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Domingo, 16 de febrero de 27 (20 de adar de 3787)
Una nueva semana amaneció sobre el campamento de Amatus y la paralizada actividad volvió a su frenesí habitual. La pequeña aglomeración de tiendas donde se alojaban Jesús y los doce se había ido transformando con el paso de los días en una abigarrada ciudad donde habitaban más de mil personas.
Aquella mañana, sin embargo, el Maestro sorprendió a propios y extraños anunciando que deseaba retirarse con sus apóstoles para conferenciar con ellos en privado. Los doce emplazaron a la multitud a volver a verse por la tarde y marcharon con el Rabí fuera del campamento.
Allí, el Maestro les condujo por un camino poco frecuentado hasta un pequeño bosquecillo cercano al Jordán. Pronto, los inquisitivos apóstoles supieron a qué se debía aquel recogimiento. En medio de este bosque, oculto entre los densos árboles y el follaje, había una pequeña aldehuela de casuchas desvencijadas. Algunos indicios que se encontraban colgados de las ramas de los árboles alertaron a los doce de que no debían internarse en aquel lugar: se avisaba de que ese sitio causaba impureza. Y todos sabían lo que eso significaba. Pero el Rabí no parecía tener el menor reparo.
Como bien habían supuesto los discípulos, aquello era un poblado de marginados de la comunidad. Estaba habitado por metzoras[1], afectados por la lepra, la temida tzara’at[2]. La realidad de estos pobres desgraciados es que muchos de ellos sólo padecían enfermedades cutáneas de poca gravedad, pero en aquella época, cualquier sarpullido o roncha en la dermis era considerado como lepra, y lo peor es que conllevaba la obligatoria expulsión de la comunidad. El leproso estaba condenado a vivir fuera de las ciudades, avisando con voces de su enfermedad siempre que acudía a un lugar público. A pesar de que la auténtica lepra no era contagiosa, el miedo a contraer este mal convertía a estos desdichados en los seres más rechazados del planeta. Solían agruparse en pequeñas comunidades, lejos de toda población, donde sin medicinas y rodeados de otros enfermos que muchas veces sí tenían enfermedades contagiosas, lo más que podían esperar es la llegada de la muerte.[3]
El Maestro llevaba días observando que el campamento se estaba poblando de enfermos y otras gentes afectadas que venían a verle con la esperanza de poder curar sus dolencias. Era creencia generalizada del mundo en aquella época que hasta la sombra de un hombre santo podía sanar enfermedades.
Muchos de aquellos dolientes tan sólo sufrían enfermedades que hoy consideraríamos comunes, y que con un correcto tratamiento y atención podrían sanar sin problemas. Pero aquellas pobres gentes estaban imbuidas de un sentimiento religioso de culpa que muchas veces les incapacitaba para buscar alivio para sus sufrimientos. El enfermo, las más de las veces, ocultaba su dolencia para evitar tener que reconocer su condición de pecador. Pecado y enfermedad se consideraban términos casi sinónimos.
Jesús había repetido en innumerables ocasiones a los doce que el Padre no castigaba con la enfermedad los pecados del hombre, que la enfermedad sólo era una consecuencia natural e inevitable de un mundo que todavía no tenía una medicina avanzada. Y que en el futuro, muchos de los males que se consideraban obra del demonio por instigación de Dios, en realidad terminarían por comprenderse como simples afecciones curables.
Pero estas enseñanzas eran demasiado para esa época. Los discípulos tendían a caer una y otra vez en la consideración tradicional. Por eso, esta mañana, al ver a su maestro entrar con aquella decisión en el poblado de leprosos, se quedaron tiesos como estatuas e increparon al Rabí:
—¡Maestro! ¡No sigas! ¡Es un poblado de metzoras! ¡Cuidado!
Jesús se dio la vuelta y contempló a sus doce amigos, presos del miedo, paralizados, y se dio cuenta que sus discípulos no podían seguir viviendo en la ignorancia sobre la realidad de tales dolencias. Así que saliendo de la primera callejuela, donde una creciente peste y olor nauseabundos inundaban el ambiente, se reunió con los doce y les llevó aparte, a una zona próxima a la aldea. Allí les dirigió la palabra:
—Hijos míos, durante este tiempo habéis realizado una buena labor de predicación e instrucción de los creyentes. Pero ahora desearía que continuarías vuestra enseñanza ejemplizando en vuestras vidas la realidad de estas bellas palabras de aliento y esperanza que lleváis a las gentes sumidas en la ansiedad. No es suficiente con que prediquéis estas palabras de vida, sino también que las viváis. Desearía que abandonárais el temor a los que están enfermos y sufren de indisposiciones. No sólo debéis preocuparos de sanar el espíritu, sino también de consolar a los afligidos y cuidar de los enfermos. ¿Qué muestra de comprensión ofrecéis de mi evangelio si excluís de vuestra predicación a los más desfavorecidos y a los desposeídos de la Tierra?
A pesar de estas palabras, Andrés y los otros once estaban atemorizados por la cercanía de aquel lugar tan horrible:
—Maestro, pero no querrás que entremos ahí. Corremos el riesgo de contagiarnos de la enfermedad. ¿Qué podemos hacer nosotros por estos pobres desgraciados? No somos médicos.
—Queridos hijos. Aprenderéis a ser médicos. ¿Es que no habéis sido capaces de aprender de mí todo cuanto os he enseñado? Habéis mostrado profundo interés cuando os he hablado de los profetas, y de las escrituras, y de la realidad de algunos de los misterios que los escribas sólo reservan para sus alumnos más avezados. ¡Podéis aprender! Escuchad pues esta enseñanza.
› Los griegos ya lo han llegado a comprender, hasta cierto punto, pero es cierto que la realidad del hombre no se reduce sólo al cuerpo. Los judíos más liberales así lo están empezando a reconocer, admitiendo que también existe otro elemento en la constitución del hombre, y la llaman a veces alma y a veces espíritu. Pero dejadme que os aclare algo más sobre estos asuntos.
› El hombre y la mujer, ya sean ancianos o infantes, están formados por varios envoltorios corporales. El primero, el cuerpo físico, es el que podéis captar con vuestra vista y vuestros sentidos. Pero no es el único. La mayor parte de las enfermedades que contempláis no se deben a pecados de los que las padecen, sino que son simplemente disturbios en el buen funcionamiento del cuerpo. A veces estas afecciones se deben a la vida disipada y sin cuidado de los aquejados, pero otras son sólo fruto de las circunstancias. Os pido que dejéis de ver a los enfermos como víctimas de la cólera divina. Ya os he enseñado muchas veces que los pecadores no están sufriendo nunca la ira de Dios. El Padre ama por igual a todos sus hijos sin distinción. ¿Acaso vosotros, a vuestro hijo que os falta al respeto, le castigáis con una hinchazón, o con dolor de espalda, o con calentura? Si vosotros seríais incapaces de hacer semejante cosa, entonces, ¿por qué iba a hacerlo vuestro Padre del Cielo, cuya gloria y majestad, cuyo amor y bondad, superan todo lo que el hombre pueda concebir?
› En segundo lugar, rodeando el cuerpo físico existe la mente. Esta forma se apoya en un mecanismo físico para existir, de modo que cuando morís, también la mente desaparece. Pero no podéis ver la mente. Podéis sentir sus efectos, podéis experimentar sus reacciones, pero es invisible para la vista. La mente es el mecanismo por el que vuestros cuerpos se alejan del estado animal y aspiran a alcanzar al espíritu, a Dios. Sin la mente, seríais como los más pequeños de los animales, que sólo obran por su tendencia innata. Lo que quizá nadie os haya explicado es que la mente también puede enfermar, también puede sufrir dolencias y verse afectada de manifestaciones dolorosas. Cuando os encontréis con un hombre, y veáis en él infelicidad y percibáis en él un estado fuera de lo normal, considerad si acaso tal hombre o mujer no está aquejado de una enfermedad de la mente. Estas enfermedades son más difíciles de curar, pues las hierbas y otros remedios sólo pueden aliviar ciertos síntomas, o favorecer ciertos cambios, pero el restablecimiento completo, la curación definitiva, sólo dependen de la voluntad del paciente. En estos casos debéis tratar a estos sufrientes con vuestro amor, con vuestra comprensión y vuestra compañía. No forcéis su ánimo, no os enfrentéis a ellos. Tratad de entender sus problemas, no tratéis a estos pacientes como hacen muchos médicos, que sólo ven en ellos otro cliente más. Involucraos en su existencia y haced vuestras sus dificultades. Sólo así ayudaréis a ese alma aturdida a encarar con decisión sus males.
› En tercer lugar, existe otro envoltorio que va creciendo durante la vida del hombre, que es algo que tiene un nombre distinto en el cielo, y que aquí en la Tierra puede ser asociado a lo que se llama alma, aunque no es exactamente lo mismo. Veréis, tienen en los Cielos materiales y sustancias diferentes a las que hay en la Tierra. Y existen realidades que ahora no podéis concebir. Pero yo os mostraré todo esto, os lo prometo. Vosotros seréis testigos de lo que ahora os digo. El alma muchas veces se ha considerado, erróneamente, como una réplica o fantasma del cuerpo, como una copia que se guarda en las profundidades de la tierra, en el seol, por unos ángeles, y que será reunida de nuevo con los nuevos cuerpos que resurgidos del polvo, revivirán a los bendecidos con la vida eterna en el final de los tiempos. Pero estas teorías están todas equivocadas. Se originaron en revelaciones que no han sido bien comprendidas.
› El alma no es una copia del cuerpo, ni se reunirá con éste en un futuro, en la culminación. El alma es el nuevo cuerpo que se os otorga para vivir en la vida que continuaréis después de la muerte. El cuerpo físico, que tan bien os sirvió en esta vida, ya no resucita en la nueva vida. Permanece aquí, en la tierra, y desaparece para siempre. Ni los huesos, ni la sangre, ni nada de la carne permanece. Todo termina por desaparecer.
Algunos de los doce no parecían muy de acuerdo con aquello. La creencia establecida era que la vida del hombre después de la muerte se aseguraba si al menos la sangre y los huesos eran preservados. Por eso los judíos guardaban en los cementerios, en urnas llamadas osarios, los huesos de los difuntos. Era la esperanza común que estos huesos, al reunirse con el alma durmiente, resucitarían al muerto de su tumba cuando llegase el juicio final. Y la prueba de estas creencias era que los huesos, así preservados, podían durar años y años sin pudrirse.[4]
—Pero, maestro, los huesos perduran eternamente en sus fosas. Eso lo sabemos todos.
—No, Tomás. Los huesos perduran, al igual que se podría hacer con el resto del cuerpo, como hacen los egipcios, porque se los preserva. Pero nada de todo eso significa que la vida continuará aquí en la Tierra. Os espera en el Cielo una vida y un mundo que ahora no alcanzáis siquiera a soñar. Es el alma la que resucitará en el Cielo, y la que os hará continuar vuestra vida allí así como la dejasteis aquí. El alma, como el cuerpo y la mente, también puede verse aquejada por otras dolencias, muy extrañas, provocadas por algunos seres rebeldes que a veces se aprovechan de los hombres y mujeres con alma de escasa determinación. Estos seres los conocéis como espíritus impuros. Pero tratad de comprender. La mayor parte de las veces, cuando vosotros creéis que la dolencia está provocada por un espíritu impuro, en realidad sólo es una enfermedad de la mente. No se trata de una posesión demoníaca.
› Existen casos, pero son muy raros, en que un alma errática e inestable puede permitir, si lo desea, que un ser rebelde le induzca a situaciones de dominación. Distinguiréis a estos hombres y mujeres por sus síntomas. Estos seres poseídos muchas veces no reconocen estarlo. Haríais bien en pensar, casi siempre que os encontréis con un enfermo que diga estar poseído, que en realidad no hay ningún mal espíritu afligiendo a ese paciente. Si dice estar poseído, lo más seguro es que no lo esté. Sólo los que están poseídos ignoran estarlo y no lo publican.
› Pero no os preocupéis por estos espíritus desviados. No volverán a molestar a los hombres cuando yo haya ascendido hasta mi Padre del Cielo, y después de que haya derramado mi espíritu sobre la humanidad, en el momento en que el reino venga con gran poder y gloria espiritual. Hasta ese momento, si en alguna ocasión os veis enfrentados a un ser así, entonces avisadme a mí, que yo me ocuparé de ellos.
Jesús continuó estas enseñanzas novedosas por espacio de varias horas. Les habló largamente sobre las diferencias entre la demencia y las enfermedades mentales de la posesión demoníaca. Y les insistió repetidamente que estos extraños sucesos de posesión eran raros e infrecuentes. Les aconsejó a que «preferiblemente se equivocaran considerando una auténtica posesión como enfermedad de la mente a considerar todas las dolencias de la mente como posesiones». Además, repitió con frecuencia que estos sucesos, en breve, dejarían de suceder en la Tierra. Pero los doce no comprendieron mucho de todo esto.
Jesús respondió a las numerosas preguntas de ellos y les aleccionó también sobre pócimas y tratamientos médicos básicos. Jesús había podido leer algunos de los mejores libros de medicina mientras tuvo autorización para entrar en la biblioteca de Alejandría, cuando viajó junto a sus amigos hindúes por el Mediterráneo. Su mente superior, que procuraba evitar, conocía todo lo que el hombre nunca llegará a saber sobre curación de enfermedades. Así pues, se decidió a impartir ciertos conocimientos curativos, siempre dentro de los límites de la ciencia del momento, a sus discípulos. Jesús había aprendido en Egipto la utilidad de muchas hierbas y remedios como el ricino, el cilantro, la algarroba, el ajo, la cebolla, la resina de acacia, la cebada asada, la miel o la cerveza. Conocía la eficacia verdadera de estos fármacos. Así pues, este día los discípulos se quedaron pasmados pues aprendieron mucho más de lo que nunca imaginaron sobre tratamiento de enfermedades.
Después de su discurso, el miedo a aquel oscuro poblacho había desaparecido. Jesús invitó a los doce a que se internaran con él en sus calles. Dieron un corto paseo, observando, para desconcierto de los deformes habitantes de aquella aldea, los cuerpos pustulados y amorfos de aquellos pobres desvalidos. Mujeres, hombres y niños, nadie escapaba a esta plaga odiosa de la lepra. Muchos se hacinaban en pequeñas chabolas de las que se desprendía un tufo insoportable. Otros aparecían tirados en el suelo, arrancando unos cuantos rayos de sol al frío cielo de la mañana. Pero todos parecían intentar llevar una vida normal y digna, dedicados a sus labores y trabajando los escasos huertos cercanos, de los que se nutrían casi en exclusiva.
Jesús preguntó a uno si el poblado tenía un jefe, y le condujeron, sorprendidos, hasta un extremo del , donde un chamizo parecía en mejor estado que los cercanos. Allí Jesús entabló conversación con un tal Set, un hombre que había padecido lepra y ahora estaba bastante restablecido. Jesús preguntó por los medios de que disponían para tratar la enfermedad, y el bueno de Set sólo pudo enseñar a Jesús un pequeño frasco con arsénico que conocían como tratamiento.
El Rabí reveló a Set y a los doce que los hindúes llevaban años usando un tratamiento favorable que había conocido Jesús por medio de sus antiguos compañeros de viaje, Ganid y Gonod. Con aquella planta, de la extraían un aceite en la India llamado chaulmoogra[5], decían que se curaba la enfermedad. Así pues, ordenó Jesús a Set que enviaran a Jericó a alguien lo bastante sano como para buscar este aceite y comprar una buena cantidad, y caso de no encontrarlo, contactar con algún guía de caravanas a quien solicitar un cargamento de esa medicina.
El jefe de la leprosería se quedó impresionado con Jesús, de quien había oído muchas cosas esas últimas semanas. Los doce también estaban impactados por esta muestra súbita de conocimientos médicos de su maestro. No se daban cuenta de que Jesús había sido toda su vida un observador sagaz y de gran memoria. Nunca, ni en ese día ni en adelante, llegó Jesús a usar su sabiduría divina superior. Todos estos conocimientos que sus discípulos juzgaron propios de un ser sobrenatural, en realidad fueron parte de sus experiencias durante sus largos viajes juveniles.
Esos días y el resto de la semana el campamento de Amatus conoció una explosión popular de creyentes que acudían para sanarse de enfermedades. Todas las noches, Jesús les explicó a los doce cómo identificar muchas de las dolencias comunes, y ofreció variados tratamientos que conocía. Los doce, después, dirigidos por Andrés, Mateo y Judas, se encargaron de organizar en el campamento algunas tiendas para atender a los enfermos. Compraron hierbas medicinales en Amatus y luego aplicaron los conocimientos que les ofrecía Jesús para tratar de aliviar el sufrimiento de estas gentes. También ayudaron mucho a Set y a los miembros de la leprosería cercana a mejorar las condiciones de vida de las gentes de esta aldea, mientras ofrecían su enseñanza del evangelio para estos excluidos de la sociedad.
Un metzora era cualquier persona, según las reglamentaciones judías, afectada de una enfermedad de la piel. ↩︎
Tzara’at es la palabra hebrea que designaba la lepra. Aunque en la época de Jesús se designaba como lepra muchas enfermedades de la piel que no eran una verdadera lepra. Sobre la enfermedad véase el artículo La lepra en tiempos de Jesús. ↩︎
La labor de asistencia a los enfermos así como la enseñanza de Jesús acerca de la constitución física y no física del ser humano aparece mencionada en El Libro de Urantia (LU 141:4). Sobre el tratamiento de enfermedades hasta los tiempos de Jesús véase el artículo Medicina en la antigüedad. ↩︎
Los judíos tenían la creencia de que el alma del ser humano, su aliento vital, estaba en la sangre (Sal 72:14, Lev 17:10ss, Lev 17:14, Dt 12:23). La sangre era la vida, y todos los judíos evitaban que fuera mancillada (por eso resultó denigrante el que la sangre humana se mezclara con otra animal en el pasaje de Lc 13:1-5). La costumbre de preservar los huesos en osarios en los enterramientos judíos está atestiguada por multitud de yacimientos arqueológicos y tenía su origen en las creencias judías de ultratumba. Para saber más consultar: Wikipedia. ↩︎
El chaulmoogra es el nombre para una planta (Hydnocarpus pentandrus) de la cual se extraía un aceite que se usaba desde antiguo en la India y China como medicina para curar la lepra, y que hasta hace muy poco no fue conocida en Europa. ↩︎