzgarán severamente en sus sinagogas. Seréis llevados ante los magistrados y los jefes de la nación porque creéis en este evangelio, y vuestro testimonio mismo será mi propio testimonio ante ellos. Cuando os lleven a juicio, no os inquietéis por lo que tendréis que decir, porque el espíritu de mi Padre vive en vosotros y en esos momentos hablará por vosotros. Algunos seréis ejecutados —dijo Jesús ante el estupor de sus amigos—, y antes de que establezcáis el reino en la Tierra, seréis odiados por muchas gentes a causa de este mensaje; pero no temáis, yo estaré con vosotros, y mi espíritu os precederá en el mundo entero. La presencia de mi Padre permanecerá en vosotros mientras os dirigís primero hacia los judíos y luego a los gentiles.
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Jesús dio por concluida la charla y les solicitó que regresaran a Cafarnaúm. Volvieron a casa de Zebedeo pensativos y silenciosos. Los doce intentaban digerir las dimensiones de la obra que Jesús les ponía ante sus ojos. ¿Qué destino les aguardaba? ¿Acaso iban a acabar todos como Juan? ¿Qué alcance tendría el reino que iba a suponer que se dirigieran también a los gentiles? ¿Acaso deberían recorrer el mundo entero? ¿Cómo emprender tan magna empresa?
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Cientos de preguntas aturdían sus sentidos mientras descendían de las colinas norteñas. Tan absortos regresaron que no se percataron de que había empezado a llover con unas finas gotas de agua. Cuando estaban ya cerca de la hacienda, las pequeñas gotas se convirtieron en auténticos goterones que caían a jarros desde el cielo. Llegaron a la carrera y se refugiaron en la estancia principal, donde las solícitas Amata y Perpetua les esperaban con la cena. Pero apenas atendieron a la comida.[1]
Jesús, conociendo los sentimientos enfrentados de ellos, rompió aquel espeso silencio dirigiéndoles más aclaraciones:
—Me gustaría que fuerais capaces de captar el alcance de mis enseñanzas. Lo que trato de explicaros con ellas es lo que debéis ser, no lo que debéis hacer. Los escribas por largo tiempo os han enseñado una religión en la que lo importante es hacer ciertas cosas de una determinada manera para poder alcanzar la rectitud, la salvación. Pero esto no será así entre nosotros. En el reino, tenéis que ser rectos y vivir en la rectitud para poder hacer vuestra obra. Recodaréis la sentencia de las escrituras: «Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los Cielos es perfecto». ¿Acaso no entendéis? La salvación que yo traigo al mundo sólo se puede obtener creyendo con una fe simple, sincera y activa, no con la única repetición de unas normas fijas de conducta.
› Juan vino predicando un bautismo de arrepentimiento, de aflicción por la vieja manera de vivir. Vosotros ahora vais a proclamar el nuevo bautismo de la comunión con Dios. Predicaréis el arrepentimiento a los que están anclados a las viejas tradiciones y necesitan esa enseñanza, pero a los que busquen entrar sinceramente en el reino, abridles de par en par las puertas y pedidles que entren en la gloriosa hermandad de los hijos de Dios.
› ¡Pero qué bien sé yo que todavía no estáis listos para comprender! Persistís en convertir los ideales espirituales que os presento en reglas concretas de conducta personal. Queréis reducir y simplificar la avanzada verdad del reino en un conjunto fácil de manejar de acciones y hábitos rutinarios. ¿No veis que esa actitud sólo os conducirá a las disensiones y a las divisiones? Cada creyente particular debe, dentro de su corazón, buscar sinceramente a Dios. La forma externa de expresar ese encuentro con su Padre, ¿no veis que será diferente y única, una expresión particular e irrepetible? Vosotros estáis empeñados en uniformar y homogeneizar a los creyentes, plegándolos a vuestras impresiones personales. Os presento el hermoso espíritu que motiva al alma, pero vosotros insistís en traducir estas enseñanzas en reglas de comportamiento personal. Estáis preocupados por cada palabra que os digo, pero no sabéis discernir la verdad entre líneas, aquellas cosas que no os digo.
› Recordad que estoy tratando de mostrar un ideal inspirador no sólo para esta generación y esta época, y no sólo para este mundo, sino para todos los mundos de un universo.
De nuevo aquellas enigmáticas palabras. ¿De un universo? ¿Qué quería decir con eso su maestro? Los doce miraban aturdidos y confusos, sin saber muy bien cómo encajar esas ideas. Jesús continuó aleccionándoles por espacio de una hora, mientras el agua se oía de fondo, cayendo a chorro en la calle. Sin embargo, sus enseñanzas no lograban empapar los corazones de sus amigos tanto como aquella lluvia.
Durante la noche, Tomás finalmente se decidió a hacer una pregunta:
—Maestro, dices que debemos volvernos como niños pequeños antes de poder entrar en el reino del Padre, y sin embargo nos has advertido que no nos dejemos engañar por los falsos profetas, ni que nos hagamos culpables de arrojar nuestras perlas preciosas a los cerdos que las despreciarán. Estoy francamente desconcertado. No logro entenderte.
Jesús le respondió dirigiéndose a todos:
—¡Cuánto tiempo tendré que ser indulgente con vosotros! Siempre insistís en comprender literalmente todo lo que os enseño. Cuando os pido que os volváis como niños pequeños como precio para entrar en el reino, no me refiero a la facilidad de dejarse engañar, a la simpleza de la buena voluntad, a ser como los crédulos que asienten a todo, ni tampoco a ser un confiado en los extraños que parecen agradarnos. Cuando os advierto de que hay hombres que se comportan como cerdos, que no tienen respeto por nada, y que no merecen vuestra insistencia, no os estoy dando un procedimiento de conducta. Lo que desearía que pudierais deducir con este ejemplo es cómo es la relación entre un niño y su padre. Tú eres el hijo, y es el reino de tu padre donde pretendes entrar. Entre todo niño normal y su padre amoroso existe un afecto natural que asegura una relación de comprensión y amor, y que excluye para siempre la necesidad de un regateo para obtener el amor y la misericordia del Padre. El evangelio que vais a predicar tiene que ver con una salvación que se origina cuando se comprende, por la fe, esta misma relación eterna como la que existe entre un niño y su padre.
Mateo formuló otro interrogante:
—Maestro, siento cierta confusión y perplejidad por tus palabras acerca de renunciar a unas normas de conducta. ¿Cómo podremos saber, entonces, si hacemos algo bueno o malo? ¿Cómo descubrir lo que es inmoral?
Jesús asintió a la pregunta del bueno de Mateo y les dijo:
—Mirad, intento enseñaros no lo que es moral o inmoral, sino en qué consiste la moralidad. Sólo así podréis transitar por los difíciles caminos en ascenso de la perfección. La moralidad no es una piedra sobre la que escribir unos mandatos para que todos sepan lo que es correcto de lo que es malvado. La moralidad se origina en la relación personal de cada uno con Dios, la misma relación que entre un niño pequeño y su padre. Fijaos que insisto en que es el individuo, cada persona individual, la que debe experimentar esa relación, no las razas o las naciones. La moralidad de un acto cualquiera está determinado por el motivo del individuo. Yo intento enseñaros a que apliquéis una actitud positiva en vuestros motivos. Los antiguos mandamientos sólo os dicen lo que no debéis hacer, pero nada dicen de vuestra relación con el Padre y con vuestros hermanos. Esas antiguas reglas de conducta pueden ser obedecidas en la soledad, pues están cargadas, únicamente, de reglas y ceremonias. Lo que intento ejemplizaros es que la moralidad debe elevarse de la mera obligación solitaria a majestuosos niveles de relación personal en los que el pensamiento se espiritualice y la vida se vuelva verdaderamente recta. Es una moral activa y de contacto con el prójimo lo que os predico, activa y siempre creciente.
Fue Simón ahora el que preguntó:
—Pero, Maestro, ¿somos todos los hombres hijos de Dios?
Jesús contestó sin un segundo a la reflexión:
—Sí, Simón, todos los hombres, las mujeres, los niños, los ancianos, todos sois hijos de Dios, con independencia de raza, nación u origen. Y ésta es la buena nueva que vais a proclamar.
Los doce no podían asimilar esta idea. ¿Cómo podía ser que cualquiera, sin importar su nación de procedencia y su religión, tuviera el mismo favor divino? ¿Acaso Dios no era un ser que perseguía al malvado y castigaba al inicuo? ¿Qué nueva forma de entender a Dios era ésta que admitía a los descreídos y los paganos en su reino?
Andrés fue el siguiente en preguntar acerca de lo que consideraba Jesús moral e inmoral, y qué era lo que permitía discernir claramente uno de lo otro. Jesús les explicó que la moralidad era algo inherente a la forma de vivir, es decir, a la religión personal. Para el Maestro, la moralidad no era algo que surgiera de forma espontánea en el hombre como una reacción natural al medio ambiente que le rodea. Jesús entendía la moral como el resultado del descubrimiento de la relación personal del hombre con Dios. Terminó con esta frase: «La moral que no busca a Dios, y que se justifica sin necesidad de Dios, sólo intenta acallar la realidad universal de un Creador rebosante de bondad por sus criaturas que es el origen y el ejemplo de todo lo que es bueno, y está abocada, si no en esta vida, en la siguiente, a la mayor de las decepciones, pues la moral es la mayor y la más servicial de las obras de Dios».
Las preguntas no cesaban. Esta vez le tocó a Juan:
—Maestro, ¿qué es el reino de los Cielos?
Raudo y seguro le dijo el Rabí:
—El reino de los Cielos consiste en estas tres cosas esenciales: primero, el reconocimiento del hecho de la soberanía de Dios; segundo, la creencia en la verdad de la filiación con Dios; y tercero, la fe en la eficacia del deseo supremo humano de hacer la voluntad de Dios, de querer ser semejante a Dios. Y ésta es la buena nueva de nuestro evangelio: que por medio de la fe viva cada mortal puede poseer toda estas cosas esenciales para la salvación.
Nuevas preguntas de Natanael y Santiago le llovieron ahora a Jesús, pero el Rabí, viendo lo tardía de la hora, solicitó a los doce que se retiraran a descansar, prometiéndoles que continuaría respondiendo a ésas y más preguntas mientras viajaran camino hacia el sur.
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Los doce se retiraron a descansar pero sus cabezas bullían de dudas y preguntas. Ahora que su obra por fin iba a dar comienzo afloraban sus más encontrados sentimientos. Temían la reacción de los líderes de la nación, y se sentían inseguros ante un pueblo que no sabían cómo recibiría su nuevo mensaje. ¿Qué destino les aguardaba? ¿Cómo afrontarían el reto? La incertidumbre de un destino nebuloso se extendía ante ellos como un oscuro y desconocido mar.
Esta conversación de Jesús y sus apóstoles está basada en El Libro de Urantia (LU 140:9 y 10). ↩︎