© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Miércoles, 19 de febrero de 27 (23 de adar de 3787)
El miércoles los problemas en el campamento se reavivaron. Durante esos últimos días los apóstoles, siguiendo las órdenes del Rabí, habían empezado a prestar más atención al cuidado de los enfermos y a socorrer a los que venían en busca de curación. Pero algunos de los discípulos de Juan, de Judea, y de fuerte tradición rabínica, no parecían dispuestos a aceptar aquellas ideas, que según ellos, contravenían las leyes de Moisés.
Juan Bautista había hablado de una nueva era en que los poderosos de la Tierra serían humillados y los humildes y los desafortunados serían los herederos del planeta, donde la enfermedad desaparecería y ya nunca más sería enviada como un castigo a los hombres. Pero nunca se había mostrado a favor de una curación inmediata de los enfermos ni de mezclarse con ellos.
En el planteamiento judío de la época, la enfermedad era una prueba o síntoma del pecado. Quien padecía la enfermedad era porque había transgredido la ley divina, bien la víctima o bien alguno de sus ascendientes. Los pecados de los padres podían transmitirse a los hijos, con lo que las enfermedades eran el medio por el cual Dios castigaba a las generaciones sucesivas. Éste era el pensamiento tradicional de aquel tiempo.
Las prescripciones rabínicas derivadas de la Torá eran contundentes con muchas enfermedades, especialmente aquellas que se sospechaban contagiosas. El enfermo era un paria, y debía ser separado de la comunidad, expulsado de ella, y condenado a vagar lejos de los pueblos y las ciudades, so pena de muerte. No les estaba permitido el acceso a las sinagogas, ni casarse, ni ser enterrados siquiera en los cementerios habituales. Algunas enfermedades, sobre todo las que contaminaban con alguna impureza según la Torá, provocaban la muerte en vida de quienes las padecían, el más absoluto aislamiento social.
Los discípulos de Juan, en especial Jacob y Recab, ya habían discutido agriamente con Simón Zelote y Felipe acerca del tema de la pureza. Para ellos, el respeto a las tediosas normativas de la pureza eran algo irrenunciable. Aceptaban de buen grado muchas de las recomendaciones de Jesús de «preocuparse primero de purificar el corazón y después preocuparse del resto de la pureza», pero siempre sin dejar de lado las prescripciones de los rabinos que exigían ciertos rituales para alcanzar la pureza espiritual completa, como lavarse y bautizarse regularmente, evitar ciertos tipos de utensilios para cocinar, mantener pulcras las vestiduras y otros enseres, y además, mantenerse alejado de los enfermos, las parturientas, los cadáveres y cualquier otro elemento que pudiera hacer contraer la impureza.
Estaban de acuerdo con que se cuidara de los enfermos y aliviara su sufrimiento, pero no con cualquier enfermedad. Había dolencias que estaban proscritas en la Torá, males para los cuales Dios había ordenado a Moisés que supusieran una separación del pueblo. Estos seguidores de Juan no estaban dispuestos a seguir esta enseñanza que animaba a entrar en las aldeas-leproserías para auxiliar a los metzoras que las habitaban.
«Si estaban allí», decían los de Juan, «sería por algo que ellos o sus padres habrían hecho. Dios no castiga al justo. O si lo hacía, era para probarle. ¿Y quiénes eran ellos para oponerse a la voluntad de Dios?». Además, les parecía indigno de un ser que se decía a sí mismo el Mesías, se rebajase a practicar la medicina con seres tan contaminados y putrefactos. Esperaban que, si era quien decía ser, obrara las curaciones de un modo sobrenatural. ¿Por qué utilizar los medios naturales, si el Mesías tenía todo el poder del Cielo y la Tierra para obrar el bien? ¿Además, desde cuándo era posible curar la lepra mediante la administración de medicamentos? Aquella plaga era un mal sin remedio, algo que en buena sabiduría Moisés había exigido que se segregara de la comunidad para evitar el contagio y eliminar así la enfermedad.
La discusión sobre la impureza volvió a abrir la brecha entre los puntos de vista acerca del reino del Cielo de los discípulos de uno y otro maestro. Y no consiguieron llegar este día a ningún acuerdo, como así habían tratado de que ocurriera los días anteriores tanto Andrés como Abner.
No es de extrañar, pues, que esa noche, cuando regresó Jesús de su retiro habitual y se sentó a cenar con los doce, Santiago Zebedeo hiciera a su maestro esta pregunta:
—Maestro, ¿cómo podremos aprender a ver las cosas de la misma manera y de este modo poder disfrutar de más armonía entre nosotros?[1]
Hizo esta pregunta justo después de que Jesús oyera a los doce sus comentarios acerca de las desavenencias con los once de Juan. Y se removió inquieto frente a la hoguera como pocas veces solía hacerlo. Dejó a un lado su escudilla con el estofado, y respondió con dureza:
—Santiago, Santiago, ¿cuándo te he enseñado que tenéis que ver todos las cosas de la misma manera? He venido al mundo a proclamar la libertad espiritual a fin de que todos los hombres y mujeres se vean impulsados a vivir vidas plenas de originalidad y libertad en Dios. No desearía que la armonía social y la paz fraternal se conquistasen sacrificando la libertad de la personalidad y la originalidad espiritual. Lo que yo requiero de vosotros, mis apóstoles, es unidad espiritual. Y esta unidad puede ser experimentada en el regocijo de vuestra dedicación unida a hacer la voluntad de mi Padre que está en el Cielo. No tenéis porqué ver las cosas de la misma manera, o sentir lo mismo, o incluso pensar lo mismo, a fin de ser espiritualmente iguales. La unidad espiritual se deriva de la conciencia de que cada uno de vosotros está habitado, y cada vez más dominado, por el don del espíritu del Padre Celestial. Vuestra armonía apostólica debe derivarse del hecho de que el anhelo espiritual de cada uno de vosotros es idéntico en origen, naturaleza y destino.
› De esta manera podréis experimentar una unidad perfecta de propósito y discernimiento espiritual surgiendo de la conciencia mutua de la identidad de vuestros espíritus paradisíacos interiores. Y podréis disfrutar todos de esta profunda unidad espiritual en medio de la mayor diversidad de actitudes individuales respecto al pensamiento intelectual, a los sentimientos propios de cada temperamento, y a la conducta social.
› Vuestras personalidades pueden ser refrescantemente diversas y notablemente diferentes, pero vuestras naturalezas espirituales y los frutos espirituales de vuestra adoración divina y vuestro amor fraternal pueden estar tan unificados que todos los que contemplen vuestras vidas con seguridad reconozcan esta identidad de espíritu y esta unidad de alma. Ellos reconocerán que habéis estado conmigo y que habéis aprendido aceptablemente cómo hacer la voluntad del Padre del Cielo. Podéis lograr la unidad del servicio en Dios incluso si desarrolláis tal servicio en conformidad con la técnica de vuestras propias dotaciones originales de mente, cuerpo y alma.
› Vuestra unidad espiritual implica dos factores, que siempre será necesario armonizar en la vida de los creyentes individuales: en primer lugar, estáis imbuidos de una motivación común para una vida de servicio, y todos vosotros deseáis por encima de todo hacer la voluntad del Padre en el Cielo; en segundo lugar, todos tenéis un objetivo común de la existencia, todos pretendéis encontrar al Padre Celestial, lo que demuestra al universo que os habéis vuelto como él.
› Recordad lo que ya os he dicho otras veces: no es mi deseo que tratéis de convertir a los creyentes en un grupo fiel seguidor de unas doctrinas dogmatizadas y estandarizadas de acuerdo con vuestras propias interpretaciones religiosas. Los medios os pueden parecer adecuados, pero no tenéis buenas intenciones, y vuestros caminos no conducen al Padre. Os prevengo contra la tentación de formular credos y crear tradiciones como medio de orientar y controlar a los creyentes en el evangelio del reino.
› No es tanto lo que hagáis, ni lo que seáis capaces de conseguir en esta vida, lo que determinará vuestra cercanía a Dios, sino más bien el cómo lo hagáis, y con qué intenciones y propósitos lo hagáis. Porque el mayor de los poderes de la Tierra está supeditado a la menor de las inteligencias del Cielo.