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Miércoles, 5 de febrero de 27 (9 de adar de 3787)
El siguiente objetivo de Jesús en su viaje hacia el sur era Amatus, la primera gran ciudad de Perea, una antigua fortaleza asmonea y capital de una de las cinco toparquías de esta región bajo la jurisdicción de Antipas.
Muchos de los acampados junto a la caravanera de Pella siguieron a Jesús y los doce en su viaje, incluidos los once discípulos del Bautista. Atravesaron el fértil valle del Jordán, pasando sobre numerosos arroyos y riachuelos que aumentaban el caudal del gran río judío. Pagaron de nuevo las obligadas tasas al entrar en los dominios de Perea, y junto al wadi Kufrinja divisaron al oeste las casitas de Zafón, una aldea situada cerca del cauce del río. Estaban ya cerca. A escasos kilómetros al sur de Zafón, junto a la carretera, podían divisarse los muros de Amatus.
La ciudad estaba regada por un río con buen caudal y disponía de zonas amplias donde los viajeros pudieron colocar sus lonas. Ya no se notaban en esta ciudad judía las heridas sufridas durante la revuelta tras la muerte de Herodes. Ahora era una floreciente y próspera población.
Muchos viajeros se detenían también en esta localidad cuando hacían su trayecto desde el sur del territorio judío hacia Galilea, así que las enseñanzas de Jesús fueron diseminadas entre miles de paisanos y gentes extranjeras. Día tras día, las predicaciones fueron ganando adeptos, que pausaban en sus viajes durante un tiempo para conocer el mensaje del nuevo profeta.
La cantidad de personas que atendían los discursos de los doce se hizo tan numerosa que durante la primera semana en Amatus no pudieron continuar con su habitual calendario, descansando los miércoles. Precisamente ese miércoles un grupo de transeúntes que se dirigían hacia Batanea pararon en Amatus y mostraron gran interés en escuchar la nueva doctrina. El Maestro, como solía hacer, se retiró a solas durante prácticamente todo el día, y Andrés, desconcertado, no supo qué hacer. En vista de que aquellas buenas gentes no podían detenerse más que aquel día, el jefe apostólico decidió solicitar a los once que continuaran enseñando durante esa jornada. Les propuso que, para evitar que el día de descanso no supusiera paralizar las predicaciones, cada pareja de apóstoles se tomara un día de asueto diferente a lo largo de la semana. De este modo, de domingo a viernes todos descansarían al menos un día.
La mayor parte de los discursos los hacían Pedro, Santiago y Juan. Ellos, que habían estado desde tanto tiempo atrás con Jesús, al menos los Zebedeo, tenían unas ideas muy claras sobre la catequesis de su maestro. Eran los mejores oradores del grupo, y no desmerecían en nada en la fuerza de su voz y su capacidad para atraer a las masas.
Por su parte, Felipe, Natanael, Tomás y Simón se enzarzaron estos días en la impuesta tarea de tratar de convencer a los once discípulos de Juan de que aceptaran el evangelio de Jesús como una enseñanza superior que englobaba el mensaje del Bautista.
Abner trataba de suavizar las discrepancias, pero Jacob y Recab no soportaban esos aires de superioridad que parecían darse los apóstoles más recientes de Jesús. Sus disputas con ellos se subieron de tono en varias ocasiones. Para empezar, los once de Juan no podían entender los planteamientos de Jesús respecto de la pureza. Parecía que el Maestro no estuviera interesado en ofrecer pautas de conducta relativas a éstas y otras cuestiones vitales para los judíos. La impureza ritual era algo que podía contraerse por miles de pequeños motivos, y una pesada e insidiosa reglamentación rabínica abogaba por el cumplimiento estricto de todas estas observaciones. Los doctores de la ley preconizaban que debían realizarse frecuentes abluciones y lavatorios para lograr una pureza integral y constante. Los nazareos también estaban muy influidos por estas doctrinas.
Por otra parte, el Maestro no parecía predicar nada acerca del ayuno y la abstinencia, dos métodos tradicionales para buscar el arrepentimiento. Sin embargo, le habían visto beber vino frecuentemente y no desaprovechaba nunca la ocasión para comer sin mitigación.[1] El Bautista había predicado que era necesario un arrepentimiento, y que había que ayunar y rogar a Dios para no estar entre los desposeídos cuando el Mesías llegara. Juan siempre había comido de modo frugal, cogiendo frutos silvestres y lo que la naturaleza le ofrecía, en medio de una completa pobreza y un desapego total de las cosas del mundo. Pero el Rabí no parecía querer vivir en la más extrema pobreza. El plan de Jesús era que todos continuaran dedicados a una profesión, al margen de las tareas del evangelio, para mantener la bolsa llena. Jesús, evidentemente, no despreciaba el dinero. Los apóstoles trataron de explicar que su maestro sólo usaba el dinero con buenos propósitos y les había enseñado que no era deshonroso cobrar por enseñar, como hacían los rabinos.
Pasaron los días y Andrés y Abner tuvieron que intervenir en más de una ocasión para aliviar las tensiones en las conversaciones entre los dos grupos de discípulos. Es muy difícil que mentes que se creen con total seguridad en posesión de la verdad lleguen a congeniar tan sólo mediante la discusión. Al final, la sensación de frustración por no ser capaz de convencer al contrario hace explotar el ánimo y de la conversación se pasa a la pelea verbal y a la disputa.
Andrés empezó a ver la utilidad de tratar de llegar a algún punto intermedio con sus antiguos camaradas. En el tema del ayuno, por ejemplo, Jesús no les había enseñado nada porque estaba más preocupado por insuflar en el corazón un auténtico espíritu arrepentido. Eso no significaba que despreciara el ayuno y otros métodos para encontrar a Dios, pero era difícil convencer a los judíos estrictos del parecer del Maestro. Andrés acordó con Abner que si ellos lo consideraban apropiado predicaran a sus seguidores los beneficios del ayuno y lo practicaran. Los doce, por su parte, se comprometerían a no desdecir estas enseñanzas a favor del ayuno.
Por la noche, cuando Jesús regresaba, para alivio de todos, Andrés tomó la costumbre de reunirse a solas con él durante unos minutos para informarle de los progresos del día. Esta vez le refirió las discusiones tan descarnadas que habían empezado a producirse con los adeptos de Juan. El apóstol le suplicó a Jesús que le ayudase con estos altercados, pues se encontraba desbordado. Pero Jesús fue inflexible en sus planes, y le dijo al agobiado discípulo:
—No es apropiado que el anfitrión participe en las discusiones familiares de sus huéspedes; un padre sabio nunca toma partido en las desavenencias de poca monta que surjen entre sus hijos. No te abrumes por estas dificultades en apariencia grandes. No te angusties por perder en la batalla dialéctica. No son las guerras del intelecto las que debemos batallar. En la unidad entre las personas no es la uniformidad lo importante, sino la capacidad de actuar en comunión. Dos creyentes pueden amarse y comprenderse a pesar de plantearse diferencias de ideas religiosas. Las ideas no son lo importante de una predicación, sino el espíritu con que esas ideas impulsan al creyente a hacer la voluntad del Padre.
Mucho reconfortaron estas palabras a Andrés, que de allí en adelante procuró no negociar con los discípulos de Juan con mucho ahínco. Trató de convencer al resto de los doce de que, en las cosas esenciales de la predicación, era mucho más lo que les unía a los seguidores del Bautista que lo que les separaba. Y les animó a que no estuvieran tan predispuestos a batallar con ellos cada minucia. Con el paso de los días, los apóstoles accedieron a admitir muchos de los postulados de Jacob, Recab y el resto de apóstoles de Juan, y empezaron a percatarse de que ellos, a su vez, se mostraban más dispuestos a asumir la predicación de Jesús.
Las discusiones entre los apóstoles de Jesús y de Juan, que nunca nos han sido relatadas, sí que aparecen en El Libro de Urantia (LU 141:3). Estas discusiones tuvieron una repercusión enorme en algunas posturas iniciales de los apóstoles, asuntos que luego fueron asumidos por toda la cristiandad posterior. El Libro de Urantia no precisa cuáles fueron los asuntos que provocaron los mayores desencuentros entre los apóstoles de Jesús y de Juan, pero es muy posible que entre ellos estuvieran las prácticas judías del ayuno y la abstinencia. A pesar de que el Maestro no sentía especial estima por estas prácticas (sus enemigos solían acusarle de comilón y bebedor, como en Mt 11:19), finalmente se incorporaron al ritual cristiano, especialmente en un tiempo del año llamado «cuaresma». Es muy probable que los culpables de que estas prácticas acabaran en el cristianismo fueran los apóstoles de Juan, que más tarde se hicieron seguidores de Jesús. ↩︎