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Viernes, 21 de febrero de 27 (25 de adar de 3787)
El viernes Jesús permaneció en el campamento, pero no hizo ninguna predicación pública. Se limitó a visitar las tiendas de muchos creyentes y a interesarse por sus asuntos. Algunos venían de Perea, otros eran galileos, muchos ya habían escuchado a Jesús en Cafarnaúm en alguna ocasión. No estaba el campamento exento de antiguos conocidos de Jesús del lago de Genesaret. Incluso de lugares distantes como Nabatea, Fenicia y Siria empezaban a llegar numerosos buscadores de la verdad y amantes de la religión. La pequeña ciudad de tiendas próxima a Amatus había llegado a crecer hasta albergar casi a un millar de peregrinos.
El sábado acudieron a la sinagoga de Amatus y allí Jesús se hizo cargo de la lectura y de la haftará. Dirigió un bello discurso sobre el valor de la vida y la importancia de respetar a todos los seres humanos. Fue especialmente crítico con la práctica del azote y de forzar al trabajo a los sirvientes y los esclavos mediante el uso del látigo. Declaró solemnemente que «todos los seres humanos son hijos de Dios, hermanos entre sí, y por tanto, merecedores del mayor respeto y cuidado». Pero los apóstoles no incluyeron en sus enseñanzas de estos primeros meses la idea chocante del maestro de que los esclavos y otros israelitas ilegítimos estaban en igualdad a los ojos de Dios. Esto contravenía la costumbre tradicional judía, que veía a estos hombres y mujeres como seres de segunda categoría, rebajados a su condición por voluntad divina.
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Domingo, 23 de febrero de 27 (27 de adar de 3787)
El domingo llegó al campamento un persa llamado Tejerma que venía de Damasco. Buscaba al rabino Jesús, pero pronto averiguó por varios de los hospedados en las tiendas que el Rabí no solía predicar y que casi nunca permanecía en el campamento. Así pues, le enviaron a que preguntara por Andrés.[1]
El sorprendido hombre se presentó ante el jefe de los apóstoles y le explicó que era un mercader de Damasco que llevaba meses oyendo hablar de su maestro allí por donde iba. Le había buscado en Cafarnaúm y de allí le habían enviado hasta el Jordán. Andrés se maravilló de que las noticias sobre Jesús estuvieran llegando tan lejos. Tejerma rogó a Andrés que le permitiese conocer a su maestro, pero Andrés, para desilusión del persa, le tuvo que explicar a este buen hombre que su maestro no solía realizar predicaciones públicas, y que eran ellos los encargados de introducir a los interesados en su doctrina. Por tanto, le invitó a que hablara con uno de sus compañeros.
Resignado, el damasceno accedió, y Andrés le presentó ante Simón, el Zelote, que este día aún no había empezado su sesión matutina de enseñanzas y estaba libre. Simón, nada más ver las ropas extranjeras del hombre, supuso que sólo era un curioso más que venía para hacerle perder el tiempo. Esperaba poder continuar con un grupo de jóvenes judíos el trabajo que había empezado dos días antes, interrumpido por su habitual día de descanso. Supuso que en unas horas despacharía a aquel pagano, así que inicialmente lo trató con cierta indiferencia.
Pero Tejerma, que también era un gran orador, no dejó de explicarse, en un griego pulcrísimo, sobre sus experiencias en la vida y cómo había llegado al convencimiento de que las enseñanzas del maestro Jesús merecían ser escuchadas. Simón se sorprendió de la cultura y los conocimientos de este hombre afable y distinguido. Así que de su inicial distanciamiento pasó Simón a enfrascarse en una larga charla en la que le fue desgranando las ideas fundamentales del «reino», como denominaban Jesús y los doce a su doctrina.
Después de introducir brevemente a Terjerma en el evangelio y sus puntos esenciales, que éste estuvo presto a considerar como una digna extensión de los mejores preceptos de Zaratustra, Simón cometió el típico error de los apóstoles de tratar de modificar los hábitos religiosos de sus oyentes gentiles, tratando de convertirles al judaísmo.[2]
—Sin embargo, aunque el Padre de nuestro maestro no hace acepción de personas y acoge a todos como sus hijos, no cabe en su enseñanza la idolatría, que vosotros los persas perpetuáis. Puesto que adoráis a la luz y el fuego, y tenéis veneración por plantas y animales, según tengo entendido. Esto es inaceptable a la luz de nuestro evangelio. Tales adoraciones son contrarias a nuestra predicación.
Pero Tejerma, que era un hombre muy viajado y tenía buena disposición para aquellas contiendas dialécticas, no se sintió ofendido por estas duras palabras del Zelote. Siempre con una sonrisa en la boca, le explicó al apóstol:
—Nuestra religión no es tan diferente a la vuestra, amigo judío. ¿Por qué llamas idolatría a sentir un respeto hacia la creación de Dios? Nosotros no consideramos divino al fuego ni a otros elementos de la naturaleza. Más bien, consideramos al fuego como un símbolo de quien es santo y puro, un símbolo de Ahura Mazda, que entiendo que es similar al símbolo del padre que utiliza vuestro maestro.
› ¿Por qué te extraña tanto que usemos la luz y el fuego como símbolos de nuestro Dios? Tengo entendido que entre una secta vuestra, los esenios, también sienten en mucha estima al Sol, al que invocan con cánticos al amanecer. Y vuestra religión guarda muchas similitudes de preceptos con la antigua religión adoradora del Sol que existe en Egipto.
—Sí —interrumpió Simón—, es posible que nuestra religión esté influida por esos significados, pero nunca los hemos considerado con seriedad. Ni siquiera los esenios se arrodillan ante el Sol, pero vosotros os inclináis ante una hoguera y de otras muchas maneras mostráis respeto por la luz.
—¿Y eso ha de parecerte extraño? Te insisto que no consideramos al fuego como un dios, sino sólo una manifestación de él. ¿Por qué te extraña que tengamos cierto respeto hacia él, cuando vosotros oráis mirando hacia la dirección en que está vuestra ciudad principal, Jerusalén?
—Bueno, hacemos eso porque allí es donde mora Dios, en su templo.
Tejerma sonrió aún más.
—Eso, querido amigo, tendrás que concederme que es algo discutible. Vosotros lo creéis así, pero ¿por qué Dios ocuparía un lugar en la Tierra? Nosotros creemos que Dios habita en todas partes, y que no necesita de ningún templo ni ningún lugar material para manifestarse. Se encuentra en nuestro medio como una séxtuple influencia espiritual. Y ningún templo hecho por manos humanas puede contener su divinidad. ¿Acaso venerar un templo no es también signo de idolatría?
Discutieron largamente Simón y Tejerma sobre las muchas diferencias entre el mazdeísmo y el judaísmo, pero Simón se estrelló una y otra vez contra un sólido muro de fuertes convicciones y profundos pensamientos. Tejerma era un hombre culto e instruido, y sus ideales religiosos no desmerecían en nada a las mejores enseñanzas que los apóstoles habían aprendido de Jesús.
Tanto se enzarzaron estos dos hombres en su debate, que pasaron prácticamente todo día en recogida conversación. Incluso durante la cena, en la que Jesús no estuvo presente, ambos tertulianos no dejaron de discrepar entre sí sobre lo humano y lo divino. El resto de los doce, que solían cenar a solas en su espaciosa tienda, admitieron hospitalariamente a este hombre y escucharon interesados sus largas disertaciones.
Por la noche llegó Jesús de su retiro del día, y Simón, sin tiempo para que reposara, se acercó para presentarle al persa. Le explicó que Tejerma había estado buscándole en Cafarnaúm, donde le habían enviado aquí, y que deseaba conocerle. Le explicó también que había estado discutiendo con él sobre cómo mejorar su religión persa, pero era un adorador del fuego convencido, y no había sido capaz de hacerle variar de opinión. E invitó a Jesús al reto de convertir a este hombre.
Jesús miró a su impetuoso amigo con gesto divertido pero poco complacido. Con un gesto de cabeza, accedió a la súplica de Simón, acercándose a la tienda, donde tras el refrigerio, los doce habían continuado la tertulia con Tejerma.
El damasceno se incorporó y saludó efusivamente con tres besos a Jesús. Todos sonrieron al ver este gesto extranjero que les resultaba tan chocante, pero el Maestro, que había viajado por medio mundo, lejos de extrañarse, correspondió al buen hombre, invitándole a dar un paseo con él.
Se retiraron de las tiendas, y el maestro tomó un pequeño sendero que discurría hacia el este, hacia la carretera principal. Escuchó encantado la larga exposición de Tejerma acerca de lo que habían hablado Simón y él durante el día, pues Tejerma era un magnífico orador. Al finalizar, Jesús le dijo:
—Vuestro maestro Zaratustra en verdad os enseñó bien, pues acertó a comprender de la divinidad muchos más aspectos que los judíos no han sido capaces de apreciar. Pero vuestros sacerdotes, al igual que los archiereis[3] judíos, han pervertido con sus reglamentaciones y normas autoimpuestas esas sencillas enseñanzas de los tiempos antiguos. Si se hubieran atenido más fielmente al mensaje inspirador de vuestro profeta, sin duda los persas tendrían la mejor religión del mundo, y casi todos los judíos tendrían sentimientos persas.
Terjerma se quedó admirado con la actitud de Jesús tan abierta y considerada hacia su religión. Después de escuchar a su discípulo durante aquel día, pensaba que se iba a enfrentar a otro sofista más que predicaba a ultranza una conversión al judaísmo como única religión válida. Pero Jesús no había hecho más que empezar a sorprenderle, y continuó.
—La idea de Zaratustra sobre la luz fue muy esclarecedora para su época. Al igual que la luz nos ayuda a no caminar entre tinieblas y poder ir por nuestro camino, así el Padre actúa en medio de los hombres, enviando sus revelaciones como luces espirituales que ayuden a iluminar el camino del Cielo. Pues no ha habido sólo una revelación en la historia de los hombres, sino muchas. Y todos los maestros, incluido Zaratustra, han formado parte de estas ministraciones de la luz divina progresivas y continuadas. Ahora en este tiempo he venido yo a proclamar a los hombres la última luz de la verdad sobre el carácter amante del Padre. Y después de que yo me vaya, nuevas y crecientes revelaciones de la verdad se proclamarán a este mundo.
› Tú, como padre de muchos, ya deberíais comprender el concepto elevado del amor del Padre por sus hijos de la carne. Ya no será más Dios un asunto sólo del Ahura Mazda de los persas, o del Yahvé de los judíos. Todos juntos vendrán a ser un único pueblo que adorará en su corazón en verdad y sencillez, y el Padre acogerá a ambos en su morada.
Tejerma se quedó sorprendido de aquella frase fortuita de Jesús:
—¿Y cómo sabes que tengo muchos hijos?
Jesús sabía mucho más de cada persona con la que hablaba que lo que nunca llegaron a percibir sus oyentes. Pero no deseaba causar esa sensación en Tejerma.
—¿Y qué buen mazdeano seguidor de Ahura Mazda no tiene una gran familia?
Tejerma rió. Era verdad. Los persas eran gente muy familiar. Zoroastro les había enseñado la bondad del amor a la familia, y solían tener muchos hijos, a los que consideraban, como los judíos, una bendición de Dios. Pero los persas tenían muchas más reglamentaciones que los judíos y hacían de la familia la principal de sus ocupaciones.
Después de hablar un rato con Jesús, Tejerma regresó al campamento impresionado y firmemente dispuesto a quedarse varios días más para conocer a fondo la enseñanza de Jesús. Así se lo transmitió a Simón antes de dirigirse a su alojamiento en la posada.
Simón se acercó a Jesús, que se había procurado algo de cenar, pues estaba hambriento de no comer en todo el día.
—Maestro, ¿por qué no he podido persuadirle yo de que se quedara? ¿Por qué se ha resistido tanto conmigo y sin embargo te ha escuchado a ti tan rápidamente?
Jesús repitió a Simón algunas cosas que ya les había comentado esos días a causa de sus discusiones con los discípulos de Juan:
—Simón, Simón, ¿cuántas veces debo enseñaros a que evitéis esforzaros en quitar algo de los corazones de los que buscan la salvación? ¿Cuántas veces os he dicho que trabajéis sólo para poner algo en esas almas hambrientas? Conducid a los hombres al reino y las grandes verdades vivientes del reino se encargarán de disipar los errores graves. Cuando hayáis presentado a los mortales las buenas noticias de que Dios es su padre, entonces podréis persuadirles con facilidad de que en realidad son los hijos de Dios. Y habiendo hecho eso, habréis traído la luz de la salvación a uno de los que estaban sentados en las tinieblas.
› Simón, cuando el «Hijo del Hombre» vino a ti, ¿vino denunciando a Moisés y los profetas, y proclamando un nuevo y mejor camino de vida? No. No he venido para deshacerme de lo que tenéis de vuestros ancianos sino para mostrar la visión perfeccionada de aquello que vuestros padres sólo lograron vislumbrar en parte. Ve pues, Simón, y enseña y predica el reino, y cuando tengas a un hombre a salvo y seguro dentro del reino, entonces será el momento, si viene a ti con sus preguntas, de impartirle las instrucciones relativas al avance progresivo del alma en el reino divino.
Simón estaba un tanto perplejo por las palabras de Jesús. ¿Es que acaso iba a aceptar a aquel persa dentro del reino? ¿Cómo podía ser tal cosa? No era judío ni comulgaba con las ideas más básicas judías. Para empezar, aunque admitía la existencia de un Dios por encima de todos, concedía la posibilidad de la existencia de otros dioses. Sin duda era un politeísta. ¿Pero iba a admitir Jesús como discípulos a quienes no reconocieran que sólo existía un Dios?
Simón estaba dispuesto a argumentar todo aquello con Jesús. Pero el Maestro sabía que la alocada cabeza de su amigo llevaba todo el día enfrentándose dialécticamente a todo el que se le ponía por delante. Simón estaba demasiado lanzado en su afán por argumentar y discutir sus ideas. Tratando de evitar una discusión estéril, Jesús zanjó el tema diciéndole:
—Ve, Simón, y no rechaces a Tejerma como nuestro hermano. Admítelo como uno más dentro del reino, si así lo desea.
El antiguo zelote se quedó presa de la confusión, mirando unos segundos a su maestro, que continuó con su cena. Pero rehaciéndose, salió de la tienda. «¿Que le admita como discípulo?». Dio un corto paseo hasta donde estaban los otros apóstoles, junto a un fuego, discutiendo sobre algo relacionado con las escrituras. Pero ahora ya no se sentía con ganas de debatir. «Pero, ¿este Jesús, qué tipo de maestro era?». No era capaz de comprender bien sus intenciones. «¿Es que acaso iba a admitir a los gentiles en sus enseñanzas sin más? ¿Es que no iba a distinguir entre judíos y gentiles? ¿Cómo podía ser que aquellos idólatras y politeístas vinieran a sentarse con ellos a la misma mesa? ¿Acaso su enseñanza del Padre no hablaba de un solo Dios? ¡Los gentiles no podían entrar en el reino sin abandonar esa creencia en muchos dioses!».
Esa noche, durante las enseñanzas privadas de Jesús a los doce, el maestro, veladamente, repitió el mismo mensaje que había transmitido a Simón sobre la aceptación de los gentiles, pero esta vez para todos. Durante una hora el Maestro aclaró a los doce en qué consistía el reino y qué nueva vida era la que se debería vivir en ese reino. Hacia el final de su discurso, les dijo:
—Cuando entráis en el reino, es como si naciérais de nuevo. No podéis enseñar las cosas profundas del espíritu a los que sólo han nacido de la carne. Primero cuidad de que los hombres nazcan del espíritu antes de intentar instruirlos en los caminos más avanzados del espíritu. No empecéis a mostrar a los hombres las bellezas del templo hasta que no hayan entrado primero dentro del templo. Presentad a los hombres ante Dios como lo que son, como hijos de Dios, y luego ya discurriréis sobre las doctrinas de la paternidad de Dios y la filiación de los hombres. De otro modo, ¿cómo podréis hablar con propiedad de estos asuntos, si aún no habéis empezado a considerar a todos los seres humanos como vuestros hermanos? No rivalicéis con los hombres, sed siempre pacientes. El reino no es vuestro, sólo sois sus embajadores. Salid simplemente a proclamar: «Hé aquí el reino de los Cielos, la noticia de que Dios es vuestro Padre y todos vosotros sois sus hijos, y si creéis de todo corazón en estas verdades, esta buena nueva es y será vuestra salvación eterna».
Esta bonita anécdota sobre Tejerma se cuenta en El Libro de Urantia (LU 141:6). ↩︎
Spitama Zaratustra o Zoroastro, el profeta de los persas, fue un hombre que practicó el bien y la caridad, y que buscó por todo el mundo la verdad. La religión que formó se denominó mazdeísmo o zoroastrismo. Su libro sagrado, el Zend-Avesta, fue una compilación de enseñanzas del profeta. Consideraban al perro y a la vaca como animales muy inteligentes y casi humanos, a los que también afectaba la legislación.
Ahura Mazda, también llamado Ormuz, era el nombre para designar a Dios. Aunque admitían la existencia de otros dioses, todos ellos los creían inferiores y subordinados a Ahura Mazda, que era el Dios supremo y personificaba el fuego. Zoroastro aceptó los símbolos del fuego y el agua como símbolos purificadores, aunque nunca deseó que se les rindiera culto. Anahitis, la Diosa Madre, personificaba el agua. Angra-Mainyu o Ahrimán era un demonio (equivalente de Satanás), hijo de Ahura Mazda, que se descarrió y a diferencia de Ahura Mazda, que busca la edificación y la unidad, éste buscaba la destrucción y la individualidad. Para ayudar en la lucha contra Ahrimán no convenían los exorcismos, sino practicar el bien, aumentar la acción y las buenas obras, la fe y la verdad. El reclamo hacia los fieles era: «Pensar bien, hablar bien y obrar bien». Entre los espíritus del bien y del mal se ubicaban otros menores: seis espíritus de la luz, con cualidades morales, identificados con fuerzas naturales, a los que se le contraponían otros tantos de las tinieblas o del mal.
Zaratustra fue perseguido, y en esos momentos de hondo sufrimiento se encomendó a su Dios Ahura Mazda. Tardó aproximadamente diez años en ser escuchado, y finalmente lo logró. Su primo Maidiomaná fue el primero que se adhirió a su fe. Transcurridos dos años, logró la adhesión del jefe Histaspes, con su corte íntegra, que realizó campañas para propagar la nueva religión entre los pueblos nómadas vecinos, contra quienes peleó con el fin de desterrar su adoración hacia los espíritus malignos, que los alejaban de la vida sedentaria. Sobre todo mantuvo una lucha encarnizada contra los turanios, a quienes propuso, aunque sin éxito, le entregasen cien adolescentes de ambos sexos para educarlos en la nueva fe.
No tenían ni templos ni altares. Tampoco imágenes. Después de la muerte de Zaratustra, los magos persas degeneraron su religión hacia un culto de la naturaleza, y empezaron a ofrecer en las altas montañas sacrificios a sus dioses: el firmamento, el fuego, el Sol, la Luna, y el agua. En la mayoría de los casos, los rituales consistían en la entonación de himnos. Ameretat era la protectora de las plantas y simbolizaba la inmortalidad. Se le contraponía Zarich, espíritu de la vejez. Anahita era el espíritu de la fecundidad y protectora de los guerreros; Apausha era el signo de la sequía, en constante lucha con Tistrya, etc.
A pesar de la existencia de muchos dioses, la adoración se centró en el dios principal, Ahura Mazda, por lo que puede calificarse su religión como monoteísta, ya que ese dios era el único creador del universo.
Entre los persas tenía mucha importancia tener familias numerosas, donde el que más hijos había procreado recibía un reconocimiento del rey. Desde los cinco hasta los veinte años, los jóvenes eran educados en montar a caballo, tirar al blanco y decir la verdad. La cosa más infamante era la mentira. Le seguía el hecho de contraer deudas.
Como dato negativo, el historiador Heródoto relata la costumbre persa de embriagarse, costumbre que Zaratustra no se atrevió a condenar por estar muy arraigada en su pueblo. Lo hacían con una bebida sagrada llamada haoma.
El Libro de Urantia no tiene más que palabras de alabanza para esta gran religión que fue el zoroastrismo, aunque se distancia de las burdas creencias en las que luego la hicieron degenerar los parsis (LU 95:6). Incluso menciona que el cristianismo actual tiene no menos de un diez por ciento de zoroastrismo en sus creencias (LU 98:7.6).
Para saber más se puede consultar: Wikipedia. ↩︎
Los archiereis eran los sacerdotes jefes (en singular archiereus), un grupo de sacerdotes distinguidos que se encargaban de varias cuestiones relacionadas con el templo. Tenían cierta independencia, seguramente todos formaban parte del sanedrín, y estaban socialmente en un eslabón superior a los simples sacerdotes. ↩︎