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Lunes, 20 de enero de 27 (23 de shevat de 3787)
A la mañana siguiente, una inusitada agitación sacó a los doce de su sueño. La gente de la pequeña aldea no dejaban de comentar por las calles y en el mercado el último suceso dramático que venía de Jerusalén. El armador amigo de Zebedeo, Jebud, que deseaba saludar a Jesús antes de que partieran, se acercó por la casa de Tomás y puso a los presentes al corriente de las acuciantes noticias.
—No se sabía nada de cómo se las gastaba el nuevo prefecto de Judea. Venía sin referencias, sólo sabíamos que era caballero y militar, pero nada más. Pues ya ha descubierto sus verdaderas intenciones.
Los trece dejaron a un lado su desayuno al ver la cara de preocupación de Jebud.
—¿Qué ha pasado? Estamos en ascuas.
—Hace dos días, por la noche, las tropas de refresco, un par de escuadrones de caballería, entraron en Jerusalén desde Cesarea, portando los estandartes, los signa[1] que suelen llevar las tropas romanas. Los pusieron a la vista de todos en el gran patio porticado del palacio real. Uno de ellos ondea ahora mismo sobre la torre más visible de la nueva fortaleza Baris[2].
—Maldito bastardo pagano adorador del César —masculló más de un apóstol. Jesús se mantuvo pensativo, con gesto de preocupación.
—Están claras las intenciones de este nuevo gobernador. No desea respetar nuestras leyes, como hicieron sus precedentes. Éste, según he oído, es un ateo de la peor calaña. Odia a muerte a los judíos, y en realidad no deseaba este destino. Está claro que quiere provocarnos con sus imágenes sagradas profanando la ciudad santa.
—Pero, y ¿cómo han reaccionado en el sanedrín? ¿Qué han dicho nuestros jefes?
—No se sabe nada aún. Los que vienen de viaje sólo cuentan que se ha protestado formalmente ante el tribuno de la ciudad, pero que éste les ha remitido a Pilato[3] sin dar más explicaciones. Se está preparando una buena tormenta. Los de la «cuarta filosofía» ya están preparándose otra vez para atacar Jerusalén si es necesario y destruir esos malditos ídolos. Os digo que va a correr la sangre dentro de poco.
Los de la «cuarta filosofía» era otra forma de referirse a los zelotes, los mismos que ya habían causado disturbios en el pasado reciente. Algunos de los doce, en su fuero interno, celebraban esa sed de venganza de Jebud. Los apóstoles compartían con el resto del pueblo esa rabia contenida y esos deseos de resarcirse. Pero sabían que el Maestro no se mostraba nada partidario de la lucha armada, y evitaron dar rienda suelta a sus emociones. El único comentario de Jesús fue «que extremarían las precauciones en su viaje hacia el sur». Pero estaba claro que él no pretendía mezclarse en aquellas cuestiones legales y políticas judías. Sus preocupaciones estaban completamente en otro nivel.
La verdad es que Pilato estaba empezando a jugar sus cartas a la vista, pero con poca perspectiva. Poncio era un hombre de profundas raíces romanas, de familia italiana, y cuyas convicciones religiosas no pasaban de una mera superstición a los dioses del hogar, a quienes había que respetar y temer, y poco más. No sabía nada de los judíos y de sus costumbres. El emperador Tiberio lo había elegido simplemente por sus buenas dotes de mando sobre la tropa, y como «regalo» por su fidelidad. Pero el nuevo prefecto veía Palestina más como una oportunidad de medrar que como un lugar donde aplicar una cuidada diplomacia. Necesitaba empezar su carrera política demostrando su valía para cualquier puesto, y se había tomado la prefectura de Judea como un desafío personal.[4]
No obstante, no estaba cualificado para el cometido. Sus predecesores, al menos Ambíbulo, Rufo y Valerio Grato, habían comprendido el pensamiento tan particular de los judíos y sus costumbres. Una de las prohibiciones sagradas del pueblo hebreo era utilizar imágenes de personas o animales en las representaciones pictóricas. La tradición se remontaba a Moisés, que para acabar con la idolatría del pueblo prohibió el uso de esculturas y obras que pudieran suscitar la adoración. Desde entonces, la prohibición se había extendido a toda representación artística, tuviera motivo religioso o no.
Respecto a los estandartes que Pilatos había obligado a portar a sus tropas de Jerusalén, no contenían más que el clásico manum de los signum, con una serie de discos y una mano, que era la señal típica de cada centuria, un estandarte o vexillum, que tan sólo contenía sobre una tela roja la imagen sagrada para las legiones romanas, el águila, y un imagine[5] o busto de césar alzado sobre un poste. Pero aquello era demasiado para los judíos, que no soportaban ningún tipo de objeto de veneración pagana en su ciudad principal.
Toda Galilea, Perea y Judea no dejó los días siguientes de comentar las noticias que llegaban de Jerusalén. Se rumoreaba que Antipas y otros miembros de la realeza herodiana habían enviado embajadores a Cesarea para tratar de convencer a Pilato de que desistiera de su proceder. Pero del resultado de estas negociaciones aún no se sabía nada.
Jesús, no dispuesto a que estos sucesos modificasen sus planes, ordenó a los doce que recogieran todo y reemprendieran camino. A media mañana ya estaban hollando los enfangados senderos del este del Jordán, en dirección hacia el vado de Escitópolis.
Tomás conocía muy bien aquellos trayectos. Aunque para llegar a Pella se podía viajar por el oeste del río Jordán hasta Escitópolis, o bien por la cuenca oriental del río, finalmente había que atravesar el territorio de la Decápolis, y por tanto, pagar las obligadas tasas en la aduana. Sin embargo, los impuestos de la región de Escitópolis eran más gravosos que los de Gadara, por lo que resultaba más económico viajar por el este del Jordán. Aquella carretera, además, transitaba a cierta distancia del río y solía estar en buen estado durante todo el año. Por eso, y porque los judíos solían evitar a los samaritanos, que vivían en la margen occidental del Jordán, la carretera de Gadara era la más frecuentada.
Pasaron el vado del Jordán a unos kilómetros al sur de Tariquea, y pagaron el peaje en la aduana. Por suerte, el funcionario de la caseta era un antiguo conocido de Mateo, con lo que pasaron a la Decápolis sin contratiempos.
Abandonaron la vía Maris, que se perdió hacia poniente, y por el sendero que se dirigía a Gadara, atravesaron el Yarmuk, otro caudaloso río que desembocaba por esa zona en el Jordán. Dejando en frente las altas elevaciones donde se divisaba la brillante Gadara, tomaron el concurrido camino de Pella. Toda la gente con la que se cruzaban no dejaba de comentar las noticias inciertas que venían de Jerusalén. Pero no se sabía nada nuevo. Sólo que Pilatos estaba en Cesarea, y que se estaba preparando una delegación para ir allí a protestar ante él.
Tras varias horas de viaje y de abonar unas nuevas tasas al pasar a la jurisdicción de Pella, finalmente, las grandes construcciones romanas de esta ciudad asomaron desde el camino. Algunos de los doce, que habían estado anteriormente con Juan, sintieron un cosquilleo en el estómago al regresar al lugar donde estableció el campamento su antiguo maestro.[6]
Junto al camino había muchos albergues y tiendas donde la gente solía acampar para pasar la noche y continuar viaje al día siguiente. Era un lugar abarrotado de peregrinos y viajeros de todo tipo. Muchos comerciantes transportaban por esta ruta sus reatas de burros o camellos cargados de los productos destinados a Jerusalén.
Jesús y los doce, que llevaban a cuestas, junto con el resto de su equipaje, una lona para montar una tienda, escogieron un lugar apropiado junto al camino y dedicaron el resto del día a organizarse. Recogieron leña de la zona para hacer un fuego y levantaron la tienda situando varias estacas en los extremos.
Esa noche el Maestro continuó con sus habituales enseñanzas privadas acerca de la verdadera naturaleza del Padre, respondiendo a todas las preguntas de los doce. Luego descansaron en su nuevo campamento, agotados por un día de duro viaje, ajenos a dos figuras silenciosas, que desde una de las caravaneras cercanas espiaban todos sus movimientos.
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A partir del día siguiente, Andrés, cumpliendo las indicaciones de Jesús, dividió en grupos de dos en dos a los doce. Cada pareja se situó en una parte de la encrucijada y se dispusieron a predicar en público ante los habitantes de la parada de viajeros. Uno lo hacía por la mañana, y otro por la tarde.
Jesús, para sorpresa de los doce, se negó a predicar a las multitudes. Les anunció que ésa sería su tarea, y que él se retiraría por el día y les daría nuevas enseñanzas privadas por la noche. Como solía hacer, desapareció, yéndose hacia Pella, a las colinas.
Los doce se quedaron pasmados y descolocados cuando vieron que iban a tener que hacer frente a las multitudes ellos solos. Pero los meses anteriores les habían preparado muy bien para este momento, y ahora no les pareció tan duro. Comandados por Pedro, los oradores se situaron junto a las márgenes del camino, llamando la atención de los transeúntes, y formando corrillos sobre diversos temas relacionados con el reino de los Cielos.
Mientras los apóstoles iniciaban sus predicaciones públicas, Jesús caminó hasta las colinas al este de Pella, donde se refugiara en el pasado para reflexionar sobre sus planes y para establecer contacto con Gabriel. Allí, retomando la conexión con el mundo espiritual, se puso al corriente de todos los asuntos universales de su creación, comunicando con sus subordinados espaciales y con su Padre. Sabía que los batallones angélicos rebeldes, bajo la autoridad de Belcebú y otros caudillos, estaban tratando de limitar el influjo beneficioso de las agencias celestiales. Estaban conspirando en la sombra para que su misión fracasara, como le había sucedido al Bautista. No deseaban que le sucediera nada malo a Salvin, su Padre celestial, pero estaban en contra de su forma de gobierno siguiendo los dictados de los Ancianos de los Días, los gobernantes de la galaxia. Y deseaban mostrar su rechazo evitando que la encarnación de Jesús resultara un éxito.
El Rabí reflexionó mucho sobre estos asuntos durante sus retiros a solas, en especial sobre las condiciones políticas de su pueblo y de aquella zona del mundo. Sabía que si viajaba al extranjero seguramente tendría más fortuna y el número de creyentes sería mayor, pero no deseaba realizar su obra evitando enfrentarse a los problemas. Estaba decidido a hacer la mayor parte de su trabajo en Palestina para dar ejemplo de cómo un maestro puede hacer su obra incluso ante las peores adversidades.
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Esa noche los doce relataron emocionados al Rabí sus grandiosas experiencias del día. Habían captado la atención de un número enorme de peregrinos, que se habían detenido, movidos por la curiosidad sobre el nuevo profeta, a pesar de que estaba ausente.
Los doce rogaron a Jesús que al día siguiente permaneciera con ellos, pues todo el mundo quería conocerle e incluso muchos viajeros habían pospuesto continuar su camino sólo para hablar con él. Sin embargo, Jesús les rogó que evitaran hablar a las multitudes sobre él. Les concedió que organizasen un desayuno con la multitud que había decidido quedarse, pero luego volvería a dejarles a cargo de la predicación.
Antes de acostarse, Felipe hizo una pregunta muy instructiva que provocó una larga respuesta de Jesús acerca del sufrimiento. Felipe recientemente había perdido a un amigo que había muerto inesperadamente, y preguntó a Jesús:
—Maestro, no es que dude yo de tu palabra, pero nos dices que el Padre es un ser bueno y bondadoso que no desea el mal para sus hijos. Sin embargo, miro a mi alrededor y no veo más que sufrimiento, dolor y muerte. ¿Por qué permite el Padre que todo esto nos suceda, si como dices él sólo desea nuestro bienestar? No logro comprenderlo. ¿Acaso el Padre no es también un juez cruel a veces, que no duda en infringirnos los más severos castigos, con el fin de que sepamos que debemos respetarle y respetar sus leyes?
Jesús les explicó durante casi una hora cuál era el error de esa percepción. Su conclusión fue:
—El Padre no os aflige y os envía las enfermedades y el sufrimiento. Tampoco lo hace el diablo o sus secuaces desleales al Padre. Mas bien, la enfermedad y el dolor son la consecuencia inevitable de un mundo que debe progresar en su conocimiento de la naturaleza. El Padre sufre por vuestros padecimientos tanto como vosotros, y no desea otra cosa que aliviarlos, pero no desea que este mundo esté libre de la lucha y el esfuerzo que suponen combatir la enfermedad. En los mundos venideros, cuando traspaséis el umbral de la muerte, ya no existirán más las enfermedades físicas. En los cielos los que allí viven no padecen dolor físico ni son víctimas de la enfermedad, porque todas las enfermedades están totalmente erradicadas. Pero en este mundo es necesario que el ser humano gane esta batalla mediante el aprendizaje y la observación. Sólo así algún día este mundo será un reflejo del mundo celestial, donde los ángeles y el resto de hijos de Dios disfrutan de una salud imperecedera.
› Sin embargo, la muerte y las desgracias inesperadas siempre serán una inevitabilidad. Deberíais mirar a la muerte con otros ojos. En realidad esta vida es sólo un paso en el camino hacia el Padre. Algunos desearían instalarse en esta vida para siempre. Pero piensan así porque no imaginan las glorias celestiales que les esperan. No os instaléis en esta vida. Pasad por ella, pero no penséis que esta vida es todo lo que el Padre os tiene preparado para vuestra desarrollo.
› ¿No os parece corta la vida humana, que a veces, para algunos pequeños niños sólo llega a durar escasos años? Y sin embargo, el Padre no se olvida ni de uno solo de esos tiernos bebés. ¡Cuánto más motivo entonces para pensar que el Padre ya tiene ideado un plan para compensar toda esa pérdida! ¿Acaso no creéis que el Padre, en su infinita sabiduría, ya sabe de las desgracias que están por ocurrirnos? ¿Y que él no tiene ya en su mente el remedio para que en una nueva vida espiritual podáis desarrollaros plenamente hasta donde en esta vida imperfecta no pudisteis hacerlo?
› La muerte en realidad es la única forma posible de desprenderse de la existencia material para pasar a disfrutar del mundo espiritual que poseen en los Cielos. Cuando morís, os transformáis en parecidos a los ángeles, y de este modo podéis viajar hasta su morada, un mundo celestial donde disfrutan de logros que ahora parecen inalcanzables para el hombre. En los Cielos no existe la guerra, ni tampoco el hambre, o la pobreza. Los habitantes del mundo celestial practican la paz entre los pueblos que lo habitan y dirimen sus diferencias por medio de la palabra y el acuerdo. El alimento nunca escasea porque ya han aprendido cómo cultivar la tierra y domesticar los elementos atmosféricos como para que nunca ocurran carestías. Y la pobreza no existe porque entre todos comparten sus bienes con los desfavorecidos para que nadie pase necesidad.
› El Cielo es un lugar maravilloso, pero glorias mucho mayores os esperan en el largo camino al Paraíso, donde conoceréis mundos cada vez más perfectos. No obstante, que eso no os haga mirar con malos ojos a este mundo oscuro. Esta Tierra es vuestro primer hogar, un lugar capaz de las cosas más bellas, pero también de las más horribles. En vuestras manos está transformar esta casa en un lugar mejor que puedan disfrutar las futuras generaciones.[7]
El Signum era el estandarte de cada centuria en el ejército romano, rematado en forma de asta o mano y debajo una inscripción con el nombre de la cohorte; se decoraba con guirnaldas, medias lunas y discos; el número de discos (philarae), de uno a diez, marcaba el número de la centuria dentro de la cohorte. Signa es el plural de Signum, el conjunto de todos estandartes. Véase el artículo Tropas romanas en tiempos de Jesús. ↩︎
Baris es el nombre que recibía la fortaleza asmonea de Jerusalén sobre la que después Herodes el Grande construyó otra llamada Antonia, en honor de Marco Antonio. Véase los artículos Jerusalén en tiempos de Jesús y Recreaciones de la Jerusalén de Jesús. ↩︎
Véase el artículo Poncio Pilato. ↩︎
El suceso de Poncio y los estandartes romanos está explicado en el artículo El pacifismo en la época de Jesús ↩︎
Manum era la mano en la que terminaba el estandarte romano llamado signum. El vexillum era el estandarte con una bandera en el extremo propio de cada cohorte de una legión romana. Los imagine eran estandartes del ejército romano, privativos de las legiones imperiales; eran cabezas del César a modo de bustos, hechas en oro o plata, colocadas en lo alto del estandarte, mostrando quién era el césar que había formado la legión. ↩︎
La respuesta de Jesús a la pregunta de Felipe está inspirada en El Libro de Urantia LU 47:3. ↩︎