© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Cuando Julio, el espía de Herodes[1], entró bajo los muros de la fortaleza de Maqueronte, pudo observar un inusitado movimiento de tropas. Un destacamento de caballería se estaba preparando para realizar una salida. Los soldados galos, con su inconfundible cabellera rubia y sus andares desgarbados, bajo las órdenes antiguamente de Herodes el Grande y ahora de su hijo Antipas, se pertrechaban con sus largos escudos y jabalinas, dispuestos a todo. La tensión de aquellos últimos días se había disparado, y Herodes deseaba tener a sus tropas en forma, ante la previsión de cualquier acontecimiento.
En el portón de entrada al palacete, el atezado galo, que por su aspecto no parecía uno más de sus congéneres, dijo su nombre, «Julio Secundo», y anunció que el tetrarca le esperaba. El portero, que ya le conocía, quiso seguir fielmente el protocolo y le rogó que esperara mientras iba a pedir audiencia al maestresala. Poco después, Julio era invitado a pasar y se le introdujo en los aposentos privados del monarca.
Un Antipas ataviado con ropas muy elegantes y vistosas, y de muy buen humor, le recibió en el triclinium[2]. Le acompañaban un buen número de sus acólitos, que se afanaban dando cuenta de un suculento refrigerio. En cuanto Herodes le vio le solicitó que se retiraran a una sala contigua, con salida al atrium[3] donde una fuente bellamente trabajada proyectaba un refrescante chorro de agua.
Pero Antipas no era muy hospitalario, y olvidando la sed de su subordinado, le interrogó rápidamente sobre la cuestión, yendo al grano. Julio tragó saliva y trató de ignorar que llevaba varias horas caminando bajo el sol abrasador por polvorientos caminos.
—El nuevo profeta galileo ha comenzado a predicar al pueblo en el Jordán, justo donde el Bautista organizó un campamento, delante de la ciudad de Pella.
Antipas sonrió como si ya lo esperara y se quedó pensando.
—Voy a tener que hacer lo mismo con éste. Cada vez me quedan menos dudas de que están operando de acuerdo uno con el otro.
Julio se puso alerta. ¡Qué estúpido! Le estaba proporcionando al tetrarca la excusa perfecta. El corazón del espía ya no era el mismo desde que había empezado a escuchar al rabino de Cafarnaúm, y de pronto, vislumbró la idea de que tenía que hacer algo por él.
—Sin embargo, señor, el nuevo profeta no predica a las multitudes. Nunca lo hace. Ni tampoco practica el rito del bautismo. No parece tener interés por seguir los pasos del anterior.
Antipas juntó las cejas, extrañado. La providencial declaración de Julio había surtido su efecto.
—Entonces, ¿por qué se solivianta tanto el pueblo?
—La verdad es que la gente que lo sigue parece poco peligrosa. Apenas se detienen unos días para conocerle, pero en vista de que él no hace ningún discurso, al poco tiempo se marchan. De hecho, él no suele permanecer en el campamento.
La extrañeza de Antipas iba en aumento. Julio sopesaba con cautela si no estaba siendo demasiado audaz.
—¿Y qué hace, adónde va?
—Le he seguido una vez. Se retira a un lugar descampado y permanece solo, supongo que rezando.
La imagen prejuiciosa que tenía el tetrarca sobre aquel carpintero, que supuestamente iba a convertirse en el Mesías que le derrocaría, se empezaba a desmoronar. Antipas sólo acertó a decir: «Estos ermitaños…». Y dio unos pasos como queriendo terminar. Julio quería constatar más el efecto de sus palabras:
—Señor, ¿las órdenes?
Antipas meditó unos segundos con el dedo índice en sus labios.
—Estos dos santurrones no son más que unos locos fanáticos de la asquerosa ley judía. Dejémosles en paz por el momento. Sigue a su lado y regresa cada dos meses como hasta ahora.
—Señor, necesitaré más para mis suministros.
Pero, Antipas, aburrido ya con tantas preocupaciones, se marchaba y movía una mano hacia arriba terminando la reunión.
—Pídele al tesorero lo que necesites —fue la última palabra de Herodes.
Cuando Julio regresó al camino con la bolsa llena de monedas otra vez, pensó largamente en lo que había pasado allí dentro. ¿Es que acaso se había hecho discípulo de aquel judío? No sabía lo que le ocurría, pero aquel hombre le estaba hechizando. Había algo irresistible en su voz y en sus palabras. Su mensaje era diferente a todo lo que había oído anteriormente a los predicadores ambulantes.
Julio no lo sabía ni lo sabría nunca, pero se había convertido en una pieza clave de la predicación de Jesús. Antipas sólo necesitaba unos informes algo desfavorables y preocupantes, y emitiría de inmediato las órdenes de su captura. No quería altercados ni sorpresas en su tetrarquía, y era un desconfiado nato. Pero Jesús sabía de todas estas cosas.
Antipas pudo reafirmarse en su decisión después de escuchar al contraespía que seguía los pasos de Julio, y que llegó el día después a Maqueronte. El segundo espía básicamente relató la misma historia a Herodes, y aseguró al tetrarca que Julio estaba cumpliendo correctamente con su labor. El soberano idumeo podía dormir tranquilo.
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A los pocos días, llegaron noticias impresionantes de Cesarea. Un testigo presencial, que había acudido a la ciudad del prefecto para protestar por la colocación delos estandartes militares en Jerusalén, relataba excitado lo que había ocurrido.
Al parecer, la delegación de Jerusalén, a la que se había unido una tropa creciente de gentes del campo a medida que la comitiva se dirigió a Cesarea, había formado una numerosa manifestación alrededor del antiguo palacete de Herodes donde Poncio tenía su residencia. Solicitaron audiencia pero no les fue concedida, y se les amenazó conminándoles a que se marcharan a sus casas.
Sin embargo, nadie se movió. Algunos de la secta que se llamaban la «cuarta filosofía», que los romanos despreciativamente llamaban «zelotes», y que propugnaba un levantamiento armado, trataron de convencer a la delegación de que permaneciera firme y que nadie se moviera de allí. Los embajadores que habían enviado Antipas y Filipo no habían tenido éxito, y regresaron a dar cuenta a sus respectivos superiores. Pero el pueblo, enardecido por los consejos de los más fanáticos, no se movió. Pasó un día y no hubo respuesta del prefecto. La gente se preparó para hacer noche a las puertas mismas del palacio. Otros buscaron refugio en la ciudad. Al día siguiente, los manifestantes volvieron a la carga con sus oraciones, plegarias y cánticos, y los portavoces interrogaron a los guardias de la puerta pidiendo audiencia de nuevo con el gobernador. Nueva negativa y un espeso silencio. Y así durante cinco días. El sexto, los portavoces de la delegación judía recibieron finalmente un comunicado oficial del prefecto. Deseaba hablar al pueblo, por lo que les invitaba a congregarse en el pequeño hipódromo situado junto al palacete.
La gente entró confiada en el estadio, ocupando el centro de la arena, que no tenía spina—el seto central alrededor del cual giraban las cuádrigas— pues este pequeño estadio seguía el formato helenístico y no el romano. Lo que no apreciaron fue que escondidos en los pasadizos bajo las arcadas de los graderíos, el prefecto había hecho desplegar a sus soldados.
El prefecto apareció en el tribunal central del estadio con sus oficiales. Los portavoces se dirigieron hacia él. Por primera vez en esos días pudieron hablar cara a cara con el gobernador, suplicándole de nuevo lo que ya sabía: que para ellos constituía una afrenta a su Dios la colocación de imágenes de personas o animales en Jerusalén, lugar santificado con su templo.
Poncio escuchó con seriedad y gesto cansino la larga explicación, detallada y respetuosa, que hicieron los ancianos, pero respondió que para él constituía del mismo modo una afrenta al César no colocar dichos estandartes con su imagen, y que ellos, como súbditos del César, tendrían que ajustarse a esta nueva exigencia. Y dando por zanjado el tema, les exigió que se dispersaran y que regresaran a sus casas, o se les castigaría por insubordinación.
La masa se envalentonó y empezó a murmurar y a gritar a Pilatos con palabras malsonantes, que a pesar de ser dichas en arameo, fueron rápidamente traducidas a Poncio por algunos de sus ayudantes. Los ancianos y los miembros de la comisión pacífica solicitaron a sus paisanos calma, pero el daño ya estaba hecho. El prefecto, alarmado por las increpaciones cada vez más subidas de tono del pueblo, dio una orden y en pocos segundos un tropel de soldados inundó tres bancadas de los graderíos, rodeando a los asistentes.
La gente se quedó helada y el temor se apoderó de todos. Poncio, ahora más confiado y altivo desde el estrado, les conminó por última vez a que aceptasen las insignias y los bustos del emperador en Jerusalén, o morirían allí mismo.
Algunos de los zelotes más fanáticos, como si fueran un sólo hombre, se tiraron al suelo, desnudando su cuello y empezando a gritar en voz alta que estaban dispuestos a morir por su fe. Contagiados, muchos otros les imitaron. Finalmente, hasta el último de los presentes se arrodilló y ofreció el cuello en señal de determinación.
Pilato no se arredró y ordenó a los soldados que se colocasen junto a los rebeldes y se preparasen a darles muerte. Los infantes se distribuyeron por la arena junto a los judíos y desenvainaron sus espadas, las temibles gladius[4]. Los protestantes contuvieron el aliento, con el corazón en un puño. Algunos se incorporaron, estimando si su decisión no había sido demasiado temeraria, pero viendo la entereza de los demás, todos los judíos, como si fueran uno solo, se dispusieron a afrontar la muerte.
Poncio repitió su amenaza en voz más alta, y solicitó que se tradujera fielmente. El traductor gritó la advertencia en arameo con la misma furia que el prefecto, pero no causó ninguna impresión en aquella turba fanática y decidida a todo.
Pilato se quedó anonado de la firmeza de aquellos hombres. Desde luego, no estaba dispuesto a hacerse culpable de un derramamiento de sangre tan inútil y sin sentido. Se daba cuenta de que aquellos hombres estaban dispuestos a todo. ¿Qué hacer? Consultó con sus oficiales si matar sólo a algunos y ver si los demás escarmentaban, pero los oficiales, que ya llevaban muchos años sirviendo a varios prefectos, se lo desaconsejaron.
Poncio, asqueado, se marchó, dando instrucciones de que los soldados se retirasen. La tropa envainó las armas y se replegó. Todo el mundo permaneció en un supersticioso silencio hasta que el último de los centuriones romanos abandonó el estadio, detrás de sus hombres. De pronto un estallido de alegría y de júbilo inundó a los manifestantes, que se abrazaron con lágrimas en los ojos y saltaron presos del gozo. ¡Habían vencido!
Poco después, un oficial trajo el mensaje del prefecto: los iconos de los estandartes serían retirados de Jerusalén y exhibidos únicamente en Cesarea y el resto de fuertes romanos.
El hombre que narraba el relato, que era de Gerasa, venía por todo el camino propagando el suceso, eufórico por haber sido partícipe de la primera victoria del pueblo judío contra el invasor infiel.
Pero Jesús, que escuchó como todos la crónica emocionada de aquel hombre, no se mostró tan feliz como los doce al escucharlo. Mucho había detrás de esta acción de Pilatos que preocupaba al Maestro, más allá de lo que eran capaces de descifrar los discípulos. Jesús sabía que Poncio no había hecho sino empezar con sus desmanes, y que esta humillación seguramente acrecentaría su odio hacia los judíos y su deseo de desquite. Conocía muy bien el tipo de hombre que era este gobernador, y su capacidad profética sobrehumana le hacían ver que la falta de unos auténticos valores humanos en este prefecto le acarrearían muchos problemas en el futuro y quizá acelerarían el final de su misión.[5]
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Martes, 28 de enero de 27 (1 de adar de 3787)
Llevaban una semana completa en el campamento de Pella, y el número de integrantes del refugio se había incrementado sin cesar los últimos días. El martes 28 de enero llegó un grupo inesperado: los antiguos discípulos de Juan. Comandados por Abner, entre ellos estaban Jacob, Recab y otros ocho amigos nazareos del Bautista, que se habían refugiado en Hebrón ante las continuas amenazas de Herodes Antipas. Cuando les vieron Pedro, Andrés y el resto de antiguos camaradas del grupo íntimo de seguidores del profeta del Jordán, se alegraron profundamente. Todos se abrazaron y festejaron el poder volver a verse.[6]
El tetrarca parecía esos días más preocupado con otros asuntos, a raíz del suceso de Jerusalén y el nuevo prefecto, así que con gran valentía por su parte, habían decidido hacer frente a la orden de persecución de Antipas, y habían regresado a su jurisdicción.
Pasaron un día muy interesante los doce de Jesús y los once de Juan. Abner era el líder de este grupo, y había sido jefe antiguamente de la colonia nazarea de En-Gedí, donde había residido Juan por cierto tiempo. Los otros diez se llamaban Jacob, Recab, Simón, Eleazar, José, Jotán, Santiago, Elí, Menahem y otro Santiago. Jacob, Recab y Simón eran antiguos miembros de la colonia nazarea de En-Gedí. Eleazar era de Jericó, descendiente de una familia sacerdotal, y antiguo fariseo. José y Jotán eran hermanos y venían de Cafarnaúm. Eran pescadores amigos de Andrés y Pedro. Santiago era de Filadelfia y era un sencillo agricultor. Elí, Menahem y el otro Santiago eran de Medeba, ciudad al sur de Perea. Muchos de ellos eran pastores o se habían dedicado a la ganadería, sobre todo los que procedían del sur. Habían formado parte del grupo de veinte a treinta íntimos del Bautista, los más estrechamente unidos a él. Seguían asociados con Juan, y a pesar de que estimaban al nuevo rabí de Galilea, tenían todavía ciertos reparos en aceptarle como maestro, pues no entendían por qué, si era todo lo que Juan decía de él, se negaba a interceder por su maestro y librarlo de la cárcel. Había cierto halo de desconfianza en sus corazones.
Las diferencias entre estos discípulos de Juan y los doce apóstoles pronto salieron a relucir. Aunque Pedro, Andrés y los Zebedeo habían formado parte del grupo de íntimos de Juan, y Judas había sido discípulo, sin embargo, los meses de asociación con Jesús habían moldeado mucho la forma de pensar de los doce. El mensaje de los discípulos de Juan hacía mucho hincapié en la necesidad de un arrepentimiento, de un cambio social, para que el Mesías encontrara el terreno adecuado para su manifestación. Sin embargo, Jesús había reiterado muchas veces a sus discípulos que él no buscaba provocar una revolución social y hacerse cargo de las obras atribuidas al Mesías. Jesús hablaba de un nuevo corazón en cada creyente para poder acceder ya, aquí y ahora, a la felicidad suprema y el gozo eterno de los hijos de Dios. La promesa de Juan era a futuro, la de Jesús era un presente. Juan esperaba el advenimiento del Mesías tal y como lo habían anunciado algunos profetas, con grandes portentos que causarían el temor del pueblo y destruirían a los infieles. Jesús llevaba meses tratando de quitar de los doce la idea de que él era ese tipo de Mesías. Más aún, que tal Mesías nunca existiría.
Andrés trató de organizar las reuniones con los discípulos de Juan de modo que no interfiriesen en la labor de predicación al resto de los oyentes. Por la mañana, los doce mantenían su labor habitual de predicación en grupos de dos. Por la tarde, cada apóstol se reunió con uno de los discípulos de Juan para debatir algún tema relacionado con la enseñanza de Jesús, contrastándola con la de Juan. A estas reuniones admitieron también a cualquier grupo de espectadores interesados. Muchos de los viajeros que se detenían en Pella eran antiguos seguidores de Juan, y aquellos debates en los que los apóstoles clarificaban la diferencia entre el mensaje de Juan y de Jesús fueron muy instructivos para los creyentes.
Sin embargo, pronto empezaron las disensiones entre los seguidores de uno y otro profeta. La gente había seguido las enseñanzas de Juan con agrado, pues estaban en plena conformidad con las tradiciones judías, pero algunas declaraciones de los apóstoles parecían un tanto novedosas y no tuvieron el mismo efecto. «El Dios de Israel, ¿un Padre que se ocupa de todos, y que no hace acepción de personas, ya sea por causa de su pureza, de su raza, o de su condición social? ¿Todos los hombres de la Tierra, hermanos e hijos de un mismo padre? Las mujeres, ¿en la misma consideración que los hombres para recibir la palabra, incluso los niños?». Estas enseñanzas eran demasiado para un pueblo acostumbrado al Dios de las huestes, el que ayudaba en la batalla a los israelitas y destruía las ciudades de los infieles.
Aunque no todos los doce apóstoles seguían con rigor las enseñanzas de Jesús, sus meses con él les habían influido como para aceptar en teoría algunas de las declaraciones más radicales de su maestro. Sin embargo, se estrellaban con su auditorio cuando trataban de convencerlo de esta predicación, pues ellos mismos no estaban convencidos. Añoraban a Jesús y echaban de menos su presencia, pero él había tomado la costumbre de salir cada mañana del campamento y no aparecía hasta la noche.
En esta situación, se produjeron cada vez más y más discusiones entre los doce y los once. Abner intentaba conciliar a las partes en disputa, y Andrés trataba de suavizar el tono y el contenido de las invectivas que se lanzaban sus amigos, pero algunos de los discípulos de Juan, judeos y de tendencia más purista, no estaban dispuestos a considerar ciertas licencias.
Jacob y Recab, que eran muy parecidos en temperamento a Santiago y Juan, aunque no eran hermanos, eran de razonamiento profundo, conocían muy bien las escrituras, y discutían acaloradamente muchas veces sobre Jesús y sobre su supuesto mesianismo. Los discípulos de Juan trataban de convencer a los de Jesús de que ninguna de las profecías mesiánicas se ajustaban a Jesús, pues para empezar él era de Galilea, y el Mesías debía ser alguien de estirpe real. Que supiera nadie, Jesús no estaba emparentado con ninguna familia de buen linaje. Ni corría sangre real por sus venas, ni tampoco era de buena familia sacerdotal, como por ejemplo, sí lo era Juan. ¿Qué Mesías podía ser un hombre con semejantes credenciales?
Juan Zebedeo empezó a razonar con los once que quizá su maestro representaba un nuevo tipo de Mesías que el pueblo judío no se había parado a considerar. Que quizá Jesús no necesitara esas credenciales porque su poder procedía del espíritu, y su fuerza no sería material. Juan sostenía que quizá Jesús era un ser celestial venido a la Tierra, un ángel, como el que se describía en algunos escritos de la época, al estilo del profeta Daniel. Y por esa razón, había necesitado venir a la Tierra en una forma humana, no revestido de todo el poder terrenal, sino más bien en una forma humilde. Pero aquellos planteamientos no convencieron ni siquiera a los doce.
Pedro creía que Jesús debía ser el Mesías prometido, y que quizá él fuera de linaje real sin que lo supieran. Quizá por humildad su maestro no les había revelado su genealogía, pero el impetuoso apóstol estaba convencido de que en su parentesco debía estar el rey David e incluso Abrahám. Y también estaba convencido de que debía de ser de alguna orden sacerdotal antigua, pero puesto que sabían que no provenía de ninguna casta sacerdotal, Pedro argumentaba que quizá su orden era anterior incluso a la orden de Aarón, antes incluso que Moisés constituyera el templo [7].
Todas estas discusiones, no obstante, estaban lejos de centrarse en el verdadero núcleo y sustrato de las enseñanzas del Rabí. A pesar de que Jesús les había prevenido repetidas veces a los doce contra la utilización de su persona para caer en estériles discusiones sobre el Mesías, los doce veían difícil poder esquivar estas cuestiones y atenerse al sencillo pero profundo mensaje de su maestro. Aquellos temas provocaban el entusiasmo de los oyentes y agitaban las mentes del auditorio. Los judíos se encontraban en esa época en un ferviente caldo de cultivo de todas estas especulaciones sobre liderazgos de realezas celestiales en forma de Mesías. Era casi una misión imposible borrar de la cabeza de estos fogosos judíos una idea como aquella, por tantos siglos anhelada. El Maestro, sin duda, tenía por delante una obra ingente.
La historia de Julio y otros espías que tuvo Herodes está basada en El Libro de Urantia (LU 137:7.4). ↩︎
El triclinium, en la domus o típica casa romana de los ricos, era la estancia donde se celebraban cenas y se dedicaba al reposo, y los comensales se recostaban sobre los klynai o divanes. El nombre proviene de que solían disponerse tres grandes klynai formando una U. ↩︎
El atrium es el patio principal de las casas romanas, que solía estar porticado. ↩︎
Gladius en latín significaba espada. La espada más común de ejército romano era la Gladius Hispaniensis, una espada que copiaron de las tribus hispanas cuando las conquistaron. ↩︎
El relato del suceso en Cesarea con la delegación de judíos ante Pilato está obtenida de Flavio Josefo (Antigüedades Judías XVIII 55-59; Guerras de los judíos II 169-174). Véase sobre este asunto el artículo El pacifismo en la época de Jesús. ↩︎
Que Juan tuvo once apóstoles, y luego doce, está sacado de El Libro de Urantia (144:6). Sobre los nombres de todos ellos y su forma de ser, exceptuando Abner, no hay dato alguno en El Libro de Urantia. ↩︎
Estas ideas de Pedro efectivamente las dejó consignadas en lo que hoy se conoce como «epístola a los hebreos» (Hb 7:1-28). Allí se propone la idea de que Jesús es un sacerdote de una casta superior a la de Aarón, porque él es de la orden sacerdotal de Melquisedec. En El Libro de Urantia se ofrece mucha más información sobre este enigmático personaje y se cuenta, además, que Pedro, sin saberlo, acertó en parte al considerar que Jesús tenía cierta relación con Melquisedec y su orden (LU 119:1.5), aunque el uso que hizo de estas ideas fue completamente errónea. ↩︎