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Domingo, 19 de enero de 27 (22 de shevat de 3787)
Amanecía en Cafarnáum y el entrechocar de las piedras de la molienda llenaba de nuevo la pequeña población. Las bandadas de pájaros se congregaban junto a los muelles en espera del regreso de los pescadores con sus redes cargadas. El griterío de los jornaleros recorría de nuevo las calles. A pesar del frío invernal, la frenética actividad pronto se hizo dueña y señora de la aldea.
Era el primer día de la semana, y los doce apóstoles, extrañamente, no parecían tener prisa por levantarse de sus esterillas. Andrés, el primero en hacerlo, pronto pudo comprobar que, como solía ocurrir, el Rabí se hallaba ausente. Sabían que aquel era el primer día de su gran aventura. El inicio de su misión. Pero se encontraban diferentes, faltos de optimismo, y presos de la inquietud. A duras penas habían logrado dormir unas horas. La incertidumbre les tuvo toda la noche en permanente vigilia.
Era el 22 de shevat[1]. Una fecha para recordar. Habían sido largos meses azarosos de enseñanzas y aprendizajes constantes. Una experiencia agotadora pero llena de recuerdos inolvidables. Habían conocido a muchas gentes en multitud de pueblos y ciudades donde nunca habían estado. Muchas caras largas y mucho recelo, pero también algunas agradables sorpresas.
Y ahora, ¿qué harían? ¿Qué se proponía el Maestro? ¿Por dónde empezar? Tan sólo sabían que su objetivo era celebrar la pascua en Jerusalén, y viajar por el Jordán hacia el sur. Pero eso era todo. En cuanto a su forma de organizarse, en cuanto a cómo atraer a las masas y crear un movimiento tan multitudinario como el de Juan, nada de nada. Sobre todo ello Jesús no les había dejado ni una sola consigna.
Compartieron el desayuno mientras comentaban en voz baja estos asuntos. Todos habían emplazado a sus familiares para que acudieran a casa de Zebedeo a despedirles, pero no sabían cómo tomarse el hecho de que Jesús se ausentara también esa mañana. ¿Acaso no les había dicho que iban a partir este día? ¿Dónde estaba, entonces?
Después del desayuno, viendo la intranquilidad de sus once amigos, y puesto que las familias de todos estaban allí esperando para verles partir, Andrés se sintió obligado a buscar a Jesús.
Salió por la puerta trasera, la que daba a la playa, y anduvo por la escollera y por los atracaderos de las barcas. Sabía que al Maestro le gustaba pasear junto al agua durante sus ratos solitarios de reflexión.
No fue necesario que andara mucho para encontrarle. Le vio en seguida, en la distancia, sentado sobre una barca varada. No se percató al principio, pues al verle tan sólo sintió alivio y se puso a sonreír, imaginando la infantil preocupación que a veces sentían ellos por su maestro. Pero cuando estuvo a escasos metros, y se disponía a saludarle, se quedó helado.
Jamás en todos aquellos años, desde que Jesús apareciera por Cafarnaúm, había visto Andrés a este hombre llorando. El Maestro no trató de disimular sus lágrimas cuando su fiel amigo llegó hasta él. Sólo se pasó las dos manos por las mejillas para limpiarse, y se frotó los enrojecidos ojos. Pero incluso con un aspecto algo más presentable, se notaba que había sufrido una congoja extrema.
A Andrés se le hizo un nudo en la garganta. ¿Algo iba mal? ¿Peligraba el nuevo movimiento del Rabí? Sin embargo, una sensación de resentimiento se apoderó de él, borrando cualquier otra hipótesis.
—Maestro, —le preguntó—, ¿por qué lloras? ¿Acaso no es éste el gran día en que estamos a punto de partir hacia Jerusalén para proclamar el reino del Padre? ¿Alguno de nosotros te ha ofendido en algo?
Andrés no sabía qué pensar, estaba anonadado. No sabía que Jesús fuera capaz de sentir tal tristeza como para llorar. Y sólo se le ocurría que alguno de ellos le había producido tal abatimiento.
Pero Jesús no se concedió ni un segundo para recuperarse. Miró con una leve sonrisa a su primer escogido, y ayudándose de él para salir de la barca, le dijo con voz tranquilizadora:
—No, Andrés, no es por culpa de ninguno de vosotros. Tan sólo estoy triste porque ningún miembro de la familia de mi padre José se ha acordado de venir hoy para desearme suerte.
Andrés se quedó desconcertado. No había reparado en aquello, pero era cierto. En la casa se habían ido congregando, a lo largo de la tarde anterior y de aquella mañana, la mayor parte de los familiares de los doce que vivían cerca de allí. Andrés y Pedro, de hecho, tenían siempre consigo a la mujer de Pedro y a su suegra, pues eran parte de la servidumbre de Zebedeo. Y los Zebedeo, los padres de Santiago y Juan, eran los dueños de la casa. Pero aquel día los familiares de Mateo, Felipe y Simón no habían querido perderse la partida de sus maridos e hijos.
—No importa —le dijo Jesús a Andrés mientras tiraba de él de regreso a la casa—. Todo llegará a su tiempo.
Aquellos días, las desavenencias entre Jesús y su madre se habían ido agriando, y sus hermanos Santiago y Judas ya casi no le dirigían la palabra. Ruth, el único consuelo de Jesús, coincidía que se había ido de viaje a Nazaret a hacer una visita a su hermano José. Era un desalentador inicio el que se le ofrecía a Jesús.
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Al llegar a la hacienda de Zebedeo, advirtieron un considerable revuelo en la puerta de entrada. Desde la playa se podía apreciar a qué era debido. Como un centenar de hombres y mujeres se agolpaban en el camino, abrigados y cargados de fajos al hombro. Parecían dispuestos a viajar con los discípulos. Durante aquellos meses, un grupo cada vez más numeroso de creyentes se habían convertido en habituales de la casona del armador. Eran habitantes de Cafarnaúm, de Betsaida y de las aldeas próximas, que desde que habían descubierto al nuevo rabino no habían dejado de frecuentar las reuniones en las que Jesús impartía su enseñanza.
Los once se sintieron aliviados al ver al Maestro aparecer con Andrés. No sabían qué decir a aquella multitud ansiosa. Todos habían oído noticias de que el Rabí se iba a desplazar con sus discípulos a otra ciudad, y no querían perderse la ocasión de seguirle.
Pero el Maestro tenía otros planes. Y sabía más cosas que sus oyentes ignoraban. Se dirigió al numeroso grupo de fieles seguidores agradeciendo su presencia y apoyo, pero les rogó que regresaran a sus casas. Por ahora, su intención era dirigirse al sur con sus discípulos escogidos, para en un futuro realizar una labor más ambiciosa. Pero ninguno de los presentes parecía convencido con las explicaciones del Rabí. Estaban resueltos a seguirle y no querían esperar para estar junto a él. Jesús tuvo que insistir varias veces para vencer todas las reticencias de aquella buena gente. Hasta tuvo que hacer varias insinuaciones enigmáticas:
—Es mejor que empiece mi labor de este modo. No debemos dar motivos a que nuestros intranquilos líderes nos juzguen erróneamente antes de tiempo. Sed discretos, sed cautos y tened prudencia. Nuestra fe habrá de enfrentarse a duras pruebas y batallar en frentes de gran peligro. Pero estad de buen ánimo; a su debido tiempo esta enseñanza no se ocultará de sus enemigos, sino que se proclamará abiertamente.
Poco a poco y a regañadientes, los congregados hicieron caso y volvieron a sus hogares, prometiendo volver a verse muy pronto. Los discípulos lamentaron tener que separarse de estos seguidores tan fieles y verse de nuevo a solas en su misión. Les habría venido muy bien empezar su viaje rodeados de un grupo mayor, sintiendo el respaldo y la estima de una masa de acólitos. Pero el Maestro tenía otras cosas en mente.
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Así pues, llegó el momento de la despedida. Los familiares de los doce besaron y abrazaron emocionados a los viajeros, deseándoles suerte. Todos besaron y abrazaron al Rabí, bendiciéndole y pidiendo a Dios que su misión tuviera éxito. El Maestro no pudo reprimir reírse a rienda suelta, olvidado ya de su sinsabor de aquella mañana. Echó un último vistazo a la casa, y pensó: «Se acabaron los tiempos de tener una casa permanente. Ahora volvemos al camino, quizás para siempre». Pero un atisbo de esperanza le devolvió el optimismo, y con un último adiós a Zebedeo y su familia, se volvió y encabezó la comitiva de los trece. Salomé, la madre, y los hijos de Zebedeo, David, Mirta, Lián, Raquel y la pequeña Salomé, no dejaron de otear el horizonte, agitando su mano, hasta que su adorado «huésped» se perdió en la lontananza. «¡Que el Señor te guarde, Jesús!», pensó para sí Lián. Y la mente de todos se veía inundada por sentimientos parecidos.
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Pasaron Betsaida, donde Felipe se acercó a despedirse de sus padres, Jebud y María. Su mujer, Susana, había acudido a la casa de Zebedeo para despedir a su marido. Sin entretenerse, siguieron camino hacia Genesaret, vadeando los arroyos de Ammud y Zadmón, que venían cargados de agua por esa época del año.
Durante todo el trayecto no se dieron cuenta, pero en la distancia, un hombre les seguía. Era Julio, el espía de Herodes, que continuaba reuniendo más información para el tetrarca. Y a lo lejos, otro hombre caminaba con paso en apariencia despreocupada, pero siguiendo a todos con intenciones muy oscuras.
En Magdala, el Rabí prefirió no visitar a su hermano Judas, como hacía otras veces. Las desavenencias familiares no lo hacían oportuno, por ahora. Pero tenía la certeza de que volvería por aquellas tierras. Ya se vería.
Pasaron por la ciudad de Herodes Antipas con la mayor discreción posible. Los comentarios despectivos hacia el aspecto pagano de la ciudad fueron inevitables entre los doce. El Maestro no intervino en las críticas hacia su pródigo monarca, pero hasta cierto punto las comprendía muy bien. El idumeo estaba rivalizando con la leyenda de su padre al erigir su palacete, con piedras nobles y todo tipo de mármoles, en la colina que gobernaba Tiberias por el oeste. Pero por mucho que se esforzaba, los ninfeos o baños públicos y las grandes basílicas judiciales no impresionaban ya a un pueblo acostumbrado a la grandeza y esplendor de Jerusalén, la reina de las construcciones pomposas.
Cuando pasaron entre las dos torres de la muralla sur los trece sintieron cierto alivio. Jesús sabía que Herodes estaba acechando sus pasos y había advertido cómo Julio, a quien había visto varias veces por Cafarnaúm, les seguía por el camino. El Maestro estaba extremando las precauciones en el inicio de su misión pues sabía que cualquier maniobra en falso podía ser fatal con unos dirigentes tan imprevisibles.
Durante el viaje, el Maestro no dejó de dar muestras de un humor envidiable, contando historias y chistes sobre pescadores, como aquel chiste que tanta gracia hacía a los doce sobre un pescador con una malísima racha de suerte, que tanto tiró de sus redes que sacó un bote lleno de monedas, y que irritado porque no eran peces, lo volvió a hundir. Jesús sabía cómo contar estas chanzas que tanto aliviaban aquellas pesadas caminatas. Viajar a pie era siempre agotador. Sólo los ricos podían permitirse una montura, y no digamos un carruaje. A pesar de ello, el camino de la vía Maris, por el que transitaban, estaba bien adoquinado, y era una de las pocas calzadas de cierta calidad en territorio judío. Hora a hora fueron dando buena cuenta de cada miliario hasta que las casas de Tariquea asomaron a pocos metros.
Tomás se alegró de volver a su hogar, y su mujer y sus cuatro pequeños lo recibieron con gran algaraza y muestras de alegría. Durante aquellos últimos meses sólo le habían podido ver durante las quincenas en que había predicado junto a Judas por aquella región.
Los trece hicieron noche este día en la casa de Tomás en Tariquea, apretándose como pudieron en la sencilla vivienda. Reunidos todos en el dormitorio, tras la cena, el Rabí, como solía hacer, solicitó preguntas y continuó con sus enseñanzas. En el curso de esta noche, el Maestro trató, por enésima vez, de aclarar a sus amigos la verdad sobre las profecías mesiánicas:
—Durante mucho tiempo nuestros profetas han hablado sobre un Mesías prodigioso que ha causado gran confusión y malentendidos. Inicialmente el Mesías sólo fue un concepto nuevo enviado a este oscuro mundo para mantener viva la esperanza en que las revelaciones de Dios no habían terminado, y que en un futuro una nueva proclamación de la verdad, más extensa y completa, habría de producirse. Pero con el paso de los años, esta sencilla idea se ha ido complicando en la mente de aquellos pueblos que la lograron vislumbrar. Los judíos han mezclado la idea del Mesías con la creencia en un rey que vendría para restaurar el antiguo trono de David, un nuevo reino unificado y poderoso que pondría a toda la Tierra bajo sus pies como un único imperio pleno de perfección y justicia.
› Pero, ¡qué lejos están estas percepciones del auténtico carácter amante de mi Padre del Paraíso! Él no hace acepción de personas, así pues, ¡cuánto menos de naciones! Es un error enorme la consideración de que existe un «pueblo sagrado». Los pueblos, y las naciones, son sólo organizaciones puramente humanas; el Padre no ha tenido nunca nada que ver con ellas. Si leéis con atención las escrituras, veréis que os cuentan con insistencia que Dios actuó en beneficio del pueblo judío y en perjuicio de los pueblos paganos, y que si aparentemente Dios perjudicaba a nuestro pueblo, sólo era como escarmiento por sus continuas faltas y desviaciones. Pero quienes escribieron esos textos no comprendían en profundidad la verdad sobre Dios, su carácter paternal y amante, y la realidad de que no hace distinción entre sus muchos hijos repartidos por toda la Tierra. La religión se ha desvirtuado mucho en tiempos de guerra para crear alianzas y ahondar las diferencias de los bandos en disputa, cuando lo que debería ser es un nexo de unión entre los pueblos culturalmente opuestos y distantes. La auténtica religión es la que une los diferentes pueblos de la Tierra, no la que divide a las naciones.[2]
› Por tanto, ¿a qué vienen estas profecías mesiánicas sobre un rey de fantasía y un reino de fábula? ¿Qué tienen que ver estas visiones con el auténtico creyente que confía en un Dios Padre lleno de amor por todos sus hijos terrenales? ¿Por qué esa preocupación por el momento en que el Mesías se habrá de manifestar y sobre cómo será su manifestación? ¿Si Dios Padre es tal ser amoroso que lo da todo por sus hijos de la carne, acaso permitirá que generación tras generación sus hijos vivan en la incertidumbre de algo que sea esencial para sus vidas? ¿Por qué esperar la llegada de un reino que ya podría estar aquí y ahora entre vosotros y con vosotros?
› Lo que el mundo no puede ofrecerle al creyente de hoy, ese mundo de perfección glorificada que le facilite el camino al Padre, puede ser obtenido por medio de la fe viviente. El creyente podrá tener que padecer la crueldad de un mundo imperfecto, pero si en su corazón siente que tiene consigo a Dios, sus angustias desaparecen, y su optimismo crece al enfrentarse con los problemas del mundo. Este mundo podrá estar ahora muy lejos del mundo ideal de perfección que nos profetizaron los antiguos sobre el Mesías, pero para quienes miran dentro de su corazón, y contemplan las bellezas exquisitas y las glorias imperecederas de Dios, finalmente se conducen por la vida con la seguridad de que un destino y un mundo más glorioso les esperan, si no en esta vida, en otra vida por venir. El creyente que desea la justicia y la paz primero la busca en su propio corazón, y una vez la encuentra, entonces esa paz inunda su alma, y esa justicia se proyecta hacia todo y hacia todos, llenando el mundo en derredor. Ese creyente no necesita vivir en un mundo de perfección bendita para creer que es posible una justicia mayor, pues ha conseguido vislumbrarla aquí mismo, en medio de toda esta desolación y maldad, y está dispuesto y de buen ánimo para seguir por la senda de esta difícil vida hasta donde sus esperanzas le lleven.
› Así pues, amigos míos, yo os pregunto ahora: ¿hasta cuándo permaneceréis tibios frente a esta elección crucial de vuestras vidas? ¿Hasta cuándo seguiréis sin percibir el verdadero carácter del Padre, en pos de las creencias mesiánicas erróneas de nuestros mayores, sólo por tradición y conformismo? ¿Cuándo romperéis las ataduras de vuestro entendimiento para dejar que la nueva luz del evangelio ilumine vuestros corazones?
Shevat era el undécimo mes en tiempos de Jesús, equivalente a nuestros enero y febrero. En él se celebraba la Tu Bishvat, la fiesta del año nuevo de los árboles, el 15 del mes, que coincidía con la floración de los almendros. ↩︎
Las palabras de Jesús acerca de la realidad del Mesías siguen en la línea de lo que aparece en las partes anteriores de la novela. El Mesías, ese ser prodigioso esperado por los judíos que les liberaría del imperio romano, no iba a aparecer. En su lugar, lo que estaba por aparecer es un mundo perfeccionado mediante el avance espiritual. Jesús repetía una y otra vez estas mismas ideas, y a pesar de ello, los doce no las comprendían del todo o bien las distorsionaban a su propia inclinación. Véase El Libro de Urantia, LU 136:1. ↩︎