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Martes, 4 de febrero de 27 (8 de adar de 3787)
Los días pasaban raudos en el campamento. Los ingresos de la bolsa habían menguado, a pesar de que los doce vivían en una sencilla tienda que portaban consigo. Pero el gasto de comprar provisiones estaba suponiendo una continua merma. Así pues, Judas informó a Andrés de la situación, y éste hizo lo propio con Jesús. El Maestro sabía que necesitarían más dinero, y allí en Pella no había ningún representante del banquero de Cafarnáum que guardaba el excedente de sus ingresos. Necesitaban llegar a Jericó, donde podrían fiarles dinero con cargo al depósito que tenían en Cafarnaúm.
Así pues, Jesús dio instrucciones a Andrés para que los doce estuvieran listos para partir al día siguiente rumbo al sur.
Esa noche, durante la reunión privada de Jesús con sus apóstoles, el Rabí recibió muchas preguntas relacionadas con la verdadera naturaleza del reino de Dios. Los discípulos seguían enzarzados en las interminables disputas sobre estos temas recurrentes judíos. Jesús, con gran paciencia, les trató de explicar por enésima vez la diferencia entre las ideas del reino que ellos planteaban y su idea del reino.
—Se os ha enseñado a esperar la llegada del reino de Dios, y ahora yo vengo anunciando que este reino por tanto tiempo esperado está muy cerca, incluso que está ya aquí en vuestro medio. En cada reino debe haber un rey sentado en su trono decretando las leyes del reino. Así que habéis desarrollado el concepto del reino del Cielo como el gobierno glorificado de los judíos sobre todos los otros pueblos de la Tierra con el Mesías sentado en el trono de David promulgando las leyes del mundo desde ese lugar de poder milagroso. Pero, hijos míos, no veis con los ojos de la fe, y no oís con el entendimiento del espíritu.[1]
› Yo os declaro que el reino del Cielo es la realización y el reconocimiento del gobierno de Dios dentro del corazón de los hombres. Ciertamente hay un rey en este reino, y ese rey es mi Padre y vuestro Padre. Ciertamente nosotros somos sus súbditos leales, pero trascendiendo con mucho este hecho está la verdad transformadora de que nosotros somos sus «hijos».
› En mi vida esta verdad se volverá manifiesta para todos. Es también verdad que nuestro Padre está sentado en un trono, pero no uno hecho por manos humanas. El trono del Infinito es la morada eterna del Padre en el Cielo de los Cielos. Él llena todas las cosas y proclama sus leyes en todos sus universos. El Padre también gobierna en los corazones de sus hijos de la Tierra a través del espíritu que él ha enviado para vivir dentro de las almas de los hombres mortales.
› Si os consideráis súbditos de este reino, es lógico que os veáis obligados a atender las leyes del Soberano Universal; pero cuando, por medio del evangelio del reino que yo he venido a predicar, descubrís por la fe que sois «hijos», de ahí en adelante ya no os consideráis más como criaturas sujetas a una ley de un rey todopoderoso sino los hijos privilegiados de un Padre amoroso y divino.
› En verdad, en verdad os digo, que cuando consideráis la voluntad del Padre como vuestra «ley», difícilmente estáis dentro del reino. Pero si la voluntad del Padre se convierte en vuestra «voluntad», entonces estáis con certeza dentro del reino, porque el reino a partir de ahí se ha convertido en una experiencia asentada en vosotros. Cuando la voluntad de Dios es para vosotros como una «ley», sois como súbditos esclavos, pero si creéis en este mensaje de fraternidad divina, la voluntad de mi Padre se convierte en vuestra voluntad, y sois elevados a la alta posición de los hijos liberados de Dios, los hijos liberados del reino.
› Como podéis ver, algunos de los conceptos tradicionales del reino de Dios de nuestros compatriotas no coinciden con mi evangelio. Mi reino no es de este mundo, es una dominación espiritual. Nuestro rey, por tanto, no utiliza los medios de los hombres para hacer progresar su dominio. El Padre tampoco utiliza nunca la fuerza para imponer a sus criaturas su voluntad. La guerra y el temor son las técnicas que utilizan los hombres, pero Dios hace progresar su reino por medio de la palabra y el amor.
› A lo largo de la historia del hombre, él siempre ha estado presente. Se hace visible a los hombres por medio de sus mensajeros, a quienes envía con la misión de aclarar, mediante la palabra, su voluntad. Pero no se disgusta cuando los hombres, en su ceguera, rechazan y expulsan a estos mensajeros, torturándoles y matándoles. Mi Padre es paciente, y jamás se aira. Él es más sabio que toda la humanidad. Su plan es a muy largo plazo. Él sabe que finalmente su voluntad triunfará, aunque tenga que pasar mucho tiempo.
› Yo vengo del Padre para ofreceros el último mensaje del Padre, el más reciente y más completo. Pero tiempos futuros vendrán en que nuevos mensajes más ampliados de la verdad serán enviados a este mundo.
› Por tanto, el reino no vendrá de súbito y con gran rapidez, no será como un viento impetuoso que trastocará los reinos de este mundo y revolucionará todas las leyes humanas. No habrá un rey visible que de pronto aparecerá en medio de los hombres y se pondrá desde ese momento a sojuzgar a todos los pueblos. Y desde luego, no habrá ningún trono en Jerusalén ni en ningún lugar de la Tierra.
› El reino ya está entre vosotros siempre que hacéis de la voluntad de mi Padre la vuestra. Porque esta dominación opera dentro de vuestros corazones. El reino, por eso, viene lentamente, poco a poco, a medida que más hombres y mujeres reciben de corazón el llamado del Padre. No viene con estruendo. No se le divisa por el horizonte como un ejército, sino que actúa en la sombra, en silencio, sin prisa pero sin pausar un instante. No trastoca los reinos que ya existen, sino que transforma a sus habitantes, y a medida que muchos más se unen a la fe en la hermandad, más transforma también el reino en el que viven esos creyentes. Pero no es la misión del reino celestial derrocar los gobiernos humanos, sino derrocar las cadenas que atenazan el corazón de cada hombre y mujer, y llevarlos a mayores metas de bondad y perfección. Sólo así, algún día las ingentes poblaciones iluminadas con la voluntad divina transformarán la Tierra entera.
Por espacio de un hora, Jesús respondió a las preguntas de ellos, y les ofreció explicaciones adicionales. El Maestro conocía sus pensamientos contradictorios y sabía que muchos de los doce no conseguían captar el significado de sus palabras. Sin embargo, Jesús nunca se mostró ansioso o impaciente por la falta de comprensión de sus amigos. No interrumpía sus preguntas o sus sugerencias algo tontas con frases cortantes o ademanes subidos de tono, como hacían los escribas, que se creían siempre en posesión de la verdad absoluta.
El Maestro era un ejemplo viviente de dominio de sí mismo. No se agitaba, no se exasperaba nunca a pesar de la incomprensión que demostraban sus oyentes. Una y otra vez, con dedicación y calma, les explicó a los doce sus ideas tratando de lograr su entendimiento.
Sin embargo, los doce, a pesar de que Jesús les explicaba claramente que el reino de Dios no sería en el futuro una realidad visible como la que creían los judíos, nunca lograron desechar estos principios. Para ellos, como para su pueblo, el reino de Dios sólo podía ser un reino material con un rey milagroso, el Mesías, sentado en su trono de Jerusalén y sojuzgando la Tierra entera.
Pedro y otros, a pesar de las repetidas veces que Jesús les habló de una dominación puramente espiritual, todo lo más que llegaron fue a la conclusión de que el reino se mostraría como una doble manifestación: como una influencia espiritual en el presente y como un evento futuro, de fecha incierta, en que el Mesías se manifestaría plenamente. Es decir, Pedro intentó combinar ambos planteamientos. Resultaba muy difícil para estos judíos que por tanto tiempo habían creído firmemente en estas historias mesiánicas, convertirse de la noche a la mañana en seguidores fieles de un maestro que propugnaba una visión tan novedosa y diferente del reino celestial. Durante mucho tiempo, los doce apóstoles siguieron la costumbre de tratar de acondicionar las enseñanzas de Jesús a las ideas imperantes de su época. Oían a su maestro con total devoción y les impresionaba la retórica electrizante y cautivadora de Jesús, pero no podían creer que su maestro les estuviera revelando un cambio tan radical con respecto a las enseñanzas judías tradicionales. Los modales de Jesús, su forma tan amable de comportarse con todos los hombres, les llamaba la atención. Pero no estaban dispuestos a abandonar sin más sus ideas tan arraigadas. De los doce, sólo Santiago Zebedeo estuvo cerca de admitir que era preferible abandonar la idea del reino tal y como la entendían los judíos, para tratar de ceñirse a la explicación de Jesús, aunque no tenía claro en qué consistía ese gobierno celestial en el corazón humano. Pero el resto de los doce jamás llegó a considerar con total decisión la idea de que el reino mesiánico anhelado por su pueblo no se iba a producir. Y sus enseñanzas, a pesar de las reiteradas aclaraciones de Jesús, fueron siempre una mezcla de la antigua fe con los nuevos postulados del Maestro.
Este discurso de Jesús sobre el reino de Dios está inspirado en El Libro de Urantia (LU 141:2). Ahí se nos presenta con claridad una idea recurrente: los apóstoles y el resto de seguidores de Jesús escucharon su mensaje, pero ya en vida del propio Maestro lo adaptaron y lo modificaron para conformarlo a las ideas imperantes en su tiempo, con lo cual el verdadero evangelio del Rabí quedó algo desdibujado. E hicieron esto así porque Jesús nunca mostró mucho interés por fijar y normalizar una determinada enseñanza. Dejó amplia libertad a sus representantes para predicar el mensaje de acuerdo a su comprensión. ↩︎