© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Sábado, 8 de febrero de 27 (12 de adar de 3787)
El primer sermón público de Jesús ocurrió el 12 de adar[1]. Este sábado Jesús congregó en la sinagoga de Amatus a los varios cientos de personas a los que ya ascendía su número de seguidores. Su discurso fue muy similar al que realizara tiempo atrás en Cafarnaúm, cuando se decidió a iniciar la propagación de su idea del reino. Jesús explicó los aspectos esenciales de su evangelio: que el reino ya estaba aquí, que tan solo era necesario un deseo de renovación y una fe activa y verdadera para entrar en este reino, y que ninguna otra muestra aparte de una sublime felicidad sería visible en este reino para los que entraran en él. Jesús dejó bien claro a sus oyentes que no habría prodigios ni milagros, que si estaban dispuestos a seguirle tendrían que aceptar la vida con todas sus imperfecciones y sufrimientos. Pero les habló con palabras llenas de esperanza y amor, y todos cuantos le oyeron se sintieron emocionados y conmovidos con su mensaje.
Este sábado la ciudad de Amatus en pleno se acercó al campamento de Jesús, donde él y todos los apóstoles impartieron lecciones adicionales.
Era la primera vez que los discípulos de Juan le oían a Jesús. A todo el mundo le había resultado sumamente extraño que Jesús nunca predicase en público sino que desapareciera cada mañana dejando esta tarea a los doce. Algunos habían empezado incluso a dudar de la aptitud del «carpintero de Cafarnaúm» para la oratoria. Todos estos rumores se cortaron de raíz cuando oyeron el tono elocuente y vibrante del Maestro.
Jesús era realmente un educador de los hombres. Ejercía una gran influencia sobre sus semejantes gracias al encanto de su personalidad. Era alto, fuerte, vigoroso, con un pelo largo desmadejado y una barba poblada que le conferían un aspecto rudo, nómada, y sin hogar. Su mirada y esos poderosos ojos castaños penetraban en el corazón de sus oyentes tanto como sus palabras. Había un atractivo invisible y un poder de persuasión sutil en su manera de enseñar llena de autoridad, en su lógica lúcida, en la fuerza de sus razonamientos, en su perspicacia sagaz, en su rapidez mental, en su serenidad y en su tolerancia.
Se comportaba de forma dulce, pero era varonil y grave cuando la seriedad del momento lo requería. Sin embargo, su expresión más habitual era la risa. Jesús bromeaba con gran frecuencia y se divertía con las cosas más nimias. Reía abiertamente con una risa contagiosa y alegre. Era difícil verle mucho rato con el gesto preocupado. Antes o después, a lo largo del día, su rostro se llenaba de brillo y entusiasmo. [2]
Fueron estos atractivos del Maestro los que más impactaron en todos los que le conocieron. Sus enseñanzas eran interesantes, hasta podía percibirse en ellas una influencia de otros rabinos de su época, pero los judíos no estaban muy inquietados por estos profetas y sus mensajes que de tanto en tanto aparecían. Solían escucharlos con respeto, pero al poco, cada cual regresaba a sus cosas. Sin embargo, Jesús emanaba algo especial. No sabía la gente qué era, pero quienes le conocían ya no se conformaban con escuchar. Querían estar a su lado, conocerle más de cerca. Todo el mundo se disputaba poder sentarse junto a él en la cena.
━━━ ✦ ━━━
Los tres primeros días de la semana siguiente eran festivos. Se celebraba la fiesta de Nicanor y las suertes, la Purim[3]. Siguiendo la tradición, el Maestro y sus seguidores ayunaron el lunes en preparación de la fiesta. El martes se reunieron en la sinagoga y alguien recitó la Meguilá, el libro de Ester, y por la noche festejaron el día comiendo los dulces de Amán y bebiendo vino.
El resto de la semana las predicaciones continuaron como los días anteriores. Jesús volvía a desaparecer todas las mañanas para regresar sólo a última hora de la tarde. Por la noche, el Maestro se reunía en privado con los doce y continuaba con sus lecciones íntimas.
En el curso de una de estas reuniones, Tomás formuló esta pregunta a Jesús: [4]
—¿Quién es este Dios del reino que tú nos predicas?
El Maestro volvió a ahondar en las consideraciones que ya les había enseñado tantas veces a los doce:
—Dios, Tomás, es tu Padre, y la religión, nuestro evangelio, no es sino el reconocimiento por medio de la fe de la verdad de que tú eres su hijo. Y yo estoy entre vosotros en la carne para clarificar estas dos ideas con mi vida y mis enseñanzas.
—Sí, maestro, eso ya te lo hemos oído muchas veces, pero ¿cómo se relaciona el Padre con el reino? ¿Qué significa que somos hijos de Dios en el reino?
—Mirad, los antiguos vieron a Dios como a un contable que siempre tomaba nota de los pecados y maldades de sus hijos descarriados, con la finalidad posterior de castigarlos por esas faltas cuando emitiera su veredicto contra ellos en el juicio. Le veían como a un juez severo y estricto, lento para la misericordia, que guardaba los pecados de un hombre por varias de sus generaciones, y que incluso se inclinaba a castigar a todo un pueblo sólo por el pecado de unos pocos.
› También se ha observado a Dios como a un rey poderoso y temible, auténtico soberano de la nación de Israel, que se inmiscuía en los asuntos terrenales y aceptaba o rechazaba gobernantes.
› Pero ahora he venido yo para declararos que Dios es en realidad un padre misericordioso y amante, que no está preocupado por vuestros errores y pecados sino más bien por vuestra actitud interior, que no sólo no está dispuesto a perdonaros una y cien veces, sino que sale a vuestro encuentro y os busca para que regreséis a su abrazo. Él no es sólo el padre de la nación, sino vuestro padre personal, el padre de cada uno de vosotros, el padre de cada individuo de la Tierra.
› El Padre no guarda cuentas de los pecados de los hombres ni los extiende a la descendencia ni al resto del pueblo. El pecado de un hombre es algo que sólo atañe a la relación de ese hombre con Dios. Es su propia responsabilidad. Ni siquiera el diablo puede obligar a un hombre a cometer un pecado contra Dios.
› El Padre tampoco os exige un medio de adoración ni reclama de vosotros que le retribuyáis una compensación por vuestros pecados. Del pecador no reclama que haga sacrificios, ni que prodigue sus holocaustos en el templo. La muerte de animales en los santuarios son sólo una exigencia humana. Dios nunca ha reclamado la atención del hombre de este modo. Él no se congratula con el olor de la grasa quemada y los aromas.
› Lo que el Padre desea de vosotros es que recapacitéis, que aceptéis sinceramente su voluntad y cambiéis por fuera y por dentro. Si habéis cometido un pecado y os arrepentís sinceramente de vuestro mal, basta con pedir perdón al Padre en vuestro corazón y a partir de ahí, no volver a pecar más. No es necesario tomar ningún voto, rasurarse, vestir de un modo especial, hacer promesas especiales, infringirse castigos, ayunar, o consagrar cualquier sacrificio.
› Él os estará esperando en su mansión del Paraíso por toda la eternidad si hace falta. No estará sentado en su escaño esperando vuestra llegada para emitir su juicio contra vosotros, ni pasa el día ideando castigos terribles para los que se niegan a aceptar su voluntad.
—Pero, maestro, ¿y qué pasa con un asesino, basta también con que después de matar se arrepienta y continúe su vida como si nada? ¡Qué vida más fácil para los homicidas! Si Dios no castiga el pecado, ¡qué placer para los que deciden cometer una atrocidad! Como saben que volverán al abrazo del Padre si después de un pecado se arrepienten, ¿no estaremos invitando a los malvados a cometer el mal? Si no hay ningún castigo que haga justicia, entonces, ¿qué sentido tiene hacer el bien?
—Tomás, Tomás, pero, ¿no os he dicho ya que hacer la voluntad del Padre no tiene premio? ¿Que no es por obtener honores y gloria por lo que debéis ser buenos? El hombre y la mujer que se conducen por los caminos del Padre reciben aquí en esta vida una dicha y un gozo interior que les colma de bendición. No necesitan esperar otra vida o un futuro mejor. Ya mismo, desde el momento en que deciden aceptar el llamado del Padre, experimentan en su vida las glorias benditas del Paraíso.
› Así pues, ¿cómo dices tú, Tomás, que nuestras enseñanzas invitan a los malvados a cometer el mal? ¿Acaso crees que los inicuos se mitigan en su odio y en sus perversas intenciones por que tengan sobre su cabeza el temor de una represalia? ¡Cuántos perversos provocan desgracias en el mundo, y sin embargo, qué dura es la ley de muchos pueblos, que condena a muerte a una mujer incluso por el mero hecho de ser infiel a su marido! ¿Es que no entendéis? No es por el temor y el miedo que los hombres y las mujeres entran en el reino, si no por el convencimiento de que el amor del Padre es real y por la decisión de querer ser como él.
› Sin embargo, puesto que te preocupa el asunto de la justicia divina, déjame que te cuente una historia:
› Cierto terrateniente que era propietario de una amplia extensión de tierra recibía con frecuencia los ataques de unos bandidos, que muchas veces le destrozaban sus campos y le mataban sus ganados. Envió mensajeros para que estos bandoleros recapacitaran y dejaran de cometer semejantes atropellos, pero en lugar de eso, los malvados capturaron y mataron de forma ultrajante a estos enviados. El terrateniente entonces compró un ejército y le puso como defensa en la frontera de sus tierras. Pero estos hombres salvajes volvieron a atacar y aniquilaron por completo su ejército e incluso entraron en la casa de este propietario y mataron a parte de su familia y de sus queridos hijos. El propio terrateniente, para salvar lo que quedaba de su familia, se presentó ante estos forajidos y les suplicó que acabaran con su vida a cambio de que dejaran tranquila a su familia. Pero estos hombres perversos le golpearon y le ultrajaron, le dejaron vivo y le juraron que no pararían hasta matar a toda su familia y después, por último, a él, para que tuviera ocasión de ver cómo toda su obra era destruida por completo. Y finalmente cumplieron sus amenazas y mataron a toda la familia de este propietario y también a él.
› ¿Te han parecido malvados estos hombres, Tomás?
El apóstol, y todos los que lo oyeron, movieron afirmativamente la cabeza. El ejemplo había sido certero. Nadie podía haber descrito una maldad más horrenda.
Jesús le dijo a su escéptico amigo:
—Pues yo te digo que si esos hombres malvados hubieran sido apresados, juzgados y condenados en un tiempo menor a lo que tarda esta piedra —y el Rabí mostró una piedrecita que tenía entre las manos y con la cual estaba jugueteando— en caer al suelo, esa justicia habría sido más lenta y menos certera que la que existe en el Cielo.
› Tenéis la presunción de juzgar a la justicia divina porque todavía no sois capaces de comprender el alcance de la vida espiritual. Aún sois lentos en percibir que el viaje del hombre y la mujer hasta el Paraíso, la morada eterna del Padre, es un viaje largo, muy largo, que exigirá edades enteras de progreso sin fin. Si fuerais capaces de contemplar la vastedad del plan del Padre, rápidamente os daríais cuenta de que la vida en la Tierra es sólo un minúsculo paso en la lenta y larga carrera del hombre por alcanzar a Dios. En el Cielo, el juicio a un hombre o una mujer perversos puede durar cientos de miles de años porque la vida, en los Cielos, se batalla en términos de vida eterna. Os espera una vida con tantos años que no hay palabras en nuestro idioma para expresar la cifra.
› Pero existe la justicia divina, Tomás. Al final, los seres perversos a los que se han ofrecido todas las oportunidades posibles para arrepentirse, si desprecian la misericordia celestial y persisten en su empeño malvado, son juzgados y condenados. Y ya no hay apelación posible, ya no se abre un nuevo período de gracia para que el malvado se arrepienta. Ese es el fin de todo el mal y la perversidad que ése ser haya podido cometer. A partir de ese momento, será como si esa persona nunca hubiera existido, y su influencia en el universo irá perdiéndose hasta desaparecer.
› Ahora bien, no penséis que el hecho de que os hable de una justicia en los Cielos os haga pensar que el castigo forma parte habitual de la conducta de los dioses. Los gobernantes celestiales están muy poco inclinados a dictaminar castigos. La actitud que impera en los Cielos es una perseverante misericordia que se mantiene en paciente espera y que solo anhela poder ofrecer el perdón. En los Cielos hay verdaderamente una fiesta mayor cuando un malvado recapacita y regresa al abrazo del Padre, que cuando cien creyentes se mantienen fieles a su fe.
Adar, en el calendario hebreo de tiempos de Jesús, era el duodécimo y último mes del año, que se corresponde aproximadamente con nuestros febrero a marzo. El 13 de adar se celebraba la fiesta de Ester y el 14 la Purim o Suertes. ↩︎
Esta descripción facial de Jesús está influida por el cuadro que pintó el artista armenio Ariel Agemian en 1935, que a su vez está basado en la imagen de la síndone de Turín, como miles de otros retratos de Jesús. Sobre la forma de ser del Maestro, El Libro de Urantia contiene muchas descripciones (véase LU 141:3). La forma casi unánime en que se ha mostrado a Jesús en las representaciones artísticas es la de la seriedad y el sufrimiento. Todos los pintores clásicos han preferido visualizar a Jesús en la cruz o padeciendo humillaciones. No ha existido nunca un solo cuadro donde Jesús parezca alegre y riendo divertido. Los protagonistas de la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, discuten sobre si Jesús se abandonó a la risa alguna vez. En la película Jesús de Nazaret, de Franco Zefirelli, Jesús no se ríe ni una sola vez en toda la cinta, y en la película La Pasión, de Mel Gibson, solo aparece sonriendo durante un breve minuto. El hecho de la divinidad de Jesús ha condicionado siempre a los artistas para imaginar al Rabí como una persona grave, seria y estática, posando para la eternidad, y de este modo hemos perdido de vista al hombre dinámico, enérgico y entusiasta que fue. ↩︎
Purim era la fiesta judía llamada también de «las suertes». Se celebraba el 14 de adar y conmemoraba cómo se salvaron los judíos de ser aniquilados por el rey persa Asuero. El Meguilá o libro de Ester se recitaba durante esta fiesta. Consultar el artículo Las fiestas judías. ↩︎
El discurso a la pregunta de Tomás está sacado de El Libro de Urantia (LU 141:4). La parábola o historia que cuenta Jesús está inspirada en una frase de El Libro de Urantia en la que se explica la equivalencia real entre la justicia divina y la humana para aquellos que critican la misericordia de Dios y su política de demora en el juicio: «El tiempo, incluso en un universo temporal, es relativo: si un mortal de Urantia con una vida de duración media cometiera un crimen que provocara un pandemonio mundial, y si fuera detenido, juzgado y ejecutado a los dos o tres días de haber perpetrado el crimen, ¿os parecería un tiempo muy largo? Y sin embargo, esta comparación es la más cercana teniendo en cuenta la duración de la vida de Lucifer, aunque su juicio, ya iniciado, no finalice hasta dentro de cien mil años de Urantia.» (El Libro de Urantia, LU 54:5.13) ↩︎