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Jueves, 13 de febrero de 27 (17 de adar de 3787)
Los días siguientes de esta segunda semana en Amatus resultaron sumamente difíciles para los apóstoles. Jacob, Recab, y el resto de discípulos de Juan habían iniciado de nuevo la polémica acerca del mesianismo de Jesús. Mientras Pedro, Santiago y Juan se dedicaban a predicar a las multitudes, el resto de los doce se enzarzaron en interminables discusiones con los once seguidores del Bautista. Recab argumentaba:[1]
—Llevamos muchos días entre vosotros con el nuevo maestro, y reconozco que Juan tenía razón en tenerle en tanta estima, pues en nada desmerece su predicación de la de nuestro maestro. Pero no puedo entender cómo persistís, al igual que lo hace Juan, en considerar a este hombre el Mesías esperado. Él mismo no parece interesado en considerarse como tal. Y además, si es todo lo que decís, ¿por qué no hace nada por sacar a Juan de la cárcel y liberarlo del tetrarca? Me habláis de que hizo un prodigio en Caná, y no quiero poner en duda vuestra palabra, pero, si como decís, es capaz de hacer cualquier prodigio que se proponga, ¿por qué no liberar a Juan? ¿Es que tiene este prodigio más dificultad que hacer creer a un grupo de comensales que unas tinajas primero no tenían vino y después sí?
Felipe, testigo directo de los sucesos de Caná, repetía la historia una y otra vez haciendo ver que aquello no fue un engaño, que todos los asistentes a la boda fueron testigos de un poder sin igual. No había sido un truco, ni un portento de hechicero. Había sido un milagro, una obra de Dios.
Pero Recab y el resto no se daban por vencidos:
—Yo no creeré en vuestro maestro hasta que le vea liberar a Juan o hasta que me convenza de que hay un motivo para mantenerle retenido en la cárcel. ¿O es que vuestro maestro pretende sacar beneficio del precario estado de Juan?
Aquella acusación fue demasiado. Jesús no se estaba aprovechando de la desgracia del Bautista, y los apóstoles se revolvieron molestos, gritando e increpando a Recab, y exigiéndole que se retractara de semejante acusación.
Pero los discípulos de Juan hacía tiempo que tenían la sensación de que Jesús estaba esperando que Juan muriese en la cárcel, que no se proponía hacer nada por ayudarle. Y sin embargo, se estaba beneficiando de todo el trabajo de predicación de Juan.
La discusión se torció. Para unos, Jesús no podía ser el Mesías. Era de Galilea, tenía un oficio muy común, no provenía de un regio abolengo, y su apariencia era la de un hombre manso y pacífico. El Mesías, para los discípulos de Juan, debía ser un hombre descendiente de David, de Judea, y con un amplio conocimiento en la guerra. Muchos de estos hombres no dudaban en portar bajo sus cintos un cuchillo o una espada corta para defenderse de los imprevistos en los caminos, pero habían observado que el Rabí jamás llevaba armas consigo. Y de no ser por los gemelos Alfeo, que se encargaban siempre de parar los pies a los malintencionados que pretendían encararse con el Maestro, Jesús no parecía dar muestras de querer defenderse si peligraba su integridad física.[2]
Simón Zelotes, Felipe y Mateo no estaban de acuerdo con esta visión del Mesías tan exclusiva del territorio de Judea. «¿Por qué no puede venir el Mesías esperado de Cafarnaúm?», preguntaba Simón. «¿Y por qué habría de ser del linaje de David? Quizá las profecías no estaban correctas y el linaje debía remontarse a Abraham. Quizá David y el Mesías debían ser tan sólo del linaje de Abraham, pero no estar necesariamente emparentados».
Simón se encendía con estas discusiones. Era testarudo, y llevaba muy mal perder la razón. Cuando con una explicación no convencía a su oponente, volvía a la carga con otra. Y si se exasperaba, llegaba a no dejar hablar a los demás.
—Sí, me diréis que Jesús parece un hombre de paz, pero ¿por qué hemos siempre de pensar que para expulsar a los romanos será necesario un acto de guerra? ¿Y si el poder de nuestro maestro es capaz de desarmar a todos los ejércitos sólo con una palabra?
—¡Vaya una tontería! —exclamó en respuesta uno de los Santiago discípulo de Juan—. Si quitaras las armas a los romanos, entonces lucharían con sus manos o con piedras. O los matas a todos, o se revolverán contra ti hasta matarte. Es o ellos o nosotros, es una lucha del bien contra el mal.
Pero a Simón le incomodó esta corrección. Él había pertenecido muchos años a la organización de los zelotes. ¿Quién si no él para saber cómo debía batallarse contra el invasor? Volvió a la carga con su defensa a ultranza de Jesús como futuro caudillo de las tropas judías. Su poder, del que todavía no había desplegado ninguna muestra notoria, sería el secreto del éxito contra Roma. Y a Simón Zelotes no le cupía duda alguna: el Maestro se convertiría en el rey del mundo entero.
Muchos de los discípulos de Juan no estaban dispuestos a aceptar sin más las enseñanzas de Jesús sin incluir en éstas algunos elementos que consideraban necesarios, como el ayuno, el bautismo, las oraciones y otras fórmulas estereotipadas de arrepentimiento. Para estos hombres, influidos por la doctrina del Bautista, lo esencial era la penitencia, hacer actos de contrición. El pecado del pueblo debía ser limpiado para que a la llegada del Mesías no pereciera toda la nación. Jesús había enseñado que los pecados de un hombre no se transmitían a las siguientes generaciones y no afectaban al resto de compatriotas. Pero era creencia generalizada entre los judíos la idea de que los pecados de un solo hombre podían afectar a toda la comunidad. La idea de dar muestras de rectificación tenía, pues, un doble propósito: no sólo era para limpiar los pecados individuales de cada hombre y mujer, sino para limpiar los de todo el pueblo.
Sin embargo, Jesús había enseñado bien a los doce. El tema del perdón no era el centro del evangelio, era más bien su consecuencia, pero en este caso los apóstoles habían captado con bastante fidelidad el mensaje. Jesús anunciaba un nuevo corazón en el interior de los hombres que no exigía otra cosa que una fe confiada y positiva. Y esto era suficiente para recibir el amor del Padre y el perdón de los pecados. No había necesidad de una expiación racial o nacional. Jesús les había dicho bien claro: «el pecado es sólo una cuestión personal, de la relación entre el Padre y su hijo, no una cuestión de las naciones o las razas».
Las diferencias, por tanto, entre algunas de las afirmaciones de Juan y de Jesús eran notables. Ninguno de los dos grupos de discípulos estaba dispuesto a perder en la batalla ideológica. Cada uno pensaba firmemente que estaba en posesión de la verdad, no importaba que Juan hubiera declarado de forma rotunda que todos, incluido él, deberían convertirse en seguidores del Maestro. Los discípulos de Juan estimaban mucho al Bautista, pero estimaban mucho más la ley judía, sus costumbres, y las ideas por tanto tiempo arraigadas acerca del perdón de los pecados y de un fin inminente. Aquellas doctrinas no podrían ser borradas de su pensamiento por muchos maestros que afirmaran lo contrario.
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En Maqueronte, Juan continuaba su reclusión en medio de la mayor ignorancia de todos los hechos que se estaban produciendo. Antipas todavía tenía establecida su residencia allí, aunque pasaba alguna semana en Livias, no muy lejos de donde estaba el campamento de Jesús, y recibía informes periódicos de sus dos espías. Había empezado a conocer más a fondo el tema de las predicaciones de Jesús, y había comprobado que sus espías le informaban bien. Algunos miembros de la corte, incluso amigos íntimos del tetrarca, como un hermano de leche suyo llamado Manaén[3], se habían atrevido a pasar por el campamento de Amatus para escuchar al nuevo rabí, aunque se tuvieron que contentar con escuchar las enseñanzas de boca de los apóstoles.
Jesús empezó a ser tema de conversación en el palacete de Antipas. Estaba causando cierta simpatía en la corte, y Herodes deseaba conocer qué había detrás de tanta fama. Durante esas semanas en que la notoriedad del Maestro empezó a crecer, Antipas se interesó vivamente por el mensaje del nuevo profeta, comprobando que se trataba sólo de un movimiento pacífico que buscaba aleccionar al pueblo a hacer obras buenas. Así pues, empezaron a no encajarle algunas de las cosas que había oído a Juan. ¿Acaso no era éste un revolucionario que iba a deponerle de su trono? ¿No era éste de quien Juan había estado hablando? Antipas empezaba a creer que se estaba urdiendo una conspiración para acabar con su vida, e hizo llamar a Juan de nuevo.
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La reunión esta vez tuvo carácter privado. Herodías no sabía en ese momento de esta entrevista. En uno de los salones privados de Maqueronte, con sólo varios guardias, Antipas formuló varias preguntas a Juan: «¿Quién es el Mesías? ¿Quién es ese nuevo profeta que predica en el Jordán pero no bautiza? ¿Cuándo llegará el nuevo reino?».[4]
A pesar de que Juan sabía que estaba ante uno de los hombres más taimados del imperio, y que debía andarse con cuidado, percibió en las preguntas del tetrarca cierto halo de interés auténtico por su mensaje, y como un nimio soplo de esperanza se agarró a ese clavo ardiendo en su respuesta. En lugar de sus fieros ataques de la vez pasada, el Bautista adoptó un tono más conciliador:
—Señor, el Mesías es quien vendrá para limpiar la faz de la Tierra de pecado. Y yo no sé nada de un nuevo profeta que predica en el Jordán. He estado todo este tiempo a solas en mi celda sin oír nada de lo que ocurre en el mundo exterior. Pero una cosa tengo por segura: a su debido tiempo, el Santo enviará sus tropas dirigidas por el Mesías para restablecer a Israel como cabeza de las naciones, para restituir su gloria y hacer de su casa la bandera de todos los pueblos y todas las naciones.
—Pero, ese reino —preguntó Antipas—, ¿se forjará por el poder de la espada? ¿Por qué entonces ni tú ni tus discípulos portáis armas? ¿Por qué no predicas abiertamente la resistencia y la lucha armada, como hacen los zelotes?
—El reino de Dios no necesita de las armas de los hombres. El poder del Santo es muy superior al de todos los ejércitos de la Tierra. Él puede destruir legiones enteras sólo con un soplo, puede encadenar a reyes y gobernantes sólo con un bramido de su voz. El nuevo reino ya no será como éste, en el que los pobres y los humildes han de sufrir el temor de la espada. En el nuevo reino las armas no valdrán nada. Ninguna tropa podrá defenderse del poder del Mesías.
Antipas parecía confuso, pero había empezado a interesarse más.
—Pero, ¿quién es? Es decir, ¿es un hombre? ¿Y cómo tendrá ese poder?
—Vendrá con apariencia de hombre, como lo anunció el profeta Daniel, y vivirá entre nosotros pero muchos no le reconocerán. Sin embargo, a su debido tiempo, se manifestará en su gloria, y vendrá subido en su trono de majestad, y será ésta una visión terrorífica para los poderosos de la Tierra, pues entonces caerán en la cuenta de su vanidad y de la inutilidad de su poder.
Antipas era un hombre instruido. Había vivido en Roma de joven, había viajado mucho y estudiado con algunos de los mejores maestros de aquel tiempo. Empezó a tomarse aquellas ideas mesiánicas de Juan como algo a corregir. Así que, adoptando un tono más familiar, le dijo al profeta:
—Pero Juan, no puedes estar creyendo en serio esas historias. Hace ya muchos años que vengo oyendo estas leyendas de un rey prodigioso que se aparecerá en el mundo para castigar a los perversos y poner en manos de los bondadosos el gobierno. Y escucha, no es algo reservado a los judíos. Muchos en Siria y en las tierras de Galacia piensan en ideas similares. ¡Cuántas veces hemos oído estas cosas! Y sin embargo los años pasan sin que nada sobrenatural ocurra de veras. ¿Por qué ahora es diferente?
Juan le expuso las muchas razones por las que había llegado al convencimiento de que el tiempo del fin estaba próximo, sobre todo ideas sacadas de su análisis personal acerca del imperio romano y otros pueblos, que según el profeta, estaban llegando al colmo de la depravación. Pero nada de todo aquello le pareció aceptable al tetrarca. Roma podía ser una pérfida alimaña, pero según Herodes, los judíos nunca habían vivido tan bien y con tanta paz como bajo la autoridad y tutela de Roma.
Continuó conversando con el gran profeta por espacio de una hora, tratando de sonsacarle algo acerca de su pariente del Jordán. Pero Antipas empezaba a darse cuenta de que este fornido hombre en realidad sólo era un pobrecillo visionario, iluso y fanático de una idea absurda que nunca se cumpliría. Estaba lleno de buenas intenciones, y su palabra era lúcida y bondadosa, pero vivía en un permanente engaño, según el tetrarca.
Cuando Antipas le despidió, solicitando que le volvieran a llevar a la cárcel, se sintió en la obligación de aliviar un poco el sufrimiento del reo, y dio órdenes a sus oficiales de que autorizaran a los amigos del preso a que le visitaran.
—Sacadle del foso al menos un día a la semana, que pueda ver la luz de vez en cuando; y permitid que converse libremente con quien quiera visitarle. Que no se maltrate a ninguno de sus seguidores.
Antipas no quería liberar a este buen hombre, al que había empezado a apreciar, pero tampoco era un gobernante que disfrutase con la tortura. Esperaba comportarse como un auténtico judío, aunque sólo fuera de cara a la galería, y sabía que muchos de sus parientes de la corte apreciarían esta decisión. Juan esa noche oró a Dios dando gracias por lo que creía que era el principio de la conversión del tetrarca en creyente del reino. Lamentablemente, esto no sería así.
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Las noticias de los progresos de Jesús y sus apóstoles pronto llegaron a Cafarnaúm y Nazaret, de modo que la familia de Jesús se volvió el centro de atención de estas ciudades. En la casa de María no sabían muy bien cómo tomar estas evoluciones de su hijo y hermano. La esperanza de María pareció resucitar un poco cuando oyó que enormes multitudes empezaban a congregarse cerca de donde acampaba Jesús. Había tenido la ilusión de ver unidos a Juan, el hijo de su prima, y a su hijo, en un esfuerzo común por atraer a las masas. Pero las continuas negativas de Jesús a unirse a Juan y el posterior apresamiento del Bautista la habían sumido en una profunda depresión.[5]
Ahora todo empezaba a tomar un color distinto. Parecía que su hijo algo extraño por fin había vuelto en sí y había tomado las riendas de su destino. No se oía que estuvieran ocurriendo grandes prodigios ni milagros, pero algo era algo.
Sin embargo, Santiago y Judá no parecieron muy impresionados ni entusiasmados con esta creciente fama de su hermano. Todavía alimentaban cierto rencor por haber sido excluidos del grupo de apóstoles en favor de gente extraña. Sólo Ruth parecía inmune a todas las críticas y comentarios, y se mantuvo fiel a la idea de que su hermano estaba haciendo lo correcto, y que pronto se convertiría en un destacado rabino, más famoso que Hillel y los grandes maestros de la época.
En Nazaret, aquel éxito de su pariente no les reportó muchos beneficios. Los antiguos enemigos de Jesús encontraron la excusa perfecta para reavivar las viejas rencillas, y utilizaron el supuesto mesianismo de Jesús como blanco de sus burlas y desprecios. Algunos tíos de Jesús de la familia de su madre, en especial Simón el zelote, que nunca había sentido una gran estima por su sobrino, tampoco ayudaron mucho a calmar y acallar los cuchicheos de la pecaminosa Nazaret.
El resultado es que Jesús no recibió la visita durante aquellos primeros meses de su predicación de ninguno de sus parientes y familiares. Nadie de todos ellos se dignó a viajar hasta el Jordán para unirse a los miles de curiosos e interesados en el nuevo evangelio. Jesús iba a tener una dura tarea por delante con los de su propia sangre.
La discusión de los discípulos de Juan con los doce acerca de por qué Jesús, si realmente era el Mesías, no hacía nada por sacar a Juan de la cárcel, está sacada de El Libro de Urantia (LU 141:1.4). ↩︎
Aunque a muchos puede sorprender que los discípulos de Jesús y Juan hablen de tomar las armas y batallar contra los romanos, esto se debe a que en el cristianismo se ha formado una idea errónea sobre los apóstoles como de hombres pacíficos y conciliadores. Durante el tiempo que vivieron con Jesús estos buenos judíos se comportaron, como es lógico, como patrióticos hombres de su tiempo. La palabra Mesías, para ellos, sólo significaba una cosa: un jefe militar con superpoderes. Es conveniente no perder esta idea de vista porque hoy la palabra Mesías ya no significa lo mismo. Precisamente fue Jesús quien trajo un nuevo concepto sobre el Mesías que es el que luego, con modificaciones, adoptó el cristianismo. ↩︎
Manaén, el «hermano de leche» de Antipas, es un personaje real sacado de los escritos del evangelista Lucas (Hch 13:1). Fue un destacado miembro de la comunidad cristiana. ↩︎
Estas entrevistas de Antipas con Juan están basadas en El Libro de Urantia (LU 135:12.2-3). ↩︎
La actitud de la familia de Jesús hacia él, en especial de María, está basada en lo que se cuenta en El Libro de Urantia (LU 138:0.1). La postura de distanciamiento con Jesús que adoptó su familia apenas se aprecia de la lectura de los evangelios, aunque hay pasajes que así parecen sugerirlo (Jn 7:1-9). ¡Qué visión tan diferente la que ofrece El Libro de Urantia de la venerada María, la madre de Jesús! ¡Qué gran error ha cometido la cristiandad al convertir en semidiosa a una mujer sencilla y normal de su tiempo y su generación, a una mujer con sus virtudes y sus defectos! ↩︎